Tag Archives: amor

Eli

7 Aug

Al entrar en el comedor, la imagen de madre amantísima se proyectó sin excepción sobre todos los asistentes. En brazos portaba a su hija, una niñita rubia de rizos rebeldes y que se acurrucaba albergando un aura inmaculada. Su carita se arremolinaba contra la blusa de mamá, que complacida lucía una sonrisa radiante en un rostro de grandes ojos, perfilados bajo un sutil maquillaje. La levísima máscara de la pintura antojaba una belleza natural y tímida; sin ella puesta, hubiera robado la mirada de cualquier hombre desatento.

Eli era una de las corredoras más deseadas. Entre el grupo de hombres solían hacer comentarios subidos de tono acerca de todas las mujeres del club de atletismo, sobre todo de las solteras, y en especial de las madres solteras. Sin embargo, aún estando emparejada, Eli era el destino de muchas de las morbosas observaciones y fantasías sexuales —fanfarronadas inofensivas— del personal masculino. Su peculiar comportamiento, muy independiente y con aire resuelto y decidido, la hacía coincidir poco con su pareja, y sí con frecuencia con el resto de hombres que, en tropel, copaban los entrenamientos. Además, tenía un carácter competitivo y amaba el deporte que practicaba. Su gran facilidad en el trato la hacía presentarse a los demás con una cara amable que se tornaba exageradamente graciosa, al comprobar el acento andaluz que expelían sus labios. Sabía lucir sus piernas bonitas y tersas, bien bronceadas, y el ejercicio físico y sus ganas por cuidarse hacían a un cuerpo vigoroso como el suyo, aligerar con facilidad sus treinta y tres años y paridos dos hijos estupendos.

Aunque avanzó unos pasos, Eli no tuvo tiempo para saludos ni presentaciones. Mientras la niña aún chupeteaba su pequeño pulgar, pudo zafarse de la criatura con una ternura tal que, Lara —de apenas tres años de edad—, parecía haber sido arrancada dulcemente de un cuento de hadas, pero sin distraerse ni un ápice de la invisible y cómoda sensación del regazo al que se aferraba con capricho. Para cualquier otra niña de su edad —y, como ella, que viva en exceso apegada a la atención de su madre— romper el mínimo vínculo hubiera supuesto un torrente de berrinches. Sin embargo, Lara siempre mostraba una gracia singular y sofocaba cualquier conflicto con una sonrisa impagable, y lo hacía con los ademanes andaluces heredados de su familia materna: «!Ay, mi shosho!», solía repetir al punto en que todos los presentes rompían a carcajadas.

Tan pronto su pie tocó el suelo, Lara se puso a corretear entre las dos largas mesas dispuestas en el salón, primero en compañía de Dani, el hermano mayor que por natural afinidad se adelantaba al ímpetu de su hermana, a base de estirar y agarrar su ropa con una insistencia de la que desistió finalmente sin éxito. Durante largo rato, los hermanos cercaban a su madre aquel ambiente febril y caluroso de verano, pero ambos decidieron más tarde unirse al resto de los niños y niñas —hijos de otras parejas—, para entregarse a la improvisación y el juego. Pronto se montó una algarabía bien formada que se agitaba subiendo y bajando las escaleras, corriendo, deslizándose bajo las mesas, provocando más de un percance con algún camarero…, toda aquella colección de brotes inocentes y puros, la inocente chiquillada, era ajena a los juegos más serios y el contrapunto lejano y ruidoso de las confabulaciones que únicamente los adultos pueden dirimir.

Ligeramente desplazada, tan lejos de una mesa como de la otra, Eli permaneció momentáneamente presa de la soledad; con una expresión queda se abandonaba hacia una leve tristeza mientras su hija le soltaba la mano. Al aparecer su prometido y alcanzarla, compuso nerviosamente una sonrisa y abrió los ojos en busca de nuevos focos donde hallar alguna distracción. Cuando se dejaban ver, Eli siempre era la que tomaba la iniciativa en todo, y él la secundaba con resignación pero la intentaba dominar. No era difícil sorprenderlos tratándose con frialdad, aunque con la tácita pretensión de cumplir una deliberada apariencia, y corregían al instante cualquier desaire que tuvieran en público. Eligieron dos sillas y se sentaron, no perderían de vista a sus dos pequeños desde aquella esquina de la mesa. Como padres habían construido un hogar ideal para Lara y Dani, pero arrojaban graves dudas de que el vínculo conyugal no pudiera nunca quebrantarse. Las voces de algunos que silenciaban sus secretos, se amplificarían sin remedio después de aquel día. Los círculos de amistades que ambos compartían ya no obviaban la frágil imagen de pareja feliz.

Durante el ágape el comedor iba quedándose pequeño, y a medida que el trasiego de primeros y segundos platos se sucedía, la temperatura abochornaba cada vez más. Desde cualquier asiento, se podía ver a Eli caminando y dirigir miradas cómplices a alguien que la rescatara, que la invitara a sentarse y despachara una charla agradable, que la evadiera del hastío de su compañero. Afanado solo en cumplir la función estética de mero acompañante, él le lanzaba miradas acusadoras desde lo lejos; escrutando el espacio buscaba a su mujer pero solo hallaba un asiento vacío.

En una de sus idas y venidas, Eli interceptó la mirada de un chico, cinco años más joven que ella y que le llamó la atención. Aunque ya le pareció que ambos se observaran de una manera más significativa antes —al entrar, con Lara en sus brazos—, solo se cercioró hasta después del postre de que las miradas que ella lanzaba le eran siempre devueltas. Eli solía subir las cejas y sonreir con timidez; él la acosaba descaradamente con los ojos, fijeza que acompañaba con una osada sonrisa. Ambos fueron escribiendo en el aire un código gestual caprichoso hasta que, casi sin darse cuenta, se hubieron sentado juntos. Los invitados fueron poco a poco despidiéndose hasta que quedó un grupo reducido. Eli no padecía en ese momento la influencia de su pareja, que se ocupaba en cuidar de los pequeños Dani y Lara en la piscina exterior al restaurante. La conversación fue banal, sin mucha trascendencia. Pero las formas lo decían todo: el tono, las preguntas amables de él, las respuestas graciosas de ella… Se sintieron tan cómodos que desearon tocarse las manos, o almenos rozarse bajo la mesa. Pero ella, estaba algo desconcertada, y él, no sabía donde ubicar a cada personaje en la historia. La confusión no bastó para desacalorarlos y siguieron embobados mirándose de soslayo hasta que el novio, con una prisa mal disimulada, la requirió para marcharse a casa. Eli se negó mostrando su desagrado; de nuevo resignado, volvió a la piscina donde sus hijos se secaban parsimoniosamente con la toalla. El joven no entendió bien todo lo que sucedía. Por otra parte, durante toda la comida, Eli trató de devolverse a su silla con una demora notoria y que hiciese sentir molesto al padre. Tras aquella contestación, Eli se levantó de su asiento y se marchó para ausentarse unos minutos. Desde dentro el joven observó cómo volvía, pero esta vez ella se dirigió directamente a la piscina, su exhibición de libertad transitoria había terminado. Se sentó junto a su prometido y, cogiendo la toalla para secar el pelo de su hijo, retomó sus responsabilidades maternas. El sol se reflejaba en la piscina y contrastaba con la realidad incompleta que parecían transmitir sus ojos, ahora tristes. Tras su vuelta, el rubor de sus mejillas desapareció.

Eli siempre se decía a sí misma que no repetiría escenas tantas veces representadas. A pesar de ello, aquel día fue un poco diferente. Desenvolverse entre aquella gente la alegró, y el encuentro accidental con aquel chico, por nimio que fuera, no solo la ánimo, sino que avivó una esperanza apagada. Ese día conoció personas que no la sometían con vehemencia, sintió algo de libertad que su vida personal le robaba constantemente. Hasta ahora podía justificarse por las cargas familiares, y consideraba que para los hijos su sacrificio nunca era baldío; pero otras veces, sin embargo, esa carencia de libertad afirmaba más su propia infelicidad, y para ella la falta de vida propia era totalmente injustificable. Había luchado tanto que no podía creer como sus sueños se habían despedazado tan rápidamente en los once años de vida en común. La construcción de una vida basada en lamentos eran solo consolados por los frutos de su vientre… pero como pareja ya no eran nada.

La vida de Eli se resumía en la constante frustración de no poder enderezarse a su gusto, levantar la cabeza y echar a andar sin los grilletes de su relación. Su anhelo por volver a Sevilla, donde hallaba la verdadera pertenencia de su alma, era siempre obstaculizado por su pareja, que emplazaba a aquella luchadora a una suerte triste y solitaria. Había recorrido un trecho demasiado largo en un camino que se bifurcaba. Y ahora no sabía si regresar, quedarse quieta o tirar para delante. Debía sumar además todas esas desavenencias conyugales que el tiempo había vuelto imposibles de solucionar, porque en palabras de la propia Eli: «Eran imposibles de solucionar». Y estaba presente la herida más profunda de su corazón: la marcha del padre que la había dejado en el sur, no hace mucho, y que se volvía más tierna y desgarrada al retornar a su ciudad cada verano.

Sin darse cuenta el tiempo había empedrado su propio camino y por primera vez se asustó de correr en un terreno conocido al que acechaba el peligro.

Dos hermanos

12 Jul

A veces no hace falta buscar, que caiga sobre las manos una remota foto es casualidad suficiente para que el corazón, sin dejar fallar en su latido, se congele y derrita en un instante. Hay órdenes divinas de detener el tiempo, se las puede ver regateando dentro de caóticos cajones, o aplastadas en álbumes de lomos corpulentos, fotos familiares que yacen siempre escondidas al azar, arbitrando siempre una desdicha: son el montaje perfecto de una película vivida, la de aquellos maravillosos años que nunca volveremos a repetir. Retenemos y amamos la plastificación del pasado con la tácita pretensión de cambiar un malogrado presente. El acto de recordar es una dosis leve de opiáceo, una sola cucharadita destruye momentáneamente la melancolía, eleva nuestras pulsaciones como las de un cachorro excitado.

Veo la foto y mi alma ejercita un exabrupto jocoso, no puedo evitar derramar una lágrima viva en mi interior, mezcla de júbilo y tristeza. Se escapa de mi control aquel momento matemáticamente irresoluble. No es posible explicar tanta belleza contenida en un rectángulo, sonrisas como éstas son ecuaciones difíciles de reescribir para cualquier otro momento.

Mis recuerdos se arrastran con envidia, dos rostros infantiles asoman el reflejo de una esperanza e inocencia rezumando una infinita alegría que nunca se marchitará.

Más allá del papel brillo, mi hermano mayor, el moreno y más alto, me sujeta y abraza relajado. Yo sigo descamisado, en el patio soy todo un correcalles, y según mi madre un malejo. El caso es que ambos sabemos jugar a los piratas y somos inseparables. Carlos, es el capitán del barco, yo Jose Luis, el rubio y pequeñajo, soy un polizón descubierto en cubierta, pero mi hermano, como buen capitán, me perdona y me deja hacer de vigía.

Nuestras poses bien podrían valer lo que mil esculturas de museo. ¿O acaso la belleza más valiosa no se encuentra en lo cotidiano?

Daría mil vueltas al mundo en ese barco por ti, Carlos. Siento que la madurez de los años ha creado un pacto de silencio entre los dos, pero el amor que siento por ti es ahora más visceral. El paso de los años necesita una buena digestión, sobre todo para que el alma no muera de empacho o desnutrida. Cada uno ha llevado su ritmo de vida pero a menudo la vida ha sido obligada a diverger nuestros caminos comunes contra la voluntad del vínculo. Es ahí, en la carencia, donde el amor por ti se vuelve violento, amo esa violencia, es una violencia bonita. Es la clase de amor que me enseñó a prestarte apoyo incondicional, para siempre. Y sin mediar palabra, porque entre hermanos, con el paso del tiempo, el amor va de la cabeza al estómago, y del estómago a los cojones. Es una cuestión de cojones, te amo con locura, igual que en la foto. Tú me protegerás y yo a ti. Yo te defenderé con puños y dientes. Tú vas antes que nadie, mi eterno bálsamo fraternal.

A mi hermano Carlos

Relato participante en el concurso “Historias de Familia I”.

Pasas por mi lado cada tarde

10 May

Pasas por mi lado cada tarde. Nuestro trato nunca va más allá de lo convencional, tan sólo un saludo trivial con la mano, los adioses son más expeditivos, y me basta asentir con la cabeza, seguir mi camino, tanto para el vengo como para el voy. Casi siempre te veo ocupada.

Normalmente ahogas tu mirada velada por el pelo que dejas caer cabizbaja. Dentro de tu cortina, te ocupas de tus propios asuntos, con las pupilas proyectadas hacia un caótico montón de papeles que sostienes entre los brazos. Eres inaccesible, incluso cuando te prestas a ser observada, liberada de tu aséptico cubículo.

Das pasos largos por la acera, te mueves segura entre las mesas con zancadas que revelan tu estructura atlética, unos glúteos musculados y prominentes. Te gusta entallarte con ropa ajustada y camisetas vulgares, cuidas bien de una segunda piel fácil de arrancar, un estampado con el que satisfacer tus ganas por un exhibicionismo constantemente reprimido.

Raramente interceptas mi mirada, cuando lo consigues una batería de misiles parece asesinarme desde ultramar. Aunque sé que me miras sin ninguna profundidad, no hay mirada tan seria como la tuya, impasible, con ojos rasgados e inmóviles como una niebla pendiente del alba, tu inexpresión existe aun cuando vibran las palabras entre tus labios. Los pómulos intentan forzarte, logran acompasar tu discurso pero no alterar tu vista perdida y vacía hacia el horizonte. Siempre ofreces media sonrisa, y siempre un mechón te cae sobre la comisura opuesta. Ruborizada lo vuelves a poner en su sitio, enroscado en la oreja, recoges tu pelo en un nudo y desnudas un cuello largo y fuerte, sostenido por unos hombros golosos.

Lo tuyo es la economía verbal, te temen más por lo qué no dices, lo que aguardas debe ser puro misterio y pavor. Debes ser de esas chicas duras, las que acumulan munición de guerra en las entrañas, malheridas en mil y un desengaños con los hombres. Hay mujeres que se defienden con el hilo y la aguja, que sanan solas adornando el alma con bonitas cicatrices, mujeres que se defienden desnudas ante los envites de una navaja, de las que no se acojonan y no esperan una insinuación. Las chicas duras quieren ver una bragueta abultada, quitar el cinturón a ciegas, obligar a que las dejen satisfechas con sólo una mirada.

 

Un paseo triste

26 Apr

Un circo apostado en una explanada exhibe algunos llamativos carteles. Me acerco. De perfil hallo lo que parecen unos remolques, alrededor unas picas unidas por un cordón los rodean. Un olor fuerte a granja me invade. Sigo la colorida cinta de seguridad sin descubrir más allá de una jaula con ruedas. Hasta que no me enfrento de cara a la caja metálica no consigo divisar a la criatura. Parece dormida, una enorme masa viva se eleva y desciende al ritmo de su respiración. Permanece enroscada como una bola, en la penumbra. Sus gigantes patas se asoman mas allá de la luz, acto seguido muestra su cola desperezando su cuerpo, extendiendo su lomo en un bostezo que lo arrima definitivamente a la luz. Descubre todo menos su cabeza. Entonces gira y, sin el minímo tiempo para observarlo detenidamente, ruge hacia mí con increíble fuerza, sus fauces se abren ampliamente y el bufido que emiten hace vibrar las raíces de mi cabello. Con sus mandíbulas ya relajadas, intercepta mi mirada con la suya, intenta comunicarme algo. Es una fiera incompleta, sin libertad. Su pupila está apagada.

Deambulo por las calles.

Las rayas del tigre se pasean por su jaula, entre sus sinuosos andares enseña los colmillos, pero su espíritu sigue tristemente encarcelado. El trayecto se convierte en algo hipnótico, como una danza del vientre; las rayas parecen los brillos de un mar en calma, unos vibrantes destellos bajo el sol. Pero sin remedio, su alma se ahoga bajo unas verticales de hierro. Me alejo, desde la distancia aquella caja diminuta parece un código de barras que encierre una llama salvaje, que nunca pierde su brillo pero que con el tiempo se apagará o acabará por inmolarse.

Así me siento yo, atascado en un ecosistema de asfalto al que mi naturaleza ya no quiere pertenecer más. La inercia con la que doy mis pasos se convierte en una rápida carrera y pide a gritos llegar hasta el mar, si hace falta, pedir que alguien me enseñe el camino. Quiero salir por algún agujero de esta ratonera. El tiempo pasa, con implacable actitud y, aunque me encuentre en pleno esplendor, mi reverdecimiento puede que se agote. Y eso me preocupa; nervioso el calendario se deshoja y ya son demasiados los días que barro del suelo.

¿Dónde han ido todos? Cada vez veo las calles más vacías, las pocas caras que veo son las mismas de siempre. Veo a adolescentes que ayer eran niños sonándose los mocos. Veo a mujeres de mi edad preñadas, algunas ya empujan los carritos. Veo comercios que cierran, y siento una ráfaga de viento que apostrofa una triste realidad. Veo a la gente envejecer, perder la firmeza de sus cuerpos, arrugas aparecen. Veo muchos ojos apagados, sin ese brillo de la pupila al sonreir. La mitad de mis amigos ya se fueron, algunos lo hicieron para no volver. Otros están hartos de navegar, persiguiendo el trabajo en un eterno viaje de ida y vuelta.

¿Dónde está la felicidad? Alguien la metió en una jaula, como al tigre; vive aletargada esperando escuchar alguna canción que la motive. La felicidad es un sentimiento más fuerte que sus garras, puede romper los barrotes y saltar hacia la libertad, volver a intoxicarnos con los colores de la alegría, el sonrojo de las mejillas, las sonrisas inabarcables y mancharnos con una lluvia de júbilo.

He tenido suerte. La felicidad empieza a construirse dentro de uno mismo. He tenido suerte de volver a renacer, aunque sea gracias a mis pastillas de colores. Una segunda oportunidad tan grande no se desaprovecha así como así. La vida se debe exprimir como un limón, hasta la última gota. Los angostos y tétricos caminos andados se abren ahora en claros maravillosos; a mi biblioteca mental acuden palabras como alegría, gozo, gusto, amor y pasión. Ayudan a sobreescribir aquellas palabras tan tétricas de la familia de la muerte y la destrucción.

Este logro ya es imparable. Avanza como un tren bala por mi médula, recorre mis neuronas sin hacer paradas, y se dirige rápido y puntual a una estación donde aguarda el amor y la felicidad.

La pasarela del Parque del Oeste

18 Apr

Palomas, polvo, un sol que se decanta, ruido de coches, polvo y humo. Un incontenible color verde, vigas de metal en zig-zag. Las parásitas sobrevuelan mi cabeza. Proyectan su sombra en una alfombra de alquitrán. Tacones, el clac-clac de alguien que acelera sobre el hierro. La pasarela verde es muda; óxido rojo, tóxico, crece como una ameba y se acumula. Tránsito, pasos y una alerta que me asalta a medio camino: es la altura perfecta para aplastarme contra el asfalto.

Cuento los pasos hasta el final, el llano desciende, escalones. Ya en el otro lado un pobre césped, un lugar triste. La ciudad sigue bombeando, sus arterias convulsionan; sprays manchan las paredes que anoche ni se inmutaban, ahora gritan. Un sudor seco se aferra a mi cabeza. Agosto me dilata las venas.

Veo altares de piedra, poyos, lugares donde reposar el luto. Bancos desvencijados, madera marcada con tinta, más grafiti y nombres rascados. Yazco en un banco. El sol desasosiega y me persigue. Vitamina E y disparos en la sien. «Vete y búscame una cueva».

Quince minutos, cortos. Vuelta a la oficina, escalones, subida, rendición, tendencias suicidas, mancha color carne sobre el suelo en mi imaginación. Sangre y resistencia. Instinto y supervivencia en la realidad. Respira el humo de la ciudad, exhala y ámala. Días grises y velados. Exhala y ama. Ama aunque no puedas amar. Ama aunque no te sientas amado. Ama sin ser amado. Ama y amarás.

 

Siempre me dirijo a lugares imposibles

6 Jan

El azar siempre me es favorable en primer término, pero nunca logro mantener la alegría inicial. Mis relaciones sentimentales —también puedo incluir las que puramente son meros encuentros sexuales—, siempre han sido difíciles de definir. Lo único cierto y común es que nunca ha habido amor verdadero, ninguna mujer me ha entregado su corazón jamás.

Sin embargo, no puedo decir que esté desnutrido de experiencias. He estado con muchas, sobre todo desde que dejé atrás los peores años de la depresión. Sin duda, considero que he pasado por una fase de gran éxito en lo sentimental y sexual, intermitentemente avivada por las puntuales manías acontecidas.

A pesar de un balance en general más que positivo, uno no puede quedarse con todo, y eso es algo que he aprendido, pero que en la práctica me cuesta mucho aceptar. Me cuesta aceptar que ciertas cosas en la vida llegan a su fin, que a algunas compañeras especiales de mi vida no las volveré a ver, intentar lo contrario sería luchar contra unas circunstancias demasiado difíciles de salvar, por eso digo que a veces me dirijo a lugares imposibles. Son aquellos lugares donde la fantasía perpetúa mis deseos, donde me veo rodeado por los brazos de esa chica que tanto añoro, donde no existe nada que rompa esa armonía tan celestial; es un mundo aterciopelado, sin problemas, sin relojes que dejen pasar el tiempo, sin obligaciones mundanas ni materialistas, solos ella y yo.

Ese mundo no existe, o almenos es casi imposible, tanto como una ascensión por una pared vertical, únicamente ayudado con la fuerza de las yemas, pero sin ninguna cuerda de seguridad. Trato casi siempre de buscar una situación en la que me encuentre cerca del foco que generó en mí aquella felicidad inicial tan grande. Sin embargo, incluso conservando el bosque, hasta la más bonita de las flores se puede marchitar. En realidad persigo esa sensación de bienestar, y no a una chica en particular; por mucho que valga la pena, todo lo demás es un mero aderezo. No se puede tener todo en esta vida.

Resulta curioso observar como en estos tres últimos años, los de mi recuperación, concurren diversas circunstancias:

  • Me he alejado muchísimo de la sintomatología de la depresión, casi hasta constatar (según registros) que ya ha desaparecido de mi cuadro.
  • No puedo sugerir que mi estado de ánimo se haya neutralizado. Mi perfil como enfermo ha cambiado totalmente. He pasado de ser una persona mayormente deprimida a tener una tendencia más proclive a experimentar episodios maníacos.
  • Siento que me guío y actúo más por lo emocional y no tanto por la racional, como sí hacía en mis depresiones. En definitiva, me dejo someter con mayor facilidad a las sensaciones (alegría, tristeza, felicidad, gozo, amor, etc).
%d bloggers like this: