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Camino de la recuperación total

18 May

Mi enfermedad avanza, y no quiere decir que lo haga con merma de mi bienestar, evoluciono con ella, aprendo cada día de sus embestidas y la someto mediante sutiles gestos de dominio. Es una guerra ofensiva, voy al abordaje de una remisión total. Todo empezó con una afrenta hacia mi penúltima psiquiatra –curiosamente todas han sido mujeres–, a la que planté unos argumentos hostiles pero sólidos, mi estabilidad estaba en juego y en aquel momento se sostenía con pinzas, las crisis maníacas eran cada vez más numerosas y frecuentes, mi vida parecía un tiovivo revolucionado.

Busqué un especialista, un buen especialista. No tuvo necesidad de realizar visitación preliminar para valorarme, confirmó mi diagnóstico y en la primera visita ya ajustó mi medicación al alza. En posteriores visitas, ha ido reajustando aún más las dosis, también con la inclusión de nuevos medicamentos, siempre bajo la luz que arrojan mis análisis clínicos y litemias. Ese nuevo medicamento era la quetiapina –del cual ya he hablado en alguna otra entrada–, antipsicótico atípico que se puede utilizar como refuerzo de los estabilizadores, no solo como retenedor de la hipomanía.

Así, mi cóctel químico tiene como premisa principal la estabilización, no con un enfoque tan reactivo como el que tenía anteriormente, un frágil tratamiento que sólo llegaba a arañar la superfície, prescribiendo siempre a posteriori de las crisis, alternando antidepresivos y antipsicóticos, jugando a lanzarme de un polo a otro, con una palmaria dependencia de los hipnóticos. Ahora sin embargo, la paulatina retirada de las benzodiacepinas está siendo muy satisfactoria y, lo más importante, inscrita en un proceso totalmente espontáneo.

Actualmente esas son mis armas para manejarme por la vida: una actitud segura y una convicción plena en los pasos que últimamente doy, confío plenamente en los medicamentos. Confío en los medicamentos, no así en las personas. He perdido ese natural apego por el prójimo, con esa generosidad incuestionable y entregada que me caracterizaba. Me hago mayor de manos de mi trastorno. Mi bipolaridad ha nacido en plena pubertad, con dieciséis años y ahora, en plena cumbre de la adultez, es cuando experimento la remisión.

Entre adultos el juego de la comunicación se vuelve más difícil. Mi estado mental es una etiqueta difícil de explicar, irremediablemente me condiciona, aunque haya compensado más de mil veces mi deterioro cognitivo. Entre otras cosas, mi capacidad de socialización ha quedado intacta, además me rodea un maravilloso halo que la gente no llega a comprender a primera vista, que les sorprende, fruto de un proceso de recuperación estricto y aséptico. Me siento renovado por dentro y por fuera, algo difícil de medir, pero que los sentimientos sí pueden ponderar. Que estoy totalmente recuperado es un hecho. Sin embargo debo prepararme para superar cierto retraimiento social, romper definitivamente el estigma que me persigue.

Últimamente vivo la vida con entusiasmo, con un espíritu jubiloso me enfrento a un panorama bastante gris, pues mis posibildades de tener una vida independiente se han reducido a merced de una recuperación que ha exigido mi enfermedad, apartándome parcialmente de todos y de todo (trabajo, estudios, amigos, obligaciones, etc,), exceptuando la familia más cercana: mis padres y mi hermano.

Pero sin embargo, es cuestión de tiempo. Todo tenemos un cauce reservado por el que discurrir, a pesar de haber nadado contracorriente en muchos otros afluentes con anterioridad. Es hora de convertir mi mente en un templo improfanable. Emprender camino hacia la recuperación de un guerrero exige descanso, reflexión y rearme, el tridente de una voluntad de acero que no tiene sus miras en los enemigos cercanos si no que piensa en conquistar el horizonte.

 

¿Momento de la verdad?

16 Apr

El estigma social en el trastorno bipolar se erige siempre como una piedra cantosa y afilada que pocos (enfermos) nos atrevemos verdaderamente a escalar. En este caso, el mejor planteamiento inicial es un “depende”' más que una clara determinación; un depende porque por cada bipolar hay una historia detrás, y por cada bipolar también hay un contexto social único y extremadamente particular.

Pero a pesar de esas pequeñas ráfagas de optimismo, sea cual sea la manera en que se gestione socialmente la enfermedad siempre es difícil. Para empezar nos encontramos con un amplio abanico de posibilidades. Muchas veces se vive la enfermedad en un anonimato difícil, como un funambulista sobre una cuerda floja; o bien en un punto intermedio la persona con trastorno prefiere abrazarse a un pequeño círculo de confianza; por último, están aquellos que no tienen problema en confesar su condición mental sin complejo alguno.

Yo pertenezco al primer grupo, aunque mis circunstancias me están obligando a confesarme a más de uno, sobre todo de mi círculo de amistades cercanas. Han sido doce años de silencio, doce años de depresiones y concursos de saltos de euforia en los que la gente ni entendía ni quería entender. Algunos se están mostrando sorprendidos, aunque francamente no me estoy enfrentando al problema de cara, porque francamente no me estoy confesando cara a cara de las personas que me refiero. Todavía mando mensajes de humo, con insinuaciones acerca de mis ausencias, mis frecuentes visitas al médico y, en general, mis evasivas a salir con ellos, sobre todo por la noche, son bastante sospechosas. Pero aunque sea tiempo de muda para mi disfraz social, no tengo porque precipitarme, más aún cuando me hallo en pleno cambio de mi régimen de medicación. Es difícil, sin duda. Es difícil porque esta vez voy a revelarlo tal cual es, no voy a lanzar confusas misivas. Diré que tengo trastorno bipolar, además de sus accesorias explicaciones, por supuesto, pero bien llano y crudo; diré que soy un enfermo mental con todas sus consecuencias; acotaré su gravedad y diré que es un mal controlable, que me proporciona altas expectativas de tener una vida próspera y relativamente normal, siempre y cuando cumpla con las directrices de mi psiquiatra, siga mi terapia e ingiera con fidelidad mi cóctel de pastillas.

Pero yo elegiré el lugar y el momento, no vosotros. Que quede claro.

 

La vivencia

6 Nov

En ocasiones pienso en mi enfermedad como algo lejano, un sufrimiento aliviado ya hace mucho, casi ajeno. Dichas iluminaciones me vienen ahora, claro está, cuando llevo consolidando más de tres años de recuperación. Un tiempo que ha supuesto una escalada hacia un bienestar que puedo sentir como perdurable, cimentado por aquello que algunos evocamos, míticamente, una mal llamada “remisión clínica”. Aunque, en mi opinión la enfermedad sí puede llegar a extremos en los que prácticamente parece desaparecer, esta remisión es sólo una acertada y azarosa conjugación de factores sobrevenidos desde un único punto de partida: el diagnóstico.

Según las características propias del enfermo, el camino a recorrer será siempre diferente para cada uno. Hacia una exitosa recuperación únicamente se puede transitar, no existe un lugar fijo al que llegar, no puede haber metas ni tampoco objetivos. Un diagnóstico firme supone todo un advenimiento para el individuo, el inicio de una nueva vida, y también el reconocimiento de la vida pasada, que permite entender y encajar todas aquellas experiencias vitales que fueron traumáticas en su momento, todas aquellas experiencias malogradas, todos los proyectos inacabados que uno se prometió a sí mismo, y así, una inacabable lista de acontecimientos personales muy dolorosos.

Pero este punto de partida simplemente es el primero de todos esos pequeños pasos que uno debe empezar a recorrer, poco a poco. Quizás, más veces de las deseadas, yo mismo haya tenido que volver sobre mis propios pasos: el entender solo no cura. En el recorrido habrá, seguro, más de alguna vacilación en el estado de ánimo, y seguramente frenará las aspiraciones iniciales de avanzar siempre hacia delante. Habrá recaídas, por supuesto, y también subidones. El mejor de los consejos es el de andar el camino, observándolo a media distancia, evitando la búsqueda de un horizonte concreto, no se debe correr ni apremiarse por llegar el primero. Sin duda, la mejor opción es aprovechar este tiempo, además de para entenderse a uno mismo, para fomentar aquellas actitudes y hábitos que permitan renovar el tono vital perdido. Renovación que únicamente es posible sabiendo jugar con tres variables que considero fundamentales: la información, el autocontrol y la medicación.

En este sentido, me gustaría aclarar como observo algunos conceptos mencionados. Para mí, la experiencia se nutre de sucesos con un mínimo de trascendencia como condición necesaria y suficiente, es decir sólo son cosas que han pasado de forma puntual, reconocibles. Son todos aquellos desencadenantes vitales del bipolar, que o bien lo han hundido en la depresión o lo han ensalzado. Por ejemplo, una relación personal fracasada, una muerte del ser más querido, o al contrario, una fase prolongada de insomnio o algún acontecimiento vital muy exitoso, como el inicio de una relación personal o un consumo de drogas excesivo.

Mientras, cuando hablo de vivencia me refiero a que ésta siempre ha sido —y es— trascendente a cada instante. Es la forma en la que yo, enfermo, me he sentido el tiempo que he estado expuesto a la enfermedad. En mi tipo bipolar II, no me equivoco al describir nueve años de mi vida alimentados con cada minuto de dolor al respirar, construidos con cada segundo de vilo nocturno. En conclusión, se trata de un mal sentimiento constante, que nunca te abandona, que parasita tu existencia. Eso es lo verdaderamente relevante: la vivencia siempre esta ahí. Así se puede entender, desde mi punto de vista, cómo uno no se acomoda nunca a este tipo de vida, sensación que sí podría resultar de la experiencia, sino cómo el trastorno bipolar cambia la forma de percibir su propia vida, lo invade a uno sin permiso, sometiendo parte de su racionalidad de forma permanente. La primera respuesta que me dí a mí mismo la obtuve tras mi diagnóstico: entendí que durante aquellos nueve años me había sentido siempre mal. Y es una afirmación que ratifico hoy, aún con las crestas y valles que podrían engañar a un ojo inexperto. A pesar de haber trascendido durante episodios de depresión y manía, ni siquiera en mis períodos intercrisis, nunca pude llegar a afirmar, ni un solo instante, que me encontrara completamente bien, normalizado como el resto. El estigma, del que ya hablé en otra entrada, es algo que existe incluso antes del diagnóstico, creciendo primero en uno mismo y luego cristalizando en sociedad.

 

Sergio Saldaña: “Resistencia”

4 Nov

Interesante artículo desde el blog “Tengo Trastorno Bipolar” de Sergio Saldaña. Altamente recomendado para comprender, a través de una visión personal, sobre cómo llevar la enfermedad en un contexto familiar, donde las situaciones desagradables son recurrentes en el seno del círculo enfermo-cuidadores. Una acertada opinión, a base de crudos consejos, sobre la impotencia que genera este trastorno, tormentoso y doloroso, y que arrasa con todo y con todos.

En palabras del propio autor:

“[…] Y el que quiera un final feliz, que se compre un mono. Esta es una historia de resistencia y dolor. Pero sobre todo es una historia de sacarle jugo a la vida entre una crisis y otra, de trabajar por uno mismo y por los que procuran hacerlo más fácil.”

Lectura recomendada: “RESISTENCIA“.

La convicción del estigma

16 Oct

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Últimamente doy más rodeos de los habituales cuando transito. Colecciono mis paseos diarios en lo que ya es un correcalles cotidiano, un hastío hecho de aquellos lugares comunes que antes conformaban mi patio de juegos. No intento rechazar a nadie, aunque no quiero que nadie participe de un vulgar pretexto, diseñado sólo para levantarme pronto y hacer recados. No quiero que me vean mis amigos, así de claro. No quiero encontrarme con nadie por esas mismas calles; no quiero sentirme obligado a excusar mis ausencias intermitentes, no con cínicos intentos a base de comentarios y ademanes triviales. Lo prefiero así, es más fácil. No se trata de ninguna vergüenza, pero ojalá la enfermedad diera pruebas físicas de su existencia. Yo ya sé lo que soy, los demás no; sólo soy un grito mudo.

En contraposición a ese realismo tan crudo me aplico un bálsamo de actitud, pensando que sí soy capaz de cambiar las cosas. Dicha actitud se llama optimismo, y también sigue sus propios derroteros. Pronto podré sintonizar con algo más de espontaneidad, sobre todo en aquellas situaciones de las que desconecté hace un tiempo. Las post-depresiones son lentas, hay que entenderlas, no empujar demasiado fuerte. Todo tiene su velocidad natural. Por una vez, voy a acoplarme al momento, subir los escalones lentamente, sin arriesgar los cimientos que me antecedan. Si algo fuera mal, yo sería mi propio termómetro, un resorte fiable.

Ya no tengo frío. Hay fases en la enfermedad, y ésta es del tipo existencial. Ha llegado el momento de entender mi estigma, y convertirlo en una bendición.

Es la sociedad la que marca a fuego muchas conductas, que después aparentarán moralmente inaceptables. Un rechazo siempre se generaliza en el más absoluto desconocimiento. Así, en la ignorancia, siempre nacerá el más infundado de los prejuicios, aunque sea en el seno más inocente de las masas. Siempre condenará como irracional algo que es natural. Mi comportamiento solo cabe ser juzgado como azaroso, cuya única desgracia es elegir mal el momento y el lugar de mis actos.

Nuestros actos se explican a medio camino de la genética y la bioquímica, con un árbitro, la psiquiatría, todavía en pañales. Los bipolares son enfermos mentales. Muchos expertos enarbolan una alarmante bandera, pero desconocen cuán extendida esta la mancha. Somos los enfermos del presente y del futuro. Y el tratamiento de este desconocimiento social está por caducar o simplemente no servirá, pues el tabú colectivo siempre deja paso al estigma que vive el individuo.

Yo como enfermo bipolar elijo esa opción para vivir mi enfermedad, basándome en la información, el autocontrol y el deseo de desarrollar mis propios mecanismos para gestionar mis cuadros patológicos.

Que sólo me quede el estigma.

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