Tag Archives: crecimiento personal

Camino de la recuperación total

18 May

Mi enfermedad avanza, y no quiere decir que lo haga con merma de mi bienestar, evoluciono con ella, aprendo cada día de sus embestidas y la someto mediante sutiles gestos de dominio. Es una guerra ofensiva, voy al abordaje de una remisión total. Todo empezó con una afrenta hacia mi penúltima psiquiatra –curiosamente todas han sido mujeres–, a la que planté unos argumentos hostiles pero sólidos, mi estabilidad estaba en juego y en aquel momento se sostenía con pinzas, las crisis maníacas eran cada vez más numerosas y frecuentes, mi vida parecía un tiovivo revolucionado.

Busqué un especialista, un buen especialista. No tuvo necesidad de realizar visitación preliminar para valorarme, confirmó mi diagnóstico y en la primera visita ya ajustó mi medicación al alza. En posteriores visitas, ha ido reajustando aún más las dosis, también con la inclusión de nuevos medicamentos, siempre bajo la luz que arrojan mis análisis clínicos y litemias. Ese nuevo medicamento era la quetiapina –del cual ya he hablado en alguna otra entrada–, antipsicótico atípico que se puede utilizar como refuerzo de los estabilizadores, no solo como retenedor de la hipomanía.

Así, mi cóctel químico tiene como premisa principal la estabilización, no con un enfoque tan reactivo como el que tenía anteriormente, un frágil tratamiento que sólo llegaba a arañar la superfície, prescribiendo siempre a posteriori de las crisis, alternando antidepresivos y antipsicóticos, jugando a lanzarme de un polo a otro, con una palmaria dependencia de los hipnóticos. Ahora sin embargo, la paulatina retirada de las benzodiacepinas está siendo muy satisfactoria y, lo más importante, inscrita en un proceso totalmente espontáneo.

Actualmente esas son mis armas para manejarme por la vida: una actitud segura y una convicción plena en los pasos que últimamente doy, confío plenamente en los medicamentos. Confío en los medicamentos, no así en las personas. He perdido ese natural apego por el prójimo, con esa generosidad incuestionable y entregada que me caracterizaba. Me hago mayor de manos de mi trastorno. Mi bipolaridad ha nacido en plena pubertad, con dieciséis años y ahora, en plena cumbre de la adultez, es cuando experimento la remisión.

Entre adultos el juego de la comunicación se vuelve más difícil. Mi estado mental es una etiqueta difícil de explicar, irremediablemente me condiciona, aunque haya compensado más de mil veces mi deterioro cognitivo. Entre otras cosas, mi capacidad de socialización ha quedado intacta, además me rodea un maravilloso halo que la gente no llega a comprender a primera vista, que les sorprende, fruto de un proceso de recuperación estricto y aséptico. Me siento renovado por dentro y por fuera, algo difícil de medir, pero que los sentimientos sí pueden ponderar. Que estoy totalmente recuperado es un hecho. Sin embargo debo prepararme para superar cierto retraimiento social, romper definitivamente el estigma que me persigue.

Últimamente vivo la vida con entusiasmo, con un espíritu jubiloso me enfrento a un panorama bastante gris, pues mis posibildades de tener una vida independiente se han reducido a merced de una recuperación que ha exigido mi enfermedad, apartándome parcialmente de todos y de todo (trabajo, estudios, amigos, obligaciones, etc,), exceptuando la familia más cercana: mis padres y mi hermano.

Pero sin embargo, es cuestión de tiempo. Todo tenemos un cauce reservado por el que discurrir, a pesar de haber nadado contracorriente en muchos otros afluentes con anterioridad. Es hora de convertir mi mente en un templo improfanable. Emprender camino hacia la recuperación de un guerrero exige descanso, reflexión y rearme, el tridente de una voluntad de acero que no tiene sus miras en los enemigos cercanos si no que piensa en conquistar el horizonte.

 

Obstáculos

2 May

Mi psiquiatra dice que estoy mejorando y ha decidido mantenerme el tratamiento. Buenas noticias al parecer. Hasta ahora, he recorrido un largo camino, a veces angosto, otras venturoso, cuyas cuentas pronto rebasarán ya 12 años, llenos de huellas sobre el barro. Y esa cuenta no parará de crecer, en tanto en cuanto siga vivo. Sin duda, a veces la vida nos pone a prueba en carreras que no tienen una meta al fin, aunque incluso nos esperasen con un ramillete de flores para felicitarnos -nosotros somos más de palmaditas en el hombro-. Pero no neguemos la mayor, todos, en nuestros propios ámbitos, deseamos atravesar esa meta donde certificar el esfuerzo de haber llegado, allá donde se reconoce el logro, donde la exigencia fenece llevada por nuestras últimas exhalaciones, nos permite capitular pequeñas etapas de nuestra vida y ahogarnos entre los abrazos amigos de la victoria.

Los bipolares no corremos sólo esa clase de carreras, nuestro recorrido es un temido “falso llano”, donde los kilómetros parecen estirar y multiplicarse, y el horizonte se burla enseñando el mismo arco bajo el ocaso, por mucho que lo persigas. Lo nuestro siempre son metas volantes, que nos obligan a mantener los ojos bien alerta y aceptar con resignación la cultura de un esfuerzo personal añadido que nos exige nuestro cerebro defectuoso, y por supuesto en desiguales condiciones respecto al resto de las personas. Podemos ser igual de rápidos, ágiles y fuertes que los demás, pero nuestro inevitable destino es el de un esfuerzo constante, que compense esa vulnerabilidad innata o adquirida -versa todo un debate sobre ello- de unas conexiones neuronales desnutridas, o bien sobrealimentadas, fomentando un flujo errático que debemos redirigir. Domar nuestro cerebro supone nuestra supervivencia.

Obviamente, la vida y el deporte se solapan en una metáfora. Pero comprendo ambos elementos perfectamente. Soy bipolar, eso ya se sabe, pero también corredor. Llevo unos 6 años compitiendo de una forma regular y satisfactoria. Sé de lo que hablo al comparar los dos términos. Mi vida como bipolar es una carrera de fondo, como la de cualquier otra persona quizás, pero con obstáculos, muchos obstáculos. Y si bien el correr te puede hacer llegar a los primeros puestos e incluso hacer ganar carreras, el estilo de vida del enfermo, que permite salvar los muros que las crisis te levantan, determina el devenir de mi salud.

E incluso a veces todo parece rodar perfecto y, de repente, una piedra enorme sale a impedirte el paso en mitad del camino. La carrera bipolar, sin dudarlo es, la más difícil de llevar. La corres a cada hora, cada minuto, cada segundo de tu vida, y si no sabes mantener bien tu ritmo, ese que te hace avanzar sin riesgo, entonces corres el peligro de desfallecer y quedarte en la cuneta tirado, viendo como el mundo continúa su curso sin remedio y te adelanta.

A veces sueño: corro por un camino de grava. Fácil, sin viento. Un sol hipervitaminado no me consume. El sudor es agradecido.

De repente el terreno se vuelve pedregoso y accidental. Cantos rodados y afilados. El calor se transforma en sudor seco y la lengua se acartona. Mi diafragma está demasiado hinchado. Duele, como un punzón bajo las costillas. Me obliga a parar. Hundo las rodillas en la tierra. Aprieto los puños comprimiendo un poco de grava entre mis palmas. El sudor de mi cara surte como una lluvia bundante, agacho más la espalda y detengo la nariz justo antes de tocar el suelo. Mi fuerte respiración hace levantar el olor a polvo y hojas secas.

De mi lado surgen unos chasquidos desde el ramaje seco. La temperatura es sofocante, sigo sudando en postura de cuadrupedia. Los ruidos se repiten. Mantengo fija la mirada. Un gato negro recorre pomposamente el trecho hasta colocarse delante de mí. Totalmente negro. Finalmente, se sentó erguido muy señorarialmente. Era un gato guapo y excepcional, pedía a gritos un traje y una corbatita a su medida. Movía su cola con una lenta placidez, casi hipnótica.

Desde mi humillante posición le hablé:

— ¿Y ahora qué quieres tu, gato?

El viento veló aquella surreal escena durante unos segundos de silencio. La ráfaga expiró y volví a mirar fijamente sus ojos:

— Levántatate y corre, cobarde. Tu única alternativa es morir -me dijo el gato.

Mi corazón empezó a palpitar como si fuera a colisionar sin remedio contra un muro de hormigón. Por un momento, mi cráneo se desposeyó de mi cerebro. Mi visión se destorsionaba, los pinos se doblegaban, el estanque se decantaba hacia el cielo, las nubes se movían deprisa y engordaban lobulares, una paleta de colores tropicales invadía aquel bosque mediterráneo.

Me desmayé. Al despertar todo estaba en su sitio. Todo menos el gato. «Un gato que podía hablar». Recuperé la cordura y me levanté. Al desempolvarme la ropa me fijé en una flecha marcada sobre la tierra, era reciente. Al principio volví a asustarme, pero pronto me recompuse.

La flecha marcaba el camino contrario a casa. Vacilé por un momento.

Al final emprendí la marcha pensando todavía en la cola del gato.

 

Siempre me dirijo a lugares imposibles

6 Jan

El azar siempre me es favorable en primer término, pero nunca logro mantener la alegría inicial. Mis relaciones sentimentales —también puedo incluir las que puramente son meros encuentros sexuales—, siempre han sido difíciles de definir. Lo único cierto y común es que nunca ha habido amor verdadero, ninguna mujer me ha entregado su corazón jamás.

Sin embargo, no puedo decir que esté desnutrido de experiencias. He estado con muchas, sobre todo desde que dejé atrás los peores años de la depresión. Sin duda, considero que he pasado por una fase de gran éxito en lo sentimental y sexual, intermitentemente avivada por las puntuales manías acontecidas.

A pesar de un balance en general más que positivo, uno no puede quedarse con todo, y eso es algo que he aprendido, pero que en la práctica me cuesta mucho aceptar. Me cuesta aceptar que ciertas cosas en la vida llegan a su fin, que a algunas compañeras especiales de mi vida no las volveré a ver, intentar lo contrario sería luchar contra unas circunstancias demasiado difíciles de salvar, por eso digo que a veces me dirijo a lugares imposibles. Son aquellos lugares donde la fantasía perpetúa mis deseos, donde me veo rodeado por los brazos de esa chica que tanto añoro, donde no existe nada que rompa esa armonía tan celestial; es un mundo aterciopelado, sin problemas, sin relojes que dejen pasar el tiempo, sin obligaciones mundanas ni materialistas, solos ella y yo.

Ese mundo no existe, o almenos es casi imposible, tanto como una ascensión por una pared vertical, únicamente ayudado con la fuerza de las yemas, pero sin ninguna cuerda de seguridad. Trato casi siempre de buscar una situación en la que me encuentre cerca del foco que generó en mí aquella felicidad inicial tan grande. Sin embargo, incluso conservando el bosque, hasta la más bonita de las flores se puede marchitar. En realidad persigo esa sensación de bienestar, y no a una chica en particular; por mucho que valga la pena, todo lo demás es un mero aderezo. No se puede tener todo en esta vida.

Resulta curioso observar como en estos tres últimos años, los de mi recuperación, concurren diversas circunstancias:

  • Me he alejado muchísimo de la sintomatología de la depresión, casi hasta constatar (según registros) que ya ha desaparecido de mi cuadro.
  • No puedo sugerir que mi estado de ánimo se haya neutralizado. Mi perfil como enfermo ha cambiado totalmente. He pasado de ser una persona mayormente deprimida a tener una tendencia más proclive a experimentar episodios maníacos.
  • Siento que me guío y actúo más por lo emocional y no tanto por la racional, como sí hacía en mis depresiones. En definitiva, me dejo someter con mayor facilidad a las sensaciones (alegría, tristeza, felicidad, gozo, amor, etc).

La chica del pañuelo

19 Dec

Elvira es una de las experiencias más grandiosas que he vivido. Ha superado con creces cualquier tipo de expectativas, incluso aquellas que jamás hubiera imaginado. Tan sólo estuve cuatro noches con ella, pero que fueron más que suficientes para visitar un safari a lo desconocido, un universo lleno de tentaciones, con nubes de algodón sostenidas entre cadenas, casi como una alucinación concentrada en menos de una semana.

El motivo de mi visita a Barcelona fue solo un mero pretexto, una excusa que presentar a los otros. Aproveché que mi hermano residía en un apartamento en la ciudad para hospedarme junto a él, aunque en realidad sólo sería un neutro lugar en el que encubrir mis reales intenciones. Ya habían pasado unas cuatro semanas desde que fijamos ella y yo nuestros planes.

Por aquel entonces yo ejercía profesor de clases particulares, y consideraba que lo hacía con cierto éxito. Poseía muchos alumnos, y lo que sacaba me daba para ir tirando cada mes. Sin embargo, aquel noviembre resolví terminar el trimestre con antelación, así dispondría de una semana libre para el primer encuentro. Aún así, los padres de mis alumnos me excusaron con total complicidad, en la semana anterior habían quedado resueltos los exámenes: la mayoría estaban aprobados.

