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Taller de escritura ASIEM: “Insomnio”

23 May

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Cuando no se duerme todo parece una copia, de una copia, de una copia. Nunca se tiene la oportunidad de experimentar el despertar, el alivio que se levanta con el bostezo. La única traición es la de una cabezada segundos después del alba. Atrás quedan ocho horas, cada una con sus sesenta minutos, cada minuto con sus sesenta segundos que pertenecen al lapso de la noche. El tic tac del reloj que flota en el aire es capaz de erizar el cabello. La vista se cansa y desenfoca, un murmullo se vuelve agudo y punzante en el oído y la espalda se tensa atizando el aire con un latigazo, sosteniendo una cabeza que vacila.

Pero ahí está uno, tragándose la teletienda con sus cachivaches inútiles, reposiciones de series de los noventa, documentales sobre la cópula del elefante y del mono. Cansinos grupos de música rellenan la parrilla televisiva antes del primer noticiero y finalmente se absorbe por los ojos una sobredosis de rayos catódicos. Mañana probablemente el médico prescribirá un colirio. Único diagnóstico: el síndrome de un ojo seco que se enerva y enraiza en una picor roja y macilenta.

Y los remordimientos que implacables invaden al insomne, al vigilante nocturno que atestigua un techo blanco e infinito, con sus párpados que ni obedecen ni claudican, se abren en amplitud hacia el mando a distancia. Una compulsión le obliga a seguir cambiando de canal. No hay ningún botón que te permita regresar en el tiempo, volver atrás para maldecir el momento en que encendiste el televisor.

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Ensoñación

6 May

Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Probablemente imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.

Pierdo la noción de mis extremidades, sopla un leve suspiro y una onda de calor me abandona por la yema de los dedos. Mis pies acostados se relajan y se abren indefensos, las plantas son recorridas por el sutil escalofrío de una pluma, mis piernas no se pueden resistir tampoco y la pelvis abandona la tensión de un esqueleto mal encajado. He pasado por el estrés infernal de un día demasiado luminoso, que posee láseres fulminantes en vez de rayos y que éstos han embutido en mi iris azul cenizo un embravecido mar turquesa. El tronco empieza a levitar, despidiéndose de médula y costillas, al son se despedazan el corazón y el alma rompiendo un frasco de frágil cristal. Mi cabeza se alarma por momentos y un golpe febril pincela una capa de rocío en la frente y las sienes, el reguero de sudor se deshace en finos afluentes y muchas gotitas se elevan contra la gravedad, donde antes había techo y ahora pacen las estrellas.

Estoy flotando y bajo estrepitosamente, mi cuerpo se funde y ya no existe tal cama. Recorro toda una sima neardental, donde al final se halla un estanque subterráneo, tras bucearlo sin esfuerzo y atravesar un cuello de rocas, salgo a una nueva superfície. Recobro el aire, un aire que no existe, porque en los proyectos de sueño no hace falta respirar. Pongo pie sobre un firme seco, algo va mal, en un claro de agua sereno veo mi tez reflejada: una estampa odiosa se vuelve a repetir, mis ojos estan ahí dilatados, casi de porcelana pétrea, pero con un venoso enraizado que los envuelve y castiga.

Ya no se puede ir más lejos, hasta donde la fuerza del centro de la tierra me ha podido traer. Mi cerebro es ahora el único traicionero, el que me impide abrir definitivamente esa puerta mágica al descanso, esa puerta a un mañana agradecido por el bostezo.

Al entornar la vista observo, tras enfocar bien -al igual que buscamos una mosca en la punta de nuestra nariz-, unos querubines microscópicos sostienen mis párpados, como si quisieran limpiar un cortinaje o alzar el telón desvelando un sainete, en una pose truhanesca, parecida a levantarle la falda a una agradecida desprevenida. Pululan agitando sus ridículas alas maléficamente, rastrillean mi pelo y gozan de excavar mi tímpano, cavando túneles buscando el eco perfecto. Sin embargo yo apenas los siento, o al menos trato de ignorarlos, aunque desgraciadamente son un vil recordatorio de mi fatal insomnio, de que los párpados son los únicos tejidos de mi cuerpo con vida propia, independiente e inteligente, siempre vivaces y despiertos, siempre con ganas de vencerme hasta el alba.

Esta noche una fuerza superior a mí me ha vencido, según recorro la córnea, todo es una sensación agria y de nerviosismo: el síndrome del ojo seco. Intento llorar, aunque sea de desesperación pero no puedo, no puedo apagar esta quemazón que me impide dormir ni esta llama fulgurante que me obliga a digerirlo todo por el nervio óptico. En la madrugada siempre salta el resorte a horas que no debe y el reloj biológico se detiene para cronometrar el autoconsumo de los noctámbulos. Diagnóstico: demasiadas horas sin dormir. Harto conocido que el deseo de conciliar sueño y descanso se van al traste, una vez más. ¿Y qué hay de mí? Sólo me queda una opción sensata, hacerme caer como un tronco con mi caramelito de laboratorio.

Benzo de 5 milígramos entre pecho y espalda… Otra vez

 

Pesadilla

8 Jan

Anoche tuve una fuerte pesadilla.

Estaba al principio de un largo pasillo. En su pared derecha éste se abría en otros pasillos perpendiculares, siempre a la misma distancia uno del siguiente, siempre hacia la derecha. En la pared frontal de cada uno, la que veía de soslayo nada más echar a andar por el pasillo principal, había una abertura rectangular, sólo sostenida por un marco de madera, que hacía las veces de puerta pero sin puerta.

Cada vez que pasaba y giraba el cuello, veía siempre la misma imagen: era yo mismo de pie, con una mirada vacía mirando la pared de enfrente. Al pasar mi yo verdadero, mi otro yo se escondía moviéndose lateralmente, con la mirada perdida y una mueca entre grotesca y malévola en la sonrisa. Cuando se escondía yo pasaba al cruce del siguiente pasillo. La escena se repetía, una y otra vez sin fin.

Al final del pasillo hallaba una puerta, ésta sí estaba cerrada, la abrí y vi a mis padres acostados, el uno al lado del otro, boca arriba. Los dos hacían raros gestos convulsivos, con la mirada entornada hacia el techo y la cabeza hacia atrás, presionando fuertemente la almohada.

Empiezo a desesperar y a asustarme así que el sueño se interrumpe momentáneamente y desaparecen de repente las escenas del pasillo. Veo en una imagen bastante nítida cómo me incorporo en mi cama para apretar el interruptor de la luz y así terminar con la pesadilla, pero no puedo; todavía estoy dentro del sueño, ese gesto por intentar escapar tampoco era real.

En otro arrebato repentino veo cómo hago el mismo gesto, el de intentar encender la luz. Pero esta vez siento cómo mis movimientos se hacen carne, cómo es ahora mi cuerpo de verdad el que gira y se enrosca con las sábanas y la manta. Esta vez sí que es real. El sudor frío me recorre la espalda y empapa el lanudo pijama. Mi respiración se acelera.

Finalmente enciendo la luz aterrorizado.

Hipertrofia. 70 sobre 100

25 Nov

Últimamente sólo veo a mi alrededor cosas amontonadas. Se disponen en círculo, amenazantes, dispuestas a hacerme tropezar. Mi habitación empieza a arrugarse como un papel, dentro de un caos ordenado que se repliega en sí mismo como un caracol aplastado contra el techo, el único lugar fiel a la pulcritud. Mientras tanto, el tiempo pasa liviano a la vez que implacable, nunca hallo el momento que me obligue a dominar esta avalancha doméstica.

Me cruzo en mi camino con una zapatilla viuda, en el otro extremo del cuarto yace abandonada la otra, ladeada, escupiendo un calcetín rojo con una burla sangrante. Queda fuera de mis dedicaciones emparejarlas con algo más de dignidad, o bien buscarles algún sitio más oportuno. Lo mismo está pasando con la ropa de diario, o los papeles de trabajo amontonados sin criterio en el escritorio y, sobre todo, la mesita de noche, donde descaradamente exhibo mi pastillero y una caja de orfidales junto a varias botellitas, con 100 botones de litio en su interior. A alguna de ellas, se la ve ya algo apartada, desenroscada, con las blancas pastillas que empiezan a esconderse tras la etiqueta, en el interior de su triste cristal ahumado, pero que para mí alberga un alivio diario de estabilidad y bendita resignación.

Pongo los pies en el suelo. Está frío, helado. Sé que todavía guardo ropa de abrigo bajo la cama, que hace tiempo la puse en dos fiambreras gigantes durante un arrebato de orden y concierto. Ahora debería hacer lo mismo: ponerme a ordenar otra vez. El armario hace meses que se convirtió en un tanque de experimentos, rebosante de trastos hasta por la parte de arriba. Ropa y papeles, papeles y más ropa. La papelera sólo se vacía ya cuando es motivo de vergüenza y sólo conservo el hacer la cama como el único hábito, casi de orgullo, de que en algo me ocupo de mi lugar.

Por otra parte, no me siento alarmado. Reconozco cierta dejadez, pero me veo capaz de revertir la situación, acondicionar mejor mi escenario. Espero que el desorden de mi habitación no pase de ser un mero símbolo agorero, y que no se cumpla ningún mal pronóstico. No ha habido, por el momento, ninguna transferencia hacia mi conducta o mis hábitos de aseo e higiene. Sin embargo, si que noto cierta celeridad en la ejecución de mis quehaceres, hasta incluso una mayor capacidad de improvisación al resolverlos. Mis registros se mantienen en un rango elevado aunque aceptable, ya sea en el lado de la hipomanía, pero sin haber superado cierto guarismo peligroso, manteniéndome al filo o bien cerca de la cifra del 70 (sobre 100), durante las últimas dos semanas. Es bien cierto que me estoy sintiendo muy a gusto conmigo mismo, pero valoro con más importancia si cabe, que no he desarrollado ninguna adicción al comportamiento o conducta de riesgo alguna, aunque sí percibo cierta potencialidad de viciar esta armonía vital, como si el caos ordenado, empezara a tener más de caos que de ordenado. Sé que quizás me esté acercando unos pocos pasos hacia cierto precipicio.

A pesar de ello, tampoco se ha visto muy afectado el horario de sueño, eso es muy importante para mí. Sin embargo, he tenido que elevar mis dosis habituales de lorazepam para combatir esta creciente animosidad nocturna (desde los 2 mgs. de media hasta los 15 mgs. algunas noches). El sueño ya no es tan natural, porque las resistencias son más fuertes, y también lo empiezan a ser las jaquecas. Pero soy un luchador, durante doce años he tenido que modular mi sueño, aún cuando a veces las eternas noches de vilo eran indomables. Así que esto es sólo pasajero.

Me siento más libidinoso, con una voluntad, bien consciente o inconsciente, de volver a mantener relaciones un poco menos discriminadas. He vuelto a acostarme con algunas semidesconocidas, pero la frecuencia no ha sido tan exagerada, ni tampoco me he expuesto a ningún riesgo de índole sexual. Lo he controlado excelentemente bien, sin apuros, sin aquella silenciosa dependencia del sexo que a veces acababa por desbordarme.

A grandes trazos, este es mi estado actual, contando las últimas 2 ó 3 semanas, sin olvidar que son posteriores a un período rigurosamente eutímico, mucho más neutral, pero con un menor nivel de satisfacción vital. En la balanza, todas las fases se miden con sus propios pesos y contrapesos, e incluso en potenciales situaciones de riesgo, también se debe relativizar y percibir los aspectos positivos, y al contrario, en las situaciones “clínicamente” más deseables o asépticas, como la eutimia, también existen síntomas poco deseables o negativos.

Pero no pasa nada. Sé cómo actuar. Me conozco la historia porque se repite, y a base de repetir se aprende, y mucho. Tras un análisis pormenorizado de los detalles, voy a realizar una selección inteligente —más bien práctica— de mis compromisos sociales y lúdicos, algunos los suspenderé porque pueden añadirme una carga de estrés innecesaria; reordenaré mi habitación para que ofrezca un aspecto más sereno y tranquilizador; desplazaré los rituales previos a acostarme para poder aumentar y mejorar el descanso; y por último, intentaré, como siempre hago, cumplir con mi hora de toque matutino y concentrar al máximo la actividad de trabajo y ejercicio durante las primeras horas de la mañana.

 

Delirio

22 Nov

El estresante tic-tac del reloj marcaba el pasar de los segundos de una forma lapidaria. Con los últimos rayos del sol desapareciendo tras la vertical que formaban la ventana y la caída de la cortina, su naranja transparencia proyectaba una luz de sobremesa, de tarde plácida, ofreciendo una justicia —la siesta— que sólo los insomnes resisten a disfrutar para poder vencer a esos monstruos que atormentan por la noche.

Así, uno a uno, los segundos cuelgan en la punta de su aguja, y se precipitan encadenando sus delirios, entre las llamas de una explosión inminente en su cerebro. De súbito, una fulgurante energía salta de su pecho y se pone a reír, a cantar, a saltar, a exhibir su cuerpo levantándose la levita como un bufón con un solo ojo pintado. Su vida, de repente, se convierte en una payasada sin gracia, que se burla de la poca cordura que le quedaba, descosida entre las forzosas carcajadas de un ser irreal con una larga lengua azul, serpenteante, y que imagina una cabriola final para reverenciar a un público que sólo existe en los teatros de la mente. El protagonista se erige como un triunfador apabullante, un funambulista con un portento físico y un porcentaje de acierto infalible, aunque ahora bate los brazos en un vano intento de volar. Mientras tanto, mantiene el equilibrio sobrevolando un mar de sombras, tan alargadas como las dudas que se proyectan en un astro justo antes de ser eclipsado; las fibras de la cuerda, secas y violentas, le devuelven los pies como sí hubieran andado mil ascuas ardientes. El sudor del esfuerzo se cuela entre sus poros mezclado en una testosterona mejorada con cabezas de cerilla, que lo convierten en un amante soberbio, capaz de salvar reinos construidos en el cielo, solo un pretexto para penetrar a princesas que habitan en discotecas de cristal, a las que apenas ha manchado el sol; sus cuerpos diminutos poseen recovecos que huelen a lo mismo que las frutas maduras que terminan por explotar, esas que tienen en su interior un zumo incontenible: el olor de una floreciente pubertad entre las ingles y los sobacos, de unos huesos que aún se oyen estirar, esperando que nadie les descubra esa mueca que les permite jugar furtivamente entre adultos. Sed bienvenidas.

Entre tanta travesura, el payaso se acomoda y sus ademanes se vuelven más y más soberbios desde el trono. Su danza es ahora una pose trágica, aunque sin borrar nunca esa sonrisa agria que gesticula siempre a cámara lenta. Descubre musicalmente su dentadura, como una escala de piano. Con grandes y circulares aspavientos, hace gala de su repertorio, un ritual en el que exhibe sus botas grotescas y puntiagudas. Desenvuelve toda su actuación sobre el sillón acolchado, caricaturizando, quizás, algún rey longevo, envejeciendo sus barbas soberanas entre su asiento y la corona.

El vasallaje se culmina cuando todos los testigos acuden con premura a aquel largo vestíbulo. El payaso continúa dando palmas cuando muchos todavía se afanan en su camino hasta la primera fila. En cuestión de poco tiempo, se forma un círculo que escudriña a la criatura con miradas propias de jueces implacables. Quieren saber en qué me he convertido.

Desfallecido tras mi ensoñación, mi cuerpo y mi mente comulgan en el interior de una esfera invisible, por cuya superficie circula una calurosa energía, licuada en un poder que se desliza en una superfície que se convierte en espejo, ante el que todos los presentes retroceden, reflejando más odio que sorpresa. A cada una de mis convulsiones, un grito de asombro le contesta. Son delirios momentáneos en los que mi voluntad se somete a la verborrea y empiezo a emitir un galimatías ininteligible, una revolución de palabras que bebe de todos los idiomas. Por su parte, la incontinencia de mis gestos, me eleva a un estado en el que mi cuerpo empieza a centrifugarse. Muevo brazos y piernas en una discordante armonía, el pecho palpita como un motor, mis dedos se retuercen en formas imposibles, arqueo el cuerpo en una pose convexa, para luego volver a una posición fetal. De repente el escudo placentario que me secuestraba termina por desaparecer y caigo rendido finalmente.

Me hallo desnudo sobre el bordado de una alfombra imperial, y los súbditos y su rey, un bufón, se emocionan en una letanía que rompe en lágrimas y sollozos. Con el pelo todavía recogido entre mis dedos, me tapo la cara en señal de vergüenza, pero también de alivio. Mis lágrimas también brotan de mis nudillos, pero acompañadas de un lloro sentido, orgánico y visceral que se apacigua con la cascada salada de mis ojos.

Todos me han visto tal y cómo soy. Han visto a alguien vulnerable desmoronarse, como perdía toda dignidad humana, como era despojado de toda vergüenza. Sin embargo ya nadie reacciona hostilmente. Empiezan a compadecerse de mí y algunos, incluso, me ayudan a incorporarme y me tapan con la expresión mínima en la que había quedado mi ropa arrugada. Ven dibujado en mí el rostro del perdón, algo tal vez religioso que les hace retrotraerse a su ternura más infantil. Ante tal evidencia, comprenden que rematar al desdichado se convierte en un martirio, pues ya de por sí han sido testigos de un dolor ajeno que jamás hubieran imaginado infligir por ningún medio.

Yo soy el loco al que atar pero ellos los verdaderamente derrotados.

 

Falta de sueño

20 Nov

Durante las últimas dos noches he estado promediando entre 3 y 5 horas de sueño nocturno. Aunque sé que más pronto que tarde recuperaré la rutina habitual (cercana a las 9 horas), ello me crea una preocupación añadida, un signo de alerta que quizás indique que posibles oscilaciones de mi estado de ánimo no queden muy lejos.

  • Me despierto sobresaltado a eso de las tres de la madrugada. Riño con la almohada y cualquier postura me incomoda.
  • Leo un poco con el lector electrónico, o bien trasteo durante un rato en la red para buscar algún vídeo que me entretenga. Enciendo y apago
  • Me revuelvo en la cama en diferentes posiciones, pero no acierto a llevarme bien con las sábanas. Repito este proceso ansiosamente.
  • Me tomó un Orfidal, sabiendo que a estas altas horas poco me podrá hacer.
  • Mi ansiedad se acrecenta pensando en como funcionaré al día siguiente con tantas pocas horas de descanso.
  • Cuanto más se acerca el amanecer más pienso: “Sí me duermo ahora, tendré xx horas de sueño.”

Y el proceso se repite, alargando el vilo hasta el amanecer.

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