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Bridge House Hotel: II. Viaje a Neptuno (Alucinación visual)

7 Jul

Al salir a la calle los colores empezaban a multiplicarse. La invasión siempre era tal que me resultaba imposible ponerles nombre a todos. En mi espalda, sentía todavía el envite de las olas maltesas. Ciertas sensaciones empezaron a apoderarse de mí, y las vivencias de aquella isla tomaban, de nuevo, forma en mi cuerpo vacío. Me recorrían de abajo a arriba, hasta que perdía la noción de mis pies sobre el suelo. Los calores que tan bien describo a mi psiquiatra, se concentraban entonces entre mis cejas. Cuando notaba la amenaza de mis impulsos, necesitaba hallar con urgencia un sitio donde calmarme, algún poyo en el que recostar mi cabeza, ya fuera apuntando al techo, ya fuera abriéndose al cielo más inmenso.

Recuerdo aquellos agitados días. Mi enfermedad me había traído a latitudes más frías, a una pequeña villa cuyo nombre emborronó mi memoria y el tiempo se encargó de barrer. «La manía es la peor compañera de viaje, porta un mapa imposible», pensé. Paseaba por Europa mi alma errante, y aunque yo encajara en cada nuevo lugar con aire resuelto, me conducía triste y solitario en mi propio túnel.

Aquel desdichado porvenir tocaría pronto a su fin, pero antes de mi primer diagnóstico, de aquellas palabras que cambiarían mi vida por completo, aterricé en Inglaterra con una inercia que escapó a mi control. Y como si un destino perverso lo supiera, éste me reservó lo peor para el final, como una antesala que desciende hacia el infierno.

A los pocos días, me percaté de algo que incluía mi equipaje. Me traje conmigo una máscara poco común, de facciones abstractas, antes desconocidas. Las horas de luz se alargaban mucho antes del alba, y mi mente no supo adaptarse; las noches llegaban demasiado pronto y se instaló en mí un vilo casi infinito. Cada día se repetía formando una colección imposible de paginar. «Una copia, de una copia, de una copia,…», pensaba. Y aunque consiguiera dormir, agradeciendo no más que una corta cabezada, despertaba con frecuencia en lugares desconocidos. A veces, en un prado inmenso, parcheado por unas ovejas que pacían a perpetuidad; otras, me hacían descubrir con detalle el techo empapelado de mi habitación. Los días se convirtieron en semanas, y un amargo poso se avivaba cada noche, creciendo dentro de mí.

Un día soleado salí a la calle y me dirigí al parque. Aquel lugar delataba pasión por lo verde, con una vegetación salvaje que nacía de una turba siempre húmeda. Al acariciar la hierba con mis manos, sus briznas se colaban entre los dedos. De repente, un color tabaco empezó a teñirlas por la punta. Alcé un poco mi mirada mientras me erguía levemente, desde cualquier ángulo todo parecía mancharse del nuevo color y extenderse. A lo lejos, unos niños que por los pies se balanceaban de un modesto columpio, empezaron a distorsionarse. Mi visión empezó a afectarse también por otro tipo de manchas, que moteaban sin orden la escena que contemplaba, y venían y desaparecían aquí y allá, velando el cielo, el suelo y los elementos que componían el resto. Aquellas manchas tenían forma de ameba y se movían como si lo hicieran bajo el microscopio, creciendo en tamaño para, finalmente, dividirse. Al final de mi ilusión todo se volvió marrón, sin fisura alguna que dejara ver el color original. Llevé las manos a mi cara, en un gesto de preocupación. Mi respiración se aceleró, experimenté vértigo y una lágrima que recorrió mi mejilla se introdujo en mis labios. Lloré y lloré, allí en mitad del prado verde. Lloré durante largo rato, sólo acompañado de mi mente trastornada, que esta vez sí, parecía viajar hacia una locura inédita. Más tarde, a los pocos días, escribiría lo poco que recordaba de aquel episodio:

«Observé el cielo que empezó a clarear. Emití un grito mudo, implorando con los brazos abiertos y mi cuello tenso; asomaba mi nuez, que subía y bajaba con cada sollozo. Las nubes más pequeñas caían rápidamente e inundaron mi boca. Pronto mi calavera se llenó y la sal empezó a comerme los huesos por dentro.»

Todavía de pie, seguí en aquel parque. No pude recobrarme durante los primeros minutos, que se hicieron eternos. Operé con dificultad hasta llegar a una fuente. Allí pude lavarme la cara, sin embargo, mi esfuerzo por calmarme no se rindió hasta que puse mi nuca bajo el chorro. El agua fría se derramó por la espalda y llegaba hasta mi pecho. A los pocos segundos ya estaba empapado. Junto al frescor que agradecí, los colores parecían retornar, y me percaté de la timidez en el ambiente y cómo, por momentos, se devolvían al paisaje los verdes y azules que le pertenecían. Desgraciadamente y por mucho que me esforzara, no podía someter del todo mi estado. Tras descansar mi vista, de nuevo, una cortina volvía a filtrar toda la luz. Sin duda, luchar contra aquello era fatigante. Así, decidí arrodillarme en la hierba y esperar. Mi universo se limitaría al rectángulo que acotaran mis manos y mis rodillas. Aun así, los efectos ópticos todavían lanzaban ciertos destellos y percutían mis sienes, pero mientras no levantara mi mirada, me sentiría reconfortado y seguro, pues la alucinación, y por lo tanto el abismo, dejaban de existir más allá del trozo de hierba que reclamé.

Al punto que volví a mi habitación, ya había recuperado mi cordura. En mi rostro se abandonaba una expresión cansada y muda, en la que un dolor hubiera silenciado un susto, quizás un mayor sufrimiento difícil de explicar. Me dirigí al baño y enfrente del espejo vi mi apariencia transformada, pero ya había desaparecido toda distorsión. En un plano cenital, el sumidero del lavabo asemejaba un astro y, el borde de la pica, una órbita. Abrí el grifo, el agua se perdía por el agujero girando en sentido contrario; mientras fluía, su sonido era lo único que interrumpía el silencio, hasta que sumé un resoplido de alivio. «He viajado a Neptuno y he vuelto», le dije al espejo.

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Bridge House Hotel: I. Psicosis

20 Apr

I. Psicosis

Aquella mañana despertó como cualquier otra: nubes bajas, un gris cargado y una lluvia fina pero insistente. Tras correr las cortinas, el verde de la hierba permanecía desafiante insultándome a los ojos con su pulcra salud, como si ninguna inclemencia le afectase. Allí permanecía, un testigo mudo de mi decrepitud mañanera. Ya habían transcurrido 196 días desde que llegué, mas de medio año encerrado en aquel pueblucho perdido entre las colinas del norte de Inglaterra.

Las estaciones avanzaban como un travelling cinematográfico. Aquel era un penoso lugar para mi salud mental, la cual se resquebrajaba casi al mismo ritmo en que erraba el hombre del tiempo en el noticiero. Aquella vasta pradera, a pesar de su belleza salvaje, me inspiraba cierto asco, no pertenecía aquel lugar. Sin embargo, a veces me solía tumbar y contemplar el cielo de los pocos días despejados, deseando teletransportarme a una cueva gélida y protectora.

Y además estaba aquel puente. El puente con su riachuelo, sus patos y sus 6 metros de altura sostenidos por piedra. El único puente del pueblo y que daba nombre al hotel en el que trabajaba.

En aquel lugar, mi bodegón se remataba con un cuarto cochambroso, uno de los cuatro del bungalow de los trabajadores. Tenía una tele de tubo que apenas encendía, un suelo desenmoquetado en gran parte. Recuerdo la falta de cortinas y el sol abrasándome los párpados. Las paredes parecían estar hechas de papel y la calefacción nunca llego a funcionar, aunque sí teníamos algo de agua caliente.

En cuanto a mi trabajo, mi jornada empezaba a las 7:00, al levantarme. En aquel pequeño hotel me tenía que encargar de servir desayunos hasta las 9:30 aproximadamente. Sin apenas tiempo para respirar o tomar bocado, debía encargarme de limpiar cinco de las quince habitaciones de las que disponía el parador. Aquellas estancias eran pomposas, con los aderezos propios del estilo inglés: moqueta por doquier, un cuarto de baño que debía quedar impoluto, alféizares de madera, cortinas estampadas, y camas difíciles de hacer por las incontables sábanas que necesitaban. Tareas y más tareas: hacer camas, sacar el polvo, limpiar váteres y baño, fregar suelos bien arrodillado, pasar el aspirador, etc.

A esa altura de la mañana, los hemisferios colisionaban en mi cabeza: un magnetismo se repelía en mi entrecejo. Cefaleas y un cuerpo extremadamente cargado y tenso. El estrés tiraba y aflojaba mientras la desgana y la lentitud propia de la depresión se apoderaba de mis voluntades, ya rebasaba los límites de aquello que verdaderamente podía hacer.

En mitad de la limpieza sentía la llamada de las ventanas. Las que daban a la parte traserra del hotel permitían ver el pequeño río. Un aire puro me calmaba momentáneamente. Pero en realidad, yo quería poner pie y saltar.

No tenía ayuda. A nadie confesé mis limitaciones. No derramé ni una lagrima.

Para las 14:00 (el resto del staff terminaba a la 13:00) acababa de arreglar mi última habitación cansado y derrotado. Todavía tenía que esperar a la supervisora a que revisara mis fallos. Era francamente agotador.

Pero por fin un descanso. De repente mi veleta interna, la que dirige mi conducta y mi ánimo, giró en sentido contrario, casi como si hubiera alguien maléficamente dirigiéndome por control remoto. De repente me puse contento. Preparé mi playlist favorita en el iPod y le di al play. Los auriculares ya resonaban en mis pabellones. Metí el reproductor en el bolsillo.

Una de mis canciones favoritas hizo elevar mis brazos (darle al play más abajo). Empezaron las alucinaciones: las paredes de cartón cayeron como fichas de dominó. Empecé a danzar y a saltar por todo el nuevo espacio. Mi corazón saltaba de alegría. En una locura transitoria cambié los muebles de sitio, tal como si fuera un feng-shui frenético. Puse la butaca del revés, patas arriba. La pantalla del televisor señalaba el empapelado de la pared. Puse la cama en vertical, en un difícil equilibrio, las sábanas se deshojaron. Seguí bailando. Empecé a sudar y a cansarme. El nivel de endorfinas ya no se mantenía en vilo, había que moverse más. Parecía un niño sudado bajo el sol en plena fiesta de fin de curso.

 

 

De repente, las paredes volvieron a levantarse. Se cerró todo el horizonte abierto, la luz dejó de entrar. Yo me agaché, me puse de cuclillas y me cogía fuertemente la cabeza, abría los ojos todo lo que podía. Otra vez había vuelto a perder el rumbo. Caí hacia atrás sobre un charco, el charco se convirtió en estanque, para cuando abrí los ojos ojos ya buceaba en aguas abisales y nadaba entre peces fantásticos. Braceé todo lo que pude, al final vi un fuerte haz de luz que se proyectaba desde un pequeño hueco. Nadé hacia la luz con todas mis fuerzas. Al final conseguí sacar la cabeza por el retrete y respirar con insaciables bocanadas de aire.

Tuve que ponerme en la cama, la aventura marina formaba parte de imaginación. Lloré desconsoladamente. Los neurotransmisores de mi cerebro volvían a fallar, me embargaba la tristeza. Rápidamente recordé aquellos días de búsqueda por el porche del caserón. Miraba de encontrar una cuerda para colgarme del puente. O eran demasiado finas y largas o gruesas y cortas. No me valieron en su día.

Salí de mi habitación sin cerrar la puerta. El cielo se contenía. Manchas de lejía delataban mi desaliño. Cientos de senderistas abandonaban los hostales, las tiendas y los cafés, y se dirigían a la montaña. Iban equipados con todo lo necesario, ropa anti-humedad, botas montañeras, guantes, gorros y, por supuesto, picas de senderismo.

Lloraba recorriendo mi camino hacia ningún lugar. Recuerdo detenerme bajo una higuera milenaria y mirar hacia atrás. Entorpecía el paso. Mi estado se estaba tornando crítico: me había perdido apenas recorridos unos pasos desde mi albergue. Me puse aún mas nervioso. Continúe hacia delante. Recordé el puente, lo había atravesado sin darme cuenta. Ahora me puse en mitad de una calle, prácticamente peatonal, apenas pasaban tres o cuatro coches al día. Pero la gente me observaba como un individuo desubicado, fuera de lugar.

Yo seguí allí, de pie, impertérrito, mirando hacia el puente, pensando en lo innombrable. Y no lo nombré. Esbocé todo un bloc de hojas en blanco en mi mente. En cada uno de los folios vi mi muerte representada. Terminé de pasar la última hoja en mi cabeza, apenas tenía ya trazos de grafito. Con el paso de los minutos me senté en un banco de piedra, sequé mis lágrimas y volví a recordar el camino a casa.

Me había recompuesto, aquel brote psicótico con alucinaciones y delirios finalmente desapareció.

 

La pasarela del Parque del Oeste

18 Apr

Palomas, polvo, un sol que se decanta, ruido de coches, polvo y humo. Un incontenible color verde, vigas de metal en zig-zag. Las parásitas sobrevuelan mi cabeza. Proyectan su sombra en una alfombra de alquitrán. Tacones, el clac-clac de alguien que acelera sobre el hierro. La pasarela verde es muda; óxido rojo, tóxico, crece como una ameba y se acumula. Tránsito, pasos y una alerta que me asalta a medio camino: es la altura perfecta para aplastarme contra el asfalto.

Cuento los pasos hasta el final, el llano desciende, escalones. Ya en el otro lado un pobre césped, un lugar triste. La ciudad sigue bombeando, sus arterias convulsionan; sprays manchan las paredes que anoche ni se inmutaban, ahora gritan. Un sudor seco se aferra a mi cabeza. Agosto me dilata las venas.

Veo altares de piedra, poyos, lugares donde reposar el luto. Bancos desvencijados, madera marcada con tinta, más grafiti y nombres rascados. Yazco en un banco. El sol desasosiega y me persigue. Vitamina E y disparos en la sien. «Vete y búscame una cueva».

Quince minutos, cortos. Vuelta a la oficina, escalones, subida, rendición, tendencias suicidas, mancha color carne sobre el suelo en mi imaginación. Sangre y resistencia. Instinto y supervivencia en la realidad. Respira el humo de la ciudad, exhala y ámala. Días grises y velados. Exhala y ama. Ama aunque no puedas amar. Ama aunque no te sientas amado. Ama sin ser amado. Ama y amarás.

 

Rafael Narbona: “Un bipolar en primavera”

27 Mar

Lectura recomendada: “Un bipolar en primavera“.

He aquí un párrafo del autor:

“Los últimos meses se habían mostrado particularmente benévolos, ahuyentando la melancolía y sembrando la esperanza. No pensé que la proximidad de la primavera se aliaría con la imperfección de las relaciones humanas para desencadenar una recaída depresiva”.

 

A tientas con la Risperidona

10 Jan

Al pasar el tiempo me doy cuenta de la forma en la que azota mi enfermedad, en la que cada día es en un pequeño reto personal, sobre todo en las fases depresivas. Hasta hace poco he ido superando todos los obstáculos, salvando algún que otro leve traspiés, y tras andar camino durante una temporada bien alejado de la depresión, he podido alcanzar una envidiable cota de bienestar. Sin embargo, la alegría que cada día renovaba se ha tornado un poco gris y aburrida. Me he expuesto a un período de recuperación en un espectro de ánimo saludable y muy satisfactorio, siempre por encima de esa neutra y sosa línea divisoria entre mi mitad maníaca y su antágona depresiva. Y eso está bien, pero que muy bien. Pero la realización máxima de mi recuperación también tiene un límite. Los días empiezan por encerrarse en sí mismos, me muevo en cierto limbo que no llego a comprender.

Intentar explicar mi situación se hace un poco difícil para el que no tenga un poco de conocimiento experto sobre el trastorno bipolar —en lo sucesivo TAB— o bien si no se comparte la vivencia con otros enfermos, o sea desde la visión de cuidadores y familiares. En cualquier caso, es una enfermedad larga y duradera, que obliga a uno a aprender de los envites de sus mutaciones, a saber adaptarse al recipiente en cada una de sus fases, sabiendo que a pesar de enfrentarse siempre a las mismas piedras, los tropiezos son también únicos e irrepetibles.

Ahora floto en una zona de inflexión, ya es la segunda vez que me tratan con antipsicóticos. Me han ido reduciendo la dosis en el lapso de un mes aproximadamente: empecé con 3 miligramos de Risperdal los dos primeros días, después de mi última crisis maníaca —y ansiedad—, hasta que he ido tomándome 1,5 y finalmente los 0,5 que yo mismo sugerí, pero siempre bajo prescripción médica. Es la primera vez que mi condición ha exigido un tratamiento tan fuerte con este tipo de medicación, aunque no me puedo quejar de los resultados. Mi celeridad, nerviosismo y agitación se han neutralizado totalmente, así como mis problemas para dormir y mi recurrencia excesiva a las benzodiacepinas. Por otra parte, no soy tan eficiente ni mi rendimiento es tan alto, especialmente por las mañanas. Desde hace ya tres días presento cierto desánimo que, aunque no me agrada, no me impide ser funcional en mis quehaceres básicos. Así pues, experimento bastante desinterés en levantarme tan pronto como era habitual y me presto poco a activarme durante la mañana; sólo es hasta la tarde cuando puedo dedicar tiempo a realizar ejercicio físico. Pero afortunadamente he podido identificar estos cambios en sólo tres días, lo que me permite reaccionar pronto y redirigir mi conducta de la manera más adecuada posible y, sobre todo, no atribuírmelos a mi actitud de una forma demasiado culpable.

Por todo lo anterior, creo necesario continuar con la dosis actual, ya que me preocupa abandonar la dosis mínima pues me podría traer consecuencias no deseadas. Prefiero mantener la ingesta prescrita y asumir los inconvenientes que he descrito, que no arriesgarme a vivir una potencial situación de manía y desatarme durante las noches. Por encima de todo, lo que más me anima a continuar medicado es haber solucionado mis problemas de insomnio y mi exacerbada animosidad nocturna. Manejarse con estos problemas es, a cualquier plazo, más difícil que vivir con un estado de ánimo de perfil más bajo, si bien a largo término, la depresión tampoco es deseable. Pero por el momento voy a seguir así, con la medicación mínima e intentando esforzarme cada día un poquito para paliar un poco esta “pereza mañanera” y así no sentirme tan inactivo. Además, también compruebo como las fases de perfil deprimido no son tan malas, añaden un punto de vista más sosegado y, por qué no decirlo, también enriquecedor, pues son períodos más calmados que permiten vivir la vida con más tranquilidad. En palabras de una gran amiga mía: “No te preocupes, acabas de bajar”.

 

Dedicado a María por ser un gran apoyo y mejor persona. Y también por aguantarme, no sabe ella lo que me ahorra en psicólogos.

 

Víctima de lo social

17 Nov

Ahora todo parece menos grave. La historia mía, y por ende, la de los que me rodean, es mucho más insignificante. Que la enfermedad ya no me domina es un hecho, ya no soy una víctima de mis relaciones sociales. Lejos quedan todos mis problemas de comunicación, y lejos también queda aquella protectora marginación que me obligaba a quedarme en casa cuando intentaba recomponer una mínima vida social, sin el mayor atino que acabar dibujando una escena lastimera tumbado en el sofá de mi casa, alimentada con excusas y mentiras. En muchas ocasiones apuré hasta el últimísimo momento, el recurrido “es que no puedo salir por esto o por lo otro”; con falsos pretextos, cambiaba de parecer incluso justo antes de atravesar la puerta, como si esconderse fuese la única manera de guarecerse de la lluvia.

A pesar de todo ello, mi círculo de amistades siempre ha permanecido fiel, y nunca se ha llegado a romper ese vínculo y aprecio convencional con el que se comprometen los amigos de la infancia, pero la calidad y fortaleza de estas relaciones perdió mucho con el paso del tiempo. Esa amistad que se gana tomando cafés, viajando juntos hacia un mismo lugar, transitando lugares comunes y, en definitiva, compartiendo los momentos de júbilo en fiestas y encuentros, por muy triviales que estos me pareciesen. Con este deterioro inexorable en lo social, uno va perdiendo poco a poco el carisma, ese aura que a todo el mundo lo abriga —esa capa que debe construirse con el afecto— parece apagarse, y la apariencia, la propia identidad, se transforma en invisible.

Pero la depresión es una ola que arrastra con todo, que llama sin preaviso y acaba por ahogar a uno bajo las sábanas. Qué remedio. No podía hacer nada más, me veía inoperante al intentar atacar estas situaciones. La desgana, la insatisfacción constante y un insomnio persistente impedían construir una fachada resistente con la que afrontar mis compromisos sociales. Y digo afrontar, porque no hay mejor verbo que exprese cuál era mi única salida. En aquellos días era muy difícil alcanzar satisfacciones personales, la noción del placer era algo completamente desvirtuado y mis propósitos no debían sino conformarse sólo con el fingimiento, con el mero acto de la presencia e intentando no perder la compostura en el momento y lugar. Pero aunque estuviese rodeado por millares de amigos, dentro de mí sólo circulaba sufrimiento y pena. Por eso, antes que fingir o que lo notasen los otros, elegía quedarme en casa y no salir. Sé que fueron muchas oportunidades perdidas, pero con la montaña rusa en la que vívía montado, no me podía permitir tampoco saborear una alegría momentánea, sabiendo que pronto se esfumaría en el camino de vuelta a casa.

Recuerdo perfectamente aquellas épocas en las que yo intentaba ser uno más del grupo sin llegar a conseguirlo nunca. Fueron una adolescencia y una primera juventud difíciles, donde intentaba acoplarme cómo mejor podía a los cambios propios de esas edades. Sin embargo, el trastorno se convirtió en una mochila que iba cargando con piedras del propio camino. Eran épocas de descubrimientos, de probaturas en el sexo y las drogas, en las que normalmente todos mis amigos, que compartíamos años y aventuras, seguíamos caminos paralelos, buscando subir al mismo ritmo que nuestra efervescencia biológica. Pero así como ellos eran capaces de desandar lo vivido, yo siempre tomaba senderos en los que me perdía, mi luz se apagaba. La vida siempre ofrece algo de estimulante que anima a avanzar, pero yo percibía cada vez menos esa luz que guía para adentrarme más en un túnel. La risa natural, el saber encajar los acontecimientos vitales, la gracia de vivir, se convirtieron en mí en un gesto forzado, en una cuesta siempre empinada. Ellos maduraban de forma normal, adecuada al ritmo y la semejanza de personas de nuestra edad, sabían encajar sus errores y aciertos, pero yo, sin embargo, me desplazaba. No aprendía porque era como aquél insípido, que muere de hambre no por no comer, sino por no poder apreciar los sabores. Hubieron muchos intentos vanos por alcanzar esa pretendida normalidad, fines de semana en los que el alcohol y las drogas me catapultaban a un efímero bienestar para después fragmentarme en mil pedazos en la caída. La falta de satisfacción (anhedonia) y las largas noches de insomnio acabaron por rematar mis ganas de salir. Así, entre el miedo a descontrolarme y la apatía dejé de salir definitivamente. Me perdía cada vez más cosas, las que sólo se aprenden en las calles de la vida, las que caracterizan una picardía que nunca entendí, pero que debe ganarse con el tiempo, para no salir siempre malherido. Por aquel entonces me encontraba muy desarmado, impotente al no poder completar la felicidad en mis relaciones personales o mis noviazgos; fueron también años de incomprensión, de insensibilidad y de una gran soledad. Años en los que tuve que dejar novias, años en los que me perdí nocheviejas con mis amigos, años de divagar solo por las calles. Mi vida social llegó a estar rota aunque era eso o salir y desequilibrarme aún más, no tenía muchas más opciones.

Pero gracias a la suerte y el esfuerzo, todo eso ha quedado muy atrás. El primer paso —quizás el único— para sentirme comprendido entre la multitud, era comprenderme a mi mismo. Ahora salgo a la calle sin doblegar la cabeza, ni tampoco levitando a tres palmos del suelo; soy alguien equilibrado dentro de la manada al que, de una vez por todas, le sirve la experiencia vivida. Conozco las corrientes de agua y sé cómo aprovecharlas. Nunca será nada igual, por supuesto hay muchas cosas personales que he perdido irreversiblemente, pero lo importante es que he sobrevivido en esta jungla de personas, aunque haya sido a base de machetazos.

 

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