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Desde el 13 de enero

24 Mar

Desde el 13 de enero no escribo nada, y mi proyecto de bitácora vital parecía abandonarse como un viejo trasto inútil. Hasta estas palabras que escribo no había reparado en ello, pero ha pasado mucho tiempo. Lo que inicié como una empresa posible y sostenible ha ido ersionándose en mi olvido durante los últimos tres meses.

He sufrido algunas crisis severas, en las que las manías han cobrado mayor protagonismo de lo habitual. No me entretendré en describirlas, sólo adelantaré que en el crucero hacia mi estabilidad, mi recuperación ha zozobrado. En términos médicos, he experimentado oscilaciones mucho más rápidas de lo habitual, sobre todo en el último mes y medio, aunque estos síntomas quizá se puedan reconocer desde mayo del año pasado. No quiero seguir extendiéndome, lo haré en próximas entradas, pero mi psiquiatra no ha sido de gran ayuda esta vez, no me ha ofrecido acertadas garantías en mi tratamiento y, en mi opinión, ha negligido en algunos plazos y ciertas pruebas médicas. Todo suena demasiado confuso, lo sé. Pronto lo aclararé y pondré cada idea en su sitio.

Simplemente quiero acabar con un buen sabor de boca este párrafo y decir que mi estado de ánimo se ha restablecido dentro de una zona de confort y en un margen bastante controlable. Me asusta bastante el reto al que me enfrento, pues quizá mi diagnóstico evolucione hacia un lugar que nunca hubiera previsto, la ciclación rápida. Sin embargo, siento, no sé como, que gracias a una mezcla de voluntad y rabia he retomado el control de mi salud mental.

Me doy las gracias por salvarme la vida, una vez más.

 

En el mejor de los casos

12 Jan

Cuando uno atraviesa un período maníaco es bastante obvio imaginar lo tentador que resulta seguir obedeciendo a los códigos del placer. Por todos los medios, la persona que vive una manía intenta justificar la búsqueda de un mismo fin: la permanencia en el estado de euforia. Y cabe decir en mi opinión, y en contra de muchos que argumentan que una manía es en todo su recorrido negativa, que ésta verdaderamente revela su peor cara sólo en su parte última de latencia, cuando la euforia culmina con una sintomatología bastante reconocible: exaltación, desinhibición, ansiedad, humor elevado, celeridad, fuga de ideas, hiperempatía, hipersensibilidad y una acusada labilidad emocional, dentro de un largo etcétera de síntomas y conductas temerarias, contaminadas casi siempre por un acusado sentimiento altruista.

Sin embargo como digo, creo firmemente que la manía es sobre todo una fase estimulante. Quizás el maníaco no se plantee dudas tan serias sobre las emociones vividas durante su episodio, como sí hace durante las depresiones por el contrario, etapas éstas en las que precisamente prevalece el anhelo por alcanzar cotas de bienestar más elevadas. En la manía, almenos en mi caso, se corresponde la satisfacción de lo vivido con el deseo que acaba generando esta vivencia; lo más curioso es que la coyuntura y el escenario que se recrean en el episodio maníaco son, normalmente accidentales, no buscados. En otras palabras, la euforia en los que por momentos se recrea, es beneficiada por la inconsciencia del sujeto, en tanto en cuanto éste no pueda reconocer en sí mismo la anormalidad de su conducta. Así, para el que esta en dicha fase, las emociones se potencian de una manera exagerada, buscando en cada momento alimentar esa necesidad vital para no bajarse del tren de la alegría y la satisfacción. Y toda esa motivación se convierte, en un inicio, en una corriente positiva que se irá materializando hacia determinadas actitudes que se viciarán y volverán compulsivas. Al mismo tiempo, si durante esta fase se registran determinadas situaciones de éxito, por ejemplo en lo personal y profesional, se establece una correspondencia perfecta que tenderá a reforzar el vínculo entre lo que se hace y lo que se anhela y, por tanto, a estar estimulado constantemente, desdibujando ya la frontera entre “lo que se hace y adónde se dirige” y “el porqué se hace y cómo se dirige a satisfacer sus deseos”. Contra más tiempo se permanezca expuesto a este dilema siempre resuelto, más reforzada continuará esa realidad virtual, cuya recompensa en la conquista constante de los sentidos tiene de por sí una fecha de caducidad. La manía siempre se termina más tarde o más temprano.

El verdadero problema, como he dicho, recae en la falta de reconocimiento de conductas y comportamientos que empiezan a ser claves para identificar la manía. A pesar de que la euforia y otros síntomas endógenos son deliberadamente subjetivos, existen otros síntomas que se pueden valorar más objetivamente y son más patentes, destacando la disminución de la necesidad de dormir y el número de horas de sueño como algunos de los ejemplos más claros.

Por eso, yo como enfermo con TAB que ha experimentado bastantes episodios maníacos, me atrevo a aconsejar a todos aquellos que sufran los envites de una manía pasada que para la próxima —y en general, algo aplicable para su vida—, sería que no se dejen engañar por sus emociones, que determinen por su propia experiencia el umbral de “felicidad” que estén dispuestos a asumir, y que hagan un análisis consecuente de todas sus conductas repetidas en cada manía y a qué desencadenantes se deben.

Si uno es capaz de hacer un análisis calmado y objetivo de su situación, las manías serán algo más fácil de gestionar, aunque parezcan inevitables en muchos casos, y a largo plazo se lograrán garantías para no sufrir oscilaciones de tanta intensidad. El desarrollo de estrategias, trucos personales y la higienización de los estilos de vida, son premisas muy adecuadas para mejorar la calidad de vida del enfermo.

3 miligramos de Risperdal

21 Dec

La única forma de volver a empezar siempre es la sensatez. La sensatez propia de la calma, de la marea baja, la que deja esa arena blanda y pastosa que no es sino un juguete sensorial para la planta del pie. Hacía tiempo que no recordaba esa sensación. Y es que quizás he vivido demasiado tiempo alejado de la orilla, perdiendo la noción de aquello que realmente va y viene con la vida, igual que el devenir de las olas que besan mis pies, alineados con la primera línea de la playa.

Han sido tres miligramos de Risperdal los que me han hecho recordar la esencia más completa de la vida, esa que se olvida cuando llevas demasiado tiempo fuera de las aguas. Tan solo una pastilla me separaba del baño de realidad que cada día me prohibía. La ficción del chiringuito y la vida entendida como una fiesta ha desaparecido; ya son varios los días en que la irracionalidad que transmitían mis actos va abandonándome. Los colorines y el confeti quedan atrás, como cuando se abandona la sala en plena juerga y uno mismo escapa del frenesí con las suelas de los zapatos pegajosas, asqueado en cada paso con un pegamento artificial traído por el alcohol barato y la ceniza, por la suciedad de un lapso nocturno al que ya no más se quiere pertenecer. Al girar la cabeza, se comprende perfectamente que devolverse a la cordura de la vigilia y el sol es la única opción que queda, la de volver al cobijo nocturno de la cama, la de una retirada a tiempo.

Y es la risperidona la que me aletarga, la que me ha puesto en una segura posición de guardia. Me ha fortalecido. Ya no peligra el rumbo de mi cabeza, ya no hay miedo a enloquecer, a desesperar en vida.

Aunque he recuperado la lucidez, a veces siento que mis luces se difuminan un poco en la niebla, pero simplemente es un pequeño cortocircuito, un susto prudente a mis eufóricas ambiciones. Esta pastillita me permite saber estar en el momento y lugar, sin necesidad de romper los esquemas, sin el temor a llegar al ridículo.

Pasan los días y va quedando lejos aquel estrépito tembloroso que queda tras la manía. En muchas ocasiones, mis pensamientos se descolocan y desguarecen sus defensas, como piezas de ajedrez dispuestas a recibir un jaque en el próximo movimiento, pero he conseguido evitar los envites más dolorosos.

Prefiero la cuarentena. La red de mis neuronas se reordena, y su conexión comienza a fluir de nuevo como la electricidad después de un gran apagón. Las estrellas ya no son la única guía. Puedo encender mis propias luces y eso es gracias al Risperdal, un comprimido amarillo que me salva a diario de caer de la cuerda floja.

Gracias doctora.

 

Víctima de lo social

17 Nov

Ahora todo parece menos grave. La historia mía, y por ende, la de los que me rodean, es mucho más insignificante. Que la enfermedad ya no me domina es un hecho, ya no soy una víctima de mis relaciones sociales. Lejos quedan todos mis problemas de comunicación, y lejos también queda aquella protectora marginación que me obligaba a quedarme en casa cuando intentaba recomponer una mínima vida social, sin el mayor atino que acabar dibujando una escena lastimera tumbado en el sofá de mi casa, alimentada con excusas y mentiras. En muchas ocasiones apuré hasta el últimísimo momento, el recurrido “es que no puedo salir por esto o por lo otro”; con falsos pretextos, cambiaba de parecer incluso justo antes de atravesar la puerta, como si esconderse fuese la única manera de guarecerse de la lluvia.

A pesar de todo ello, mi círculo de amistades siempre ha permanecido fiel, y nunca se ha llegado a romper ese vínculo y aprecio convencional con el que se comprometen los amigos de la infancia, pero la calidad y fortaleza de estas relaciones perdió mucho con el paso del tiempo. Esa amistad que se gana tomando cafés, viajando juntos hacia un mismo lugar, transitando lugares comunes y, en definitiva, compartiendo los momentos de júbilo en fiestas y encuentros, por muy triviales que estos me pareciesen. Con este deterioro inexorable en lo social, uno va perdiendo poco a poco el carisma, ese aura que a todo el mundo lo abriga —esa capa que debe construirse con el afecto— parece apagarse, y la apariencia, la propia identidad, se transforma en invisible.

Pero la depresión es una ola que arrastra con todo, que llama sin preaviso y acaba por ahogar a uno bajo las sábanas. Qué remedio. No podía hacer nada más, me veía inoperante al intentar atacar estas situaciones. La desgana, la insatisfacción constante y un insomnio persistente impedían construir una fachada resistente con la que afrontar mis compromisos sociales. Y digo afrontar, porque no hay mejor verbo que exprese cuál era mi única salida. En aquellos días era muy difícil alcanzar satisfacciones personales, la noción del placer era algo completamente desvirtuado y mis propósitos no debían sino conformarse sólo con el fingimiento, con el mero acto de la presencia e intentando no perder la compostura en el momento y lugar. Pero aunque estuviese rodeado por millares de amigos, dentro de mí sólo circulaba sufrimiento y pena. Por eso, antes que fingir o que lo notasen los otros, elegía quedarme en casa y no salir. Sé que fueron muchas oportunidades perdidas, pero con la montaña rusa en la que vívía montado, no me podía permitir tampoco saborear una alegría momentánea, sabiendo que pronto se esfumaría en el camino de vuelta a casa.

Recuerdo perfectamente aquellas épocas en las que yo intentaba ser uno más del grupo sin llegar a conseguirlo nunca. Fueron una adolescencia y una primera juventud difíciles, donde intentaba acoplarme cómo mejor podía a los cambios propios de esas edades. Sin embargo, el trastorno se convirtió en una mochila que iba cargando con piedras del propio camino. Eran épocas de descubrimientos, de probaturas en el sexo y las drogas, en las que normalmente todos mis amigos, que compartíamos años y aventuras, seguíamos caminos paralelos, buscando subir al mismo ritmo que nuestra efervescencia biológica. Pero así como ellos eran capaces de desandar lo vivido, yo siempre tomaba senderos en los que me perdía, mi luz se apagaba. La vida siempre ofrece algo de estimulante que anima a avanzar, pero yo percibía cada vez menos esa luz que guía para adentrarme más en un túnel. La risa natural, el saber encajar los acontecimientos vitales, la gracia de vivir, se convirtieron en mí en un gesto forzado, en una cuesta siempre empinada. Ellos maduraban de forma normal, adecuada al ritmo y la semejanza de personas de nuestra edad, sabían encajar sus errores y aciertos, pero yo, sin embargo, me desplazaba. No aprendía porque era como aquél insípido, que muere de hambre no por no comer, sino por no poder apreciar los sabores. Hubieron muchos intentos vanos por alcanzar esa pretendida normalidad, fines de semana en los que el alcohol y las drogas me catapultaban a un efímero bienestar para después fragmentarme en mil pedazos en la caída. La falta de satisfacción (anhedonia) y las largas noches de insomnio acabaron por rematar mis ganas de salir. Así, entre el miedo a descontrolarme y la apatía dejé de salir definitivamente. Me perdía cada vez más cosas, las que sólo se aprenden en las calles de la vida, las que caracterizan una picardía que nunca entendí, pero que debe ganarse con el tiempo, para no salir siempre malherido. Por aquel entonces me encontraba muy desarmado, impotente al no poder completar la felicidad en mis relaciones personales o mis noviazgos; fueron también años de incomprensión, de insensibilidad y de una gran soledad. Años en los que tuve que dejar novias, años en los que me perdí nocheviejas con mis amigos, años de divagar solo por las calles. Mi vida social llegó a estar rota aunque era eso o salir y desequilibrarme aún más, no tenía muchas más opciones.

Pero gracias a la suerte y el esfuerzo, todo eso ha quedado muy atrás. El primer paso —quizás el único— para sentirme comprendido entre la multitud, era comprenderme a mi mismo. Ahora salgo a la calle sin doblegar la cabeza, ni tampoco levitando a tres palmos del suelo; soy alguien equilibrado dentro de la manada al que, de una vez por todas, le sirve la experiencia vivida. Conozco las corrientes de agua y sé cómo aprovecharlas. Nunca será nada igual, por supuesto hay muchas cosas personales que he perdido irreversiblemente, pero lo importante es que he sobrevivido en esta jungla de personas, aunque haya sido a base de machetazos.

 

Sergio Saldaña: “Resistencia”

4 Nov

Interesante artículo desde el blog “Tengo Trastorno Bipolar” de Sergio Saldaña. Altamente recomendado para comprender, a través de una visión personal, sobre cómo llevar la enfermedad en un contexto familiar, donde las situaciones desagradables son recurrentes en el seno del círculo enfermo-cuidadores. Una acertada opinión, a base de crudos consejos, sobre la impotencia que genera este trastorno, tormentoso y doloroso, y que arrasa con todo y con todos.

En palabras del propio autor:

“[…] Y el que quiera un final feliz, que se compre un mono. Esta es una historia de resistencia y dolor. Pero sobre todo es una historia de sacarle jugo a la vida entre una crisis y otra, de trabajar por uno mismo y por los que procuran hacerlo más fácil.”

Lectura recomendada: “RESISTENCIA“.

Objetividad y optimismo

20 Oct

El hombre razonable y lógico siempre juega seguro. Ve las cosas tal y cómo son, y no se compromete mucho con los deseos. La imparcialidad más ortodoxa rechaza ferozmente las emociones y deseos, pues de otra manera no la consideraríamos suficientemente imparcial, y por tanto dejaría de tener su recto sentido. Cualquier frontera que rompa sus finos márgenes, habilita al ser humano a creer, a someterse involuntariamente a las emociones. Optimista es aquél cuya actitud no es trazada por la línea recta, sino que disfruta del camino y sabe valorar cada una de las paradas que hace. Para él, los fracasos no son una pérdida de tiempo. Optimista es aquel que guarda la esperanza de abrazar un mañana mejor, a pesar de lo malo.

Existen una gran serie de factores que influyen en la adopción de una tendencia u otra. No se trata de una preferencia, sino quizás una mezcla de suerte y experiencias, que dispondrán al individuo en uno u otro sentido, e incluso a veces, le permitirá compartir, con múltiples ponderaciones, objetividad y optimismo al mismo tiempo.

Se necesita coraje y valentía para lograr tener una mente flexible, adaptativa; a ésta se le exige asentarse con gran disciplina sobre principios sólidos, que no cedan ante interpretaciones convencionales de la realidad, aunque en muchas veces no se puedan evitar. En una mente joven e inmadura, por ejemplo, los miedos y la ansiedad son claros reflejos carencias de adaptación y un viraje más proclive hacia las emociones. Pero se entiende perfectamente como todos podemos ser víctimas de faltas en nuestras habilidades, al con un corto conocimiento experto del tema. Nadie es perfecto, y menos en el control de sus emociones. Prever con éxito situaciones de dificultad personal es una tarea vasta e imposible. Partiendo de esa imperfección natural del ser humano, se evidencia un estrecho alcance de nuestras defensas naturales, ante el futuro que a cada persona le depare su enfermedad.

La objetividad es la cualidad de ver los hechos tal y como son. Se trata de una habilidad que deja las preferencias personales a un lado, y permite evaluar una situación de la manera más “correcta” posible. Por su parte, el optimismo tiene más que ver sobre lo que la persona hace con las observaciones de esos propios hechos. Es decir, se trata de una actitud activa, más que de un código predeterminado.

Si lo suscribiéramos en al trastorno bipolar, la objetividad permitiría, por ejemplo, que un individuo hipomaníaco fuera capaz, por sí solo, de apercibirse de que se encuentra “ligeramente subido”, notando una creciente sensación de placer, un comportamiento expansivo con pensamientos y una forma de hablar exacerbada, antes de que sus síntomas derivaran en un cuadro manifiestamente peligroso y ya menos reversible (hipersexualidad, adicciones del comportamiento, agresividad, etc.). Un autoanálisis adecuado de su propia situación, facilitado con un sistema de alertas bien diseñado, cortaría en gran medida las probabilidades de ver crecer su manía.

Un enfermo optimista, en cambio, debe tener cuidado con sus observaciones. Se trata de una clara advertencia, a pesar de que el enfermo se encuentre anímicamente mejor, fuera del riesgo de depresión, o bien tenga una predisposición más positiva, que le proteja de las recaídas. A pesar de que dicha actitud pueda ayudar a consolidar un nivel de bienestar personal más alto, las alertas no son sino mucho más importantes en este caso. A diferencia de los cuadros de manía, la depresión siempre es fácil de detectar por el entorno o los cuidadores, pero fuera del espectro depresivo, el mayor peligro radica entre “estar bien” o “estar mejor”. En otras palabras, el enfermo hipomaníaco (incluso eutímico) puede empezar a negligir en su conducta casi sin darse de cuenta, cuando éste crea que simplemente està actuando de la mejor manera. Por lo tanto, el optimismo es una actitud necesaria, que influye muy positivamente en el proceso de toma de decisiones de la persona, pero a la que se deben poner límites también; para que ninguna  empresa se convierta en una alocada acometida, se debe hacer una correcta valoración de todos sus frentes, preponderando las objeciones que provengan de la mera decisión personal, pues ahí se puede encontrar el verdadero cambio de ciclo. Es decir, si la nueva decisión va a suponer un cambio positivo y, además, si ésta se ha tomado en una escena personal también favorecedera, de lo que realmente hay que desconfiar es de este impulso optimista. ¿Hasta qué punto el optimismo no es un desencadenante?

Así pues, la objetividad sí que ofrece mayor consistencia en la construcción de herramientas y mecanismos para gestionar la enfermedad; mientras que, el optimismo ; y por ende el pesismismo, son armas que sirven también para hacer cambiar nuestro estado de ánimo, con independencia de las circunstancias, y que permite tomar parte activa al enfermo. En otros términos, no se pueden controlar las circunstancias, pero si controlar la actitud. El mejor de los equilibrios se diseña con un código que permita entender la realidad tal y como es y con una actitud “suficientemente” optimista para avanzar.

En resumen, yo señalaría algunas directrices fundamentales: orientar al enfermo a eliminar las construcciones mentales más irracionales, y ayudarle a erigir un código objetivo más sólido en el entendimiento de sus conflictos personales y sociales. Al mismo tiempo, hacerle consciente del poder de la actitud. La elección de actuar de manera optimista, por mucho que cueste alcanzar a entender (sobre todo en fases de depresión), es la mejor prueba de vida para liberar del secuestro a nuestras propias emociones. Aunque el papel de la medicación prescrita sea irreemplazable, una buena actitud permite iniciar un camino, que está lleno de pequeños cambios en positivo.

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