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Ensoñación

6 May

Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Probablemente imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.

Pierdo la noción de mis extremidades, sopla un leve suspiro y una onda de calor me abandona por la yema de los dedos. Mis pies acostados se relajan y se abren indefensos, las plantas son recorridas por el sutil escalofrío de una pluma, mis piernas no se pueden resistir tampoco y la pelvis abandona la tensión de un esqueleto mal encajado. He pasado por el estrés infernal de un día demasiado luminoso, que posee láseres fulminantes en vez de rayos y que éstos han embutido en mi iris azul cenizo un embravecido mar turquesa. El tronco empieza a levitar, despidiéndose de médula y costillas, al son se despedazan el corazón y el alma rompiendo un frasco de frágil cristal. Mi cabeza se alarma por momentos y un golpe febril pincela una capa de rocío en la frente y las sienes, el reguero de sudor se deshace en finos afluentes y muchas gotitas se elevan contra la gravedad, donde antes había techo y ahora pacen las estrellas.

Estoy flotando y bajo estrepitosamente, mi cuerpo se funde y ya no existe tal cama. Recorro toda una sima neardental, donde al final se halla un estanque subterráneo, tras bucearlo sin esfuerzo y atravesar un cuello de rocas, salgo a una nueva superfície. Recobro el aire, un aire que no existe, porque en los proyectos de sueño no hace falta respirar. Pongo pie sobre un firme seco, algo va mal, en un claro de agua sereno veo mi tez reflejada: una estampa odiosa se vuelve a repetir, mis ojos estan ahí dilatados, casi de porcelana pétrea, pero con un venoso enraizado que los envuelve y castiga.

Ya no se puede ir más lejos, hasta donde la fuerza del centro de la tierra me ha podido traer. Mi cerebro es ahora el único traicionero, el que me impide abrir definitivamente esa puerta mágica al descanso, esa puerta a un mañana agradecido por el bostezo.

Al entornar la vista observo, tras enfocar bien -al igual que buscamos una mosca en la punta de nuestra nariz-, unos querubines microscópicos sostienen mis párpados, como si quisieran limpiar un cortinaje o alzar el telón desvelando un sainete, en una pose truhanesca, parecida a levantarle la falda a una agradecida desprevenida. Pululan agitando sus ridículas alas maléficamente, rastrillean mi pelo y gozan de excavar mi tímpano, cavando túneles buscando el eco perfecto. Sin embargo yo apenas los siento, o al menos trato de ignorarlos, aunque desgraciadamente son un vil recordatorio de mi fatal insomnio, de que los párpados son los únicos tejidos de mi cuerpo con vida propia, independiente e inteligente, siempre vivaces y despiertos, siempre con ganas de vencerme hasta el alba.

Esta noche una fuerza superior a mí me ha vencido, según recorro la córnea, todo es una sensación agria y de nerviosismo: el síndrome del ojo seco. Intento llorar, aunque sea de desesperación pero no puedo, no puedo apagar esta quemazón que me impide dormir ni esta llama fulgurante que me obliga a digerirlo todo por el nervio óptico. En la madrugada siempre salta el resorte a horas que no debe y el reloj biológico se detiene para cronometrar el autoconsumo de los noctámbulos. Diagnóstico: demasiadas horas sin dormir. Harto conocido que el deseo de conciliar sueño y descanso se van al traste, una vez más. ¿Y qué hay de mí? Sólo me queda una opción sensata, hacerme caer como un tronco con mi caramelito de laboratorio.

Benzo de 5 milígramos entre pecho y espalda… Otra vez

 

Hipertrofia. 70 sobre 100

25 Nov

Últimamente sólo veo a mi alrededor cosas amontonadas. Se disponen en círculo, amenazantes, dispuestas a hacerme tropezar. Mi habitación empieza a arrugarse como un papel, dentro de un caos ordenado que se repliega en sí mismo como un caracol aplastado contra el techo, el único lugar fiel a la pulcritud. Mientras tanto, el tiempo pasa liviano a la vez que implacable, nunca hallo el momento que me obligue a dominar esta avalancha doméstica.

Me cruzo en mi camino con una zapatilla viuda, en el otro extremo del cuarto yace abandonada la otra, ladeada, escupiendo un calcetín rojo con una burla sangrante. Queda fuera de mis dedicaciones emparejarlas con algo más de dignidad, o bien buscarles algún sitio más oportuno. Lo mismo está pasando con la ropa de diario, o los papeles de trabajo amontonados sin criterio en el escritorio y, sobre todo, la mesita de noche, donde descaradamente exhibo mi pastillero y una caja de orfidales junto a varias botellitas, con 100 botones de litio en su interior. A alguna de ellas, se la ve ya algo apartada, desenroscada, con las blancas pastillas que empiezan a esconderse tras la etiqueta, en el interior de su triste cristal ahumado, pero que para mí alberga un alivio diario de estabilidad y bendita resignación.

Pongo los pies en el suelo. Está frío, helado. Sé que todavía guardo ropa de abrigo bajo la cama, que hace tiempo la puse en dos fiambreras gigantes durante un arrebato de orden y concierto. Ahora debería hacer lo mismo: ponerme a ordenar otra vez. El armario hace meses que se convirtió en un tanque de experimentos, rebosante de trastos hasta por la parte de arriba. Ropa y papeles, papeles y más ropa. La papelera sólo se vacía ya cuando es motivo de vergüenza y sólo conservo el hacer la cama como el único hábito, casi de orgullo, de que en algo me ocupo de mi lugar.

Por otra parte, no me siento alarmado. Reconozco cierta dejadez, pero me veo capaz de revertir la situación, acondicionar mejor mi escenario. Espero que el desorden de mi habitación no pase de ser un mero símbolo agorero, y que no se cumpla ningún mal pronóstico. No ha habido, por el momento, ninguna transferencia hacia mi conducta o mis hábitos de aseo e higiene. Sin embargo, si que noto cierta celeridad en la ejecución de mis quehaceres, hasta incluso una mayor capacidad de improvisación al resolverlos. Mis registros se mantienen en un rango elevado aunque aceptable, ya sea en el lado de la hipomanía, pero sin haber superado cierto guarismo peligroso, manteniéndome al filo o bien cerca de la cifra del 70 (sobre 100), durante las últimas dos semanas. Es bien cierto que me estoy sintiendo muy a gusto conmigo mismo, pero valoro con más importancia si cabe, que no he desarrollado ninguna adicción al comportamiento o conducta de riesgo alguna, aunque sí percibo cierta potencialidad de viciar esta armonía vital, como si el caos ordenado, empezara a tener más de caos que de ordenado. Sé que quizás me esté acercando unos pocos pasos hacia cierto precipicio.

A pesar de ello, tampoco se ha visto muy afectado el horario de sueño, eso es muy importante para mí. Sin embargo, he tenido que elevar mis dosis habituales de lorazepam para combatir esta creciente animosidad nocturna (desde los 2 mgs. de media hasta los 15 mgs. algunas noches). El sueño ya no es tan natural, porque las resistencias son más fuertes, y también lo empiezan a ser las jaquecas. Pero soy un luchador, durante doce años he tenido que modular mi sueño, aún cuando a veces las eternas noches de vilo eran indomables. Así que esto es sólo pasajero.

Me siento más libidinoso, con una voluntad, bien consciente o inconsciente, de volver a mantener relaciones un poco menos discriminadas. He vuelto a acostarme con algunas semidesconocidas, pero la frecuencia no ha sido tan exagerada, ni tampoco me he expuesto a ningún riesgo de índole sexual. Lo he controlado excelentemente bien, sin apuros, sin aquella silenciosa dependencia del sexo que a veces acababa por desbordarme.

A grandes trazos, este es mi estado actual, contando las últimas 2 ó 3 semanas, sin olvidar que son posteriores a un período rigurosamente eutímico, mucho más neutral, pero con un menor nivel de satisfacción vital. En la balanza, todas las fases se miden con sus propios pesos y contrapesos, e incluso en potenciales situaciones de riesgo, también se debe relativizar y percibir los aspectos positivos, y al contrario, en las situaciones “clínicamente” más deseables o asépticas, como la eutimia, también existen síntomas poco deseables o negativos.

Pero no pasa nada. Sé cómo actuar. Me conozco la historia porque se repite, y a base de repetir se aprende, y mucho. Tras un análisis pormenorizado de los detalles, voy a realizar una selección inteligente —más bien práctica— de mis compromisos sociales y lúdicos, algunos los suspenderé porque pueden añadirme una carga de estrés innecesaria; reordenaré mi habitación para que ofrezca un aspecto más sereno y tranquilizador; desplazaré los rituales previos a acostarme para poder aumentar y mejorar el descanso; y por último, intentaré, como siempre hago, cumplir con mi hora de toque matutino y concentrar al máximo la actividad de trabajo y ejercicio durante las primeras horas de la mañana.

 

La vivencia

6 Nov

En ocasiones pienso en mi enfermedad como algo lejano, un sufrimiento aliviado ya hace mucho, casi ajeno. Dichas iluminaciones me vienen ahora, claro está, cuando llevo consolidando más de tres años de recuperación. Un tiempo que ha supuesto una escalada hacia un bienestar que puedo sentir como perdurable, cimentado por aquello que algunos evocamos, míticamente, una mal llamada “remisión clínica”. Aunque, en mi opinión la enfermedad sí puede llegar a extremos en los que prácticamente parece desaparecer, esta remisión es sólo una acertada y azarosa conjugación de factores sobrevenidos desde un único punto de partida: el diagnóstico.

Según las características propias del enfermo, el camino a recorrer será siempre diferente para cada uno. Hacia una exitosa recuperación únicamente se puede transitar, no existe un lugar fijo al que llegar, no puede haber metas ni tampoco objetivos. Un diagnóstico firme supone todo un advenimiento para el individuo, el inicio de una nueva vida, y también el reconocimiento de la vida pasada, que permite entender y encajar todas aquellas experiencias vitales que fueron traumáticas en su momento, todas aquellas experiencias malogradas, todos los proyectos inacabados que uno se prometió a sí mismo, y así, una inacabable lista de acontecimientos personales muy dolorosos.

Pero este punto de partida simplemente es el primero de todos esos pequeños pasos que uno debe empezar a recorrer, poco a poco. Quizás, más veces de las deseadas, yo mismo haya tenido que volver sobre mis propios pasos: el entender solo no cura. En el recorrido habrá, seguro, más de alguna vacilación en el estado de ánimo, y seguramente frenará las aspiraciones iniciales de avanzar siempre hacia delante. Habrá recaídas, por supuesto, y también subidones. El mejor de los consejos es el de andar el camino, observándolo a media distancia, evitando la búsqueda de un horizonte concreto, no se debe correr ni apremiarse por llegar el primero. Sin duda, la mejor opción es aprovechar este tiempo, además de para entenderse a uno mismo, para fomentar aquellas actitudes y hábitos que permitan renovar el tono vital perdido. Renovación que únicamente es posible sabiendo jugar con tres variables que considero fundamentales: la información, el autocontrol y la medicación.

En este sentido, me gustaría aclarar como observo algunos conceptos mencionados. Para mí, la experiencia se nutre de sucesos con un mínimo de trascendencia como condición necesaria y suficiente, es decir sólo son cosas que han pasado de forma puntual, reconocibles. Son todos aquellos desencadenantes vitales del bipolar, que o bien lo han hundido en la depresión o lo han ensalzado. Por ejemplo, una relación personal fracasada, una muerte del ser más querido, o al contrario, una fase prolongada de insomnio o algún acontecimiento vital muy exitoso, como el inicio de una relación personal o un consumo de drogas excesivo.

Mientras, cuando hablo de vivencia me refiero a que ésta siempre ha sido —y es— trascendente a cada instante. Es la forma en la que yo, enfermo, me he sentido el tiempo que he estado expuesto a la enfermedad. En mi tipo bipolar II, no me equivoco al describir nueve años de mi vida alimentados con cada minuto de dolor al respirar, construidos con cada segundo de vilo nocturno. En conclusión, se trata de un mal sentimiento constante, que nunca te abandona, que parasita tu existencia. Eso es lo verdaderamente relevante: la vivencia siempre esta ahí. Así se puede entender, desde mi punto de vista, cómo uno no se acomoda nunca a este tipo de vida, sensación que sí podría resultar de la experiencia, sino cómo el trastorno bipolar cambia la forma de percibir su propia vida, lo invade a uno sin permiso, sometiendo parte de su racionalidad de forma permanente. La primera respuesta que me dí a mí mismo la obtuve tras mi diagnóstico: entendí que durante aquellos nueve años me había sentido siempre mal. Y es una afirmación que ratifico hoy, aún con las crestas y valles que podrían engañar a un ojo inexperto. A pesar de haber trascendido durante episodios de depresión y manía, ni siquiera en mis períodos intercrisis, nunca pude llegar a afirmar, ni un solo instante, que me encontrara completamente bien, normalizado como el resto. El estigma, del que ya hablé en otra entrada, es algo que existe incluso antes del diagnóstico, creciendo primero en uno mismo y luego cristalizando en sociedad.

 

Gestión del tiempo durante la recuperación

6 Oct

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En mi última entrada hablé de la importancia de normalizar los horarios de sueño, y de imprimir un ritmo de vida activo y adecuado a nuestro ánimo, posibilidades y limitaciones tras salir de la depresión.

En principio consistiría en fijar un marco, con unas horas orientativas para acostarse y levantarse.

El verdadero reto radica en la administración del tiempo hacia nuestras prioridades, sobretodo en las horas del día en las que sabemos que nos encontramos más activos. Mi consejo es fijarse un horario sensato, no muy ambicioso pero completo; también debe compartimentarse para que sea lo más práctico posible, de tal manera que permita momentos de pausa pero sin espaciar mucho nuestras actividades y que éstas estén emplazadas para evitar el máximo estrés posible. El solapamiento de nuestros quehaceres es el síntoma más evidente de que no se ha organizado bien el esquema semanal, además de convertirse en un foco de estrés. Es por ello, que también recomiendo dedicar una hora al final de la semana a repasar y listar las principales tareas a cumplir durante la semana entrante.

Debo aclarar que mi actividad laboral actual es freelance y ello me otorga más libertad para gestionar mi día. Pero la experiencia y el tiempo me ha enseñado que, en mi caso (y creo que también para muchos enfermos bipolares), lo mejor es concentrar la mayor carga de las obligaciones en las primerísimas horas del día. De tal forma, evito sobreexcitarme a partir de media tarde lo que, a su vez, me permite llegar a la noche más tranquilo, y conciliar un sueño de más calidad.

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