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3 miligramos de Risperdal

21 Dec

La única forma de volver a empezar siempre es la sensatez. La sensatez propia de la calma, de la marea baja, la que deja esa arena blanda y pastosa que no es sino un juguete sensorial para la planta del pie. Hacía tiempo que no recordaba esa sensación. Y es que quizás he vivido demasiado tiempo alejado de la orilla, perdiendo la noción de aquello que realmente va y viene con la vida, igual que el devenir de las olas que besan mis pies, alineados con la primera línea de la playa.

Han sido tres miligramos de Risperdal los que me han hecho recordar la esencia más completa de la vida, esa que se olvida cuando llevas demasiado tiempo fuera de las aguas. Tan solo una pastilla me separaba del baño de realidad que cada día me prohibía. La ficción del chiringuito y la vida entendida como una fiesta ha desaparecido; ya son varios los días en que la irracionalidad que transmitían mis actos va abandonándome. Los colorines y el confeti quedan atrás, como cuando se abandona la sala en plena juerga y uno mismo escapa del frenesí con las suelas de los zapatos pegajosas, asqueado en cada paso con un pegamento artificial traído por el alcohol barato y la ceniza, por la suciedad de un lapso nocturno al que ya no más se quiere pertenecer. Al girar la cabeza, se comprende perfectamente que devolverse a la cordura de la vigilia y el sol es la única opción que queda, la de volver al cobijo nocturno de la cama, la de una retirada a tiempo.

Y es la risperidona la que me aletarga, la que me ha puesto en una segura posición de guardia. Me ha fortalecido. Ya no peligra el rumbo de mi cabeza, ya no hay miedo a enloquecer, a desesperar en vida.

Aunque he recuperado la lucidez, a veces siento que mis luces se difuminan un poco en la niebla, pero simplemente es un pequeño cortocircuito, un susto prudente a mis eufóricas ambiciones. Esta pastillita me permite saber estar en el momento y lugar, sin necesidad de romper los esquemas, sin el temor a llegar al ridículo.

Pasan los días y va quedando lejos aquel estrépito tembloroso que queda tras la manía. En muchas ocasiones, mis pensamientos se descolocan y desguarecen sus defensas, como piezas de ajedrez dispuestas a recibir un jaque en el próximo movimiento, pero he conseguido evitar los envites más dolorosos.

Prefiero la cuarentena. La red de mis neuronas se reordena, y su conexión comienza a fluir de nuevo como la electricidad después de un gran apagón. Las estrellas ya no son la única guía. Puedo encender mis propias luces y eso es gracias al Risperdal, un comprimido amarillo que me salva a diario de caer de la cuerda floja.

Gracias doctora.

 

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Hipertrofia. 70 sobre 100

25 Nov

Últimamente sólo veo a mi alrededor cosas amontonadas. Se disponen en círculo, amenazantes, dispuestas a hacerme tropezar. Mi habitación empieza a arrugarse como un papel, dentro de un caos ordenado que se repliega en sí mismo como un caracol aplastado contra el techo, el único lugar fiel a la pulcritud. Mientras tanto, el tiempo pasa liviano a la vez que implacable, nunca hallo el momento que me obligue a dominar esta avalancha doméstica.

Me cruzo en mi camino con una zapatilla viuda, en el otro extremo del cuarto yace abandonada la otra, ladeada, escupiendo un calcetín rojo con una burla sangrante. Queda fuera de mis dedicaciones emparejarlas con algo más de dignidad, o bien buscarles algún sitio más oportuno. Lo mismo está pasando con la ropa de diario, o los papeles de trabajo amontonados sin criterio en el escritorio y, sobre todo, la mesita de noche, donde descaradamente exhibo mi pastillero y una caja de orfidales junto a varias botellitas, con 100 botones de litio en su interior. A alguna de ellas, se la ve ya algo apartada, desenroscada, con las blancas pastillas que empiezan a esconderse tras la etiqueta, en el interior de su triste cristal ahumado, pero que para mí alberga un alivio diario de estabilidad y bendita resignación.

Pongo los pies en el suelo. Está frío, helado. Sé que todavía guardo ropa de abrigo bajo la cama, que hace tiempo la puse en dos fiambreras gigantes durante un arrebato de orden y concierto. Ahora debería hacer lo mismo: ponerme a ordenar otra vez. El armario hace meses que se convirtió en un tanque de experimentos, rebosante de trastos hasta por la parte de arriba. Ropa y papeles, papeles y más ropa. La papelera sólo se vacía ya cuando es motivo de vergüenza y sólo conservo el hacer la cama como el único hábito, casi de orgullo, de que en algo me ocupo de mi lugar.

Por otra parte, no me siento alarmado. Reconozco cierta dejadez, pero me veo capaz de revertir la situación, acondicionar mejor mi escenario. Espero que el desorden de mi habitación no pase de ser un mero símbolo agorero, y que no se cumpla ningún mal pronóstico. No ha habido, por el momento, ninguna transferencia hacia mi conducta o mis hábitos de aseo e higiene. Sin embargo, si que noto cierta celeridad en la ejecución de mis quehaceres, hasta incluso una mayor capacidad de improvisación al resolverlos. Mis registros se mantienen en un rango elevado aunque aceptable, ya sea en el lado de la hipomanía, pero sin haber superado cierto guarismo peligroso, manteniéndome al filo o bien cerca de la cifra del 70 (sobre 100), durante las últimas dos semanas. Es bien cierto que me estoy sintiendo muy a gusto conmigo mismo, pero valoro con más importancia si cabe, que no he desarrollado ninguna adicción al comportamiento o conducta de riesgo alguna, aunque sí percibo cierta potencialidad de viciar esta armonía vital, como si el caos ordenado, empezara a tener más de caos que de ordenado. Sé que quizás me esté acercando unos pocos pasos hacia cierto precipicio.

A pesar de ello, tampoco se ha visto muy afectado el horario de sueño, eso es muy importante para mí. Sin embargo, he tenido que elevar mis dosis habituales de lorazepam para combatir esta creciente animosidad nocturna (desde los 2 mgs. de media hasta los 15 mgs. algunas noches). El sueño ya no es tan natural, porque las resistencias son más fuertes, y también lo empiezan a ser las jaquecas. Pero soy un luchador, durante doce años he tenido que modular mi sueño, aún cuando a veces las eternas noches de vilo eran indomables. Así que esto es sólo pasajero.

Me siento más libidinoso, con una voluntad, bien consciente o inconsciente, de volver a mantener relaciones un poco menos discriminadas. He vuelto a acostarme con algunas semidesconocidas, pero la frecuencia no ha sido tan exagerada, ni tampoco me he expuesto a ningún riesgo de índole sexual. Lo he controlado excelentemente bien, sin apuros, sin aquella silenciosa dependencia del sexo que a veces acababa por desbordarme.

A grandes trazos, este es mi estado actual, contando las últimas 2 ó 3 semanas, sin olvidar que son posteriores a un período rigurosamente eutímico, mucho más neutral, pero con un menor nivel de satisfacción vital. En la balanza, todas las fases se miden con sus propios pesos y contrapesos, e incluso en potenciales situaciones de riesgo, también se debe relativizar y percibir los aspectos positivos, y al contrario, en las situaciones “clínicamente” más deseables o asépticas, como la eutimia, también existen síntomas poco deseables o negativos.

Pero no pasa nada. Sé cómo actuar. Me conozco la historia porque se repite, y a base de repetir se aprende, y mucho. Tras un análisis pormenorizado de los detalles, voy a realizar una selección inteligente —más bien práctica— de mis compromisos sociales y lúdicos, algunos los suspenderé porque pueden añadirme una carga de estrés innecesaria; reordenaré mi habitación para que ofrezca un aspecto más sereno y tranquilizador; desplazaré los rituales previos a acostarme para poder aumentar y mejorar el descanso; y por último, intentaré, como siempre hago, cumplir con mi hora de toque matutino y concentrar al máximo la actividad de trabajo y ejercicio durante las primeras horas de la mañana.

 

Rocas en el viaje II

14 Nov

II

En mi tercera mañana me levanté con la habitual jaqueca que siempre despierta a los malos dormilones. Apenas sin desayunar, dirigí mis primeros pasos hacia el soportal de aquel inhóspito bloque de apartamentos. Lo último que necesitaba era la luz seca y viva que me deslumbró a través de la verja, algo nada agradecido después de haberme aseado con tanta mala gana. Articulé una mueca asquerosa, de automática desaprobación, y con el sonido de un portazo lapidé un nuevo despertar, iniciando la andadura hacia un territorio desconocido.

A Malta fui bastante motivado. No todos los días le pagaban a uno un viaje al extranjero, aunque ello no supusiera por sí sólo unas vacaciones de grandes lujos. La beca no cubría muchos gastos, pero al menos se convertiría en una estupenda tirita para mis tristes días de verano. Hasta mi partida, mi vida discurría en un sendero de torpe apatía, con muchas noches desesperadas, que despertaban entre los arrugones de mis sábanas, dejando paso a mañanas aún más desagradables. Aquella escapada fue, en cierto modo, un oasis en el que ahogar mis penas.

Como alumno, mi compromiso sólo me obligaba a asistir a clases cinco mañanas a la semana. El nivel de los profesores, y el de la academia en general, dejaba bastante que desear, así que tomé con cierta resignación el hecho de no colmar mis expectativas académicas de mejorar mi inglés. De todas formas, aquel era un idioma que ya dominaba con cierta suficiencia.

Empecé las clases tras un fin de semana de adaptación —o mejor dicho inadaptación—, pues llegué un viernes y no empezaría hasta el lunes siguiente. Fueron unas primeras horas de soledad, pero también de expectación, sabía que algún cambio importante se avecinaba. El calor me abordó, haciendo mella desde el primer momento, derritiendo mi cerebro. Como un primer traspié al bajar del avión, pronto empezaron unos sudores insofocables, la piel me picaba por la sal que traía el viento y aquel sol únicamente anunciaba peligro sobre mi piel lechosa. Sin embargo, yo seguía notando aquella transformación, una amenaza escondida bien adentro; a duras penas concilié sueño en las tres primeras noches, esas debieron ser las primeras señales que no pude ver. Me sentía como el filamento incandescente de una luz artificial, siempre a punto de explotar en la fragilidad de su embrión de cristal. De madrugada, reflejaba mi cara de insomne en los casposos programas de la teletienda, con unos ojos vidriosos, sumergidos en la ansiedad de un vilo casi interminable, con la única compañía de una tele de tubo y una presentadora siliconada. Aquello siempre terminaba de la misma forma, un barco que atraca entre tinieblas no se pierde nunca ningún amanecer. Mis sentidos amplificaban sus poderes, con el fulgor impropio de toda mi energía malgastada la noche anterior, como una vieja bombilla irradiando más calor que brillo, un poder deliberadamente ineficiente. Todo estaba a punto de empezar, otra vez.

A eso de las nueve di con el aula que me asignaron. El lugar se componía con un aspecto muy humilde, apenas tres o cuatro pequeñas salas en las que se impartían las clases, diferenciadas por niveles. Sus puertas se repartían en el mismo lado de un largo pasillo y, enfrente, unos ventanales daban a un patio abierto con forma cuadrada. Unas plantas testimoniales cerraban aquella zona exterior, devolviendo siempre su mirada a la entrada, otra vez hacia la calle: un submundo europeo, algo sucio y extremadamente caluroso y húmedo.

Masha eligió sentarse justo en la parte opuesta a la mía. Todos nos sentábamos en semicírculo con un ridículo cartel en el que nos hicieron escribir el nombre, coronando los pupitres. Participar en aquel ejercicio de las presentaciones siempre me parecía muy infantil y previsible, aunque nadie pudo evitar ruborizarse.

Aquella chica tenía los ojos azules, grandes y amplios, que delataban con gran obviedad una exótica procedencia, probablemente centroeuropea o eslava. Sus mofletes eran rollizos y terminaban una cara también redonda, enmarcada por una corta melena de un débil color rubio, aunque con una raíz frondosa que revelaba raza y pureza, pero que yo imaginaba alicaerse por el frío de una remota estepa o la ventisca insistente de algún país de la Europa más vieja. No parecía muy alta, aunque mal supuse en un principio, y en cuanto se puso de pie para presentarse, a todos nos embelesó con una voz aflautada y dulce que hizo a todos más pequeños: «Hello, my name is Masha and I'm from Russia».

Lucía un atuendo que dibujaba una envidiable esbeltez. Con vaqueros y una camisa de tirantes, mostraba su cuerpo en unos brazos largos y un cuello fino, estupendo, bien plantado entre unos hombros huesudos. Sus pechos todavía adolescentes firmaban una silueta joven, sobre unas piernas largas, que se precipitaban desde unos muslos depilados, con una tersura afiladamente peligrosa. En conjunto, podría asegurarse que era una chica muy atractiva, aunque con un peinado algo desfasado y una expresión en la cara algo vacía de alegría. Eran unos pocos detalles que para nada la desmejoraban, pero que tampoco le permitían llamar más la atención de lo que demandan ciertos cánones. Su aspecto no era muy común para los que éramos estudiantes mediterráneos, en su mayoría italianos y españoles, pero de buen seguro me aventuré a pensar que, durante su corta estancia, Masha iba a ser de los bocados más codiciados.

Todas esas nimiedades poco me importaban, pues aquella larva pálida había transmutado en mi interior. Movido por una curiosidad incontrolable, la intriga llegó a apoderarse de mí definitivamente. Toda la primera hora la dediqué a clavarle mi mirada, a veces furtiva, y otras la sostuve fija, ella también me retaba fijando la suya en mí, aunque fuera por pocos segundos. Tras el trance, cada uno recomponía su marcha en la clase. Pero lo mío se movía por una mórbida compulsión, con vida propia, y empecé a rastrearla por el espacio, a dibujar el perímetro de sus facciones, a penetrar más allá de su materia, ya estuviera compuesta por ropa o carne. Nunca perdí el hilo de la clase, pero estuve más atento a sus acciones: secuencié largo rato su boca, retratándola a cámara lenta; capté esa frialdad misteriosa, ese hálito invernal que imaginaba al verla respirar. Desde mi silla, a tres metros de distancia, podía explorar cada surco y grieta de sus labios. Ella me devolvía la mirada, pero esta vez asentía, lo supe porque entornaba los ojos hacia abajo primero, para después besarlos levemente con sus pestañas. El baile de gestos tímidos y absurdos se interrumpía con sus parcas palabras, arrastrando las erres de una forma torpe y divertida, fallando en construcciones gramaticales demasiado sencillas para fallarlas. Todos la disculpaban cínicamente, todos asentían, todos le reían las gracias, pero con los colmillos bien brillantes, babeando sobre mi cordero rubio. En realidad era un tanteo inútil. Masha sólo sería presa para mi terreno vedado, vallado por la química y el azar, un animal con el que jugar el resto de mi existencia, yo sería el único que la comprendería, el único con quién podría hablar de verdad, el héroe portador de una nueva luz a su vida.

Su mirada, detenida en el tiempo, era fría como un témpano, —cold as ice—, nunca pudo congelar el impacto de mis ojos, desnudándola con cada movimiento. No supo guardar la distancia, no giró el cuello, ya era demasiado tarde para ignorarlo; entró en mi mundo, como un glaciar llorando por la ladera.

Jugaba con ventaja: acababa de empezar mi manía.

Rocas en el viaje I

4 Nov

I

Me desperté con la luz intensa del mediodía, varios rayos de sol que trajeron un indeseado toque de diana, de color blanco diamante. Perezosamente, retiré la mano de mis ojos y con los párpados ya fulminados, mi ceguera inicial pudo desenquistar las pocas legañas que me separaban de un mar inmenso, aún desenfocado. Aquel infinito se aplastaba contra un lienzo en una delicada veladura, saturada de añil, ultramar y de una espuma blanca, orgánica, intensa, que lo removía todo. Fue un maquinal movimiento de cabeza, un gesto de dolor con el cuello, un quejido baldado tras varias horas de yacer sobre un lecho de roca y una toalla deslavazada.

Poco a poco fui dando tímidos bostezos y pude desentumecer el cuerpo. Primero el tronco, ayudándome con mano, brazo y espalda sobre un suelo negro y áspero; después doblegué las piernas y conseguí forzar una posición digna, como la de alguien que aparenta estar de paso, un viajante experto, pero sólo un turista accidental en realidad, tratando de disfrazar su soledad viajando de aquí para allá, el tiempo justo para no ser descubierto y no echar raíces.

Malta disponía de pocas playas de arena, la más cercana a mi hotel era de roca, y el dependiente me dirigió a muy escasos metros de la entrada de mi acomodo. Al llegar, ya con el primer oteo, vi que me ofrecería una incomodidad infernal durante toda la mañana, propia de las piedras que la recorrían en unas escaleras de bajada, pétreas y naturales, hasta bien entrada la orilla que rompía en una arista abismal. Mis chanclas, imprecisas para tal terreno, incomodaban tanto como ir descalzo; andar en playas tan duras se convertía en un irremediable suplicio si no disponías del calzado adecuado. Aquella maldita isla era tal cual un pedrusco en medio del Mediterráneo, con su cal y sus aguas calientes; parecía un trozo de carbón, abandonado a mala fe, cortante y rasposo, dispuesto a herirte con su iridiscencia y lanzándote sus cristales de sal, con una picor que nunca saciaba por mucho rascar.

Tras aquel despertar, colgué sobre mis rodillas los codos a modo de bisagra y crucé mis manos, esperando una mínima brisa que nunca vendría; una soporífera nube de sofocante humedad, casi trópica.

El tiempo pasaba. Secas rachas de viento.

Aún con mi desubicación a cuestas, pero al menos ya despejado, me descubrí sentado junto a una familia con niños y entre varios grupos de jóvenes, los más numerosos, reclamados seguramente por un turismo barato, centrifugado con alcohol y música sintética.

Aunque todavía me sentía algo perdido en mis propias vacilaciones, el día empezaba a avanzar entretenido, la escena que contemplaba ofrecía una estampa de lo más plácida: una playa rebosada de turistas, con su ir y venir en cada baño, un floreo de butacas, toallas, esterillas y hamacas, que acomodaban a parejas, familias, juventudes y hasta sobre las que se divisaba algún lobo solitario como yo, quizás otro bohemio perdido, o simplemente algún anciano madrugador que disfruta una lectura cogiendo el mejor sitio frente al mar.

Sus círculos, sus abrazos y sus posturas buscando el bronceado dibujaban una marina contemporánea con toda su burguesía incluida, pseudoimpresionista, terminada con el agitar de las olas constantes y el chapoteo de aquellos que las desafiaban, intentando perderse en la inmensidad. A pesar de mi gris amanecer, los colores seguían allí. Se personificaban en bikinis y bañadores brillantes por la sal, pareos hawaianos, pamelas y gorras de propaganda cubriendo las cabezas; algunas volarían con las primeras ráfagas furtivas y se perderían, irrecuperables, planeando en un cielo totalmente raso, entre algunas gaviotas rezagadas.

En cierto modo, todo tenía su lugar, formando parte de su algo, con su sentido. Siempre llegaba a esa conclusión cuando tras volver a mi fuero interno, enajenados mis sentidos durante un rato, intentando distraerme de mi propia infelicidad.

Yo no soy ni seré feliz como estas personas. Eso pensé.

Mientras, el ocaso languidecía caprichosamente, intentando alargar un poco más el día, intentando alargar el sofoco de las rocas, que a esas horas se habían convertido en hornos. Sentí lástima de mí y de ellas, después de todo un día quejándome me rendí al hecho de que poseen una grandiosidad natural, una milenareidad inapreciable por el turista ignorante: son un testimonio vital de la creación del mundo. Y quizás, solo sobre aquella gigantesca pizarra, era de lo único que no me podían despojar, aquella era una forma de compañía fiel. Una simple roca. Mi roca.

La gente empezó a vaciar el lugar, con la pausa del atizar las toallas contra el aire, y la prisa de recomponer sus atuendos, alcanzar una mínima dignidad, cubiertos, y dirigirse a sus hoteles y cubículos clonados. Los jóvenes, más despreocupados, apenas se ponían unas camisetas, reservaban sus mejores galas para mancharlas de tequila en una noche que despertaba libertina, y ellas, aún más emperifolladas, seguramente acabarían con alguna mancha de semen, quizás en la falda, quizás mojadas por dentro, quizás sobre ese pelo que tanta plancha y tinte ha costado.

En cambio yo, junto a la toalla, una crema solar y la llave del hotel, completábamos un acompañamiento de tristes enseres inanimados, de los cuales formaba parte como un fascículo; permanecí hasta la caída del sol. Y allí me quedé durante largo rato. Ensimismado en su mar de sensaciones, a vivir seguramente durante una noche de desenfreno que yo tanto temía, preferí ahogarme en un vaso medio lleno.

El velo gris se había vuelto en un halo de invisibilidad. Esperaba un saludo, apenas una mirada cómplice de alguna chica, o una de sus sonrisas. Alguien que se hubiera atrevido a conocerme, a invitarme a unirse, pero nada. Me hubiera conformado con hablar con cualquiera, pues conocía y me defendía muy bien en inglés, aunque ni siquiera el vendedor ambulante se acercó. Pero nada, nada de nada. Cero contacto humano.

La playa continuó con aquel discurrir y acabo vaciándose en pocos minutos.

Me volví a tumbar con la desesperanza y resignación del que quiere que pasen y a la vez no quieren que pasen cosas. Aquél era uno de esos días, un día de bajón que se convirtió en noche, de depresión contenida, de un filtro sobre mis ojos, destinado al confinamiento en un cuartucho de hotel de dos estrellas.

Pero sería mi último día gris. Presentí, que dentro de mí acabaría transformando la larva. Era una cuestión de horas, de un día como mucho. Esperaba aquella mecha que me hiciese estallar y asomarían las alas de mariposa desgarrando mi espalda, irradiando, desde dentro, los colores tropicales de la manía.

65 sobre 100

30 Oct

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Estoy remontando el vuelo, casi como un avión que evita un aterrizaje forzoso, mojando levemente su tren con los charcos de una pista maltrecha. Poco a poco, aumenta la distancia que va quedando entre mí y la más gris de mis versiones. Ya no hay mañanas sin luz, a pesar del mal tiempo, y las noches dejan paso a bostezos agradecidos mediante un ejercicio puntual; estirando los brazos en señal de agradecimiento, y sin cafés ni estimulantes, no sustituyo por nada la energía con la que resurjo tras un nuevo alba.

Mi verdadero reto, sin embargo, está en saber mantener el vilo, en elegir bien la velocidad de crucero. La objetividad en la toma de decisiones, siempre se nubla cuando se despega, y es muy fácil doblegar al renovar cierta pasión por la vida. Reviso mis registros: mi estado de ánimo muestra una tendencia creciente. Observo mis anotaciones, que poco a poco me van dibujando dentro de los márgenes de una leve manía, aunque de momento y afortunadamente, no me pone la zancadilla en lo cotidiano.

Por suerte, el redescubrimiento de la lectura y el recurso de escribir para canalizar esta comezón, marginan bastante los riesgos de hacer alguna algarabía. Aún así, son cada vez mayores las ganas de ceder ante grietas que van surgiendo en una mente que se va fundiendo, convirtiendo en dúctil lo férreo, para al final estirarse y querer prolongar mi estática euforia en un orgasmo más material. Estoy pensando que quizás un poco de intoxicación “terrenal” no me vendría mal. Cuando pienso en la higiene que exige mi forma de vivir, siempre acabo envidiando la normalidad que creo pertenece a otros. Tengo ganas de salir, de correr más, de saciar un creciente apetito, de que me duela el cuerpo, de oler otro cuerpo, de una sinrazón que me haga caer exhausto.

Con un solo rayo de sol, mis poros se abren como una incipiente primavera, una posible explosión de colores que tal vez finalice en un sangriento estornudo. Por eso quiero podar la flor, y llevarme toda la rama del árbol, no vaya a ser que la flor se marchite y me tenga que conformar con el palo.

Objetividad y optimismo

20 Oct

El hombre razonable y lógico siempre juega seguro. Ve las cosas tal y cómo son, y no se compromete mucho con los deseos. La imparcialidad más ortodoxa rechaza ferozmente las emociones y deseos, pues de otra manera no la consideraríamos suficientemente imparcial, y por tanto dejaría de tener su recto sentido. Cualquier frontera que rompa sus finos márgenes, habilita al ser humano a creer, a someterse involuntariamente a las emociones. Optimista es aquél cuya actitud no es trazada por la línea recta, sino que disfruta del camino y sabe valorar cada una de las paradas que hace. Para él, los fracasos no son una pérdida de tiempo. Optimista es aquel que guarda la esperanza de abrazar un mañana mejor, a pesar de lo malo.

Existen una gran serie de factores que influyen en la adopción de una tendencia u otra. No se trata de una preferencia, sino quizás una mezcla de suerte y experiencias, que dispondrán al individuo en uno u otro sentido, e incluso a veces, le permitirá compartir, con múltiples ponderaciones, objetividad y optimismo al mismo tiempo.

Se necesita coraje y valentía para lograr tener una mente flexible, adaptativa; a ésta se le exige asentarse con gran disciplina sobre principios sólidos, que no cedan ante interpretaciones convencionales de la realidad, aunque en muchas veces no se puedan evitar. En una mente joven e inmadura, por ejemplo, los miedos y la ansiedad son claros reflejos carencias de adaptación y un viraje más proclive hacia las emociones. Pero se entiende perfectamente como todos podemos ser víctimas de faltas en nuestras habilidades, al con un corto conocimiento experto del tema. Nadie es perfecto, y menos en el control de sus emociones. Prever con éxito situaciones de dificultad personal es una tarea vasta e imposible. Partiendo de esa imperfección natural del ser humano, se evidencia un estrecho alcance de nuestras defensas naturales, ante el futuro que a cada persona le depare su enfermedad.

La objetividad es la cualidad de ver los hechos tal y como son. Se trata de una habilidad que deja las preferencias personales a un lado, y permite evaluar una situación de la manera más “correcta” posible. Por su parte, el optimismo tiene más que ver sobre lo que la persona hace con las observaciones de esos propios hechos. Es decir, se trata de una actitud activa, más que de un código predeterminado.

Si lo suscribiéramos en al trastorno bipolar, la objetividad permitiría, por ejemplo, que un individuo hipomaníaco fuera capaz, por sí solo, de apercibirse de que se encuentra “ligeramente subido”, notando una creciente sensación de placer, un comportamiento expansivo con pensamientos y una forma de hablar exacerbada, antes de que sus síntomas derivaran en un cuadro manifiestamente peligroso y ya menos reversible (hipersexualidad, adicciones del comportamiento, agresividad, etc.). Un autoanálisis adecuado de su propia situación, facilitado con un sistema de alertas bien diseñado, cortaría en gran medida las probabilidades de ver crecer su manía.

Un enfermo optimista, en cambio, debe tener cuidado con sus observaciones. Se trata de una clara advertencia, a pesar de que el enfermo se encuentre anímicamente mejor, fuera del riesgo de depresión, o bien tenga una predisposición más positiva, que le proteja de las recaídas. A pesar de que dicha actitud pueda ayudar a consolidar un nivel de bienestar personal más alto, las alertas no son sino mucho más importantes en este caso. A diferencia de los cuadros de manía, la depresión siempre es fácil de detectar por el entorno o los cuidadores, pero fuera del espectro depresivo, el mayor peligro radica entre “estar bien” o “estar mejor”. En otras palabras, el enfermo hipomaníaco (incluso eutímico) puede empezar a negligir en su conducta casi sin darse de cuenta, cuando éste crea que simplemente està actuando de la mejor manera. Por lo tanto, el optimismo es una actitud necesaria, que influye muy positivamente en el proceso de toma de decisiones de la persona, pero a la que se deben poner límites también; para que ninguna  empresa se convierta en una alocada acometida, se debe hacer una correcta valoración de todos sus frentes, preponderando las objeciones que provengan de la mera decisión personal, pues ahí se puede encontrar el verdadero cambio de ciclo. Es decir, si la nueva decisión va a suponer un cambio positivo y, además, si ésta se ha tomado en una escena personal también favorecedera, de lo que realmente hay que desconfiar es de este impulso optimista. ¿Hasta qué punto el optimismo no es un desencadenante?

Así pues, la objetividad sí que ofrece mayor consistencia en la construcción de herramientas y mecanismos para gestionar la enfermedad; mientras que, el optimismo ; y por ende el pesismismo, son armas que sirven también para hacer cambiar nuestro estado de ánimo, con independencia de las circunstancias, y que permite tomar parte activa al enfermo. En otros términos, no se pueden controlar las circunstancias, pero si controlar la actitud. El mejor de los equilibrios se diseña con un código que permita entender la realidad tal y como es y con una actitud “suficientemente” optimista para avanzar.

En resumen, yo señalaría algunas directrices fundamentales: orientar al enfermo a eliminar las construcciones mentales más irracionales, y ayudarle a erigir un código objetivo más sólido en el entendimiento de sus conflictos personales y sociales. Al mismo tiempo, hacerle consciente del poder de la actitud. La elección de actuar de manera optimista, por mucho que cueste alcanzar a entender (sobre todo en fases de depresión), es la mejor prueba de vida para liberar del secuestro a nuestras propias emociones. Aunque el papel de la medicación prescrita sea irreemplazable, una buena actitud permite iniciar un camino, que está lleno de pequeños cambios en positivo.

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