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Desde el 13 de enero

24 Mar

Desde el 13 de enero no escribo nada, y mi proyecto de bitácora vital parecía abandonarse como un viejo trasto inútil. Hasta estas palabras que escribo no había reparado en ello, pero ha pasado mucho tiempo. Lo que inicié como una empresa posible y sostenible ha ido ersionándose en mi olvido durante los últimos tres meses.

He sufrido algunas crisis severas, en las que las manías han cobrado mayor protagonismo de lo habitual. No me entretendré en describirlas, sólo adelantaré que en el crucero hacia mi estabilidad, mi recuperación ha zozobrado. En términos médicos, he experimentado oscilaciones mucho más rápidas de lo habitual, sobre todo en el último mes y medio, aunque estos síntomas quizá se puedan reconocer desde mayo del año pasado. No quiero seguir extendiéndome, lo haré en próximas entradas, pero mi psiquiatra no ha sido de gran ayuda esta vez, no me ha ofrecido acertadas garantías en mi tratamiento y, en mi opinión, ha negligido en algunos plazos y ciertas pruebas médicas. Todo suena demasiado confuso, lo sé. Pronto lo aclararé y pondré cada idea en su sitio.

Simplemente quiero acabar con un buen sabor de boca este párrafo y decir que mi estado de ánimo se ha restablecido dentro de una zona de confort y en un margen bastante controlable. Me asusta bastante el reto al que me enfrento, pues quizá mi diagnóstico evolucione hacia un lugar que nunca hubiera previsto, la ciclación rápida. Sin embargo, siento, no sé como, que gracias a una mezcla de voluntad y rabia he retomado el control de mi salud mental.

Me doy las gracias por salvarme la vida, una vez más.

 

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La chica del viernes

17 Nov

A veces invades a mi cerebro ocioso en los momentos menos propicios, cuando no hay más evidencia que la de rendirse a cierto sentimiento, un hormigueo renovado que se mueve entre la flaqueza de la razón y el deseo del gozo.

Y es que mis días se componen de instantes ya previstos, sin los riesgos que le parecían pertenecer a la suerte. Hasta ahora he tratado de guiarme por la razón, con los trucos que sólo los solitarios conocemos. Tras las peores acometidas del desquicio, la marea por fin da una tregua, y todo deja paso a la calma y el ocaso. Aunque sigo acomodado en mi ordenado mar de dunas, estos últimos amaneceres me han descubierto un reguero de huellas desconocido. Es un corto recorrido de pisadas, apenas la leve presión de unos pies de mujer contra la arena. Conozco de antes esas marcas intrusas, otras ya han osado a bañarse en mis aguas. Pero esta vez no voy a remover la arena, no vaya a ser que desdibuje tu camino andado y no puedas encontrarme de nuevo.

Me da miedo fracasar en mis relaciones, lo confieso. Últimamente hay quién me ha amado, pero sólo el tiempo justo. Existe un largo camino que nace de la urgencia del tacto y del deseo, pero que siempre se detiene ante el temor de nuevas y mayores complicaciones. Complicaciones de un mundo complicado, complicaciones de personas complicadas; una redundancia casi infinita que perpetúa la soledad.

El tiempo pasa y mis necesidades crecen, cambio la sed por el alimento del alma. Sí, el alma, ese apéndice tumoral que parece despertar en la cuadrícula de los días. Los sentimientos siempre yacen escondidos para aquellos que sólo creemos en lo lógico y racional.

Y sin atender al peligro, digo que ya no más me quiero despertar solo en mi playa. Por una vez, quiero formar parte de alguien. Esas huellas están ahí por algo, una señal que anima a la búsqueda del otro, a un íntimo deseo de comprender y ser comprendido, y de recibir caricias en el ejercicio de ese derecho.

Aquel viernes me comprendí a mí mismo, un poquito más. Aunque sin ningún propósito al principio, deseé alargar más el final, quedarme un rato más largo. Me reflejé en tu sencillez y me percaté de lo controlada y aséptica que puede llegar a ser mi vida. Por un momento, vi florecer una amapola en la fisura del hormigón.

Sé que sólo eres la chica del viernes, sé que somos tan desconocidos como al principio, pero has certificado en mí la muerte de la razón, porque la razón no puede responder a los sentimientos, ni este viernes, ni ningún viernes. Torpemente, elijo las palabras de mi boca, temblorosas e inconclusas; espero no haberte dado malas indicaciones, y que estas palabras escritas en la arena te hagan volver.

 

Víctima de lo social

17 Nov

Ahora todo parece menos grave. La historia mía, y por ende, la de los que me rodean, es mucho más insignificante. Que la enfermedad ya no me domina es un hecho, ya no soy una víctima de mis relaciones sociales. Lejos quedan todos mis problemas de comunicación, y lejos también queda aquella protectora marginación que me obligaba a quedarme en casa cuando intentaba recomponer una mínima vida social, sin el mayor atino que acabar dibujando una escena lastimera tumbado en el sofá de mi casa, alimentada con excusas y mentiras. En muchas ocasiones apuré hasta el últimísimo momento, el recurrido “es que no puedo salir por esto o por lo otro”; con falsos pretextos, cambiaba de parecer incluso justo antes de atravesar la puerta, como si esconderse fuese la única manera de guarecerse de la lluvia.

A pesar de todo ello, mi círculo de amistades siempre ha permanecido fiel, y nunca se ha llegado a romper ese vínculo y aprecio convencional con el que se comprometen los amigos de la infancia, pero la calidad y fortaleza de estas relaciones perdió mucho con el paso del tiempo. Esa amistad que se gana tomando cafés, viajando juntos hacia un mismo lugar, transitando lugares comunes y, en definitiva, compartiendo los momentos de júbilo en fiestas y encuentros, por muy triviales que estos me pareciesen. Con este deterioro inexorable en lo social, uno va perdiendo poco a poco el carisma, ese aura que a todo el mundo lo abriga —esa capa que debe construirse con el afecto— parece apagarse, y la apariencia, la propia identidad, se transforma en invisible.

Pero la depresión es una ola que arrastra con todo, que llama sin preaviso y acaba por ahogar a uno bajo las sábanas. Qué remedio. No podía hacer nada más, me veía inoperante al intentar atacar estas situaciones. La desgana, la insatisfacción constante y un insomnio persistente impedían construir una fachada resistente con la que afrontar mis compromisos sociales. Y digo afrontar, porque no hay mejor verbo que exprese cuál era mi única salida. En aquellos días era muy difícil alcanzar satisfacciones personales, la noción del placer era algo completamente desvirtuado y mis propósitos no debían sino conformarse sólo con el fingimiento, con el mero acto de la presencia e intentando no perder la compostura en el momento y lugar. Pero aunque estuviese rodeado por millares de amigos, dentro de mí sólo circulaba sufrimiento y pena. Por eso, antes que fingir o que lo notasen los otros, elegía quedarme en casa y no salir. Sé que fueron muchas oportunidades perdidas, pero con la montaña rusa en la que vívía montado, no me podía permitir tampoco saborear una alegría momentánea, sabiendo que pronto se esfumaría en el camino de vuelta a casa.

Recuerdo perfectamente aquellas épocas en las que yo intentaba ser uno más del grupo sin llegar a conseguirlo nunca. Fueron una adolescencia y una primera juventud difíciles, donde intentaba acoplarme cómo mejor podía a los cambios propios de esas edades. Sin embargo, el trastorno se convirtió en una mochila que iba cargando con piedras del propio camino. Eran épocas de descubrimientos, de probaturas en el sexo y las drogas, en las que normalmente todos mis amigos, que compartíamos años y aventuras, seguíamos caminos paralelos, buscando subir al mismo ritmo que nuestra efervescencia biológica. Pero así como ellos eran capaces de desandar lo vivido, yo siempre tomaba senderos en los que me perdía, mi luz se apagaba. La vida siempre ofrece algo de estimulante que anima a avanzar, pero yo percibía cada vez menos esa luz que guía para adentrarme más en un túnel. La risa natural, el saber encajar los acontecimientos vitales, la gracia de vivir, se convirtieron en mí en un gesto forzado, en una cuesta siempre empinada. Ellos maduraban de forma normal, adecuada al ritmo y la semejanza de personas de nuestra edad, sabían encajar sus errores y aciertos, pero yo, sin embargo, me desplazaba. No aprendía porque era como aquél insípido, que muere de hambre no por no comer, sino por no poder apreciar los sabores. Hubieron muchos intentos vanos por alcanzar esa pretendida normalidad, fines de semana en los que el alcohol y las drogas me catapultaban a un efímero bienestar para después fragmentarme en mil pedazos en la caída. La falta de satisfacción (anhedonia) y las largas noches de insomnio acabaron por rematar mis ganas de salir. Así, entre el miedo a descontrolarme y la apatía dejé de salir definitivamente. Me perdía cada vez más cosas, las que sólo se aprenden en las calles de la vida, las que caracterizan una picardía que nunca entendí, pero que debe ganarse con el tiempo, para no salir siempre malherido. Por aquel entonces me encontraba muy desarmado, impotente al no poder completar la felicidad en mis relaciones personales o mis noviazgos; fueron también años de incomprensión, de insensibilidad y de una gran soledad. Años en los que tuve que dejar novias, años en los que me perdí nocheviejas con mis amigos, años de divagar solo por las calles. Mi vida social llegó a estar rota aunque era eso o salir y desequilibrarme aún más, no tenía muchas más opciones.

Pero gracias a la suerte y el esfuerzo, todo eso ha quedado muy atrás. El primer paso —quizás el único— para sentirme comprendido entre la multitud, era comprenderme a mi mismo. Ahora salgo a la calle sin doblegar la cabeza, ni tampoco levitando a tres palmos del suelo; soy alguien equilibrado dentro de la manada al que, de una vez por todas, le sirve la experiencia vivida. Conozco las corrientes de agua y sé cómo aprovecharlas. Nunca será nada igual, por supuesto hay muchas cosas personales que he perdido irreversiblemente, pero lo importante es que he sobrevivido en esta jungla de personas, aunque haya sido a base de machetazos.

 

Sergio Saldaña: “Resistencia”

4 Nov

Interesante artículo desde el blog “Tengo Trastorno Bipolar” de Sergio Saldaña. Altamente recomendado para comprender, a través de una visión personal, sobre cómo llevar la enfermedad en un contexto familiar, donde las situaciones desagradables son recurrentes en el seno del círculo enfermo-cuidadores. Una acertada opinión, a base de crudos consejos, sobre la impotencia que genera este trastorno, tormentoso y doloroso, y que arrasa con todo y con todos.

En palabras del propio autor:

“[…] Y el que quiera un final feliz, que se compre un mono. Esta es una historia de resistencia y dolor. Pero sobre todo es una historia de sacarle jugo a la vida entre una crisis y otra, de trabajar por uno mismo y por los que procuran hacerlo más fácil.”

Lectura recomendada: “RESISTENCIA“.

Pastilla ayuda

19 Oct

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La semana pasada tropecé con cierta visión: en el escaparate de un comercio cercano había colgado un cartel en el que se leía «Se necesita ayuda. Aprende a escucharte a ti y a los demás». Luego, leyendo con más detenimiento, me percaté que era una especie más de las miles de ofertas de cursillos y seminarios de autoayuda, avalados por gurús, asociaciones alternativas u otras pseudociencias.

Tras iniciar mi marcha de nuevo, el lema que titulaba el anuncio estuvo resonando largo rato en mi cabeza, y empecé a pensar. Me hizo reflexionar sobre la importancia de buscar ayuda adecuada, y fue inevitable relacionarlo con mi trastorno. También medité sobre el valor de compartir con otros la experiencia propia de la enfermedad. Ser capaz de contar tu vivencia y exponerte al juicio de terceros revela, en primer lugar, una gran fuerza y convicción por parte del enfermo, y exige depositar una gran confianza en otras personas.

Uno no se da cuenta de ello, pero cuando se dedica un tiempo, por mínimo que sea, a compartir con otros por todo aquello que has pasado, lo que realmente hace no es un simple triste relato de anécdotas, sino ayudarse a sí mismo. Aun así, la experiencia me dice que una exposición pública total de mi enfermedad no es nada aconsejable. El mejor término, va dirigido a aquellas personas que formen parte de un circulo íntimo de confianza, con una sensibilidad suficiente para entender las vicisitudes pasadas y, sobre todo, que estén prestas a oírnos. Siempre hay algo de incalculable en el valor de aquellas personas que saben escucharte.

Con mayor frecuencia en las temporadas de depresión, las “confesiones” con el prójimo, ayudan a alcanzar a ver, incluso para el que escucha, que no hay nadie en este mundo que no necesite ayuda en algún momento, aunque sea simplente hablando. Yo, como enfermo, he llegado a emocionar y sensibilizar a muchas personas cuando les contaba mi situación, pero no porque me mostraran consuelo con una voluntariosa empatía, pena o compasión, cosa que agradezco. Todo lo contrario, yo les he visto derramar lágrimas aún más profundas que las mías ya que, de lo que en realidad se daban cuenta, es de que ellos también son —a su manera— personas afligidas, heridas. Sin embargo, el mero hecho de encontrarme derrumbado, y exponerme ante ellos con un evidente abatimiento, les supuso una oportunidad única para confesarse ellos mismos, alcanzando unas cotas de entendimiento mutuo mucho más allá de los pretextos iniciales que motivaron el hecho inicial de relatar mis “pequeños grandes problemas” a un amigo. Sin duda, existe una grandísima carga terapéutica en abrirse a los demás y dejar que éstos se abran contigo a su vez.

Conforme mi enfermedad ha ido desarrollándose, he ganado en seguridad, especialmente en la gestión de su exposición social. Aunque, como he dicho, la búsqueda de apoyo en otros ha sido muy selectiva, la recurrencia a buscar ayuda a los demás exige una cierta precaución. Me refiero, en concreto, a los beneficios que se pueden obtener en grupos de ayuda especializados, o en asociaciones de apoyo a enfermos de este tipo. Mi experiencia basada en varios meses de asistencia, ha tenido un balance muy positivo, pues aunque haya interrumpido mi continuidad, ha abierto un gran camino de esperanza para salir de mi propio túnel. Ya hace tres años que empecé asistir a las reuniones de la AVTB (Asociación Valenciana de Trastorno Bipolar), pero los pocos meses que estuve en contacto con especialistas y otros enfermos, me otorgaron herramientas indispensables para lograr una recuperación que, a día de hoy, conforma una realidad verificable. Aunque en cierto momento tomé conciencia de sus limitaciones -las de asisitir a la asociación-, agradezco eternamente las capacidades de autogestión que me ayudaron a desarrollar, convirtiéndome en un ser más autónomo y solvente. Ahora venzo diariamente a una enfermedad con una suficiencia que hubiera sido inédita años atrás.

Como conclusión personal, el tomar cierto tiempo para ayudar a los demás me ayuda a mí mismo. Ya sea desde una posición u otra, la de ayudado o la de que ayuda, no sólo me permite centrarme, sino contribuir a una armonía social, como uno de los grandes paliativos al dolor que a veces siento.

Una persona que te escucha siempre te va a ofrecer la mejor de las pastillas.

 

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