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Pesadilla de siesta

12 Jul

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

«Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.»

 

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Ensoñación

6 May

Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Probablemente imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.

Pierdo la noción de mis extremidades, sopla un leve suspiro y una onda de calor me abandona por la yema de los dedos. Mis pies acostados se relajan y se abren indefensos, las plantas son recorridas por el sutil escalofrío de una pluma, mis piernas no se pueden resistir tampoco y la pelvis abandona la tensión de un esqueleto mal encajado. He pasado por el estrés infernal de un día demasiado luminoso, que posee láseres fulminantes en vez de rayos y que éstos han embutido en mi iris azul cenizo un embravecido mar turquesa. El tronco empieza a levitar, despidiéndose de médula y costillas, al son se despedazan el corazón y el alma rompiendo un frasco de frágil cristal. Mi cabeza se alarma por momentos y un golpe febril pincela una capa de rocío en la frente y las sienes, el reguero de sudor se deshace en finos afluentes y muchas gotitas se elevan contra la gravedad, donde antes había techo y ahora pacen las estrellas.

Estoy flotando y bajo estrepitosamente, mi cuerpo se funde y ya no existe tal cama. Recorro toda una sima neardental, donde al final se halla un estanque subterráneo, tras bucearlo sin esfuerzo y atravesar un cuello de rocas, salgo a una nueva superfície. Recobro el aire, un aire que no existe, porque en los proyectos de sueño no hace falta respirar. Pongo pie sobre un firme seco, algo va mal, en un claro de agua sereno veo mi tez reflejada: una estampa odiosa se vuelve a repetir, mis ojos estan ahí dilatados, casi de porcelana pétrea, pero con un venoso enraizado que los envuelve y castiga.

Ya no se puede ir más lejos, hasta donde la fuerza del centro de la tierra me ha podido traer. Mi cerebro es ahora el único traicionero, el que me impide abrir definitivamente esa puerta mágica al descanso, esa puerta a un mañana agradecido por el bostezo.

Al entornar la vista observo, tras enfocar bien -al igual que buscamos una mosca en la punta de nuestra nariz-, unos querubines microscópicos sostienen mis párpados, como si quisieran limpiar un cortinaje o alzar el telón desvelando un sainete, en una pose truhanesca, parecida a levantarle la falda a una agradecida desprevenida. Pululan agitando sus ridículas alas maléficamente, rastrillean mi pelo y gozan de excavar mi tímpano, cavando túneles buscando el eco perfecto. Sin embargo yo apenas los siento, o al menos trato de ignorarlos, aunque desgraciadamente son un vil recordatorio de mi fatal insomnio, de que los párpados son los únicos tejidos de mi cuerpo con vida propia, independiente e inteligente, siempre vivaces y despiertos, siempre con ganas de vencerme hasta el alba.

Esta noche una fuerza superior a mí me ha vencido, según recorro la córnea, todo es una sensación agria y de nerviosismo: el síndrome del ojo seco. Intento llorar, aunque sea de desesperación pero no puedo, no puedo apagar esta quemazón que me impide dormir ni esta llama fulgurante que me obliga a digerirlo todo por el nervio óptico. En la madrugada siempre salta el resorte a horas que no debe y el reloj biológico se detiene para cronometrar el autoconsumo de los noctámbulos. Diagnóstico: demasiadas horas sin dormir. Harto conocido que el deseo de conciliar sueño y descanso se van al traste, una vez más. ¿Y qué hay de mí? Sólo me queda una opción sensata, hacerme caer como un tronco con mi caramelito de laboratorio.

Benzo de 5 milígramos entre pecho y espalda… Otra vez

 

La quetiapina funciona

25 Apr

Si escribiera un diario sobre mi trastorno, tal cual fuera mi historial clínico, lo intentaría hacer con el mismo escrutinio metódico que el de un médico, pero por desgracia —y gusto a la vez— sólo puedo construir un relato con muchos aderezos sentimentales. Mis observaciones, por muy objetivas que pretendan ser, conforman una narración lacrimógena de mi realidad, sólo me arrimo al conocimiento de la enfermedad a través de mi vivencia y los pocos libros que he leído. Sin embargo, creo firmemente en el valor terapéutico de ofrecer mi punto de vista sobre ciertos hechos que, aunque debieran ser verificados por un profesional, no deslegitiman para nada mis propósitos literarios. Aunque sólo sea por ese halo de subjetividad con el que contamino todo lo que narro, vale la pena continuar escribiendo.

Empecé con la quetiapina de cincuenta miligramos de liberación prolongada hace ya veinte días, un plazo que considero suficiente como para notar su efectividad. El objetivo primordial de la prescripción era doble: en primer lugar, reforzar el efecto estabilizador del litio y ayudar a normalizarme en un término más largo, y así prevenir la ciclación rápida y los episodios mixtos que reportaba de febrero y marzo; en segundo lugar, tratar de aprovechar el efecto sedante de la quetiapina y sustituir paulatinamente las benzodiacepinas de las que tanto solía abusar.

Durante los primeros cinco días, no conseguí dormir adecuadamente, ya que por mandato, tomaba la quetiapina al ir a la cama, obligado a rebajar la dosis del sedante habitual. A las pocas horas, tras un período de desvelo y cierta inquietud, no me quedaba más opción que hacer la ingesta complementaria de benzos, e incluso en ocasiones recurría a aumentar la dosis para potenciar un efecto más rápido.

A veces la vida sólo es cuestión de matices. Un día opté por adelantar la toma de la quetiapina, hasta las siete u ocho de la tarde. De tal manera, el efecto sedativo empezaba a notarse alrededor de las once de la noche. Ello, junto a la placidez y el ligero descanso activo que me dedico después de cenar, me ayudan a afianzar la efectividad del medicamento, acompañado solamente de una o media pastilla de Lorazepam. Mi descanso nocturno está siendo muy completo y natural, dentro de mis posibilidades e imperativos farmacológicas.

En cuanto al primero de sus objetivos, el de aplacar las tendencias maníacas, noto esta vez un efecto inédito en todos los antipsicóticos que haya probado antes. Siento como me “contiene” pero sin bajar mi ánimo demasiado, sin destruir mis facultades para crear o emprender. El hecho de haber ralentizado la taquipsiquia, ha logrado un revulsivo mayor aún: mi pensamiento acelerado y fugaz se modera y, paradójicamente, me libera del tráfico que saturaba mi razonamiento. Es decir, puedo hacer más cosas y de mejor calidad porque he enfocado mis pensamientos de una manera más eficiente, sin obstaculizarme a mí mismo ni solapar pensamientos constantemente invasivos.

 

Anoche tuve un sueño

13 Apr

Veía un mosquito en primer plano, grande, con las patas largas y un apéndice afilado, seguramente el que utilizaba para clavar a sus víctimas, como el de los mosquitos tigre. Seguía posándose inmóvil sobre lo que parecía un pie, jugoso, con unas almohadillas carnosas y unos talones tersos. Los dedos se recogían caprichosamente como las manos de un bebé; un rojo burdeos lucía en unas uñas bien recortadas y cuidadas.

El mosquito se recreaba, danzando en pleno regocijo de aquél que parece disfrutar de un fetiche. No acabó por morder, desaprovechando un terreno lleno de oportunidades para plantar una buena roncha, saciándose con el dulce plasma rojo.

En segundo plano se enfocaba lo que parecían unos calentadores rosas de algodón, de esos que se ponen las bailarinas entre el tobillo y la pantorrilla. Más allá, la pierna estaba desnuda. Su tez era morena, del leve color del café descafeinado. En un plano superior, la chica yacía desnuda sobre una cama de pétalos lilas, rosas y amarillos. Los efluvios subían como un gas invisible, pero que no permitían ver más arriba de la cintura.

El insecto prosiguió su vuelo errante, y como si desvelara un manto, descubrió la otra mitad de la chica. El mismo tono mestizo, un bronceado natural, una construcción atlética, una juventud reciente. Su cabeza estaba rematada por una corona de flores. El mosquito aprovechó la siesta de aquella exótica sílfide. Se escondía por todos sus rincones, explorando sus olores, sentándose en los surcos de sus labios, turgentes, a punto de explotar como una fruta madura. Desquiciado e impotente, el mosquito parecía perdonarle la vida, alejándose resignado.

Entonces se dirigió de repente hacia su corazón, con un malvado siseo, y un zumbido ensordecedor. Justo unos dedos por encima de su seno izquierdo. Mordió, y durante unos segundos estuvo robándole sangre con su estilete perforado. La chica aceleró su respiración y rompió la pose inicial de estatua. Se estiró de forma convexa y estiró los brazos hacia atrás como un ángel. Sus mejillas se sonrojaron y frunció el ceño. Algo no iba bien. Terminó por abrir los ojos, y apartó los pétalos que le cubrían el sexo con pudor.

Se movió en una pose totalmente diferente, y en todo su esplendor mostró sus encantos sexuales.

Ella sudaba. Las sienes, los muslos, los hombros brillaban con un elixir uniforme que a veces se rompía con unas gotitas brillantes y cegadoras.

Yo sudaba, pero me resistía a despertar.

De repente me acordé de una naranja que me comí aquella tarde, en mitad del sueño. Las cogía de un cesto que un amigo nos regalo de su huerto. Eran grandes y jugosas. Siempre que comía una, la dividía en gajos. No me gustaba limpiarme, me empapaba con el natural pegamento de su zumo. Me encantaba que la fruta rebosara mis mejillas, que disparasen gotas desde mis comisuras, que literalmente explotara en mi boca.

Con el último gajo siempre hacia el mismo proceso. Cogía un buen trozo, gordo, casi la mitad, a bien seguro un cuarto de naranja, lo partía con el cuchillo y me quedaba observando la sección que había recién cortado, observaba sus hebras y me maravillaba ese color intenso y brillante. Lo tomaba en mi boca y sin morderlo, lo aplastaba con el paladar.

La chica convulsionaba lentamente. Arqueaba su cuerpo, hacía la pose del puente con sus pies rígidos y la nuca tensa y venosa por el esfuerzo.

Tapó su sexo con la mano. Dobló los dedos corazón y anular y, como si fuese una palanca, los introdujo. Bien adentro. Con su antebrazo parecía dominar unos pezones incontrolables; por su parte, su mano izquierda parecía dedicarse con ganas devotas a su pecho izquierdo.

Un gemido seco rompió el silencio.

Desperté con las sábanas y edredones arrugados. Un frío me invadía la espalda, había una gran mancha salada quasi amarillenta, un sudor difícil, como el de un espectador que mira al sol desde una butaca de piel.

Me levanté y me senté en el borde de la cama. Me quité la camiseta y el resto de la ropa. Recorrí desnudo el pasillo con gran ligereza y las gotas se precipitaban en la ducha a una lenta velocidad.

Cada pelo, cada célula de mi piel recordaba todavía aquella sensación. Aquella mañana desperté de forma natural, con el sol que atravesaba mi persiana. Casi completé el sueño.

Esos sueños son los que merecen la pena soñar. Esperar a ser soñados, a que te invadan la noche más imprevista. Sueños que te hacen gritar, que enloquecen el reloj, que te despiertan en mitad de la noche. Sueños de sudor, del respirar que corta el aire. Sueños que hacen fluir tu cuerpo. Sueños que agitan las piernas. Sueños que te empalman con dolor. Sueños que hacen correrte. Soñar hasta reventar.

Sueños color alegría, de la sonrisa en el espejo, sueños del poder de la vida.

Sueños que agradecen estar vivo.

 

Pesadilla

8 Jan

Anoche tuve una fuerte pesadilla.

Estaba al principio de un largo pasillo. En su pared derecha éste se abría en otros pasillos perpendiculares, siempre a la misma distancia uno del siguiente, siempre hacia la derecha. En la pared frontal de cada uno, la que veía de soslayo nada más echar a andar por el pasillo principal, había una abertura rectangular, sólo sostenida por un marco de madera, que hacía las veces de puerta pero sin puerta.

Cada vez que pasaba y giraba el cuello, veía siempre la misma imagen: era yo mismo de pie, con una mirada vacía mirando la pared de enfrente. Al pasar mi yo verdadero, mi otro yo se escondía moviéndose lateralmente, con la mirada perdida y una mueca entre grotesca y malévola en la sonrisa. Cuando se escondía yo pasaba al cruce del siguiente pasillo. La escena se repetía, una y otra vez sin fin.

Al final del pasillo hallaba una puerta, ésta sí estaba cerrada, la abrí y vi a mis padres acostados, el uno al lado del otro, boca arriba. Los dos hacían raros gestos convulsivos, con la mirada entornada hacia el techo y la cabeza hacia atrás, presionando fuertemente la almohada.

Empiezo a desesperar y a asustarme así que el sueño se interrumpe momentáneamente y desaparecen de repente las escenas del pasillo. Veo en una imagen bastante nítida cómo me incorporo en mi cama para apretar el interruptor de la luz y así terminar con la pesadilla, pero no puedo; todavía estoy dentro del sueño, ese gesto por intentar escapar tampoco era real.

En otro arrebato repentino veo cómo hago el mismo gesto, el de intentar encender la luz. Pero esta vez siento cómo mis movimientos se hacen carne, cómo es ahora mi cuerpo de verdad el que gira y se enrosca con las sábanas y la manta. Esta vez sí que es real. El sudor frío me recorre la espalda y empapa el lanudo pijama. Mi respiración se acelera.

Finalmente enciendo la luz aterrorizado.

Víctima de lo social

17 Nov

Ahora todo parece menos grave. La historia mía, y por ende, la de los que me rodean, es mucho más insignificante. Que la enfermedad ya no me domina es un hecho, ya no soy una víctima de mis relaciones sociales. Lejos quedan todos mis problemas de comunicación, y lejos también queda aquella protectora marginación que me obligaba a quedarme en casa cuando intentaba recomponer una mínima vida social, sin el mayor atino que acabar dibujando una escena lastimera tumbado en el sofá de mi casa, alimentada con excusas y mentiras. En muchas ocasiones apuré hasta el últimísimo momento, el recurrido “es que no puedo salir por esto o por lo otro”; con falsos pretextos, cambiaba de parecer incluso justo antes de atravesar la puerta, como si esconderse fuese la única manera de guarecerse de la lluvia.

A pesar de todo ello, mi círculo de amistades siempre ha permanecido fiel, y nunca se ha llegado a romper ese vínculo y aprecio convencional con el que se comprometen los amigos de la infancia, pero la calidad y fortaleza de estas relaciones perdió mucho con el paso del tiempo. Esa amistad que se gana tomando cafés, viajando juntos hacia un mismo lugar, transitando lugares comunes y, en definitiva, compartiendo los momentos de júbilo en fiestas y encuentros, por muy triviales que estos me pareciesen. Con este deterioro inexorable en lo social, uno va perdiendo poco a poco el carisma, ese aura que a todo el mundo lo abriga —esa capa que debe construirse con el afecto— parece apagarse, y la apariencia, la propia identidad, se transforma en invisible.

Pero la depresión es una ola que arrastra con todo, que llama sin preaviso y acaba por ahogar a uno bajo las sábanas. Qué remedio. No podía hacer nada más, me veía inoperante al intentar atacar estas situaciones. La desgana, la insatisfacción constante y un insomnio persistente impedían construir una fachada resistente con la que afrontar mis compromisos sociales. Y digo afrontar, porque no hay mejor verbo que exprese cuál era mi única salida. En aquellos días era muy difícil alcanzar satisfacciones personales, la noción del placer era algo completamente desvirtuado y mis propósitos no debían sino conformarse sólo con el fingimiento, con el mero acto de la presencia e intentando no perder la compostura en el momento y lugar. Pero aunque estuviese rodeado por millares de amigos, dentro de mí sólo circulaba sufrimiento y pena. Por eso, antes que fingir o que lo notasen los otros, elegía quedarme en casa y no salir. Sé que fueron muchas oportunidades perdidas, pero con la montaña rusa en la que vívía montado, no me podía permitir tampoco saborear una alegría momentánea, sabiendo que pronto se esfumaría en el camino de vuelta a casa.

Recuerdo perfectamente aquellas épocas en las que yo intentaba ser uno más del grupo sin llegar a conseguirlo nunca. Fueron una adolescencia y una primera juventud difíciles, donde intentaba acoplarme cómo mejor podía a los cambios propios de esas edades. Sin embargo, el trastorno se convirtió en una mochila que iba cargando con piedras del propio camino. Eran épocas de descubrimientos, de probaturas en el sexo y las drogas, en las que normalmente todos mis amigos, que compartíamos años y aventuras, seguíamos caminos paralelos, buscando subir al mismo ritmo que nuestra efervescencia biológica. Pero así como ellos eran capaces de desandar lo vivido, yo siempre tomaba senderos en los que me perdía, mi luz se apagaba. La vida siempre ofrece algo de estimulante que anima a avanzar, pero yo percibía cada vez menos esa luz que guía para adentrarme más en un túnel. La risa natural, el saber encajar los acontecimientos vitales, la gracia de vivir, se convirtieron en mí en un gesto forzado, en una cuesta siempre empinada. Ellos maduraban de forma normal, adecuada al ritmo y la semejanza de personas de nuestra edad, sabían encajar sus errores y aciertos, pero yo, sin embargo, me desplazaba. No aprendía porque era como aquél insípido, que muere de hambre no por no comer, sino por no poder apreciar los sabores. Hubieron muchos intentos vanos por alcanzar esa pretendida normalidad, fines de semana en los que el alcohol y las drogas me catapultaban a un efímero bienestar para después fragmentarme en mil pedazos en la caída. La falta de satisfacción (anhedonia) y las largas noches de insomnio acabaron por rematar mis ganas de salir. Así, entre el miedo a descontrolarme y la apatía dejé de salir definitivamente. Me perdía cada vez más cosas, las que sólo se aprenden en las calles de la vida, las que caracterizan una picardía que nunca entendí, pero que debe ganarse con el tiempo, para no salir siempre malherido. Por aquel entonces me encontraba muy desarmado, impotente al no poder completar la felicidad en mis relaciones personales o mis noviazgos; fueron también años de incomprensión, de insensibilidad y de una gran soledad. Años en los que tuve que dejar novias, años en los que me perdí nocheviejas con mis amigos, años de divagar solo por las calles. Mi vida social llegó a estar rota aunque era eso o salir y desequilibrarme aún más, no tenía muchas más opciones.

Pero gracias a la suerte y el esfuerzo, todo eso ha quedado muy atrás. El primer paso —quizás el único— para sentirme comprendido entre la multitud, era comprenderme a mi mismo. Ahora salgo a la calle sin doblegar la cabeza, ni tampoco levitando a tres palmos del suelo; soy alguien equilibrado dentro de la manada al que, de una vez por todas, le sirve la experiencia vivida. Conozco las corrientes de agua y sé cómo aprovecharlas. Nunca será nada igual, por supuesto hay muchas cosas personales que he perdido irreversiblemente, pero lo importante es que he sobrevivido en esta jungla de personas, aunque haya sido a base de machetazos.

 

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