Tag Archives: vivencia

3 miligramos de Risperdal

21 Dec

La única forma de volver a empezar siempre es la sensatez. La sensatez propia de la calma, de la marea baja, la que deja esa arena blanda y pastosa que no es sino un juguete sensorial para la planta del pie. Hacía tiempo que no recordaba esa sensación. Y es que quizás he vivido demasiado tiempo alejado de la orilla, perdiendo la noción de aquello que realmente va y viene con la vida, igual que el devenir de las olas que besan mis pies, alineados con la primera línea de la playa.

Han sido tres miligramos de Risperdal los que me han hecho recordar la esencia más completa de la vida, esa que se olvida cuando llevas demasiado tiempo fuera de las aguas. Tan solo una pastilla me separaba del baño de realidad que cada día me prohibía. La ficción del chiringuito y la vida entendida como una fiesta ha desaparecido; ya son varios los días en que la irracionalidad que transmitían mis actos va abandonándome. Los colorines y el confeti quedan atrás, como cuando se abandona la sala en plena juerga y uno mismo escapa del frenesí con las suelas de los zapatos pegajosas, asqueado en cada paso con un pegamento artificial traído por el alcohol barato y la ceniza, por la suciedad de un lapso nocturno al que ya no más se quiere pertenecer. Al girar la cabeza, se comprende perfectamente que devolverse a la cordura de la vigilia y el sol es la única opción que queda, la de volver al cobijo nocturno de la cama, la de una retirada a tiempo.

Y es la risperidona la que me aletarga, la que me ha puesto en una segura posición de guardia. Me ha fortalecido. Ya no peligra el rumbo de mi cabeza, ya no hay miedo a enloquecer, a desesperar en vida.

Aunque he recuperado la lucidez, a veces siento que mis luces se difuminan un poco en la niebla, pero simplemente es un pequeño cortocircuito, un susto prudente a mis eufóricas ambiciones. Esta pastillita me permite saber estar en el momento y lugar, sin necesidad de romper los esquemas, sin el temor a llegar al ridículo.

Pasan los días y va quedando lejos aquel estrépito tembloroso que queda tras la manía. En muchas ocasiones, mis pensamientos se descolocan y desguarecen sus defensas, como piezas de ajedrez dispuestas a recibir un jaque en el próximo movimiento, pero he conseguido evitar los envites más dolorosos.

Prefiero la cuarentena. La red de mis neuronas se reordena, y su conexión comienza a fluir de nuevo como la electricidad después de un gran apagón. Las estrellas ya no son la única guía. Puedo encender mis propias luces y eso es gracias al Risperdal, un comprimido amarillo que me salva a diario de caer de la cuerda floja.

Gracias doctora.

 

Advertisements

Rocas en el viaje III

21 Dec

III

Masha, ¿por qué me atrapaste?

¿Qué me transmitieron tus ojos?

¿Qué me dijo tu silencio?

Tuve la sensación de que por momentos nos besábamos con tan sólo apretarnos las manos, como si nuestros dedos estuviesen hechos de la misma carne rosácea de tu labio, sensible y sensual, pero vulnerable con cada roce.

¿Quién me arrancó la piel? ¿Por qué dejaste sin abrigo mi corazón?

Las rocas del viaje ya son rocas en la piel, un pasaje estrecho que recorrer, una senda de montaña infinita en la que creía perseguirte. ¿Dónde dejaste mis pies descalzos?

Las heridas del corazón aparecen como leves cortes sobre un órgano turgente, y su acumulación amenaza con arrebatarle su tirantez, rompen la membrana que lo separan del dolor. Los cortes se multiplican y empiezan a sangrar, el corazón se deshincha y su fuerte latir se transforma en una fragilidad raquítica.

Recuerdo como latía durante aquellos viajes de autobús, en los que tan sólo el ruido mundano del pasaje y el sofocante calor de Malta nos ambientaba.

Recuerdo tus palabras mudas, tus ganas por romper el silencio, la dulce dureza de tu mirada. Recuerdo que era suave al regalarme amor con cada pestañeo pero fría por no acompasarla con palabras.

Tanto enigma sin respuesta; el amor a veces se abre con diminutos gestos, pero las complicaciones son contratos que solo las palabras son capaces de resolver. Ojalá me hubieras hablado más, ojalá no hubieras dejado esta carga en mí, un montón de preguntas sin respuesta alguna.

No tuviste valor de arriesgarte por mí, de lanzar una cuerda dentro de mi pozo. Te mandé señales de humo para luego gritar de desesperación.

¿Dónde pusiste tu corazón, Masha?

Aquel fue amor de entrega, pero sólo por parte de uno. La confianza debe ser un trueque del corazón, un recibimiento justo de alivio.

Entendí que yo me entregué y tu no. Fuiste cruel e implacable.

¿Dónde pusiste al corazón, Masha?

 

La chica del pañuelo

19 Dec

Elvira es una de las experiencias más grandiosas que he vivido. Ha superado con creces cualquier tipo de expectativas, incluso aquellas que jamás hubiera imaginado. Tan sólo estuve cuatro noches con ella, pero que fueron más que suficientes para visitar un safari a lo desconocido, un universo lleno de tentaciones, con nubes de algodón sostenidas entre cadenas, casi como una alucinación concentrada en menos de una semana.

El motivo de mi visita a Barcelona fue solo un mero pretexto, una excusa que presentar a los otros. Aproveché que mi hermano residía en un apartamento en la ciudad para hospedarme junto a él, aunque en realidad sólo sería un neutro lugar en el que encubrir mis reales intenciones. Ya habían pasado unas cuatro semanas desde que fijamos ella y yo nuestros planes.

Por aquel entonces yo ejercía profesor de clases particulares, y consideraba que lo hacía con cierto éxito. Poseía muchos alumnos, y lo que sacaba me daba para ir tirando cada mes. Sin embargo, aquel noviembre resolví terminar el trimestre con antelación, así dispondría de una semana libre para el primer encuentro. Aún así, los padres de mis alumnos me excusaron con total complicidad, en la semana anterior habían quedado resueltos los exámenes: la mayoría estaban aprobados.

Elvira era una joven moscovita de 24 años, licenciada en turismo, semiexplotada como teleoperadora en una de las principales agencias turísticas de la capital rusa. Ella vendría en calidad de trabajadora y no de turista. Por su parte, se trataba de un viaje pseudo-formativo sobre el funcionamiento de diversos hoteles de la capital condal, que tan solo le permitiría unas horas libres a última tarde.

Desde un principio, la vi entregada con aquel cometido tan alocado, el de quedar con un extranjero desconocido. Rápidamente me dió los datos de su vuelo de llegada y las señas de su hotel. Me hizo llamarla a su teléfono ruso, no me lo cogió. Quería una perdida tan sólo para asegurarse también de mi número.

Y debo reconocer que a aquella persona nunca la llegué a conocer antes. Tan sólo la tenía perdida como un contacto más en mi larga lista de facebook, y además ella fue la que me agregó, cabe decirlo. Sí recuerdo, sin embargo, una vez en la que de una manera gratamente extraña chateó conmigo. Me fascinaban las fotos en su perfil. Sin duda era notablemente atractiva, esbelta y con un exotismo declarado en el rostro. Deliberadamente, sus rasgos eran muy del este, y todo aquello me ponía aún más. Aunque de eso fue hace más de tres años. Nunca entendí porque me felicitaba puntualmente mi cumpleaños, dejando siempre un mensaje escrito con un parco pero correcto inglés, que sin embargo denotaba algunos errores muy comunes entre los hablantes de acento ruso.

Aparte de aquellas ocasiones, tuve su pista totalmente perdida durante casi cuatro años. Jamás hubiera pensado volver a contactarla, y menos aún reunirme con ella en persona. En fin, de una forma u otra cada uno hizo sus deberes para poder vernos a la semana siguiente.

Cuando llegó la hora de la primera cita, yo estaba nervioso, mirando compulsivamente el reloj de la pantalla del móvil, apenas transcurrían los segundos. Recuerdo llegar pronto a su hotel, la esperé un largo rato en el vestíbulo, remando arriba y abajo, hasta que no pude contenerme e hice que la recepcionista la avisara a su habitación de hotel. Su apellido sonaba como un suave latigazo contra el viento: Lukashova. La chica que me atendió volvió a los pocos minutos y me dijo que bajaba enseguida.

Igual que el timbre del ascensor, mi cuello se giró automáticamente en busca de aquel sonido, unos botas con algo de tacón bastante silenciosas. Aquella primera vez se dejó ver con un sencillo atuendo, casual, con la informalidad que requería la cita, y a pesar de un abrigo obligado por el invierno barcelonés, se encerraba en su figura una preciosidad de porcelana. Noté, por mi parte, que su primera impresión conmigo fue excepcionalmente buena. No sabría decir bien si fue ella la que se lanzó directamente a mis labios, el caso es que yo la evité y la besé con pudor en las mejillas. Por un momento, parecimos sonrojarnos a la vez, la agarré de mi mano y ella acomodó pronto la suya. Unas palabras de cortesía fue lo único que nos cruzamos en el preliminar, y sólo un simple saludo o cuestiones triviales —acerca del viaje y de su acomodo— fueron capaces de destensar un poco la situación.

Desde el primer instante que salimos del hotel a dar aquel primer paseo nocturno, ella se cogió de mi brazo fuerte bien fuerte. A mí me sobrecogieron aquellos aires tan confiados, pero me agradó mucho que ella se sintiera siempre tan cómoda y se apegara tanto a mí. Parecíamos dos novios recién enamorados, acompañandonos mutuamente por la calle; a veces ella sentaba su cabeza sobre mi hombro, sobre todo al hallarnos en los bancos de algún parque, y cuando nos levantábamos siempre me cogía la palma de la mano, posando sus dedos entrelazados. Sentía su calor a través del guante, giraba mi muñeca a su antojo hasta que tomaba el control, me pedía siempre que aminorara el paso. El mismo proceder se repitió durante aquellas cuatro noches irrepetibles: recogerla, cenar en un lugar agradable, perderse un rato por las calles de Barcelona y, por último, el viaje en taxi de nuevo hasta su hotel.

No recuerdo bien, pero creo que no fue hasta la segunda noche en la que no empezamos a amarnos de verdad. Los primeros besos fueron muy tímidos, atacando bien el cuello, o bien alguna oreja desprotegida. Nuestra relación fue pura y sana. Nunca nos tomamos aquello a la ligera, más como un tanteo inteligente del otro que no un simple desahogo amoroso. Tal vez yo echaba falta más arrojo por su parte en su forma de tocarme, de mirar, de besarme. Pero aquello era porque mis intenciones siempre fueron más osadas, y no se lo eché nunca en cara, pues me sentía muy recompensado con todo aquello que me ofrecía; por primera vez no era el sexo lo más importante.

Era una pasión ardiente la que vibraba entre los dos, un entendimiento perfectamente acoplado con una sola mirada. Tenía la piel tersa, el cuerpo firme, una cara con todos sus apéndices perfectos: labios pintados de un rojo intenso, unos bonitos pómulos culminando sus mejillas sonrosadas y los ojos grandes, azules y abiertos como el firmamento. Su cadera baja le hacía parecer una joven de piernas intrépidas, bien musculadas, que no interrumpían una cintura bellamente constreñida. Su espalda acababa dibujando su esbeltez, cubierta siempre por un pelazo largo y rubio, con el que solía jugar seductoramente entre coletas, recogidos o simplemente con la melena suelta. Su olor era impecable siempre, casi un perfume corpóreo diseñado artificialmente, con feromonas impropias de la mujer mediterránea. Me enloquecía olerle el cuello y respirar contra él.

Pero ella se iba. Apenas ya la cuarta y última noche expiraba irremediablemente. Lo hacía lentamente, alargándose mientras nos fundíamos entre abrazos y tiernas caricias. Su expresión de tristeza se acentuaba, más aún que la melancolía que me producía su inminente partir. Con expresión lánguida, se confesó ante mí en sus últimas palabras, antes de verla desaparecer hacia el ascensor por vez final. Me dijo algo precioso: que llegó a sentir por mí lo mismo que yo por ella, que se había enamorado en esos cuatro días; que ningún otro chico la había podido hacer vibrar igual, nunca.

Me emocioné. Me emocioné tanto que hasta lloré. Y lo hice con la libertad que otorgaba el momento y el lugar, pero sobre todo, con la feliz descarga de mi alma, que se sabía consciente de sí misma, y que al fin halló un bien tan infinito en unos ojos que me atravesaron sin casi palabras. Me sentí superior al poder hacer feliz a algo tan bello como Elvira, al contemplar un ser celestial. Era yo el bienhechor, sería un accidente dichoso en su vida por siempre jamás.

Estiré y desenrollé la bufanda de mi cuello, la volví a doblar y se la entregué apretándola fuerte contra su mano y mi otra mano. Le hice señas señalando su cuello y el mío de nuevo. Yo sabía que lo había llevado puesto consigo todos los días. Ella me entendió perfectamente. Desanudó también su pañuelo verde con un estampado floral, deslizándolo sobre sus hombros con el último aroma del abrigo en su cuello; me hizo entrega de su prenda y me dijo que me quería.

Todavía conservo su olor.

Hipertrofia. 70 sobre 100

25 Nov

Últimamente sólo veo a mi alrededor cosas amontonadas. Se disponen en círculo, amenazantes, dispuestas a hacerme tropezar. Mi habitación empieza a arrugarse como un papel, dentro de un caos ordenado que se repliega en sí mismo como un caracol aplastado contra el techo, el único lugar fiel a la pulcritud. Mientras tanto, el tiempo pasa liviano a la vez que implacable, nunca hallo el momento que me obligue a dominar esta avalancha doméstica.

Me cruzo en mi camino con una zapatilla viuda, en el otro extremo del cuarto yace abandonada la otra, ladeada, escupiendo un calcetín rojo con una burla sangrante. Queda fuera de mis dedicaciones emparejarlas con algo más de dignidad, o bien buscarles algún sitio más oportuno. Lo mismo está pasando con la ropa de diario, o los papeles de trabajo amontonados sin criterio en el escritorio y, sobre todo, la mesita de noche, donde descaradamente exhibo mi pastillero y una caja de orfidales junto a varias botellitas, con 100 botones de litio en su interior. A alguna de ellas, se la ve ya algo apartada, desenroscada, con las blancas pastillas que empiezan a esconderse tras la etiqueta, en el interior de su triste cristal ahumado, pero que para mí alberga un alivio diario de estabilidad y bendita resignación.

Pongo los pies en el suelo. Está frío, helado. Sé que todavía guardo ropa de abrigo bajo la cama, que hace tiempo la puse en dos fiambreras gigantes durante un arrebato de orden y concierto. Ahora debería hacer lo mismo: ponerme a ordenar otra vez. El armario hace meses que se convirtió en un tanque de experimentos, rebosante de trastos hasta por la parte de arriba. Ropa y papeles, papeles y más ropa. La papelera sólo se vacía ya cuando es motivo de vergüenza y sólo conservo el hacer la cama como el único hábito, casi de orgullo, de que en algo me ocupo de mi lugar.

Por otra parte, no me siento alarmado. Reconozco cierta dejadez, pero me veo capaz de revertir la situación, acondicionar mejor mi escenario. Espero que el desorden de mi habitación no pase de ser un mero símbolo agorero, y que no se cumpla ningún mal pronóstico. No ha habido, por el momento, ninguna transferencia hacia mi conducta o mis hábitos de aseo e higiene. Sin embargo, si que noto cierta celeridad en la ejecución de mis quehaceres, hasta incluso una mayor capacidad de improvisación al resolverlos. Mis registros se mantienen en un rango elevado aunque aceptable, ya sea en el lado de la hipomanía, pero sin haber superado cierto guarismo peligroso, manteniéndome al filo o bien cerca de la cifra del 70 (sobre 100), durante las últimas dos semanas. Es bien cierto que me estoy sintiendo muy a gusto conmigo mismo, pero valoro con más importancia si cabe, que no he desarrollado ninguna adicción al comportamiento o conducta de riesgo alguna, aunque sí percibo cierta potencialidad de viciar esta armonía vital, como si el caos ordenado, empezara a tener más de caos que de ordenado. Sé que quizás me esté acercando unos pocos pasos hacia cierto precipicio.

A pesar de ello, tampoco se ha visto muy afectado el horario de sueño, eso es muy importante para mí. Sin embargo, he tenido que elevar mis dosis habituales de lorazepam para combatir esta creciente animosidad nocturna (desde los 2 mgs. de media hasta los 15 mgs. algunas noches). El sueño ya no es tan natural, porque las resistencias son más fuertes, y también lo empiezan a ser las jaquecas. Pero soy un luchador, durante doce años he tenido que modular mi sueño, aún cuando a veces las eternas noches de vilo eran indomables. Así que esto es sólo pasajero.

Me siento más libidinoso, con una voluntad, bien consciente o inconsciente, de volver a mantener relaciones un poco menos discriminadas. He vuelto a acostarme con algunas semidesconocidas, pero la frecuencia no ha sido tan exagerada, ni tampoco me he expuesto a ningún riesgo de índole sexual. Lo he controlado excelentemente bien, sin apuros, sin aquella silenciosa dependencia del sexo que a veces acababa por desbordarme.

A grandes trazos, este es mi estado actual, contando las últimas 2 ó 3 semanas, sin olvidar que son posteriores a un período rigurosamente eutímico, mucho más neutral, pero con un menor nivel de satisfacción vital. En la balanza, todas las fases se miden con sus propios pesos y contrapesos, e incluso en potenciales situaciones de riesgo, también se debe relativizar y percibir los aspectos positivos, y al contrario, en las situaciones “clínicamente” más deseables o asépticas, como la eutimia, también existen síntomas poco deseables o negativos.

Pero no pasa nada. Sé cómo actuar. Me conozco la historia porque se repite, y a base de repetir se aprende, y mucho. Tras un análisis pormenorizado de los detalles, voy a realizar una selección inteligente —más bien práctica— de mis compromisos sociales y lúdicos, algunos los suspenderé porque pueden añadirme una carga de estrés innecesaria; reordenaré mi habitación para que ofrezca un aspecto más sereno y tranquilizador; desplazaré los rituales previos a acostarme para poder aumentar y mejorar el descanso; y por último, intentaré, como siempre hago, cumplir con mi hora de toque matutino y concentrar al máximo la actividad de trabajo y ejercicio durante las primeras horas de la mañana.

 

La vivencia

6 Nov

En ocasiones pienso en mi enfermedad como algo lejano, un sufrimiento aliviado ya hace mucho, casi ajeno. Dichas iluminaciones me vienen ahora, claro está, cuando llevo consolidando más de tres años de recuperación. Un tiempo que ha supuesto una escalada hacia un bienestar que puedo sentir como perdurable, cimentado por aquello que algunos evocamos, míticamente, una mal llamada “remisión clínica”. Aunque, en mi opinión la enfermedad sí puede llegar a extremos en los que prácticamente parece desaparecer, esta remisión es sólo una acertada y azarosa conjugación de factores sobrevenidos desde un único punto de partida: el diagnóstico.

Según las características propias del enfermo, el camino a recorrer será siempre diferente para cada uno. Hacia una exitosa recuperación únicamente se puede transitar, no existe un lugar fijo al que llegar, no puede haber metas ni tampoco objetivos. Un diagnóstico firme supone todo un advenimiento para el individuo, el inicio de una nueva vida, y también el reconocimiento de la vida pasada, que permite entender y encajar todas aquellas experiencias vitales que fueron traumáticas en su momento, todas aquellas experiencias malogradas, todos los proyectos inacabados que uno se prometió a sí mismo, y así, una inacabable lista de acontecimientos personales muy dolorosos.

Pero este punto de partida simplemente es el primero de todos esos pequeños pasos que uno debe empezar a recorrer, poco a poco. Quizás, más veces de las deseadas, yo mismo haya tenido que volver sobre mis propios pasos: el entender solo no cura. En el recorrido habrá, seguro, más de alguna vacilación en el estado de ánimo, y seguramente frenará las aspiraciones iniciales de avanzar siempre hacia delante. Habrá recaídas, por supuesto, y también subidones. El mejor de los consejos es el de andar el camino, observándolo a media distancia, evitando la búsqueda de un horizonte concreto, no se debe correr ni apremiarse por llegar el primero. Sin duda, la mejor opción es aprovechar este tiempo, además de para entenderse a uno mismo, para fomentar aquellas actitudes y hábitos que permitan renovar el tono vital perdido. Renovación que únicamente es posible sabiendo jugar con tres variables que considero fundamentales: la información, el autocontrol y la medicación.

En este sentido, me gustaría aclarar como observo algunos conceptos mencionados. Para mí, la experiencia se nutre de sucesos con un mínimo de trascendencia como condición necesaria y suficiente, es decir sólo son cosas que han pasado de forma puntual, reconocibles. Son todos aquellos desencadenantes vitales del bipolar, que o bien lo han hundido en la depresión o lo han ensalzado. Por ejemplo, una relación personal fracasada, una muerte del ser más querido, o al contrario, una fase prolongada de insomnio o algún acontecimiento vital muy exitoso, como el inicio de una relación personal o un consumo de drogas excesivo.

Mientras, cuando hablo de vivencia me refiero a que ésta siempre ha sido —y es— trascendente a cada instante. Es la forma en la que yo, enfermo, me he sentido el tiempo que he estado expuesto a la enfermedad. En mi tipo bipolar II, no me equivoco al describir nueve años de mi vida alimentados con cada minuto de dolor al respirar, construidos con cada segundo de vilo nocturno. En conclusión, se trata de un mal sentimiento constante, que nunca te abandona, que parasita tu existencia. Eso es lo verdaderamente relevante: la vivencia siempre esta ahí. Así se puede entender, desde mi punto de vista, cómo uno no se acomoda nunca a este tipo de vida, sensación que sí podría resultar de la experiencia, sino cómo el trastorno bipolar cambia la forma de percibir su propia vida, lo invade a uno sin permiso, sometiendo parte de su racionalidad de forma permanente. La primera respuesta que me dí a mí mismo la obtuve tras mi diagnóstico: entendí que durante aquellos nueve años me había sentido siempre mal. Y es una afirmación que ratifico hoy, aún con las crestas y valles que podrían engañar a un ojo inexperto. A pesar de haber trascendido durante episodios de depresión y manía, ni siquiera en mis períodos intercrisis, nunca pude llegar a afirmar, ni un solo instante, que me encontrara completamente bien, normalizado como el resto. El estigma, del que ya hablé en otra entrada, es algo que existe incluso antes del diagnóstico, creciendo primero en uno mismo y luego cristalizando en sociedad.

 

%d bloggers like this: