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Taller de escritura ASIEM: “Blanca”

23 May

Te imagino sorteando los adoquines de la calle Quart. Sé que vienes despertando el aire con cada nueva patada, aunque tus botas suenen silenciosas. Subo la mirada. Vistes unos vaqueros entallados y tu figura esbelta culmina entre una blusa que se evapora. Un timbre anuncia tu llegada y junto a un haz sintético aportas luz a una sala que te espera ansiosa. Iluminas y fulminas, como el cíclope de los tebeos. Con tu rubio cenizo acabas por filtrar los rayos del sol que absorbiste del camino, pero el rastro que dejas es imperceptible e inocente: miguitas de pan con mil letras escritas.

No te conozco, casi podría contar las palabras que tuvimos, y me cuesta escribir sobre lo desconocido. Pero si puedo quedarme a admirar lo bello y contárselo al mundo, escribir la breve reseña de una obra de arte natural: tu cuerpo y alma tomando forma.

El litio me templa y me adereza. Como algunos hombres de bata blanca vienes a visitarme, porque yo sé que eres una sanadora y que las sanadoras portan siempre buenas noticias. Nos pones a escribir sin dictado alguno y haces que me acuerde de la bondad de mis primeras profesoras, aquellas que también vestían bata blanca cuando yo era sólo un cagón, aquellas que me cazaban escribiendo mi nombre en la pared. Y eso es algo que me trae tu sonrisa y tu voz, dulce y aflautada al mismo tiempo. Tu forma de mandar hace que me apetezca pintarme las pecas que perdí.

Sabemos siempre de tu llegada, sin embargo siempre nos consigues sorprender cada jueves. No dejes de venir, por favor, ni hoy, ni ningún jueves. No desistas, porque ésta es tu buena acción del día. Hay personas que se dejan aparecer como una bendición en los mundos de aquellos que vivimos sostenidos por la soledad y el vicio, los que habitamos una cárcel sin carcelero.

Tráeme llaves en forma de pluma, déjame escribir y deja que el papel se arrugue, que mis palabras leviten y suban hasta el techo. Traéme llaves y yo te daré textos, palabras que caigan en cascada y te salpiquen.

Camino de la recuperación total

18 May

Mi enfermedad avanza, y no quiere decir que lo haga con merma de mi bienestar, evoluciono con ella, aprendo cada día de sus embestidas y la someto mediante sutiles gestos de dominio. Es una guerra ofensiva, voy al abordaje de una remisión total. Todo empezó con una afrenta hacia mi penúltima psiquiatra –curiosamente todas han sido mujeres–, a la que planté unos argumentos hostiles pero sólidos, mi estabilidad estaba en juego y en aquel momento se sostenía con pinzas, las crisis maníacas eran cada vez más numerosas y frecuentes, mi vida parecía un tiovivo revolucionado.

Busqué un especialista, un buen especialista. No tuvo necesidad de realizar visitación preliminar para valorarme, confirmó mi diagnóstico y en la primera visita ya ajustó mi medicación al alza. En posteriores visitas, ha ido reajustando aún más las dosis, también con la inclusión de nuevos medicamentos, siempre bajo la luz que arrojan mis análisis clínicos y litemias. Ese nuevo medicamento era la quetiapina –del cual ya he hablado en alguna otra entrada–, antipsicótico atípico que se puede utilizar como refuerzo de los estabilizadores, no solo como retenedor de la hipomanía.

Así, mi cóctel químico tiene como premisa principal la estabilización, no con un enfoque tan reactivo como el que tenía anteriormente, un frágil tratamiento que sólo llegaba a arañar la superfície, prescribiendo siempre a posteriori de las crisis, alternando antidepresivos y antipsicóticos, jugando a lanzarme de un polo a otro, con una palmaria dependencia de los hipnóticos. Ahora sin embargo, la paulatina retirada de las benzodiacepinas está siendo muy satisfactoria y, lo más importante, inscrita en un proceso totalmente espontáneo.

Actualmente esas son mis armas para manejarme por la vida: una actitud segura y una convicción plena en los pasos que últimamente doy, confío plenamente en los medicamentos. Confío en los medicamentos, no así en las personas. He perdido ese natural apego por el prójimo, con esa generosidad incuestionable y entregada que me caracterizaba. Me hago mayor de manos de mi trastorno. Mi bipolaridad ha nacido en plena pubertad, con dieciséis años y ahora, en plena cumbre de la adultez, es cuando experimento la remisión.

Entre adultos el juego de la comunicación se vuelve más difícil. Mi estado mental es una etiqueta difícil de explicar, irremediablemente me condiciona, aunque haya compensado más de mil veces mi deterioro cognitivo. Entre otras cosas, mi capacidad de socialización ha quedado intacta, además me rodea un maravilloso halo que la gente no llega a comprender a primera vista, que les sorprende, fruto de un proceso de recuperación estricto y aséptico. Me siento renovado por dentro y por fuera, algo difícil de medir, pero que los sentimientos sí pueden ponderar. Que estoy totalmente recuperado es un hecho. Sin embargo debo prepararme para superar cierto retraimiento social, romper definitivamente el estigma que me persigue.

Últimamente vivo la vida con entusiasmo, con un espíritu jubiloso me enfrento a un panorama bastante gris, pues mis posibildades de tener una vida independiente se han reducido a merced de una recuperación que ha exigido mi enfermedad, apartándome parcialmente de todos y de todo (trabajo, estudios, amigos, obligaciones, etc,), exceptuando la familia más cercana: mis padres y mi hermano.

Pero sin embargo, es cuestión de tiempo. Todo tenemos un cauce reservado por el que discurrir, a pesar de haber nadado contracorriente en muchos otros afluentes con anterioridad. Es hora de convertir mi mente en un templo improfanable. Emprender camino hacia la recuperación de un guerrero exige descanso, reflexión y rearme, el tridente de una voluntad de acero que no tiene sus miras en los enemigos cercanos si no que piensa en conquistar el horizonte.

 

Un paseo triste

26 Apr

Un circo apostado en una explanada exhibe algunos llamativos carteles. Me acerco. De perfil hallo lo que parecen unos remolques, alrededor unas picas unidas por un cordón los rodean. Un olor fuerte a granja me invade. Sigo la colorida cinta de seguridad sin descubrir más allá de una jaula con ruedas. Hasta que no me enfrento de cara a la caja metálica no consigo divisar a la criatura. Parece dormida, una enorme masa viva se eleva y desciende al ritmo de su respiración. Permanece enroscada como una bola, en la penumbra. Sus gigantes patas se asoman mas allá de la luz, acto seguido muestra su cola desperezando su cuerpo, extendiendo su lomo en un bostezo que lo arrima definitivamente a la luz. Descubre todo menos su cabeza. Entonces gira y, sin el minímo tiempo para observarlo detenidamente, ruge hacia mí con increíble fuerza, sus fauces se abren ampliamente y el bufido que emiten hace vibrar las raíces de mi cabello. Con sus mandíbulas ya relajadas, intercepta mi mirada con la suya, intenta comunicarme algo. Es una fiera incompleta, sin libertad. Su pupila está apagada.

Deambulo por las calles.

Las rayas del tigre se pasean por su jaula, entre sus sinuosos andares enseña los colmillos, pero su espíritu sigue tristemente encarcelado. El trayecto se convierte en algo hipnótico, como una danza del vientre; las rayas parecen los brillos de un mar en calma, unos vibrantes destellos bajo el sol. Pero sin remedio, su alma se ahoga bajo unas verticales de hierro. Me alejo, desde la distancia aquella caja diminuta parece un código de barras que encierre una llama salvaje, que nunca pierde su brillo pero que con el tiempo se apagará o acabará por inmolarse.

Así me siento yo, atascado en un ecosistema de asfalto al que mi naturaleza ya no quiere pertenecer más. La inercia con la que doy mis pasos se convierte en una rápida carrera y pide a gritos llegar hasta el mar, si hace falta, pedir que alguien me enseñe el camino. Quiero salir por algún agujero de esta ratonera. El tiempo pasa, con implacable actitud y, aunque me encuentre en pleno esplendor, mi reverdecimiento puede que se agote. Y eso me preocupa; nervioso el calendario se deshoja y ya son demasiados los días que barro del suelo.

¿Dónde han ido todos? Cada vez veo las calles más vacías, las pocas caras que veo son las mismas de siempre. Veo a adolescentes que ayer eran niños sonándose los mocos. Veo a mujeres de mi edad preñadas, algunas ya empujan los carritos. Veo comercios que cierran, y siento una ráfaga de viento que apostrofa una triste realidad. Veo a la gente envejecer, perder la firmeza de sus cuerpos, arrugas aparecen. Veo muchos ojos apagados, sin ese brillo de la pupila al sonreir. La mitad de mis amigos ya se fueron, algunos lo hicieron para no volver. Otros están hartos de navegar, persiguiendo el trabajo en un eterno viaje de ida y vuelta.

¿Dónde está la felicidad? Alguien la metió en una jaula, como al tigre; vive aletargada esperando escuchar alguna canción que la motive. La felicidad es un sentimiento más fuerte que sus garras, puede romper los barrotes y saltar hacia la libertad, volver a intoxicarnos con los colores de la alegría, el sonrojo de las mejillas, las sonrisas inabarcables y mancharnos con una lluvia de júbilo.

He tenido suerte. La felicidad empieza a construirse dentro de uno mismo. He tenido suerte de volver a renacer, aunque sea gracias a mis pastillas de colores. Una segunda oportunidad tan grande no se desaprovecha así como así. La vida se debe exprimir como un limón, hasta la última gota. Los angostos y tétricos caminos andados se abren ahora en claros maravillosos; a mi biblioteca mental acuden palabras como alegría, gozo, gusto, amor y pasión. Ayudan a sobreescribir aquellas palabras tan tétricas de la familia de la muerte y la destrucción.

Este logro ya es imparable. Avanza como un tren bala por mi médula, recorre mis neuronas sin hacer paradas, y se dirige rápido y puntual a una estación donde aguarda el amor y la felicidad.

La verdadera recuperación

13 Jan

Elijo tomar unas pastillas y otras no. Elijo tomar las pastillas buenas y no malas. Elijo las buenas porque son las que exigen constancia y regularidad, las que sólo ofrecen resultados a largo plazo y que necesitan de un gran esfuerzo de adaptación por parte del enfermo. No elijo las pastillas malas pues son para aquellos que necesitan una ayuda que suena desesperada, pero también para los torpes y negligentes, como yo. Elijo tomar litio y prescindir del lorazepam para dormir. Elijo esforzarme en cambiar mi vida para no tener que necesitar más lorazepam. Elijo hacer caso a mi psiquiatra y no automedicarme tanto. Elijo no suspender tampoco la medicación por mi capricho. Elijo mantener el antipsicótico aunque sea en una dosis mínima. Elijo dormir de forma natural. Elijo vivir responsablemente. Elijo vivir y disfrutar. Elijo disfrutar y no sufrir.

Elijo. Ahora puedo eligir.

 

A tientas con la Risperidona

10 Jan

Al pasar el tiempo me doy cuenta de la forma en la que azota mi enfermedad, en la que cada día es en un pequeño reto personal, sobre todo en las fases depresivas. Hasta hace poco he ido superando todos los obstáculos, salvando algún que otro leve traspiés, y tras andar camino durante una temporada bien alejado de la depresión, he podido alcanzar una envidiable cota de bienestar. Sin embargo, la alegría que cada día renovaba se ha tornado un poco gris y aburrida. Me he expuesto a un período de recuperación en un espectro de ánimo saludable y muy satisfactorio, siempre por encima de esa neutra y sosa línea divisoria entre mi mitad maníaca y su antágona depresiva. Y eso está bien, pero que muy bien. Pero la realización máxima de mi recuperación también tiene un límite. Los días empiezan por encerrarse en sí mismos, me muevo en cierto limbo que no llego a comprender.

Intentar explicar mi situación se hace un poco difícil para el que no tenga un poco de conocimiento experto sobre el trastorno bipolar —en lo sucesivo TAB— o bien si no se comparte la vivencia con otros enfermos, o sea desde la visión de cuidadores y familiares. En cualquier caso, es una enfermedad larga y duradera, que obliga a uno a aprender de los envites de sus mutaciones, a saber adaptarse al recipiente en cada una de sus fases, sabiendo que a pesar de enfrentarse siempre a las mismas piedras, los tropiezos son también únicos e irrepetibles.

Ahora floto en una zona de inflexión, ya es la segunda vez que me tratan con antipsicóticos. Me han ido reduciendo la dosis en el lapso de un mes aproximadamente: empecé con 3 miligramos de Risperdal los dos primeros días, después de mi última crisis maníaca —y ansiedad—, hasta que he ido tomándome 1,5 y finalmente los 0,5 que yo mismo sugerí, pero siempre bajo prescripción médica. Es la primera vez que mi condición ha exigido un tratamiento tan fuerte con este tipo de medicación, aunque no me puedo quejar de los resultados. Mi celeridad, nerviosismo y agitación se han neutralizado totalmente, así como mis problemas para dormir y mi recurrencia excesiva a las benzodiacepinas. Por otra parte, no soy tan eficiente ni mi rendimiento es tan alto, especialmente por las mañanas. Desde hace ya tres días presento cierto desánimo que, aunque no me agrada, no me impide ser funcional en mis quehaceres básicos. Así pues, experimento bastante desinterés en levantarme tan pronto como era habitual y me presto poco a activarme durante la mañana; sólo es hasta la tarde cuando puedo dedicar tiempo a realizar ejercicio físico. Pero afortunadamente he podido identificar estos cambios en sólo tres días, lo que me permite reaccionar pronto y redirigir mi conducta de la manera más adecuada posible y, sobre todo, no atribuírmelos a mi actitud de una forma demasiado culpable.

Por todo lo anterior, creo necesario continuar con la dosis actual, ya que me preocupa abandonar la dosis mínima pues me podría traer consecuencias no deseadas. Prefiero mantener la ingesta prescrita y asumir los inconvenientes que he descrito, que no arriesgarme a vivir una potencial situación de manía y desatarme durante las noches. Por encima de todo, lo que más me anima a continuar medicado es haber solucionado mis problemas de insomnio y mi exacerbada animosidad nocturna. Manejarse con estos problemas es, a cualquier plazo, más difícil que vivir con un estado de ánimo de perfil más bajo, si bien a largo término, la depresión tampoco es deseable. Pero por el momento voy a seguir así, con la medicación mínima e intentando esforzarme cada día un poquito para paliar un poco esta “pereza mañanera” y así no sentirme tan inactivo. Además, también compruebo como las fases de perfil deprimido no son tan malas, añaden un punto de vista más sosegado y, por qué no decirlo, también enriquecedor, pues son períodos más calmados que permiten vivir la vida con más tranquilidad. En palabras de una gran amiga mía: “No te preocupes, acabas de bajar”.

 

Dedicado a María por ser un gran apoyo y mejor persona. Y también por aguantarme, no sabe ella lo que me ahorra en psicólogos.

 

3 miligramos de Risperdal

21 Dec

La única forma de volver a empezar siempre es la sensatez. La sensatez propia de la calma, de la marea baja, la que deja esa arena blanda y pastosa que no es sino un juguete sensorial para la planta del pie. Hacía tiempo que no recordaba esa sensación. Y es que quizás he vivido demasiado tiempo alejado de la orilla, perdiendo la noción de aquello que realmente va y viene con la vida, igual que el devenir de las olas que besan mis pies, alineados con la primera línea de la playa.

Han sido tres miligramos de Risperdal los que me han hecho recordar la esencia más completa de la vida, esa que se olvida cuando llevas demasiado tiempo fuera de las aguas. Tan solo una pastilla me separaba del baño de realidad que cada día me prohibía. La ficción del chiringuito y la vida entendida como una fiesta ha desaparecido; ya son varios los días en que la irracionalidad que transmitían mis actos va abandonándome. Los colorines y el confeti quedan atrás, como cuando se abandona la sala en plena juerga y uno mismo escapa del frenesí con las suelas de los zapatos pegajosas, asqueado en cada paso con un pegamento artificial traído por el alcohol barato y la ceniza, por la suciedad de un lapso nocturno al que ya no más se quiere pertenecer. Al girar la cabeza, se comprende perfectamente que devolverse a la cordura de la vigilia y el sol es la única opción que queda, la de volver al cobijo nocturno de la cama, la de una retirada a tiempo.

Y es la risperidona la que me aletarga, la que me ha puesto en una segura posición de guardia. Me ha fortalecido. Ya no peligra el rumbo de mi cabeza, ya no hay miedo a enloquecer, a desesperar en vida.

Aunque he recuperado la lucidez, a veces siento que mis luces se difuminan un poco en la niebla, pero simplemente es un pequeño cortocircuito, un susto prudente a mis eufóricas ambiciones. Esta pastillita me permite saber estar en el momento y lugar, sin necesidad de romper los esquemas, sin el temor a llegar al ridículo.

Pasan los días y va quedando lejos aquel estrépito tembloroso que queda tras la manía. En muchas ocasiones, mis pensamientos se descolocan y desguarecen sus defensas, como piezas de ajedrez dispuestas a recibir un jaque en el próximo movimiento, pero he conseguido evitar los envites más dolorosos.

Prefiero la cuarentena. La red de mis neuronas se reordena, y su conexión comienza a fluir de nuevo como la electricidad después de un gran apagón. Las estrellas ya no son la única guía. Puedo encender mis propias luces y eso es gracias al Risperdal, un comprimido amarillo que me salva a diario de caer de la cuerda floja.

Gracias doctora.

 

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