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Bridge House Hotel: II. Viaje a Neptuno (Alucinación visual)

7 Jul

Al salir a la calle los colores empezaban a multiplicarse. La invasión siempre era tal que me resultaba imposible ponerles nombre a todos. En mi espalda, sentía todavía el envite de las olas maltesas. Ciertas sensaciones empezaron a apoderarse de mí, y las vivencias de aquella isla tomaban, de nuevo, forma en mi cuerpo vacío. Me recorrían de abajo a arriba, hasta que perdía la noción de mis pies sobre el suelo. Los calores que tan bien describo a mi psiquiatra, se concentraban entonces entre mis cejas. Cuando notaba la amenaza de mis impulsos, necesitaba hallar con urgencia un sitio donde calmarme, algún poyo en el que recostar mi cabeza, ya fuera apuntando al techo, ya fuera abriéndose al cielo más inmenso.

Recuerdo aquellos agitados días. Mi enfermedad me había traído a latitudes más frías, a una pequeña villa cuyo nombre emborronó mi memoria y el tiempo se encargó de barrer. «La manía es la peor compañera de viaje, porta un mapa imposible», pensé. Paseaba por Europa mi alma errante, y aunque yo encajara en cada nuevo lugar con aire resuelto, me conducía triste y solitario en mi propio túnel.

Aquel desdichado porvenir tocaría pronto a su fin, pero antes de mi primer diagnóstico, de aquellas palabras que cambiarían mi vida por completo, aterricé en Inglaterra con una inercia que escapó a mi control. Y como si un destino perverso lo supiera, éste me reservó lo peor para el final, como una antesala que desciende hacia el infierno.

A los pocos días, me percaté de algo que incluía mi equipaje. Me traje conmigo una máscara poco común, de facciones abstractas, antes desconocidas. Las horas de luz se alargaban mucho antes del alba, y mi mente no supo adaptarse; las noches llegaban demasiado pronto y se instaló en mí un vilo casi infinito. Cada día se repetía formando una colección imposible de paginar. «Una copia, de una copia, de una copia,…», pensaba. Y aunque consiguiera dormir, agradeciendo no más que una corta cabezada, despertaba con frecuencia en lugares desconocidos. A veces, en un prado inmenso, parcheado por unas ovejas que pacían a perpetuidad; otras, me hacían descubrir con detalle el techo empapelado de mi habitación. Los días se convirtieron en semanas, y un amargo poso se avivaba cada noche, creciendo dentro de mí.

Un día soleado salí a la calle y me dirigí al parque. Aquel lugar delataba pasión por lo verde, con una vegetación salvaje que nacía de una turba siempre húmeda. Al acariciar la hierba con mis manos, sus briznas se colaban entre los dedos. De repente, un color tabaco empezó a teñirlas por la punta. Alcé un poco mi mirada mientras me erguía levemente, desde cualquier ángulo todo parecía mancharse del nuevo color y extenderse. A lo lejos, unos niños que por los pies se balanceaban de un modesto columpio, empezaron a distorsionarse. Mi visión empezó a afectarse también por otro tipo de manchas, que moteaban sin orden la escena que contemplaba, y venían y desaparecían aquí y allá, velando el cielo, el suelo y los elementos que componían el resto. Aquellas manchas tenían forma de ameba y se movían como si lo hicieran bajo el microscopio, creciendo en tamaño para, finalmente, dividirse. Al final de mi ilusión todo se volvió marrón, sin fisura alguna que dejara ver el color original. Llevé las manos a mi cara, en un gesto de preocupación. Mi respiración se aceleró, experimenté vértigo y una lágrima que recorrió mi mejilla se introdujo en mis labios. Lloré y lloré, allí en mitad del prado verde. Lloré durante largo rato, sólo acompañado de mi mente trastornada, que esta vez sí, parecía viajar hacia una locura inédita. Más tarde, a los pocos días, escribiría lo poco que recordaba de aquel episodio:

«Observé el cielo que empezó a clarear. Emití un grito mudo, implorando con los brazos abiertos y mi cuello tenso; asomaba mi nuez, que subía y bajaba con cada sollozo. Las nubes más pequeñas caían rápidamente e inundaron mi boca. Pronto mi calavera se llenó y la sal empezó a comerme los huesos por dentro.»

Todavía de pie, seguí en aquel parque. No pude recobrarme durante los primeros minutos, que se hicieron eternos. Operé con dificultad hasta llegar a una fuente. Allí pude lavarme la cara, sin embargo, mi esfuerzo por calmarme no se rindió hasta que puse mi nuca bajo el chorro. El agua fría se derramó por la espalda y llegaba hasta mi pecho. A los pocos segundos ya estaba empapado. Junto al frescor que agradecí, los colores parecían retornar, y me percaté de la timidez en el ambiente y cómo, por momentos, se devolvían al paisaje los verdes y azules que le pertenecían. Desgraciadamente y por mucho que me esforzara, no podía someter del todo mi estado. Tras descansar mi vista, de nuevo, una cortina volvía a filtrar toda la luz. Sin duda, luchar contra aquello era fatigante. Así, decidí arrodillarme en la hierba y esperar. Mi universo se limitaría al rectángulo que acotaran mis manos y mis rodillas. Aun así, los efectos ópticos todavían lanzaban ciertos destellos y percutían mis sienes, pero mientras no levantara mi mirada, me sentiría reconfortado y seguro, pues la alucinación, y por lo tanto el abismo, dejaban de existir más allá del trozo de hierba que reclamé.

Al punto que volví a mi habitación, ya había recuperado mi cordura. En mi rostro se abandonaba una expresión cansada y muda, en la que un dolor hubiera silenciado un susto, quizás un mayor sufrimiento difícil de explicar. Me dirigí al baño y enfrente del espejo vi mi apariencia transformada, pero ya había desaparecido toda distorsión. En un plano cenital, el sumidero del lavabo asemejaba un astro y, el borde de la pica, una órbita. Abrí el grifo, el agua se perdía por el agujero girando en sentido contrario; mientras fluía, su sonido era lo único que interrumpía el silencio, hasta que sumé un resoplido de alivio. «He viajado a Neptuno y he vuelto», le dije al espejo.

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Bridge House Hotel: I. Psicosis

20 Apr

I. Psicosis

Aquella mañana despertó como cualquier otra: nubes bajas, un gris cargado y una lluvia fina pero insistente. Tras correr las cortinas, el verde de la hierba permanecía desafiante insultándome a los ojos con su pulcra salud, como si ninguna inclemencia le afectase. Allí permanecía, un testigo mudo de mi decrepitud mañanera. Ya habían transcurrido 196 días desde que llegué, mas de medio año encerrado en aquel pueblucho perdido entre las colinas del norte de Inglaterra.

Las estaciones avanzaban como un travelling cinematográfico. Aquel era un penoso lugar para mi salud mental, la cual se resquebrajaba casi al mismo ritmo en que erraba el hombre del tiempo en el noticiero. Aquella vasta pradera, a pesar de su belleza salvaje, me inspiraba cierto asco, no pertenecía aquel lugar. Sin embargo, a veces me solía tumbar y contemplar el cielo de los pocos días despejados, deseando teletransportarme a una cueva gélida y protectora.

Y además estaba aquel puente. El puente con su riachuelo, sus patos y sus 6 metros de altura sostenidos por piedra. El único puente del pueblo y que daba nombre al hotel en el que trabajaba.

En aquel lugar, mi bodegón se remataba con un cuarto cochambroso, uno de los cuatro del bungalow de los trabajadores. Tenía una tele de tubo que apenas encendía, un suelo desenmoquetado en gran parte. Recuerdo la falta de cortinas y el sol abrasándome los párpados. Las paredes parecían estar hechas de papel y la calefacción nunca llego a funcionar, aunque sí teníamos algo de agua caliente.

En cuanto a mi trabajo, mi jornada empezaba a las 7:00, al levantarme. En aquel pequeño hotel me tenía que encargar de servir desayunos hasta las 9:30 aproximadamente. Sin apenas tiempo para respirar o tomar bocado, debía encargarme de limpiar cinco de las quince habitaciones de las que disponía el parador. Aquellas estancias eran pomposas, con los aderezos propios del estilo inglés: moqueta por doquier, un cuarto de baño que debía quedar impoluto, alféizares de madera, cortinas estampadas, y camas difíciles de hacer por las incontables sábanas que necesitaban. Tareas y más tareas: hacer camas, sacar el polvo, limpiar váteres y baño, fregar suelos bien arrodillado, pasar el aspirador, etc.

A esa altura de la mañana, los hemisferios colisionaban en mi cabeza: un magnetismo se repelía en mi entrecejo. Cefaleas y un cuerpo extremadamente cargado y tenso. El estrés tiraba y aflojaba mientras la desgana y la lentitud propia de la depresión se apoderaba de mis voluntades, ya rebasaba los límites de aquello que verdaderamente podía hacer.

En mitad de la limpieza sentía la llamada de las ventanas. Las que daban a la parte traserra del hotel permitían ver el pequeño río. Un aire puro me calmaba momentáneamente. Pero en realidad, yo quería poner pie y saltar.

No tenía ayuda. A nadie confesé mis limitaciones. No derramé ni una lagrima.

Para las 14:00 (el resto del staff terminaba a la 13:00) acababa de arreglar mi última habitación cansado y derrotado. Todavía tenía que esperar a la supervisora a que revisara mis fallos. Era francamente agotador.

Pero por fin un descanso. De repente mi veleta interna, la que dirige mi conducta y mi ánimo, giró en sentido contrario, casi como si hubiera alguien maléficamente dirigiéndome por control remoto. De repente me puse contento. Preparé mi playlist favorita en el iPod y le di al play. Los auriculares ya resonaban en mis pabellones. Metí el reproductor en el bolsillo.

Una de mis canciones favoritas hizo elevar mis brazos (darle al play más abajo). Empezaron las alucinaciones: las paredes de cartón cayeron como fichas de dominó. Empecé a danzar y a saltar por todo el nuevo espacio. Mi corazón saltaba de alegría. En una locura transitoria cambié los muebles de sitio, tal como si fuera un feng-shui frenético. Puse la butaca del revés, patas arriba. La pantalla del televisor señalaba el empapelado de la pared. Puse la cama en vertical, en un difícil equilibrio, las sábanas se deshojaron. Seguí bailando. Empecé a sudar y a cansarme. El nivel de endorfinas ya no se mantenía en vilo, había que moverse más. Parecía un niño sudado bajo el sol en plena fiesta de fin de curso.

 

 

De repente, las paredes volvieron a levantarse. Se cerró todo el horizonte abierto, la luz dejó de entrar. Yo me agaché, me puse de cuclillas y me cogía fuertemente la cabeza, abría los ojos todo lo que podía. Otra vez había vuelto a perder el rumbo. Caí hacia atrás sobre un charco, el charco se convirtió en estanque, para cuando abrí los ojos ojos ya buceaba en aguas abisales y nadaba entre peces fantásticos. Braceé todo lo que pude, al final vi un fuerte haz de luz que se proyectaba desde un pequeño hueco. Nadé hacia la luz con todas mis fuerzas. Al final conseguí sacar la cabeza por el retrete y respirar con insaciables bocanadas de aire.

Tuve que ponerme en la cama, la aventura marina formaba parte de imaginación. Lloré desconsoladamente. Los neurotransmisores de mi cerebro volvían a fallar, me embargaba la tristeza. Rápidamente recordé aquellos días de búsqueda por el porche del caserón. Miraba de encontrar una cuerda para colgarme del puente. O eran demasiado finas y largas o gruesas y cortas. No me valieron en su día.

Salí de mi habitación sin cerrar la puerta. El cielo se contenía. Manchas de lejía delataban mi desaliño. Cientos de senderistas abandonaban los hostales, las tiendas y los cafés, y se dirigían a la montaña. Iban equipados con todo lo necesario, ropa anti-humedad, botas montañeras, guantes, gorros y, por supuesto, picas de senderismo.

Lloraba recorriendo mi camino hacia ningún lugar. Recuerdo detenerme bajo una higuera milenaria y mirar hacia atrás. Entorpecía el paso. Mi estado se estaba tornando crítico: me había perdido apenas recorridos unos pasos desde mi albergue. Me puse aún mas nervioso. Continúe hacia delante. Recordé el puente, lo había atravesado sin darme cuenta. Ahora me puse en mitad de una calle, prácticamente peatonal, apenas pasaban tres o cuatro coches al día. Pero la gente me observaba como un individuo desubicado, fuera de lugar.

Yo seguí allí, de pie, impertérrito, mirando hacia el puente, pensando en lo innombrable. Y no lo nombré. Esbocé todo un bloc de hojas en blanco en mi mente. En cada uno de los folios vi mi muerte representada. Terminé de pasar la última hoja en mi cabeza, apenas tenía ya trazos de grafito. Con el paso de los minutos me senté en un banco de piedra, sequé mis lágrimas y volví a recordar el camino a casa.

Me había recompuesto, aquel brote psicótico con alucinaciones y delirios finalmente desapareció.

 

Tungsteno I

13 Apr

I

Los semáforos marcaban el ritmo de su jornada de trabajo. Ya anochecía, y los antinieblas amenazaban las marcas pintadas en el asfalto que le devolvían unos penetrantes reflejos blancos en los ojos. El ámbar hacía subirle las pulsaciones, un segundo después un rojo sintético tensaba su antebrazo como única profilaxis de una luz penetrante, que no me permitía ver la cara de aquella criatura nacida del alquitrán.

Aquella artista callejera se dedicaba a los aros. Era capaz de manejar cinco, pero realmente era talentosa lanzándolos por parejas. Creaba el efecto de dos ascensores con cada una de sus manos. Se paseaba por enfrente de los coches con seguridad y soltura a la par. El aro restante describía una elipse, como de bala de mortero, una folha seca que íba y venía de un lado a otro. Construía una performance perfecta mimetizada con un mínimo atuendo pseudopunk: un tutú negro desgarrado, agujereado por cigarros, seguramente a propósito, un top rojo a rayas blancas finas incontables. Era realmente bella, su baja estatura se excusaba en una cara perfectamente enmarcada, huesuda, con unos labios carnosos, un cuello fino y unos hombros bien dispuestos. La espalda se precipitaba en un culo respingón y atlético. Entre otros distintivos, presentaba su cara perforada por varias partes, entre las que se contaban las mejillas, la nariz y las cejas; la mitad de su cabeza estaba rapada, el resto de su cabello estaba zarapastroso, desarreglado, reñido con el peine. A pesar de una elección tan deliberadamente grosera, aquel look no le hacía perder ni un gramo de su atractivo. Era esbelta, musculada. El ejercicio circense y las corredurías callejeras la mantenían en forma, a pesar de imaginármela comiendo cualquier cosa, alimentándose con cerveza, durmiendo entre perros, compartiendo cartones entre vendedores de pañuelos y rumanas jorobadas.

Aquella noche hacía calor, y el sudor se dibujaba en cercos a la altura de las axilas y lumbares. Seguí a cámara lenta una gota todavía pendiente de la punta de su nariz. Un bálsamo salado le recubría la frente. Pero su rojo carmesí oscuro no languidecía en unos labios infalibles. Los aros saltaban quedándose por parejas en el aire. Ahí la descubría sonriendo. Y desde el asiento de mi coche pude contar sus dientes, en una simetría perfecta, color perla gris. A veces hacia asomar una punta sonrosada musculosa, abría la boca y dejaba pender un hilo de saliva que rápidamente estallaba. En un maquinal ejercicio final realizaba su cabriola final. Todo volvió a una velocidad normal y aburrida.

Se dirigió hacia mi coche sonriendo, haciendo rodar un aro con la muñeca. Bajé la vetanilla y me quedé inmóvil durante unos dos segundos. Le di el poco suelto que tenía preparado. Yo había empapado el asiento, una presencia fantasmal había invadido mi ridículo habitáculo. El ambiente se animaba con el sonido de fuera. Era sábado y algunos coches, en una costumbre ya normalizada, ofrecían un volumen altísimo en sus equipos.

Me la imaginé conmigo ese momento. Me la imaginé pasando esa noche conmigo. Me la imaginé lanzándole monedas mientras cumplía mis órdenes.

El verde del semáforo del lado opuesto que sincronizada ya parpadeaba, y yo sabía que el tiempo se me acababa. Pronto se pondría verde el otro.

— Oye, perdona —le dije mientras le soltaba las monedas en la mano—. ¿Te puedo hacer una pregunta?

— Sí, pero rapidito —respondió en una mezcla de desinterés y prisa, con la cabeza ladeada y apuntando nerviosa al semáforo.

— ¿Cuánto vas a ganar esta noche? —me mantuve serio e impertérrito. Esperé que mi mirada fuera lo suficiente intencionada como pretendía— Si te vienes conmigo esta noche te pago todo lo que vayas a ganar.

Hubo un momento de silencio. El semáforo ya había cambiado a verde hace tiempo, y algunos conductores se impacientaban. Decidí apartar el coche y poner la señal de emergencia. Ella se liberó del apoyo de mi ventana e hizo pasos hacia atrás. Cuando detuve el coche volvió.

— ¿A qué te refieres exactamente? —arqueó una ceja.

— Nada, mujer. . . Quiero decir nada malo —sonrió—. Tú ganas lo mismo, pasas de comer asfalto y humo y tú y yo nos lo pasamos bien juntos. Vamos donde tu quieras. Seguro qué conoces sitios. Los dos salimos ganando.

Se atusó el pelo, retrocedió momentáneamente y puso los brazos en jarra. A través de la ventana no podía observar la expresión de la cara. Fueron unos segundos en los que pensé que mi intentona había fracasado.

De repente oí el picaporte, y jámas un portazo había sido tan satisfactorio. Entró y se sentó. Creo que fuimos los dos los que nos dedicamos a analizar la nueva situación. De reojo descubrí un cuerpo más impresionante de lo que imaginaba.

— A ver, —dijo con una risa picarona. Cruzaba los brazos y se ladeó hacia mí—. ¿Cuánto crees que gano? Si no vas en serio, me voy.

No logró intimidarme.

— Mira, yo soy el que he hecho la pregunta y tú la que has entrado. Te pagaré las copas de esta noche y lo que venga si vamos a algún sitio… no te tendrás que preocupar ni por eso ni por nada. Por el precio de tu trabajo, el justo precio, ni más ni menos. Si piensas abusar de mí, no pasa nada, tú te bajas y cada uno su camino, sin problema —ahora fui yo el que reía con cierto aire de superioridad—. A ver dime, ¿cuánto ibas a ganar hoy?

Se quedó callada. Realizo varias miradas inquisitorias, denotaba nerviosismo. «Vale, cincuenta euros de momento, y tú pagas donde vayamos y el resto. Aunque el dinero no me importa realmente, no te daré nada que no quiera, que quede claro. Es un seguro. Y si te pido más y no quieres tú eres el que te vas».

Yo seguía agarrado al volante. Asentí y repiqué con los dedos sobre el cuero del volante, que ahora parecía rezumar una mezcla de calor vaporoso con el sudor de mis manos.

— Vale, entonces tu dirás. ¿Dónde quieres ir?

— A mi casa primero, necesito ducharme…

— De acuerdo, ¿y te llamas? —pregunté miedoso.

— María, aunque mi nombre artístico es Tungsteno.

— ¿Tungsteno? —le exclamé ojiplático.

— Sí. El tungsteno es el filamento que permite dar luz en las bombillas antiguas, las incandescentes, ya sabes, las que queman al tocar. Es raro lo sé, pero así es.

Puse el coche en movimiento e introduje las coordenadas que me indicó. Mientras pulsaba dijo «espero que valgas la pena, no suelo dormir por las noches, no me gusta, espero que no seas un muermo y aguantes lo que venga». El nerviosismo se había transformado en impulsividad, un brío propio de un potro liberado. Sacó un cigarro del paquete y lo enchufó. Me miró, y dió sus primeras caladas sin permiso, entre el desafïo y la transgresión. A mí no me importaba. «Cuanto más sucia e indisciplinada, mejor», pensé, «esta noche voy a someterte».

— Tranquila, yo tampoco suelo dormir mucho, je je, —empecé a hablarle con un idioma más familiar— no te preocupes por eso. Quizá mañana la cosa cambie, pero creo que esta noche va a ser buena. ¿Tomas drogas? —en ese momento traspasé una línea prohibida—. Quiero decir, ¿vamos a algún sitio y nos ponemos ciegos?

— ¡Muy bien campeón! Tú eres de los míos. . . y pisando fuerte. —por un momento entre definitivamente en su círculo, un círculo que se graba a fuego—. Tranquilo. . . algo tendré por mi casa, y cervezas. Por cierto, no me has dicho tu nombre. Y ahora que estamos, apenas me has dado dos euros, cabrón.

— Me llamo Jose, y lo siento. Quizá te pueda pagar de alguna otra manera.

— ¡Bufffff, nombre aburrido, pero almenos eres gracioso! Y eres directo de la hostia, vaya, vaya.

Paramos en una rotonda y yo le señale un grafiti plateado de una esquina. «¿Te gusta?». Ahora era yo el de la sonrisa traviesa. Iba a aprovechar la mínima oportunidad para follármela. Mi mente se debatía entre pillarla desprevenida, o drogarla primero hasta ponerla como una moto.

— ¿No me digas que haces grafiti? —frunció el ceño.

— Llevo el maletero cargado de latas y pintura. Tengo también una luz portátil. —El plan se iba urdiendo—. ¿Qué tal si pillamos algo de coca y vamos a alguna fábrica abandonada y empezamos la noche?

— ¿Coca, dices? ¡Mira tu! Y parecía calladito. . . ¡Ja ja ja! —De un bolsillo apretado sacó un móvil—. Déjame hacer unas llamadas.

Yo seguí concentrado durante unos minutos conduciendo, sin decir nada. Mientrastanto, ella hacia sus gestiones. Me sentía seguro, la noche se había transformado en una autopista de emociones, a ella se la veía también eufórica, quedando con un montón de gente por teléfono, suponía que para acudir a alguna fiesta.

Finalmente me indicó el emplazamientode su casa. En Valencia la zona del Marqués de Dos Aigües era de las más caras y exclusivas de la ciudad. Antes de que yo siquiera mostrara mi intención de buscar aparcamiento, me detuvo con un ademàn: «Tranquilo yo tengo plaza de garaje».

Atravesé atónito la entrada del párquing, el guarda desde la caseta nos levantó la barra y nos hizo pasar. Aparqué en la plaza C32. Simplemente no me salían las palabras. Estaba alucinando con aquel contraste que obviamente ella detectó en mi cara. «¿Qué, no te lo esperabas?».

— La verdad es que no.

— ¿Te pensabas que era una hippie del barrio del Carmen? —se rió maliiciosamente.

— Sí, te imaginaba con el perro ya incorporado —le seguí la broma satisfecho—. ¡La puta hostia! Quiero ver tu piso. ¿Estás solita?

— Sí, cariño. Mi padre está de viaje de trabajo. Mi madre está en el chalet —y encima chalet en el campo, pensé—, no hay nadie en casa. Nos van a traer un gramito, ¿qué te parece?. Lo pagaremos a medias, no me has caído mal y te portas bien conmigo.

Nos dirigimos al ascensor. Hice algunos comentarios sobre su vestidito, pero me centré en su pelo, «me encanta esa mitad rapada de tu cabeza, francamente me perturba». Ella sonrió cómplice, «no sé si te lo dicen mucho, pero estás buenísima, no sé, puede que a veces a algunos tíos se asusten con tu estilo, la verdad es que engañas mucho». Me fijé en sus ojos verdes esmeralda. Ella llamó el ascensor: «te sorprendrerías, cuanto peor visto más les pongo a los tíos». Entramos y me rozó la mano con su dorso. En un gesto que jamás olvidaré me retiró la manga. Con sus uñas gel me rascó el antebrazo entre la caricia y el deseo de arañar.

Piso 8. Vivía en el ático. Se puso nerviosa con el tema de las llaves. Le cogí el pelo que no tenía rapado, hundí mis dedos y la agarré con fuerza, hice oscilarle la cabeza hasta que comenzó a gemir. No quiso darse la vuelta, se le cayeron las llaves, dirigió su mano hacia mi bragreta, y empezó a frotar. «Dentro mejor, vale», dijo con una voz dulce y aflautada.

Atravesamos el umbral de la puerta. Cerró con llave . . .

 

 

En el mejor de los casos

12 Jan

Cuando uno atraviesa un período maníaco es bastante obvio imaginar lo tentador que resulta seguir obedeciendo a los códigos del placer. Por todos los medios, la persona que vive una manía intenta justificar la búsqueda de un mismo fin: la permanencia en el estado de euforia. Y cabe decir en mi opinión, y en contra de muchos que argumentan que una manía es en todo su recorrido negativa, que ésta verdaderamente revela su peor cara sólo en su parte última de latencia, cuando la euforia culmina con una sintomatología bastante reconocible: exaltación, desinhibición, ansiedad, humor elevado, celeridad, fuga de ideas, hiperempatía, hipersensibilidad y una acusada labilidad emocional, dentro de un largo etcétera de síntomas y conductas temerarias, contaminadas casi siempre por un acusado sentimiento altruista.

Sin embargo como digo, creo firmemente que la manía es sobre todo una fase estimulante. Quizás el maníaco no se plantee dudas tan serias sobre las emociones vividas durante su episodio, como sí hace durante las depresiones por el contrario, etapas éstas en las que precisamente prevalece el anhelo por alcanzar cotas de bienestar más elevadas. En la manía, almenos en mi caso, se corresponde la satisfacción de lo vivido con el deseo que acaba generando esta vivencia; lo más curioso es que la coyuntura y el escenario que se recrean en el episodio maníaco son, normalmente accidentales, no buscados. En otras palabras, la euforia en los que por momentos se recrea, es beneficiada por la inconsciencia del sujeto, en tanto en cuanto éste no pueda reconocer en sí mismo la anormalidad de su conducta. Así, para el que esta en dicha fase, las emociones se potencian de una manera exagerada, buscando en cada momento alimentar esa necesidad vital para no bajarse del tren de la alegría y la satisfacción. Y toda esa motivación se convierte, en un inicio, en una corriente positiva que se irá materializando hacia determinadas actitudes que se viciarán y volverán compulsivas. Al mismo tiempo, si durante esta fase se registran determinadas situaciones de éxito, por ejemplo en lo personal y profesional, se establece una correspondencia perfecta que tenderá a reforzar el vínculo entre lo que se hace y lo que se anhela y, por tanto, a estar estimulado constantemente, desdibujando ya la frontera entre “lo que se hace y adónde se dirige” y “el porqué se hace y cómo se dirige a satisfacer sus deseos”. Contra más tiempo se permanezca expuesto a este dilema siempre resuelto, más reforzada continuará esa realidad virtual, cuya recompensa en la conquista constante de los sentidos tiene de por sí una fecha de caducidad. La manía siempre se termina más tarde o más temprano.

El verdadero problema, como he dicho, recae en la falta de reconocimiento de conductas y comportamientos que empiezan a ser claves para identificar la manía. A pesar de que la euforia y otros síntomas endógenos son deliberadamente subjetivos, existen otros síntomas que se pueden valorar más objetivamente y son más patentes, destacando la disminución de la necesidad de dormir y el número de horas de sueño como algunos de los ejemplos más claros.

Por eso, yo como enfermo con TAB que ha experimentado bastantes episodios maníacos, me atrevo a aconsejar a todos aquellos que sufran los envites de una manía pasada que para la próxima —y en general, algo aplicable para su vida—, sería que no se dejen engañar por sus emociones, que determinen por su propia experiencia el umbral de “felicidad” que estén dispuestos a asumir, y que hagan un análisis consecuente de todas sus conductas repetidas en cada manía y a qué desencadenantes se deben.

Si uno es capaz de hacer un análisis calmado y objetivo de su situación, las manías serán algo más fácil de gestionar, aunque parezcan inevitables en muchos casos, y a largo plazo se lograrán garantías para no sufrir oscilaciones de tanta intensidad. El desarrollo de estrategias, trucos personales y la higienización de los estilos de vida, son premisas muy adecuadas para mejorar la calidad de vida del enfermo.

A tientas con la Risperidona

10 Jan

Al pasar el tiempo me doy cuenta de la forma en la que azota mi enfermedad, en la que cada día es en un pequeño reto personal, sobre todo en las fases depresivas. Hasta hace poco he ido superando todos los obstáculos, salvando algún que otro leve traspiés, y tras andar camino durante una temporada bien alejado de la depresión, he podido alcanzar una envidiable cota de bienestar. Sin embargo, la alegría que cada día renovaba se ha tornado un poco gris y aburrida. Me he expuesto a un período de recuperación en un espectro de ánimo saludable y muy satisfactorio, siempre por encima de esa neutra y sosa línea divisoria entre mi mitad maníaca y su antágona depresiva. Y eso está bien, pero que muy bien. Pero la realización máxima de mi recuperación también tiene un límite. Los días empiezan por encerrarse en sí mismos, me muevo en cierto limbo que no llego a comprender.

Intentar explicar mi situación se hace un poco difícil para el que no tenga un poco de conocimiento experto sobre el trastorno bipolar —en lo sucesivo TAB— o bien si no se comparte la vivencia con otros enfermos, o sea desde la visión de cuidadores y familiares. En cualquier caso, es una enfermedad larga y duradera, que obliga a uno a aprender de los envites de sus mutaciones, a saber adaptarse al recipiente en cada una de sus fases, sabiendo que a pesar de enfrentarse siempre a las mismas piedras, los tropiezos son también únicos e irrepetibles.

Ahora floto en una zona de inflexión, ya es la segunda vez que me tratan con antipsicóticos. Me han ido reduciendo la dosis en el lapso de un mes aproximadamente: empecé con 3 miligramos de Risperdal los dos primeros días, después de mi última crisis maníaca —y ansiedad—, hasta que he ido tomándome 1,5 y finalmente los 0,5 que yo mismo sugerí, pero siempre bajo prescripción médica. Es la primera vez que mi condición ha exigido un tratamiento tan fuerte con este tipo de medicación, aunque no me puedo quejar de los resultados. Mi celeridad, nerviosismo y agitación se han neutralizado totalmente, así como mis problemas para dormir y mi recurrencia excesiva a las benzodiacepinas. Por otra parte, no soy tan eficiente ni mi rendimiento es tan alto, especialmente por las mañanas. Desde hace ya tres días presento cierto desánimo que, aunque no me agrada, no me impide ser funcional en mis quehaceres básicos. Así pues, experimento bastante desinterés en levantarme tan pronto como era habitual y me presto poco a activarme durante la mañana; sólo es hasta la tarde cuando puedo dedicar tiempo a realizar ejercicio físico. Pero afortunadamente he podido identificar estos cambios en sólo tres días, lo que me permite reaccionar pronto y redirigir mi conducta de la manera más adecuada posible y, sobre todo, no atribuírmelos a mi actitud de una forma demasiado culpable.

Por todo lo anterior, creo necesario continuar con la dosis actual, ya que me preocupa abandonar la dosis mínima pues me podría traer consecuencias no deseadas. Prefiero mantener la ingesta prescrita y asumir los inconvenientes que he descrito, que no arriesgarme a vivir una potencial situación de manía y desatarme durante las noches. Por encima de todo, lo que más me anima a continuar medicado es haber solucionado mis problemas de insomnio y mi exacerbada animosidad nocturna. Manejarse con estos problemas es, a cualquier plazo, más difícil que vivir con un estado de ánimo de perfil más bajo, si bien a largo término, la depresión tampoco es deseable. Pero por el momento voy a seguir así, con la medicación mínima e intentando esforzarme cada día un poquito para paliar un poco esta “pereza mañanera” y así no sentirme tan inactivo. Además, también compruebo como las fases de perfil deprimido no son tan malas, añaden un punto de vista más sosegado y, por qué no decirlo, también enriquecedor, pues son períodos más calmados que permiten vivir la vida con más tranquilidad. En palabras de una gran amiga mía: “No te preocupes, acabas de bajar”.

 

Dedicado a María por ser un gran apoyo y mejor persona. Y también por aguantarme, no sabe ella lo que me ahorra en psicólogos.

 

Siempre me dirijo a lugares imposibles

6 Jan

El azar siempre me es favorable en primer término, pero nunca logro mantener la alegría inicial. Mis relaciones sentimentales —también puedo incluir las que puramente son meros encuentros sexuales—, siempre han sido difíciles de definir. Lo único cierto y común es que nunca ha habido amor verdadero, ninguna mujer me ha entregado su corazón jamás.

Sin embargo, no puedo decir que esté desnutrido de experiencias. He estado con muchas, sobre todo desde que dejé atrás los peores años de la depresión. Sin duda, considero que he pasado por una fase de gran éxito en lo sentimental y sexual, intermitentemente avivada por las puntuales manías acontecidas.

A pesar de un balance en general más que positivo, uno no puede quedarse con todo, y eso es algo que he aprendido, pero que en la práctica me cuesta mucho aceptar. Me cuesta aceptar que ciertas cosas en la vida llegan a su fin, que a algunas compañeras especiales de mi vida no las volveré a ver, intentar lo contrario sería luchar contra unas circunstancias demasiado difíciles de salvar, por eso digo que a veces me dirijo a lugares imposibles. Son aquellos lugares donde la fantasía perpetúa mis deseos, donde me veo rodeado por los brazos de esa chica que tanto añoro, donde no existe nada que rompa esa armonía tan celestial; es un mundo aterciopelado, sin problemas, sin relojes que dejen pasar el tiempo, sin obligaciones mundanas ni materialistas, solos ella y yo.

Ese mundo no existe, o almenos es casi imposible, tanto como una ascensión por una pared vertical, únicamente ayudado con la fuerza de las yemas, pero sin ninguna cuerda de seguridad. Trato casi siempre de buscar una situación en la que me encuentre cerca del foco que generó en mí aquella felicidad inicial tan grande. Sin embargo, incluso conservando el bosque, hasta la más bonita de las flores se puede marchitar. En realidad persigo esa sensación de bienestar, y no a una chica en particular; por mucho que valga la pena, todo lo demás es un mero aderezo. No se puede tener todo en esta vida.

Resulta curioso observar como en estos tres últimos años, los de mi recuperación, concurren diversas circunstancias:

  • Me he alejado muchísimo de la sintomatología de la depresión, casi hasta constatar (según registros) que ya ha desaparecido de mi cuadro.
  • No puedo sugerir que mi estado de ánimo se haya neutralizado. Mi perfil como enfermo ha cambiado totalmente. He pasado de ser una persona mayormente deprimida a tener una tendencia más proclive a experimentar episodios maníacos.
  • Siento que me guío y actúo más por lo emocional y no tanto por la racional, como sí hacía en mis depresiones. En definitiva, me dejo someter con mayor facilidad a las sensaciones (alegría, tristeza, felicidad, gozo, amor, etc).
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