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3 miligramos de Risperdal

21 Dec

La única forma de volver a empezar siempre es la sensatez. La sensatez propia de la calma, de la marea baja, la que deja esa arena blanda y pastosa que no es sino un juguete sensorial para la planta del pie. Hacía tiempo que no recordaba esa sensación. Y es que quizás he vivido demasiado tiempo alejado de la orilla, perdiendo la noción de aquello que realmente va y viene con la vida, igual que el devenir de las olas que besan mis pies, alineados con la primera línea de la playa.

Han sido tres miligramos de Risperdal los que me han hecho recordar la esencia más completa de la vida, esa que se olvida cuando llevas demasiado tiempo fuera de las aguas. Tan solo una pastilla me separaba del baño de realidad que cada día me prohibía. La ficción del chiringuito y la vida entendida como una fiesta ha desaparecido; ya son varios los días en que la irracionalidad que transmitían mis actos va abandonándome. Los colorines y el confeti quedan atrás, como cuando se abandona la sala en plena juerga y uno mismo escapa del frenesí con las suelas de los zapatos pegajosas, asqueado en cada paso con un pegamento artificial traído por el alcohol barato y la ceniza, por la suciedad de un lapso nocturno al que ya no más se quiere pertenecer. Al girar la cabeza, se comprende perfectamente que devolverse a la cordura de la vigilia y el sol es la única opción que queda, la de volver al cobijo nocturno de la cama, la de una retirada a tiempo.

Y es la risperidona la que me aletarga, la que me ha puesto en una segura posición de guardia. Me ha fortalecido. Ya no peligra el rumbo de mi cabeza, ya no hay miedo a enloquecer, a desesperar en vida.

Aunque he recuperado la lucidez, a veces siento que mis luces se difuminan un poco en la niebla, pero simplemente es un pequeño cortocircuito, un susto prudente a mis eufóricas ambiciones. Esta pastillita me permite saber estar en el momento y lugar, sin necesidad de romper los esquemas, sin el temor a llegar al ridículo.

Pasan los días y va quedando lejos aquel estrépito tembloroso que queda tras la manía. En muchas ocasiones, mis pensamientos se descolocan y desguarecen sus defensas, como piezas de ajedrez dispuestas a recibir un jaque en el próximo movimiento, pero he conseguido evitar los envites más dolorosos.

Prefiero la cuarentena. La red de mis neuronas se reordena, y su conexión comienza a fluir de nuevo como la electricidad después de un gran apagón. Las estrellas ya no son la única guía. Puedo encender mis propias luces y eso es gracias al Risperdal, un comprimido amarillo que me salva a diario de caer de la cuerda floja.

Gracias doctora.

 

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Delirio

22 Nov

El estresante tic-tac del reloj marcaba el pasar de los segundos de una forma lapidaria. Con los últimos rayos del sol desapareciendo tras la vertical que formaban la ventana y la caída de la cortina, su naranja transparencia proyectaba una luz de sobremesa, de tarde plácida, ofreciendo una justicia —la siesta— que sólo los insomnes resisten a disfrutar para poder vencer a esos monstruos que atormentan por la noche.

Así, uno a uno, los segundos cuelgan en la punta de su aguja, y se precipitan encadenando sus delirios, entre las llamas de una explosión inminente en su cerebro. De súbito, una fulgurante energía salta de su pecho y se pone a reír, a cantar, a saltar, a exhibir su cuerpo levantándose la levita como un bufón con un solo ojo pintado. Su vida, de repente, se convierte en una payasada sin gracia, que se burla de la poca cordura que le quedaba, descosida entre las forzosas carcajadas de un ser irreal con una larga lengua azul, serpenteante, y que imagina una cabriola final para reverenciar a un público que sólo existe en los teatros de la mente. El protagonista se erige como un triunfador apabullante, un funambulista con un portento físico y un porcentaje de acierto infalible, aunque ahora bate los brazos en un vano intento de volar. Mientras tanto, mantiene el equilibrio sobrevolando un mar de sombras, tan alargadas como las dudas que se proyectan en un astro justo antes de ser eclipsado; las fibras de la cuerda, secas y violentas, le devuelven los pies como sí hubieran andado mil ascuas ardientes. El sudor del esfuerzo se cuela entre sus poros mezclado en una testosterona mejorada con cabezas de cerilla, que lo convierten en un amante soberbio, capaz de salvar reinos construidos en el cielo, solo un pretexto para penetrar a princesas que habitan en discotecas de cristal, a las que apenas ha manchado el sol; sus cuerpos diminutos poseen recovecos que huelen a lo mismo que las frutas maduras que terminan por explotar, esas que tienen en su interior un zumo incontenible: el olor de una floreciente pubertad entre las ingles y los sobacos, de unos huesos que aún se oyen estirar, esperando que nadie les descubra esa mueca que les permite jugar furtivamente entre adultos. Sed bienvenidas.

Entre tanta travesura, el payaso se acomoda y sus ademanes se vuelven más y más soberbios desde el trono. Su danza es ahora una pose trágica, aunque sin borrar nunca esa sonrisa agria que gesticula siempre a cámara lenta. Descubre musicalmente su dentadura, como una escala de piano. Con grandes y circulares aspavientos, hace gala de su repertorio, un ritual en el que exhibe sus botas grotescas y puntiagudas. Desenvuelve toda su actuación sobre el sillón acolchado, caricaturizando, quizás, algún rey longevo, envejeciendo sus barbas soberanas entre su asiento y la corona.

El vasallaje se culmina cuando todos los testigos acuden con premura a aquel largo vestíbulo. El payaso continúa dando palmas cuando muchos todavía se afanan en su camino hasta la primera fila. En cuestión de poco tiempo, se forma un círculo que escudriña a la criatura con miradas propias de jueces implacables. Quieren saber en qué me he convertido.

Desfallecido tras mi ensoñación, mi cuerpo y mi mente comulgan en el interior de una esfera invisible, por cuya superficie circula una calurosa energía, licuada en un poder que se desliza en una superfície que se convierte en espejo, ante el que todos los presentes retroceden, reflejando más odio que sorpresa. A cada una de mis convulsiones, un grito de asombro le contesta. Son delirios momentáneos en los que mi voluntad se somete a la verborrea y empiezo a emitir un galimatías ininteligible, una revolución de palabras que bebe de todos los idiomas. Por su parte, la incontinencia de mis gestos, me eleva a un estado en el que mi cuerpo empieza a centrifugarse. Muevo brazos y piernas en una discordante armonía, el pecho palpita como un motor, mis dedos se retuercen en formas imposibles, arqueo el cuerpo en una pose convexa, para luego volver a una posición fetal. De repente el escudo placentario que me secuestraba termina por desaparecer y caigo rendido finalmente.

Me hallo desnudo sobre el bordado de una alfombra imperial, y los súbditos y su rey, un bufón, se emocionan en una letanía que rompe en lágrimas y sollozos. Con el pelo todavía recogido entre mis dedos, me tapo la cara en señal de vergüenza, pero también de alivio. Mis lágrimas también brotan de mis nudillos, pero acompañadas de un lloro sentido, orgánico y visceral que se apacigua con la cascada salada de mis ojos.

Todos me han visto tal y cómo soy. Han visto a alguien vulnerable desmoronarse, como perdía toda dignidad humana, como era despojado de toda vergüenza. Sin embargo ya nadie reacciona hostilmente. Empiezan a compadecerse de mí y algunos, incluso, me ayudan a incorporarme y me tapan con la expresión mínima en la que había quedado mi ropa arrugada. Ven dibujado en mí el rostro del perdón, algo tal vez religioso que les hace retrotraerse a su ternura más infantil. Ante tal evidencia, comprenden que rematar al desdichado se convierte en un martirio, pues ya de por sí han sido testigos de un dolor ajeno que jamás hubieran imaginado infligir por ningún medio.

Yo soy el loco al que atar pero ellos los verdaderamente derrotados.

 

Víctima de lo social

17 Nov

Ahora todo parece menos grave. La historia mía, y por ende, la de los que me rodean, es mucho más insignificante. Que la enfermedad ya no me domina es un hecho, ya no soy una víctima de mis relaciones sociales. Lejos quedan todos mis problemas de comunicación, y lejos también queda aquella protectora marginación que me obligaba a quedarme en casa cuando intentaba recomponer una mínima vida social, sin el mayor atino que acabar dibujando una escena lastimera tumbado en el sofá de mi casa, alimentada con excusas y mentiras. En muchas ocasiones apuré hasta el últimísimo momento, el recurrido “es que no puedo salir por esto o por lo otro”; con falsos pretextos, cambiaba de parecer incluso justo antes de atravesar la puerta, como si esconderse fuese la única manera de guarecerse de la lluvia.

A pesar de todo ello, mi círculo de amistades siempre ha permanecido fiel, y nunca se ha llegado a romper ese vínculo y aprecio convencional con el que se comprometen los amigos de la infancia, pero la calidad y fortaleza de estas relaciones perdió mucho con el paso del tiempo. Esa amistad que se gana tomando cafés, viajando juntos hacia un mismo lugar, transitando lugares comunes y, en definitiva, compartiendo los momentos de júbilo en fiestas y encuentros, por muy triviales que estos me pareciesen. Con este deterioro inexorable en lo social, uno va perdiendo poco a poco el carisma, ese aura que a todo el mundo lo abriga —esa capa que debe construirse con el afecto— parece apagarse, y la apariencia, la propia identidad, se transforma en invisible.

Pero la depresión es una ola que arrastra con todo, que llama sin preaviso y acaba por ahogar a uno bajo las sábanas. Qué remedio. No podía hacer nada más, me veía inoperante al intentar atacar estas situaciones. La desgana, la insatisfacción constante y un insomnio persistente impedían construir una fachada resistente con la que afrontar mis compromisos sociales. Y digo afrontar, porque no hay mejor verbo que exprese cuál era mi única salida. En aquellos días era muy difícil alcanzar satisfacciones personales, la noción del placer era algo completamente desvirtuado y mis propósitos no debían sino conformarse sólo con el fingimiento, con el mero acto de la presencia e intentando no perder la compostura en el momento y lugar. Pero aunque estuviese rodeado por millares de amigos, dentro de mí sólo circulaba sufrimiento y pena. Por eso, antes que fingir o que lo notasen los otros, elegía quedarme en casa y no salir. Sé que fueron muchas oportunidades perdidas, pero con la montaña rusa en la que vívía montado, no me podía permitir tampoco saborear una alegría momentánea, sabiendo que pronto se esfumaría en el camino de vuelta a casa.

Recuerdo perfectamente aquellas épocas en las que yo intentaba ser uno más del grupo sin llegar a conseguirlo nunca. Fueron una adolescencia y una primera juventud difíciles, donde intentaba acoplarme cómo mejor podía a los cambios propios de esas edades. Sin embargo, el trastorno se convirtió en una mochila que iba cargando con piedras del propio camino. Eran épocas de descubrimientos, de probaturas en el sexo y las drogas, en las que normalmente todos mis amigos, que compartíamos años y aventuras, seguíamos caminos paralelos, buscando subir al mismo ritmo que nuestra efervescencia biológica. Pero así como ellos eran capaces de desandar lo vivido, yo siempre tomaba senderos en los que me perdía, mi luz se apagaba. La vida siempre ofrece algo de estimulante que anima a avanzar, pero yo percibía cada vez menos esa luz que guía para adentrarme más en un túnel. La risa natural, el saber encajar los acontecimientos vitales, la gracia de vivir, se convirtieron en mí en un gesto forzado, en una cuesta siempre empinada. Ellos maduraban de forma normal, adecuada al ritmo y la semejanza de personas de nuestra edad, sabían encajar sus errores y aciertos, pero yo, sin embargo, me desplazaba. No aprendía porque era como aquél insípido, que muere de hambre no por no comer, sino por no poder apreciar los sabores. Hubieron muchos intentos vanos por alcanzar esa pretendida normalidad, fines de semana en los que el alcohol y las drogas me catapultaban a un efímero bienestar para después fragmentarme en mil pedazos en la caída. La falta de satisfacción (anhedonia) y las largas noches de insomnio acabaron por rematar mis ganas de salir. Así, entre el miedo a descontrolarme y la apatía dejé de salir definitivamente. Me perdía cada vez más cosas, las que sólo se aprenden en las calles de la vida, las que caracterizan una picardía que nunca entendí, pero que debe ganarse con el tiempo, para no salir siempre malherido. Por aquel entonces me encontraba muy desarmado, impotente al no poder completar la felicidad en mis relaciones personales o mis noviazgos; fueron también años de incomprensión, de insensibilidad y de una gran soledad. Años en los que tuve que dejar novias, años en los que me perdí nocheviejas con mis amigos, años de divagar solo por las calles. Mi vida social llegó a estar rota aunque era eso o salir y desequilibrarme aún más, no tenía muchas más opciones.

Pero gracias a la suerte y el esfuerzo, todo eso ha quedado muy atrás. El primer paso —quizás el único— para sentirme comprendido entre la multitud, era comprenderme a mi mismo. Ahora salgo a la calle sin doblegar la cabeza, ni tampoco levitando a tres palmos del suelo; soy alguien equilibrado dentro de la manada al que, de una vez por todas, le sirve la experiencia vivida. Conozco las corrientes de agua y sé cómo aprovecharlas. Nunca será nada igual, por supuesto hay muchas cosas personales que he perdido irreversiblemente, pero lo importante es que he sobrevivido en esta jungla de personas, aunque haya sido a base de machetazos.

 

Rocas en el viaje II

14 Nov

II

En mi tercera mañana me levanté con la habitual jaqueca que siempre despierta a los malos dormilones. Apenas sin desayunar, dirigí mis primeros pasos hacia el soportal de aquel inhóspito bloque de apartamentos. Lo último que necesitaba era la luz seca y viva que me deslumbró a través de la verja, algo nada agradecido después de haberme aseado con tanta mala gana. Articulé una mueca asquerosa, de automática desaprobación, y con el sonido de un portazo lapidé un nuevo despertar, iniciando la andadura hacia un territorio desconocido.

A Malta fui bastante motivado. No todos los días le pagaban a uno un viaje al extranjero, aunque ello no supusiera por sí sólo unas vacaciones de grandes lujos. La beca no cubría muchos gastos, pero al menos se convertiría en una estupenda tirita para mis tristes días de verano. Hasta mi partida, mi vida discurría en un sendero de torpe apatía, con muchas noches desesperadas, que despertaban entre los arrugones de mis sábanas, dejando paso a mañanas aún más desagradables. Aquella escapada fue, en cierto modo, un oasis en el que ahogar mis penas.

Como alumno, mi compromiso sólo me obligaba a asistir a clases cinco mañanas a la semana. El nivel de los profesores, y el de la academia en general, dejaba bastante que desear, así que tomé con cierta resignación el hecho de no colmar mis expectativas académicas de mejorar mi inglés. De todas formas, aquel era un idioma que ya dominaba con cierta suficiencia.

Empecé las clases tras un fin de semana de adaptación —o mejor dicho inadaptación—, pues llegué un viernes y no empezaría hasta el lunes siguiente. Fueron unas primeras horas de soledad, pero también de expectación, sabía que algún cambio importante se avecinaba. El calor me abordó, haciendo mella desde el primer momento, derritiendo mi cerebro. Como un primer traspié al bajar del avión, pronto empezaron unos sudores insofocables, la piel me picaba por la sal que traía el viento y aquel sol únicamente anunciaba peligro sobre mi piel lechosa. Sin embargo, yo seguía notando aquella transformación, una amenaza escondida bien adentro; a duras penas concilié sueño en las tres primeras noches, esas debieron ser las primeras señales que no pude ver. Me sentía como el filamento incandescente de una luz artificial, siempre a punto de explotar en la fragilidad de su embrión de cristal. De madrugada, reflejaba mi cara de insomne en los casposos programas de la teletienda, con unos ojos vidriosos, sumergidos en la ansiedad de un vilo casi interminable, con la única compañía de una tele de tubo y una presentadora siliconada. Aquello siempre terminaba de la misma forma, un barco que atraca entre tinieblas no se pierde nunca ningún amanecer. Mis sentidos amplificaban sus poderes, con el fulgor impropio de toda mi energía malgastada la noche anterior, como una vieja bombilla irradiando más calor que brillo, un poder deliberadamente ineficiente. Todo estaba a punto de empezar, otra vez.

A eso de las nueve di con el aula que me asignaron. El lugar se componía con un aspecto muy humilde, apenas tres o cuatro pequeñas salas en las que se impartían las clases, diferenciadas por niveles. Sus puertas se repartían en el mismo lado de un largo pasillo y, enfrente, unos ventanales daban a un patio abierto con forma cuadrada. Unas plantas testimoniales cerraban aquella zona exterior, devolviendo siempre su mirada a la entrada, otra vez hacia la calle: un submundo europeo, algo sucio y extremadamente caluroso y húmedo.

Masha eligió sentarse justo en la parte opuesta a la mía. Todos nos sentábamos en semicírculo con un ridículo cartel en el que nos hicieron escribir el nombre, coronando los pupitres. Participar en aquel ejercicio de las presentaciones siempre me parecía muy infantil y previsible, aunque nadie pudo evitar ruborizarse.

Aquella chica tenía los ojos azules, grandes y amplios, que delataban con gran obviedad una exótica procedencia, probablemente centroeuropea o eslava. Sus mofletes eran rollizos y terminaban una cara también redonda, enmarcada por una corta melena de un débil color rubio, aunque con una raíz frondosa que revelaba raza y pureza, pero que yo imaginaba alicaerse por el frío de una remota estepa o la ventisca insistente de algún país de la Europa más vieja. No parecía muy alta, aunque mal supuse en un principio, y en cuanto se puso de pie para presentarse, a todos nos embelesó con una voz aflautada y dulce que hizo a todos más pequeños: «Hello, my name is Masha and I'm from Russia».

Lucía un atuendo que dibujaba una envidiable esbeltez. Con vaqueros y una camisa de tirantes, mostraba su cuerpo en unos brazos largos y un cuello fino, estupendo, bien plantado entre unos hombros huesudos. Sus pechos todavía adolescentes firmaban una silueta joven, sobre unas piernas largas, que se precipitaban desde unos muslos depilados, con una tersura afiladamente peligrosa. En conjunto, podría asegurarse que era una chica muy atractiva, aunque con un peinado algo desfasado y una expresión en la cara algo vacía de alegría. Eran unos pocos detalles que para nada la desmejoraban, pero que tampoco le permitían llamar más la atención de lo que demandan ciertos cánones. Su aspecto no era muy común para los que éramos estudiantes mediterráneos, en su mayoría italianos y españoles, pero de buen seguro me aventuré a pensar que, durante su corta estancia, Masha iba a ser de los bocados más codiciados.

Todas esas nimiedades poco me importaban, pues aquella larva pálida había transmutado en mi interior. Movido por una curiosidad incontrolable, la intriga llegó a apoderarse de mí definitivamente. Toda la primera hora la dediqué a clavarle mi mirada, a veces furtiva, y otras la sostuve fija, ella también me retaba fijando la suya en mí, aunque fuera por pocos segundos. Tras el trance, cada uno recomponía su marcha en la clase. Pero lo mío se movía por una mórbida compulsión, con vida propia, y empecé a rastrearla por el espacio, a dibujar el perímetro de sus facciones, a penetrar más allá de su materia, ya estuviera compuesta por ropa o carne. Nunca perdí el hilo de la clase, pero estuve más atento a sus acciones: secuencié largo rato su boca, retratándola a cámara lenta; capté esa frialdad misteriosa, ese hálito invernal que imaginaba al verla respirar. Desde mi silla, a tres metros de distancia, podía explorar cada surco y grieta de sus labios. Ella me devolvía la mirada, pero esta vez asentía, lo supe porque entornaba los ojos hacia abajo primero, para después besarlos levemente con sus pestañas. El baile de gestos tímidos y absurdos se interrumpía con sus parcas palabras, arrastrando las erres de una forma torpe y divertida, fallando en construcciones gramaticales demasiado sencillas para fallarlas. Todos la disculpaban cínicamente, todos asentían, todos le reían las gracias, pero con los colmillos bien brillantes, babeando sobre mi cordero rubio. En realidad era un tanteo inútil. Masha sólo sería presa para mi terreno vedado, vallado por la química y el azar, un animal con el que jugar el resto de mi existencia, yo sería el único que la comprendería, el único con quién podría hablar de verdad, el héroe portador de una nueva luz a su vida.

Su mirada, detenida en el tiempo, era fría como un témpano, —cold as ice—, nunca pudo congelar el impacto de mis ojos, desnudándola con cada movimiento. No supo guardar la distancia, no giró el cuello, ya era demasiado tarde para ignorarlo; entró en mi mundo, como un glaciar llorando por la ladera.

Jugaba con ventaja: acababa de empezar mi manía.

Rocas en el viaje I

4 Nov

I

Me desperté con la luz intensa del mediodía, varios rayos de sol que trajeron un indeseado toque de diana, de color blanco diamante. Perezosamente, retiré la mano de mis ojos y con los párpados ya fulminados, mi ceguera inicial pudo desenquistar las pocas legañas que me separaban de un mar inmenso, aún desenfocado. Aquel infinito se aplastaba contra un lienzo en una delicada veladura, saturada de añil, ultramar y de una espuma blanca, orgánica, intensa, que lo removía todo. Fue un maquinal movimiento de cabeza, un gesto de dolor con el cuello, un quejido baldado tras varias horas de yacer sobre un lecho de roca y una toalla deslavazada.

Poco a poco fui dando tímidos bostezos y pude desentumecer el cuerpo. Primero el tronco, ayudándome con mano, brazo y espalda sobre un suelo negro y áspero; después doblegué las piernas y conseguí forzar una posición digna, como la de alguien que aparenta estar de paso, un viajante experto, pero sólo un turista accidental en realidad, tratando de disfrazar su soledad viajando de aquí para allá, el tiempo justo para no ser descubierto y no echar raíces.

Malta disponía de pocas playas de arena, la más cercana a mi hotel era de roca, y el dependiente me dirigió a muy escasos metros de la entrada de mi acomodo. Al llegar, ya con el primer oteo, vi que me ofrecería una incomodidad infernal durante toda la mañana, propia de las piedras que la recorrían en unas escaleras de bajada, pétreas y naturales, hasta bien entrada la orilla que rompía en una arista abismal. Mis chanclas, imprecisas para tal terreno, incomodaban tanto como ir descalzo; andar en playas tan duras se convertía en un irremediable suplicio si no disponías del calzado adecuado. Aquella maldita isla era tal cual un pedrusco en medio del Mediterráneo, con su cal y sus aguas calientes; parecía un trozo de carbón, abandonado a mala fe, cortante y rasposo, dispuesto a herirte con su iridiscencia y lanzándote sus cristales de sal, con una picor que nunca saciaba por mucho rascar.

Tras aquel despertar, colgué sobre mis rodillas los codos a modo de bisagra y crucé mis manos, esperando una mínima brisa que nunca vendría; una soporífera nube de sofocante humedad, casi trópica.

El tiempo pasaba. Secas rachas de viento.

Aún con mi desubicación a cuestas, pero al menos ya despejado, me descubrí sentado junto a una familia con niños y entre varios grupos de jóvenes, los más numerosos, reclamados seguramente por un turismo barato, centrifugado con alcohol y música sintética.

Aunque todavía me sentía algo perdido en mis propias vacilaciones, el día empezaba a avanzar entretenido, la escena que contemplaba ofrecía una estampa de lo más plácida: una playa rebosada de turistas, con su ir y venir en cada baño, un floreo de butacas, toallas, esterillas y hamacas, que acomodaban a parejas, familias, juventudes y hasta sobre las que se divisaba algún lobo solitario como yo, quizás otro bohemio perdido, o simplemente algún anciano madrugador que disfruta una lectura cogiendo el mejor sitio frente al mar.

Sus círculos, sus abrazos y sus posturas buscando el bronceado dibujaban una marina contemporánea con toda su burguesía incluida, pseudoimpresionista, terminada con el agitar de las olas constantes y el chapoteo de aquellos que las desafiaban, intentando perderse en la inmensidad. A pesar de mi gris amanecer, los colores seguían allí. Se personificaban en bikinis y bañadores brillantes por la sal, pareos hawaianos, pamelas y gorras de propaganda cubriendo las cabezas; algunas volarían con las primeras ráfagas furtivas y se perderían, irrecuperables, planeando en un cielo totalmente raso, entre algunas gaviotas rezagadas.

En cierto modo, todo tenía su lugar, formando parte de su algo, con su sentido. Siempre llegaba a esa conclusión cuando tras volver a mi fuero interno, enajenados mis sentidos durante un rato, intentando distraerme de mi propia infelicidad.

Yo no soy ni seré feliz como estas personas. Eso pensé.

Mientras, el ocaso languidecía caprichosamente, intentando alargar un poco más el día, intentando alargar el sofoco de las rocas, que a esas horas se habían convertido en hornos. Sentí lástima de mí y de ellas, después de todo un día quejándome me rendí al hecho de que poseen una grandiosidad natural, una milenareidad inapreciable por el turista ignorante: son un testimonio vital de la creación del mundo. Y quizás, solo sobre aquella gigantesca pizarra, era de lo único que no me podían despojar, aquella era una forma de compañía fiel. Una simple roca. Mi roca.

La gente empezó a vaciar el lugar, con la pausa del atizar las toallas contra el aire, y la prisa de recomponer sus atuendos, alcanzar una mínima dignidad, cubiertos, y dirigirse a sus hoteles y cubículos clonados. Los jóvenes, más despreocupados, apenas se ponían unas camisetas, reservaban sus mejores galas para mancharlas de tequila en una noche que despertaba libertina, y ellas, aún más emperifolladas, seguramente acabarían con alguna mancha de semen, quizás en la falda, quizás mojadas por dentro, quizás sobre ese pelo que tanta plancha y tinte ha costado.

En cambio yo, junto a la toalla, una crema solar y la llave del hotel, completábamos un acompañamiento de tristes enseres inanimados, de los cuales formaba parte como un fascículo; permanecí hasta la caída del sol. Y allí me quedé durante largo rato. Ensimismado en su mar de sensaciones, a vivir seguramente durante una noche de desenfreno que yo tanto temía, preferí ahogarme en un vaso medio lleno.

El velo gris se había vuelto en un halo de invisibilidad. Esperaba un saludo, apenas una mirada cómplice de alguna chica, o una de sus sonrisas. Alguien que se hubiera atrevido a conocerme, a invitarme a unirse, pero nada. Me hubiera conformado con hablar con cualquiera, pues conocía y me defendía muy bien en inglés, aunque ni siquiera el vendedor ambulante se acercó. Pero nada, nada de nada. Cero contacto humano.

La playa continuó con aquel discurrir y acabo vaciándose en pocos minutos.

Me volví a tumbar con la desesperanza y resignación del que quiere que pasen y a la vez no quieren que pasen cosas. Aquél era uno de esos días, un día de bajón que se convirtió en noche, de depresión contenida, de un filtro sobre mis ojos, destinado al confinamiento en un cuartucho de hotel de dos estrellas.

Pero sería mi último día gris. Presentí, que dentro de mí acabaría transformando la larva. Era una cuestión de horas, de un día como mucho. Esperaba aquella mecha que me hiciese estallar y asomarían las alas de mariposa desgarrando mi espalda, irradiando, desde dentro, los colores tropicales de la manía.

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