Poemas gráficos (II)

14 Oct

 

Párrafos que amo (XV)

13 Oct

Pájaro en el alféizar

12 Oct

Ya noto el otoño. Mi sueño se alarga profundamente, pero los despertares se embrollan entre envolturas y saboreo con la lengua los encajes de las sábanas, y tan ovillado estoy con el pesado lino que siempre despierto en forma de larva. La lenta respiración hace latir un bulto insinuando el tronco, la cabeza, las extremidades apretadas, anidando un ser salvaje bajo todas esas capas, pero perezoso y sin voluntad; al asomarme con timidez, la luz que me insulta a través de la rendija, todavía, como un hombre de pie o un malvado acomodador dejando entrar toda la vida no convidada gratuitamente, levanta la persiana para que las personas que siguen afuera a lo suyo, desde una terraza atestada y casi perpetua, corroboren que no tienen cabida en mi cama, que las odio, que adivino su torpeza: el caminar, el sentarse, el sorber del café, el masticar soez que todo junto afea el cantar de los pájaros que quedan, por suerte, porque el hombre de ahí fuera ve un árbol sano y ante la primera raíz que bella emerge y quiebra el asfalto, lo tala, y sin mejor opción el tronco, la copa, las benditas hojas de una especie necesaria para los poetas, desaparecen, se las lleva una camioneta y con ella la morada de un pájaro que yo, egoísta, pienso que es mío y reclamo como una pertenencia, y me roban eso y mucho más. Pero él no tendrá problema, irá en pos de la palmera de la esquina, se alejará el amigo conspirador que contra toda una ciudad que me enerva, abandonará mis batallas de alhomada y yo no lo vuelva a escuchar.

Sin embargo una serie de lamentables desdichas nunca tiene porqué ser completa, quizás existen alteraciones rebeldes en el universo empeñadas en destacar la prevalencia de la vida, de forma ingenua, pero que pueden cambiar todo un destino. Fue toda una revelación, emocionante, ver al gorrión de nuevo en el alféizar, y el mundo que odiaba se desdobló en ese universo infinito y gozoso bajo mi cama, donde los monstruos empezaron a cambiarse la máscara. «Sigue aquí», me dije a mí mismo, «ha venido esta diminuta fragilidad, su cuellecito de alambre y los contados huesos de su esqueleto. Eres bello y tu tamaño te engrandece, irrepetible el detalle de tu existencia, me llevaría contigo, o al revés, tú puesto como un broche, como una flor, mientras cupieras en el bolsillo de mi camisa, precioso».

Sea ruidosa la mañana, se mortifique mi cuerpo con el ruido del despertador, en su nuevo nido, un pajarillo frágil sigue cantando sin su última nota un acorde perfecto, y lo hace todas las mañanas. Y el plástico de mi persiana, levantada hasta la altura de su cabecita, absorbe su canto y lo amplifica dentro de mi habitación.

Su pío-pío hizo que al fin me levantara.

Poemas gráficos (I)

12 Oct
 

 

Párrafos que amo (XIV)

11 Oct

 

Párrafos que amo (XIII)

9 Oct

 

%d bloggers like this: