Tag Archives: Salud mental

Desde el 13 de enero

24 Mar

Desde el 13 de enero no escribo nada, y mi proyecto de bitácora vital parecía abandonarse como un viejo trasto inútil. Hasta estas palabras que escribo no había reparado en ello, pero ha pasado mucho tiempo. Lo que inicié como una empresa posible y sostenible ha ido ersionándose en mi olvido durante los últimos tres meses.

He sufrido algunas crisis severas, en las que las manías han cobrado mayor protagonismo de lo habitual. No me entretendré en describirlas, sólo adelantaré que en el crucero hacia mi estabilidad, mi recuperación ha zozobrado. En términos médicos, he experimentado oscilaciones mucho más rápidas de lo habitual, sobre todo en el último mes y medio, aunque estos síntomas quizá se puedan reconocer desde mayo del año pasado. No quiero seguir extendiéndome, lo haré en próximas entradas, pero mi psiquiatra no ha sido de gran ayuda esta vez, no me ha ofrecido acertadas garantías en mi tratamiento y, en mi opinión, ha negligido en algunos plazos y ciertas pruebas médicas. Todo suena demasiado confuso, lo sé. Pronto lo aclararé y pondré cada idea en su sitio.

Simplemente quiero acabar con un buen sabor de boca este párrafo y decir que mi estado de ánimo se ha restablecido dentro de una zona de confort y en un margen bastante controlable. Me asusta bastante el reto al que me enfrento, pues quizá mi diagnóstico evolucione hacia un lugar que nunca hubiera previsto, la ciclación rápida. Sin embargo, siento, no sé como, que gracias a una mezcla de voluntad y rabia he retomado el control de mi salud mental.

Me doy las gracias por salvarme la vida, una vez más.

 

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God plays sax, the devil’s violin (2004)

12 Jan

Recomiendo el visionado y el revisionado de este documental del año 2004 rodado por la directora rumana Alexandra Gulea. Aquí tenéis su escueta ficha en IMDB. Nada mejor que dejaros con el vídeo:

Hipertrofia. 70 sobre 100

25 Nov

Últimamente sólo veo a mi alrededor cosas amontonadas. Se disponen en círculo, amenazantes, dispuestas a hacerme tropezar. Mi habitación empieza a arrugarse como un papel, dentro de un caos ordenado que se repliega en sí mismo como un caracol aplastado contra el techo, el único lugar fiel a la pulcritud. Mientras tanto, el tiempo pasa liviano a la vez que implacable, nunca hallo el momento que me obligue a dominar esta avalancha doméstica.

Me cruzo en mi camino con una zapatilla viuda, en el otro extremo del cuarto yace abandonada la otra, ladeada, escupiendo un calcetín rojo con una burla sangrante. Queda fuera de mis dedicaciones emparejarlas con algo más de dignidad, o bien buscarles algún sitio más oportuno. Lo mismo está pasando con la ropa de diario, o los papeles de trabajo amontonados sin criterio en el escritorio y, sobre todo, la mesita de noche, donde descaradamente exhibo mi pastillero y una caja de orfidales junto a varias botellitas, con 100 botones de litio en su interior. A alguna de ellas, se la ve ya algo apartada, desenroscada, con las blancas pastillas que empiezan a esconderse tras la etiqueta, en el interior de su triste cristal ahumado, pero que para mí alberga un alivio diario de estabilidad y bendita resignación.

Pongo los pies en el suelo. Está frío, helado. Sé que todavía guardo ropa de abrigo bajo la cama, que hace tiempo la puse en dos fiambreras gigantes durante un arrebato de orden y concierto. Ahora debería hacer lo mismo: ponerme a ordenar otra vez. El armario hace meses que se convirtió en un tanque de experimentos, rebosante de trastos hasta por la parte de arriba. Ropa y papeles, papeles y más ropa. La papelera sólo se vacía ya cuando es motivo de vergüenza y sólo conservo el hacer la cama como el único hábito, casi de orgullo, de que en algo me ocupo de mi lugar.

Por otra parte, no me siento alarmado. Reconozco cierta dejadez, pero me veo capaz de revertir la situación, acondicionar mejor mi escenario. Espero que el desorden de mi habitación no pase de ser un mero símbolo agorero, y que no se cumpla ningún mal pronóstico. No ha habido, por el momento, ninguna transferencia hacia mi conducta o mis hábitos de aseo e higiene. Sin embargo, si que noto cierta celeridad en la ejecución de mis quehaceres, hasta incluso una mayor capacidad de improvisación al resolverlos. Mis registros se mantienen en un rango elevado aunque aceptable, ya sea en el lado de la hipomanía, pero sin haber superado cierto guarismo peligroso, manteniéndome al filo o bien cerca de la cifra del 70 (sobre 100), durante las últimas dos semanas. Es bien cierto que me estoy sintiendo muy a gusto conmigo mismo, pero valoro con más importancia si cabe, que no he desarrollado ninguna adicción al comportamiento o conducta de riesgo alguna, aunque sí percibo cierta potencialidad de viciar esta armonía vital, como si el caos ordenado, empezara a tener más de caos que de ordenado. Sé que quizás me esté acercando unos pocos pasos hacia cierto precipicio.

A pesar de ello, tampoco se ha visto muy afectado el horario de sueño, eso es muy importante para mí. Sin embargo, he tenido que elevar mis dosis habituales de lorazepam para combatir esta creciente animosidad nocturna (desde los 2 mgs. de media hasta los 15 mgs. algunas noches). El sueño ya no es tan natural, porque las resistencias son más fuertes, y también lo empiezan a ser las jaquecas. Pero soy un luchador, durante doce años he tenido que modular mi sueño, aún cuando a veces las eternas noches de vilo eran indomables. Así que esto es sólo pasajero.

Me siento más libidinoso, con una voluntad, bien consciente o inconsciente, de volver a mantener relaciones un poco menos discriminadas. He vuelto a acostarme con algunas semidesconocidas, pero la frecuencia no ha sido tan exagerada, ni tampoco me he expuesto a ningún riesgo de índole sexual. Lo he controlado excelentemente bien, sin apuros, sin aquella silenciosa dependencia del sexo que a veces acababa por desbordarme.

A grandes trazos, este es mi estado actual, contando las últimas 2 ó 3 semanas, sin olvidar que son posteriores a un período rigurosamente eutímico, mucho más neutral, pero con un menor nivel de satisfacción vital. En la balanza, todas las fases se miden con sus propios pesos y contrapesos, e incluso en potenciales situaciones de riesgo, también se debe relativizar y percibir los aspectos positivos, y al contrario, en las situaciones “clínicamente” más deseables o asépticas, como la eutimia, también existen síntomas poco deseables o negativos.

Pero no pasa nada. Sé cómo actuar. Me conozco la historia porque se repite, y a base de repetir se aprende, y mucho. Tras un análisis pormenorizado de los detalles, voy a realizar una selección inteligente —más bien práctica— de mis compromisos sociales y lúdicos, algunos los suspenderé porque pueden añadirme una carga de estrés innecesaria; reordenaré mi habitación para que ofrezca un aspecto más sereno y tranquilizador; desplazaré los rituales previos a acostarme para poder aumentar y mejorar el descanso; y por último, intentaré, como siempre hago, cumplir con mi hora de toque matutino y concentrar al máximo la actividad de trabajo y ejercicio durante las primeras horas de la mañana.

 

La vivencia

6 Nov

En ocasiones pienso en mi enfermedad como algo lejano, un sufrimiento aliviado ya hace mucho, casi ajeno. Dichas iluminaciones me vienen ahora, claro está, cuando llevo consolidando más de tres años de recuperación. Un tiempo que ha supuesto una escalada hacia un bienestar que puedo sentir como perdurable, cimentado por aquello que algunos evocamos, míticamente, una mal llamada “remisión clínica”. Aunque, en mi opinión la enfermedad sí puede llegar a extremos en los que prácticamente parece desaparecer, esta remisión es sólo una acertada y azarosa conjugación de factores sobrevenidos desde un único punto de partida: el diagnóstico.

Según las características propias del enfermo, el camino a recorrer será siempre diferente para cada uno. Hacia una exitosa recuperación únicamente se puede transitar, no existe un lugar fijo al que llegar, no puede haber metas ni tampoco objetivos. Un diagnóstico firme supone todo un advenimiento para el individuo, el inicio de una nueva vida, y también el reconocimiento de la vida pasada, que permite entender y encajar todas aquellas experiencias vitales que fueron traumáticas en su momento, todas aquellas experiencias malogradas, todos los proyectos inacabados que uno se prometió a sí mismo, y así, una inacabable lista de acontecimientos personales muy dolorosos.

Pero este punto de partida simplemente es el primero de todos esos pequeños pasos que uno debe empezar a recorrer, poco a poco. Quizás, más veces de las deseadas, yo mismo haya tenido que volver sobre mis propios pasos: el entender solo no cura. En el recorrido habrá, seguro, más de alguna vacilación en el estado de ánimo, y seguramente frenará las aspiraciones iniciales de avanzar siempre hacia delante. Habrá recaídas, por supuesto, y también subidones. El mejor de los consejos es el de andar el camino, observándolo a media distancia, evitando la búsqueda de un horizonte concreto, no se debe correr ni apremiarse por llegar el primero. Sin duda, la mejor opción es aprovechar este tiempo, además de para entenderse a uno mismo, para fomentar aquellas actitudes y hábitos que permitan renovar el tono vital perdido. Renovación que únicamente es posible sabiendo jugar con tres variables que considero fundamentales: la información, el autocontrol y la medicación.

En este sentido, me gustaría aclarar como observo algunos conceptos mencionados. Para mí, la experiencia se nutre de sucesos con un mínimo de trascendencia como condición necesaria y suficiente, es decir sólo son cosas que han pasado de forma puntual, reconocibles. Son todos aquellos desencadenantes vitales del bipolar, que o bien lo han hundido en la depresión o lo han ensalzado. Por ejemplo, una relación personal fracasada, una muerte del ser más querido, o al contrario, una fase prolongada de insomnio o algún acontecimiento vital muy exitoso, como el inicio de una relación personal o un consumo de drogas excesivo.

Mientras, cuando hablo de vivencia me refiero a que ésta siempre ha sido —y es— trascendente a cada instante. Es la forma en la que yo, enfermo, me he sentido el tiempo que he estado expuesto a la enfermedad. En mi tipo bipolar II, no me equivoco al describir nueve años de mi vida alimentados con cada minuto de dolor al respirar, construidos con cada segundo de vilo nocturno. En conclusión, se trata de un mal sentimiento constante, que nunca te abandona, que parasita tu existencia. Eso es lo verdaderamente relevante: la vivencia siempre esta ahí. Así se puede entender, desde mi punto de vista, cómo uno no se acomoda nunca a este tipo de vida, sensación que sí podría resultar de la experiencia, sino cómo el trastorno bipolar cambia la forma de percibir su propia vida, lo invade a uno sin permiso, sometiendo parte de su racionalidad de forma permanente. La primera respuesta que me dí a mí mismo la obtuve tras mi diagnóstico: entendí que durante aquellos nueve años me había sentido siempre mal. Y es una afirmación que ratifico hoy, aún con las crestas y valles que podrían engañar a un ojo inexperto. A pesar de haber trascendido durante episodios de depresión y manía, ni siquiera en mis períodos intercrisis, nunca pude llegar a afirmar, ni un solo instante, que me encontrara completamente bien, normalizado como el resto. El estigma, del que ya hablé en otra entrada, es algo que existe incluso antes del diagnóstico, creciendo primero en uno mismo y luego cristalizando en sociedad.

 

Objetividad y optimismo

20 Oct

El hombre razonable y lógico siempre juega seguro. Ve las cosas tal y cómo son, y no se compromete mucho con los deseos. La imparcialidad más ortodoxa rechaza ferozmente las emociones y deseos, pues de otra manera no la consideraríamos suficientemente imparcial, y por tanto dejaría de tener su recto sentido. Cualquier frontera que rompa sus finos márgenes, habilita al ser humano a creer, a someterse involuntariamente a las emociones. Optimista es aquél cuya actitud no es trazada por la línea recta, sino que disfruta del camino y sabe valorar cada una de las paradas que hace. Para él, los fracasos no son una pérdida de tiempo. Optimista es aquel que guarda la esperanza de abrazar un mañana mejor, a pesar de lo malo.

Existen una gran serie de factores que influyen en la adopción de una tendencia u otra. No se trata de una preferencia, sino quizás una mezcla de suerte y experiencias, que dispondrán al individuo en uno u otro sentido, e incluso a veces, le permitirá compartir, con múltiples ponderaciones, objetividad y optimismo al mismo tiempo.

Se necesita coraje y valentía para lograr tener una mente flexible, adaptativa; a ésta se le exige asentarse con gran disciplina sobre principios sólidos, que no cedan ante interpretaciones convencionales de la realidad, aunque en muchas veces no se puedan evitar. En una mente joven e inmadura, por ejemplo, los miedos y la ansiedad son claros reflejos carencias de adaptación y un viraje más proclive hacia las emociones. Pero se entiende perfectamente como todos podemos ser víctimas de faltas en nuestras habilidades, al con un corto conocimiento experto del tema. Nadie es perfecto, y menos en el control de sus emociones. Prever con éxito situaciones de dificultad personal es una tarea vasta e imposible. Partiendo de esa imperfección natural del ser humano, se evidencia un estrecho alcance de nuestras defensas naturales, ante el futuro que a cada persona le depare su enfermedad.

La objetividad es la cualidad de ver los hechos tal y como son. Se trata de una habilidad que deja las preferencias personales a un lado, y permite evaluar una situación de la manera más “correcta” posible. Por su parte, el optimismo tiene más que ver sobre lo que la persona hace con las observaciones de esos propios hechos. Es decir, se trata de una actitud activa, más que de un código predeterminado.

Si lo suscribiéramos en al trastorno bipolar, la objetividad permitiría, por ejemplo, que un individuo hipomaníaco fuera capaz, por sí solo, de apercibirse de que se encuentra “ligeramente subido”, notando una creciente sensación de placer, un comportamiento expansivo con pensamientos y una forma de hablar exacerbada, antes de que sus síntomas derivaran en un cuadro manifiestamente peligroso y ya menos reversible (hipersexualidad, adicciones del comportamiento, agresividad, etc.). Un autoanálisis adecuado de su propia situación, facilitado con un sistema de alertas bien diseñado, cortaría en gran medida las probabilidades de ver crecer su manía.

Un enfermo optimista, en cambio, debe tener cuidado con sus observaciones. Se trata de una clara advertencia, a pesar de que el enfermo se encuentre anímicamente mejor, fuera del riesgo de depresión, o bien tenga una predisposición más positiva, que le proteja de las recaídas. A pesar de que dicha actitud pueda ayudar a consolidar un nivel de bienestar personal más alto, las alertas no son sino mucho más importantes en este caso. A diferencia de los cuadros de manía, la depresión siempre es fácil de detectar por el entorno o los cuidadores, pero fuera del espectro depresivo, el mayor peligro radica entre “estar bien” o “estar mejor”. En otras palabras, el enfermo hipomaníaco (incluso eutímico) puede empezar a negligir en su conducta casi sin darse de cuenta, cuando éste crea que simplemente està actuando de la mejor manera. Por lo tanto, el optimismo es una actitud necesaria, que influye muy positivamente en el proceso de toma de decisiones de la persona, pero a la que se deben poner límites también; para que ninguna  empresa se convierta en una alocada acometida, se debe hacer una correcta valoración de todos sus frentes, preponderando las objeciones que provengan de la mera decisión personal, pues ahí se puede encontrar el verdadero cambio de ciclo. Es decir, si la nueva decisión va a suponer un cambio positivo y, además, si ésta se ha tomado en una escena personal también favorecedera, de lo que realmente hay que desconfiar es de este impulso optimista. ¿Hasta qué punto el optimismo no es un desencadenante?

Así pues, la objetividad sí que ofrece mayor consistencia en la construcción de herramientas y mecanismos para gestionar la enfermedad; mientras que, el optimismo ; y por ende el pesismismo, son armas que sirven también para hacer cambiar nuestro estado de ánimo, con independencia de las circunstancias, y que permite tomar parte activa al enfermo. En otros términos, no se pueden controlar las circunstancias, pero si controlar la actitud. El mejor de los equilibrios se diseña con un código que permita entender la realidad tal y como es y con una actitud “suficientemente” optimista para avanzar.

En resumen, yo señalaría algunas directrices fundamentales: orientar al enfermo a eliminar las construcciones mentales más irracionales, y ayudarle a erigir un código objetivo más sólido en el entendimiento de sus conflictos personales y sociales. Al mismo tiempo, hacerle consciente del poder de la actitud. La elección de actuar de manera optimista, por mucho que cueste alcanzar a entender (sobre todo en fases de depresión), es la mejor prueba de vida para liberar del secuestro a nuestras propias emociones. Aunque el papel de la medicación prescrita sea irreemplazable, una buena actitud permite iniciar un camino, que está lleno de pequeños cambios en positivo.

La convicción del estigma

16 Oct

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Últimamente doy más rodeos de los habituales cuando transito. Colecciono mis paseos diarios en lo que ya es un correcalles cotidiano, un hastío hecho de aquellos lugares comunes que antes conformaban mi patio de juegos. No intento rechazar a nadie, aunque no quiero que nadie participe de un vulgar pretexto, diseñado sólo para levantarme pronto y hacer recados. No quiero que me vean mis amigos, así de claro. No quiero encontrarme con nadie por esas mismas calles; no quiero sentirme obligado a excusar mis ausencias intermitentes, no con cínicos intentos a base de comentarios y ademanes triviales. Lo prefiero así, es más fácil. No se trata de ninguna vergüenza, pero ojalá la enfermedad diera pruebas físicas de su existencia. Yo ya sé lo que soy, los demás no; sólo soy un grito mudo.

En contraposición a ese realismo tan crudo me aplico un bálsamo de actitud, pensando que sí soy capaz de cambiar las cosas. Dicha actitud se llama optimismo, y también sigue sus propios derroteros. Pronto podré sintonizar con algo más de espontaneidad, sobre todo en aquellas situaciones de las que desconecté hace un tiempo. Las post-depresiones son lentas, hay que entenderlas, no empujar demasiado fuerte. Todo tiene su velocidad natural. Por una vez, voy a acoplarme al momento, subir los escalones lentamente, sin arriesgar los cimientos que me antecedan. Si algo fuera mal, yo sería mi propio termómetro, un resorte fiable.

Ya no tengo frío. Hay fases en la enfermedad, y ésta es del tipo existencial. Ha llegado el momento de entender mi estigma, y convertirlo en una bendición.

Es la sociedad la que marca a fuego muchas conductas, que después aparentarán moralmente inaceptables. Un rechazo siempre se generaliza en el más absoluto desconocimiento. Así, en la ignorancia, siempre nacerá el más infundado de los prejuicios, aunque sea en el seno más inocente de las masas. Siempre condenará como irracional algo que es natural. Mi comportamiento solo cabe ser juzgado como azaroso, cuya única desgracia es elegir mal el momento y el lugar de mis actos.

Nuestros actos se explican a medio camino de la genética y la bioquímica, con un árbitro, la psiquiatría, todavía en pañales. Los bipolares son enfermos mentales. Muchos expertos enarbolan una alarmante bandera, pero desconocen cuán extendida esta la mancha. Somos los enfermos del presente y del futuro. Y el tratamiento de este desconocimiento social está por caducar o simplemente no servirá, pues el tabú colectivo siempre deja paso al estigma que vive el individuo.

Yo como enfermo bipolar elijo esa opción para vivir mi enfermedad, basándome en la información, el autocontrol y el deseo de desarrollar mis propios mecanismos para gestionar mis cuadros patológicos.

Que sólo me quede el estigma.

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