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Dos hermanos

12 Jul

A veces no hace falta buscar, que caiga sobre las manos una remota foto es casualidad suficiente para que el corazón, sin dejar fallar en su latido, se congele y derrita en un instante. Hay órdenes divinas de detener el tiempo, se las puede ver regateando dentro de caóticos cajones, o aplastadas en álbumes de lomos corpulentos, fotos familiares que yacen siempre escondidas al azar, arbitrando siempre una desdicha: son el montaje perfecto de una película vivida, la de aquellos maravillosos años que nunca volveremos a repetir. Retenemos y amamos la plastificación del pasado con la tácita pretensión de cambiar un malogrado presente. El acto de recordar es una dosis leve de opiáceo, una sola cucharadita destruye momentáneamente la melancolía, eleva nuestras pulsaciones como las de un cachorro excitado.

Veo la foto y mi alma ejercita un exabrupto jocoso, no puedo evitar derramar una lágrima viva en mi interior, mezcla de júbilo y tristeza. Se escapa de mi control aquel momento matemáticamente irresoluble. No es posible explicar tanta belleza contenida en un rectángulo, sonrisas como éstas son ecuaciones difíciles de reescribir para cualquier otro momento.

Mis recuerdos se arrastran con envidia, dos rostros infantiles asoman el reflejo de una esperanza e inocencia rezumando una infinita alegría que nunca se marchitará.

Más allá del papel brillo, mi hermano mayor, el moreno y más alto, me sujeta y abraza relajado. Yo sigo descamisado, en el patio soy todo un correcalles, y según mi madre un malejo. El caso es que ambos sabemos jugar a los piratas y somos inseparables. Carlos, es el capitán del barco, yo Jose Luis, el rubio y pequeñajo, soy un polizón descubierto en cubierta, pero mi hermano, como buen capitán, me perdona y me deja hacer de vigía.

Nuestras poses bien podrían valer lo que mil esculturas de museo. ¿O acaso la belleza más valiosa no se encuentra en lo cotidiano?

Daría mil vueltas al mundo en ese barco por ti, Carlos. Siento que la madurez de los años ha creado un pacto de silencio entre los dos, pero el amor que siento por ti es ahora más visceral. El paso de los años necesita una buena digestión, sobre todo para que el alma no muera de empacho o desnutrida. Cada uno ha llevado su ritmo de vida pero a menudo la vida ha sido obligada a diverger nuestros caminos comunes contra la voluntad del vínculo. Es ahí, en la carencia, donde el amor por ti se vuelve violento, amo esa violencia, es una violencia bonita. Es la clase de amor que me enseñó a prestarte apoyo incondicional, para siempre. Y sin mediar palabra, porque entre hermanos, con el paso del tiempo, el amor va de la cabeza al estómago, y del estómago a los cojones. Es una cuestión de cojones, te amo con locura, igual que en la foto. Tú me protegerás y yo a ti. Yo te defenderé con puños y dientes. Tú vas antes que nadie, mi eterno bálsamo fraternal.

A mi hermano Carlos

Relato participante en el concurso “Historias de Familia I”.

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Pesadilla de siesta

12 Jul

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

«Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.»

 

Taller de escritura Luna Creativa: “Tijeras, ira, eliminar”

7 Jul

Una vez llegué, el cielo parecía aguardarme. Cada estrella en el firmamento me miraba calmada, pero las constelaciones destelleaban impacientes. Me vi abrumado por aquella bóveda y, por un instante, tuve que esforzarme por recordar y cerré los ojos.

«Ojalá fuera cierto todo lo que me contaron», pensé. «Aquí planté un árbol, no hace mucho, en el bello centro de este claro, y muchos otros crecían a su alrededor. Solía esquivarlos a la carrera, trepar las ramas, leer al abrigo de su sombra cuando el calor apretaba. Y ahora, no queda nada. Vino el hombre y su tijera lo arrasó todo. Tras él, mi verde infancia yace desordenada con las últimas ramas podadas. Veo árboles tumbados, y su interior vacío humea y embarga un aire ya intoxicado. Este es el retrato de la ira, el de una tierra abierta que sangra y nunca cicatriza».

Mientras hacía esta reflexión, apretaba los puños. Las muñecas empezaron a encajarse en una extraña pose y todo mi cuerpo adoptó una rigidez inusitada. De repente, algo brilló delante de mí, donde se sumía una penumbra casi total. Destensé mis piernas, el tímido brillo se repitió. Calculé el trecho que nos separaba, y aceleré el paso. Descubrí aquel ser y posé las rodillas en la tierra asolada, acercando mi cara hacia un hermoso brote, y vi que su presencia eliminaba toda desolación. Aquella lila de corto tallo abrió sus pétalos en espiral. Contemplando una luciérnaga posada en su corola, una ráfaga de aire azotó y echó a volar. Entre el bufido, una voz resonó y me dijo: «Trae mil árboles y dame un jardín infinito». Su última sílaba se ahogó mientras la lila se marchitaba. El tallo decayó hasta que la hizo llegar al suelo y en el aire permanecieron unas raras esporas que me hicieron estornudar. Mis ojos empezaron a picar y caí desmayado al suelo.

Años después desperté de aquel profundo coma y ya no soy el mismo. Un extraño ser, del que no pude deshacerme, habita hoy bajo mi párpado. Cada vez que lo intento, los ojos me arden y cobran más intensidad, brillando en ellos un fulgor único, del mismo color morado y resplandeciente. Ya no soy El Rubio, ni tampoco el amante del bosque. Ahora me llaman el “niño de ojos extraños” y soy aquel que sólo los malos de corazón temen pues cuentan, que en mí, una flor venenosa germina las pupilas, parasitándome las entrañas con tallos trepadores.

 

Taller de escritura ASIEM: “En La Plaza del Árbol…”

26 Jun

Cuando El Rubio asistía al taller de Escritura Creativa, todo un mundo ignorado hasta entonces emergía de su alma. Siempre se privaba de algunas horas de sueño, pero a cambio disfrutaba apurando los minutos en alguna lectura interesante, antes de entrar a la clase. A pesar de la atmósfera irrespirable de la ciudad, recorría aquellas calles que eran como habitaciones sin ventanas. Dirigíase tal cual un autómata, intentando huir del calor y de un ruido agobiante que percutía contra sus sienes. Al final de su camino, sin embargo, un banco de piedra le aguardaba junto a un remanso de paz y tranquilidad.

En su último día, con gran entusiasmo, llegó a completar casi la mitad de Crimen y castigo, de Doiostoievsky, cuyas páginas devoraba. Sintió un leve cosquilleo y tembló. Su lectura apasionada fue interrumpida por una hormiguita que le recorría el antebrazo y, alrededor, unas palomas desvergonzadas le rondaban con impertinencia. El arrullo de los pájaros formaba un relajante acorde, combinado con el incansable pío-pío de otros seres voladores, más propios de paisajes urbanos, y que ponían el contrapunto al tráfico escuchado a lo lejos. La Plaza del Árbol —así es como la llamaba— estaba plagada de coníferas ancestrales, y bajo la sombra del árbol más destacable, el sonido parecía proceder de una modesta capilla.

Al entrar, todos los alumnos ayudaron a disponer mesas y sillas. Tras las introducciones de cortesía, al Rubio, como a los demás, le pidieron que hiciera un escrito de despedida. Al punto de proceder, su mente se puso en blanco y las ideas en su cabeza enmudecieron. Habitual habría sido en él escribir algo con una prosa correcta y sencilla pero, súbitamente, decidió despedirse de una forma diferente.

El Rubio cerró los ojos e ideó una pizarra flotante. Con una tiza en la mano, empezó los primeros retazos de su abstracción. Sobre el negro del pizarrín, una caligrafía torpe atestiguaba sus últimas palabras:

«Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.»

EL RUBIO

Dedicado a Blanca y Clara.

 

Taller de escritura ASIEM: “El Rubio”

24 Jun

Nuestro ángel anduvo nervioso buscando un buen rincón en el que inyectarse. En su estrecho bolsillo había una papelina, no conseguida sin esfuerzo, y que palpitaba con vida propia. «Éste es el sitio», pensó. Su garganta emitió una muda carraspera, el ceño se le frunció y empezó a lengüetear con las flemas que le inundaron la boca. «A ver cómo va la cosa—decía en voz alta mientras se sentaba con aparato y rehurgaba en su bolsillo—, espero que me hayan pasado buen jaco». Halló un montículo y escupió…

Era un montículo de tierra excarvada enmedio de unos escombros. Sobre la tierra húmeda realizó varios aspavientos pero no pudo acomodarse bien. Aquel hallazgo se encontraba en una vieja fábrica abandonada, desvencijada, donde un anchísimo frontón había colapsado de pleno; del resto de la nave, se observaba un expolio salvaje, con vigas de hierro incompletas y un tejado despiezado. La poca estructura en pie, vibraba como un diapasón bajo el trote de un caballo. Un viento que silbaba entre el metal era capaz de cercenar su vello erizado. En el centro de la planta, unas viejas máquinas textiles yacían oxidadas. Aquellos telares parecían haberse detenido en mitad de una jornada de trabajo cualquiera; unos brazos articulados que de ellos salían, simulaban la forma de una tarántula, con sus patas delanteras iniciando un rápido ataque. «¿Dónde diablos te has metido, Rubio?», se preguntó a sí mismo el joven. La llamarada de un mechero añadía una pobre lumbre a su alrededor, pero con sus dedos debilitados y heridos por la humedad y el frío, no podía pulsar más que unos segundos. Sumido de nuevo en una oscuridad casi completa, cerró los ojos y recostó todo su cuerpo, su espalda y sus brazos, hundiéndose un poco más. El tacto refrescante de la tierra lo calmó momentáneamente, sentía la fricción de la turba en la piel y cómo esta se deshacía en terrones desiguales. Al punto de casi dormirse se vió a sí mismo, empezó a recordar su viaje, sosteniendo una tiza en la mano.

A pesar de su apariencia, El Rubio gozaba de aquellos momentos y siempre lograba salirse con aire resuelto, aunque no conseguía desprenderse de sus modales de desharrapado. Aquel día consiguió su dosis haciendo de vocero para una casa de droga. Solía atender ese tipo de obligaciones esporádicamente aunque nunca se permitía recurrir a tan desesperada solución, aquella situación era una verdadera urgencia. Los días anteriores había podido sofocar su ansiedad esnifando cocaína mal cortada y Trankimazines picados. Toda aventura por ablandar su consumo resultó vana, y no hizo sino avivar aún más su fijación por las agujas. No era un novel en estas prácticas, sin embargo, aquella ocasión le mereció la mejor de las dedicaciones. Tras aquella semana insatisfactoria, se provisionó de heroína con la mejor calidad, un par de inyecciones compradas en la farmacia y una cuchara de plata.

A cada paso que daba por las lindes del complejo industrial, reafirmaba más su convicción. Pretendía emprender un nuevo viaje, sin vuelta atrás. Hasta allí llegó seguro y convencido, necesitaba de la más severa determinación, pues enfrentaba una brutal frontera. «Jamás me he pinchado nada». El Rubio disimulaba en realidad preocupación, y no calmó su agitado respirar hasta que no se hubo sentado en aquel montículo. Desde dentro, oteaba un horizonte claro y limpio, enmarcado por la entrada a la nave. Más allá de las bisagras, todo se apagaba hasta que se fundía en un oscuridad absoluta; en la negrura, una pequeña esperanza nacía de la uralita roída: entre sus grietas, un Sol cansado penetraba con los rayos del día.

Después de su corta ensoñación, se irguió y agitó hasta desprender los restos de tierra adherida a la ropa y a su piel. Permaneció sentado, y tras un rato, tomó con paciencia la cuchara. Contaba las gotas que caían sobre ella, una a una. Éstas pronto la colmaron y aquella agua extraña adoptó una forma vacilante y densa al mismo tiempo. El Rubio se sorprendió a sí mismo con el pulso propio de un cirujano. «¡Qué bueno que soy!», se dijo en voz alta. Al término de finalizar con sus medidas, reinició el ritual. Tomó el mechero, esta vez con firme tiento, y mantuvo la llama bajo la cuchara. Casi al instante, vió crecer unas burbujas cuando la mezcla empezó a hervir. Alentado por el éxito en su proceder, apagó la llama con los dedos y dejó el mechero en el suelo. Abrió los labios levemente y, con un suspiro, dejó escapar una vocal de satisfacción. Mientras clavaba en la carne con lentitud, pareció recordar la rapidez con la que la aguja aspiró la mezcla. Un soporífero calor se apoderó de su cabeza al tiempo que presionaba el émbolo. Mil ideas acudieron raudas a su cabeza de repente, pero la inquietud por haber descuidado alguna burbuja de aire se disipó junto al resto de sus preocupaciones. Tras retirar la aguja, sonrío con encanto infantil, pero con un susto trágico dibujado en la cara. Miró hacía el techo, había un tragaluz. Se contraguló que no hubiera recibido ninguna pedrada. Mantuvo su cuello en una pose nada natural y la nuez se le marcaba en la garganta más que nunca. Movió los labios y, sin sonido alguno, articuló: «Cristales en el suelo, catedrales que se reconstruyen».

Con el atontamiento de su cuerpo, el ser, ya casi inconsciente, se dejó ir y terminó por abandonar sus músculos. La tan buscada sublimación se convirtió en un sufrimiento renovado. Y al ladear su cabeza, observó un panorama revuelto, donde su corto horizonte perdió la poca luz que le quedaba; hacia el otro lado, articuló maquinalmente sus cervicales, y se asustó al sentir una fuerte náusea, perdiendo las nociones del espacio y el tiempo. Conteniendo el vómito, sus brazos y piernas serpentearon convulsas sobre el suelo. Tras un largo rato debatiéndose contra aquel trance, el frenesí dejó paso a un sudor frío; el castañeteo de sus dientes hacía temblar hasta su cabeza. Aunque de forma intermitente, su vista se recompuso. El Rubio permaneció con la espalda sobre el mismo suelo en el que hace poco era un lecho de disfrute. Después de aquel primer ataque, pudo librarse de la sensación de náusea y de los mareos. Aún así, no pudo recobrar sus fuerzas por completo.

Con la mano, intentó frenar una lágrima que corría por su mejilla. Los destellos del Sol se le antojaron, súbitamente, en las luces que se encienden cuando se activa una salida de emergencia. En otro plano, su espalda cedió al fin a la rigidez y el suelo se adaptó, aquella vez sí, como un mullido colchón; las piernas, detuvieron su danza alocada. Su nariz pudo descongestionarse finalmente, y su rostro enjuto expulsó el sufrimiento y lo abandonó dejando en él una expresión calmada.

Aprovechando un momento de lucidez, El Rubio tómo la piedrecita de tiza y escribió en el suelo:

«En el ático del infierno de Dante, un violinista toca un solo incomparable. El Sol languidece como las gotas de la cuchara y, en el oriente, las últimas nubes del invierno encapotan mi esperanza».

 

 

Taller de escritura ASIEM: “Encuentro ciego”

13 Jun

Por aquella lúgubre y estrecha calle transité durante un largo rato. Mi cita de las tres se retrasaba más de lo previsto y empezaba a impacientarme. Odié que me hiciera esperar, la idea de que me dieran plantón no me agradaba. La tensión aumentaba y el aire se volvía plomizo, el sudor descendía por mi espalda y sacudí mi camiseta.

—Hola, ¿qué tal? —noté un leve toquecito sobre mi hombro.

Giré mi cabeza lentamente, recreándome, y dirigí al suelo mi mirada. Calzaba unos zapatos de un color rojo chillón. Al mismo tiempo, se oyó el maullido de un gato ausente.

—Siento mucho el retraso —me espetó con una sonrisa blanca y de dientes perfectos.

—No pasa nada —admití tembloroso.

Ante mis ojos nacía una mujer alta, probablemente me sobrepasara en más de una cabeza. Desde sus tobillos ascendían unas piernas delgadas, pero de un músculo turgente y carnoso. Poseía una tez blanquecina, interrumpida al llegar al borde de una falda roja, por encima de las rodillas. El color iba a juego con el carmesí de sus zapatos. Aquel traje era de una pieza entera y, en un pensamiento rápido, juzgué que nadie más como ella podría haber elegido un vestido tan osado para aquel momento. Era tan provocativo que descuabraba la sobria composición del lugar, se ajustaba a su cuerpo de una forma irreal. Aquel contraste entre la calle gris y el rojo del vestido hacía que la luz del día se apagara y su piel refulgiera con mayor intensidad, y que su presencia se volviera llamativa. Se creó un extraño efecto óptico que doró sus brazos, aquella piel mortecina parecía revivir con los escasos rayos del sol. Tanta escasez en su vestuario acentuaba la belleza de una cara que descubría sosteniendo aún la sonrisa de bienvenida, una nariz perfecta y dos ojos color miel. Su cabello rubio se alisaba en la corona y le caía sobre los hombros en tímidos rizos.

—Ya pensaba que no vendrías —dije.

El sudor de mi cara empezó a secarse y empecé a respirar aliviado.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Debo ser poco para ti. Eres…como decirlo…demasiado perfecta —dudé.

—Te equivocas. —Sonrió y se abalanzó a un palmo de mí, sosteniendo sus manos sobre mis hombros. Con la boca entreabierta me susurró algo al oído.—Todos somos criaturas imperfectas.

Busqué enseguida su mano, que sorprendí deslizando sobre mi pecho. Aquel primer momento me trajo una calma inmediata, como si hubiera descubierto un mar subterráneo. De repente, me acordé del gato y un perverso estruendo de tapas metálicas se escuchó a nuestro lado. Aquel animal negro se debatía con agilidad tras un rata blanca, de proporciones gigantescas. Los dos rompimos a reír y nos abrazamos institivamente. Ambos gesticulamos e intentamos apartarnos, pero aquel susto trascendió con más comedia que espanto.

Al recobrarnos del incidente nuestras miradas se cruzaron. Las carcajadas habían dejado una sonrisa que permanecía, silenciosa, en nuestras bocas. Un puntito húmedo vibraba en cada una de sus pupilas. Sostuve su barbilla con ambas manos y con un dulce movimiento rodeé su cuello, mantuve el contacto de sus mejillas y masejeé su rostro. Con el pulgar abrí su labio inferior e introduje el dedo. Me sorprendió que siguiera mi juego con facilidad y dibujó circulos con la lengua, convirtió su boca en una cueva inundada. Permanecí con aquel juego durante largo tiempo porque su mirada me invitaba a seguir y abordé el filo de sus dientes, que era redondeado y poseía un tacto de porcelana. Meneé con suavidad el pulgar hasta chocar con el tejado de su boca. Al tocar su paladar ella sintió un espasmo eléctrico que le recorrió la cara, su pecho convulsionó y sus piernas temblaron coregrafiando un famoso paso de cabaret. Mientrastanto, yo la examinaba con satisfacción y la manejaba intentando alargar su placer rascando su paladar húmedo.

—¿Orgasmas por la boca? —le pregunté sonriente. Seguí jugueteando dentro de su boca.

Ella seguía sumida en su trance, por un momento temí que cayera desmayada. Entornó los ojos y sus pupilas desaparecieron, sólo la córnea se asomaba. Repasé mentalmente mi carta de colores personal y a aquel nuevo descubrimiento lo llamé “blanco placer”.

Nos abrazamos con fuerza. Mi cabeza cayó sobre su hombro derecho e intenté agarrarla de la cintura. A duras penas se sostenía de pie y sus piernas luchaban por no vencerse. Un vecino se asomó desde el balcón y súbitamente me sentí ridículo y transportado hacia una situación aún más ridícula. Con el propósito de recomponerla dejé mi mente en blanco. Mientras la ayudaba, observé lo aburridos que eran todos aquellos muros grises, conformaban una pila interminable de ladrillos. Aquellas paredes insinuaban una estantería, con todos sus libros caídos; me imaginé amontonando la triste e incompleta bibliografía de mi vida, hecha de lomos corpulentos, sin título alguno y carentes de toda vida.

Finalmente, aquella chica sin nombre pudo enderezarse pero seguía respirando con mucha agitación. Calmó su nerviosismo fundiendo de nuevo sus brazos y volví a sentir la misma calma cálida. Focalizó todo su interés en mí, empezó a frotarme la espalda con avaricia, como si tuviese ocho brazos en cada lado de su cuerpo. Empecé a hundirme poco a poco en un lodazal de puro placer y mis banales preocupaciones se evaporaron.

—Vámonos al hotel, por favor —volvió a susurrarme, pero su tono era mezcla de súplica y lascividad.

La miré a la cara con la misma atención que mereciera un cuadro de museo, asiéndole fuerte la cabeza. Asentí afirmativo y estampé un beso en su boca. Eché a andar prendiendo su mano, tomaba la delantera como un perro saliendo a la calle y tensando la correa de su amo.

Las cavilaciones se disiparon a otra parte. Descendió sobre mí aquel poder viril hinchando de éxito mis músculos y elevando el pecho en una postura gallarda. Por alguna extraña razón, me reconfortaba quedar con desconocidas.

La satisfacción de acostarme con mujeres sin nombre era siempre infinita.

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