Elvira era una joven moscovita de 24 años, licenciada en turismo, semiexplotada como teleoperadora en una de las principales agencias turísticas de la capital rusa. Ella vendría en calidad de trabajadora y no de turista. Por su parte, se trataba de un viaje pseudo-formativo sobre el funcionamiento de diversos hoteles de la capital condal, que tan solo le permitiría unas horas libres a última tarde.

Desde un principio, la vi entregada con aquel cometido tan alocado, el de quedar con un extranjero desconocido. Rápidamente me dió los datos de su vuelo de llegada y las señas de su hotel. Me hizo llamarla a su teléfono ruso, no me lo cogió. Quería una perdida tan sólo para asegurarse también de mi número.

Y debo reconocer que a aquella persona nunca la llegué a conocer antes. Tan sólo la tenía perdida como un contacto más en mi larga lista de facebook, y además ella fue la que me agregó, cabe decirlo. Sí recuerdo, sin embargo, una vez en la que de una manera gratamente extraña chateó conmigo. Me fascinaban las fotos en su perfil. Sin duda era notablemente atractiva, esbelta y con un exotismo declarado en el rostro. Deliberadamente, sus rasgos eran muy del este, y todo aquello me ponía aún más. Aunque de eso fue hace más de tres años. Nunca entendí porque me felicitaba puntualmente mi cumpleaños, dejando siempre un mensaje escrito con un parco pero correcto inglés, que sin embargo denotaba algunos errores muy comunes entre los hablantes de acento ruso.

Aparte de aquellas ocasiones, tuve su pista totalmente perdida durante casi cuatro años. Jamás hubiera pensado volver a contactarla, y menos aún reunirme con ella en persona. En fin, de una forma u otra cada uno hizo sus deberes para poder vernos a la semana siguiente.

Cuando llegó la hora de la primera cita, yo estaba nervioso, mirando compulsivamente el reloj de la pantalla del móvil, apenas transcurrían los segundos. Recuerdo llegar pronto a su hotel, la esperé un largo rato en el vestíbulo, remando arriba y abajo, hasta que no pude contenerme e hice que la recepcionista la avisara a su habitación de hotel. Su apellido sonaba como un suave latigazo contra el viento: Lukashova. La chica que me atendió volvió a los pocos minutos y me dijo que bajaba enseguida.

Igual que el timbre del ascensor, mi cuello se giró automáticamente en busca de aquel sonido, unos botas con algo de tacón bastante silenciosas. Aquella primera vez se dejó ver con un sencillo atuendo, casual, con la informalidad que requería la cita, y a pesar de un abrigo obligado por el invierno barcelonés, se encerraba en su figura una preciosidad de porcelana. Noté, por mi parte, que su primera impresión conmigo fue excepcionalmente buena. No sabría decir bien si fue ella la que se lanzó directamente a mis labios, el caso es que yo la evité y la besé con pudor en las mejillas. Por un momento, parecimos sonrojarnos a la vez, la agarré de mi mano y ella acomodó pronto la suya. Unas palabras de cortesía fue lo único que nos cruzamos en el preliminar, y sólo un simple saludo o cuestiones triviales —acerca del viaje y de su acomodo— fueron capaces de destensar un poco la situación.

Desde el primer instante que salimos del hotel a dar aquel primer paseo nocturno, ella se cogió de mi brazo fuerte bien fuerte. A mí me sobrecogieron aquellos aires tan confiados, pero me agradó mucho que ella se sintiera siempre tan cómoda y se apegara tanto a mí. Parecíamos dos novios recién enamorados, acompañandonos mutuamente por la calle; a veces ella sentaba su cabeza sobre mi hombro, sobre todo al hallarnos en los bancos de algún parque, y cuando nos levantábamos siempre me cogía la palma de la mano, posando sus dedos entrelazados. Sentía su calor a través del guante, giraba mi muñeca a su antojo hasta que tomaba el control, me pedía siempre que aminorara el paso. El mismo proceder se repitió durante aquellas cuatro noches irrepetibles: recogerla, cenar en un lugar agradable, perderse un rato por las calles de Barcelona y, por último, el viaje en taxi de nuevo hasta su hotel.

No recuerdo bien, pero creo que no fue hasta la segunda noche en la que no empezamos a amarnos de verdad. Los primeros besos fueron muy tímidos, atacando bien el cuello, o bien alguna oreja desprotegida. Nuestra relación fue pura y sana. Nunca nos tomamos aquello a la ligera, más como un tanteo inteligente del otro que no un simple desahogo amoroso. Tal vez yo echaba falta más arrojo por su parte en su forma de tocarme, de mirar, de besarme. Pero aquello era porque mis intenciones siempre fueron más osadas, y no se lo eché nunca en cara, pues me sentía muy recompensado con todo aquello que me ofrecía; por primera vez no era el sexo lo más importante.

Era una pasión ardiente la que vibraba entre los dos, un entendimiento perfectamente acoplado con una sola mirada. Tenía la piel tersa, el cuerpo firme, una cara con todos sus apéndices perfectos: labios pintados de un rojo intenso, unos bonitos pómulos culminando sus mejillas sonrosadas y los ojos grandes, azules y abiertos como el firmamento. Su cadera baja le hacía parecer una joven de piernas intrépidas, bien musculadas, que no interrumpían una cintura bellamente constreñida. Su espalda acababa dibujando su esbeltez, cubierta siempre por un pelazo largo y rubio, con el que solía jugar seductoramente entre coletas, recogidos o simplemente con la melena suelta. Su olor era impecable siempre, casi un perfume corpóreo diseñado artificialmente, con feromonas impropias de la mujer mediterránea. Me enloquecía olerle el cuello y respirar contra él.

Pero ella se iba. Apenas ya la cuarta y última noche expiraba irremediablemente. Lo hacía lentamente, alargándose mientras nos fundíamos entre abrazos y tiernas caricias. Su expresión de tristeza se acentuaba, más aún que la melancolía que me producía su inminente partir. Con expresión lánguida, se confesó ante mí en sus últimas palabras, antes de verla desaparecer hacia el ascensor por vez final. Me dijo algo precioso: que llegó a sentir por mí lo mismo que yo por ella, que se había enamorado en esos cuatro días; que ningún otro chico la había podido hacer vibrar igual, nunca.

Me emocioné. Me emocioné tanto que hasta lloré. Y lo hice con la libertad que otorgaba el momento y el lugar, pero sobre todo, con la feliz descarga de mi alma, que se sabía consciente de sí misma, y que al fin halló un bien tan infinito en unos ojos que me atravesaron sin casi palabras. Me sentí superior al poder hacer feliz a algo tan bello como Elvira, al contemplar un ser celestial. Era yo el bienhechor, sería un accidente dichoso en su vida por siempre jamás.

Estiré y desenrollé la bufanda de mi cuello, la volví a doblar y se la entregué apretándola fuerte contra su mano y mi otra mano. Le hice señas señalando su cuello y el mío de nuevo. Yo sabía que lo había llevado puesto consigo todos los días. Ella me entendió perfectamente. Desanudó también su pañuelo verde con un estampado floral, deslizándolo sobre sus hombros con el último aroma del abrigo en su cuello; me hizo entrega de su prenda y me dijo que me quería.

Todavía conservo su olor.

La vivencia

6 Nov

En ocasiones pienso en mi enfermedad como algo lejano, un sufrimiento aliviado ya hace mucho, casi ajeno. Dichas iluminaciones me vienen ahora, claro está, cuando llevo consolidando más de tres años de recuperación. Un tiempo que ha supuesto una escalada hacia un bienestar que puedo sentir como perdurable, cimentado por aquello que algunos evocamos, míticamente, una mal llamada “remisión clínica”. Aunque, en mi opinión la enfermedad sí puede llegar a extremos en los que prácticamente parece desaparecer, esta remisión es sólo una acertada y azarosa conjugación de factores sobrevenidos desde un único punto de partida: el diagnóstico.

Según las características propias del enfermo, el camino a recorrer será siempre diferente para cada uno. Hacia una exitosa recuperación únicamente se puede transitar, no existe un lugar fijo al que llegar, no puede haber metas ni tampoco objetivos. Un diagnóstico firme supone todo un advenimiento para el individuo, el inicio de una nueva vida, y también el reconocimiento de la vida pasada, que permite entender y encajar todas aquellas experiencias vitales que fueron traumáticas en su momento, todas aquellas experiencias malogradas, todos los proyectos inacabados que uno se prometió a sí mismo, y así, una inacabable lista de acontecimientos personales muy dolorosos.

Pero este punto de partida simplemente es el primero de todos esos pequeños pasos que uno debe empezar a recorrer, poco a poco. Quizás, más veces de las deseadas, yo mismo haya tenido que volver sobre mis propios pasos: el entender solo no cura. En el recorrido habrá, seguro, más de alguna vacilación en el estado de ánimo, y seguramente frenará las aspiraciones iniciales de avanzar siempre hacia delante. Habrá recaídas, por supuesto, y también subidones. El mejor de los consejos es el de andar el camino, observándolo a media distancia, evitando la búsqueda de un horizonte concreto, no se debe correr ni apremiarse por llegar el primero. Sin duda, la mejor opción es aprovechar este tiempo, además de para entenderse a uno mismo, para fomentar aquellas actitudes y hábitos que permitan renovar el tono vital perdido. Renovación que únicamente es posible sabiendo jugar con tres variables que considero fundamentales: la información, el autocontrol y la medicación.

En este sentido, me gustaría aclarar como observo algunos conceptos mencionados. Para mí, la experiencia se nutre de sucesos con un mínimo de trascendencia como condición necesaria y suficiente, es decir sólo son cosas que han pasado de forma puntual, reconocibles. Son todos aquellos desencadenantes vitales del bipolar, que o bien lo han hundido en la depresión o lo han ensalzado. Por ejemplo, una relación personal fracasada, una muerte del ser más querido, o al contrario, una fase prolongada de insomnio o algún acontecimiento vital muy exitoso, como el inicio de una relación personal o un consumo de drogas excesivo.

Mientras, cuando hablo de vivencia me refiero a que ésta siempre ha sido —y es— trascendente a cada instante. Es la forma en la que yo, enfermo, me he sentido el tiempo que he estado expuesto a la enfermedad. En mi tipo bipolar II, no me equivoco al describir nueve años de mi vida alimentados con cada minuto de dolor al respirar, construidos con cada segundo de vilo nocturno. En conclusión, se trata de un mal sentimiento constante, que nunca te abandona, que parasita tu existencia. Eso es lo verdaderamente relevante: la vivencia siempre esta ahí. Así se puede entender, desde mi punto de vista, cómo uno no se acomoda nunca a este tipo de vida, sensación que sí podría resultar de la experiencia, sino cómo el trastorno bipolar cambia la forma de percibir su propia vida, lo invade a uno sin permiso, sometiendo parte de su racionalidad de forma permanente. La primera respuesta que me dí a mí mismo la obtuve tras mi diagnóstico: entendí que durante aquellos nueve años me había sentido siempre mal. Y es una afirmación que ratifico hoy, aún con las crestas y valles que podrían engañar a un ojo inexperto. A pesar de haber trascendido durante episodios de depresión y manía, ni siquiera en mis períodos intercrisis, nunca pude llegar a afirmar, ni un solo instante, que me encontrara completamente bien, normalizado como el resto. El estigma, del que ya hablé en otra entrada, es algo que existe incluso antes del diagnóstico, creciendo primero en uno mismo y luego cristalizando en sociedad.

 

Objetividad y optimismo

20 Oct

El hombre razonable y lógico siempre juega seguro. Ve las cosas tal y cómo son, y no se compromete mucho con los deseos. La imparcialidad más ortodoxa rechaza ferozmente las emociones y deseos, pues de otra manera no la consideraríamos suficientemente imparcial, y por tanto dejaría de tener su recto sentido. Cualquier frontera que rompa sus finos márgenes, habilita al ser humano a creer, a someterse involuntariamente a las emociones. Optimista es aquél cuya actitud no es trazada por la línea recta, sino que disfruta del camino y sabe valorar cada una de las paradas que hace. Para él, los fracasos no son una pérdida de tiempo. Optimista es aquel que guarda la esperanza de abrazar un mañana mejor, a pesar de lo malo.

Existen una gran serie de factores que influyen en la adopción de una tendencia u otra. No se trata de una preferencia, sino quizás una mezcla de suerte y experiencias, que dispondrán al individuo en uno u otro sentido, e incluso a veces, le permitirá compartir, con múltiples ponderaciones, objetividad y optimismo al mismo tiempo.

Se necesita coraje y valentía para lograr tener una mente flexible, adaptativa; a ésta se le exige asentarse con gran disciplina sobre principios sólidos, que no cedan ante interpretaciones convencionales de la realidad, aunque en muchas veces no se puedan evitar. En una mente joven e inmadura, por ejemplo, los miedos y la ansiedad son claros reflejos carencias de adaptación y un viraje más proclive hacia las emociones. Pero se entiende perfectamente como todos podemos ser víctimas de faltas en nuestras habilidades, al con un corto conocimiento experto del tema. Nadie es perfecto, y menos en el control de sus emociones. Prever con éxito situaciones de dificultad personal es una tarea vasta e imposible. Partiendo de esa imperfección natural del ser humano, se evidencia un estrecho alcance de nuestras defensas naturales, ante el futuro que a cada persona le depare su enfermedad.

La objetividad es la cualidad de ver los hechos tal y como son. Se trata de una habilidad que deja las preferencias personales a un lado, y permite evaluar una situación de la manera más “correcta” posible. Por su parte, el optimismo tiene más que ver sobre lo que la persona hace con las observaciones de esos propios hechos. Es decir, se trata de una actitud activa, más que de un código predeterminado.

Si lo suscribiéramos en al trastorno bipolar, la objetividad permitiría, por ejemplo, que un individuo hipomaníaco fuera capaz, por sí solo, de apercibirse de que se encuentra “ligeramente subido”, notando una creciente sensación de placer, un comportamiento expansivo con pensamientos y una forma de hablar exacerbada, antes de que sus síntomas derivaran en un cuadro manifiestamente peligroso y ya menos reversible (hipersexualidad, adicciones del comportamiento, agresividad, etc.). Un autoanálisis adecuado de su propia situación, facilitado con un sistema de alertas bien diseñado, cortaría en gran medida las probabilidades de ver crecer su manía.

Un enfermo optimista, en cambio, debe tener cuidado con sus observaciones. Se trata de una clara advertencia, a pesar de que el enfermo se encuentre anímicamente mejor, fuera del riesgo de depresión, o bien tenga una predisposición más positiva, que le proteja de las recaídas. A pesar de que dicha actitud pueda ayudar a consolidar un nivel de bienestar personal más alto, las alertas no son sino mucho más importantes en este caso. A diferencia de los cuadros de manía, la depresión siempre es fácil de detectar por el entorno o los cuidadores, pero fuera del espectro depresivo, el mayor peligro radica entre “estar bien” o “estar mejor”. En otras palabras, el enfermo hipomaníaco (incluso eutímico) puede empezar a negligir en su conducta casi sin darse de cuenta, cuando éste crea que simplemente està actuando de la mejor manera. Por lo tanto, el optimismo es una actitud necesaria, que influye muy positivamente en el proceso de toma de decisiones de la persona, pero a la que se deben poner límites también; para que ninguna  empresa se convierta en una alocada acometida, se debe hacer una correcta valoración de todos sus frentes, preponderando las objeciones que provengan de la mera decisión personal, pues ahí se puede encontrar el verdadero cambio de ciclo. Es decir, si la nueva decisión va a suponer un cambio positivo y, además, si ésta se ha tomado en una escena personal también favorecedera, de lo que realmente hay que desconfiar es de este impulso optimista. ¿Hasta qué punto el optimismo no es un desencadenante?

Así pues, la objetividad sí que ofrece mayor consistencia en la construcción de herramientas y mecanismos para gestionar la enfermedad; mientras que, el optimismo ; y por ende el pesismismo, son armas que sirven también para hacer cambiar nuestro estado de ánimo, con independencia de las circunstancias, y que permite tomar parte activa al enfermo. En otros términos, no se pueden controlar las circunstancias, pero si controlar la actitud. El mejor de los equilibrios se diseña con un código que permita entender la realidad tal y como es y con una actitud “suficientemente” optimista para avanzar.

En resumen, yo señalaría algunas directrices fundamentales: orientar al enfermo a eliminar las construcciones mentales más irracionales, y ayudarle a erigir un código objetivo más sólido en el entendimiento de sus conflictos personales y sociales. Al mismo tiempo, hacerle consciente del poder de la actitud. La elección de actuar de manera optimista, por mucho que cueste alcanzar a entender (sobre todo en fases de depresión), es la mejor prueba de vida para liberar del secuestro a nuestras propias emociones. Aunque el papel de la medicación prescrita sea irreemplazable, una buena actitud permite iniciar un camino, que está lleno de pequeños cambios en positivo.

%d bloggers like this: