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Taller de escritura ASIEM: “Encuentro ciego”

13 Jun

Por aquella lúgubre y estrecha calle transité durante un largo rato. Mi cita de las tres se retrasaba más de lo previsto y empezaba a impacientarme. Odié que me hiciera esperar, la idea de que me dieran plantón no me agradaba. La tensión aumentaba y el aire se volvía plomizo, el sudor descendía por mi espalda y sacudí mi camiseta.

—Hola, ¿qué tal? —noté un leve toquecito sobre mi hombro.

Giré mi cabeza lentamente, recreándome, y dirigí al suelo mi mirada. Calzaba unos zapatos de un color rojo chillón. Al mismo tiempo, se oyó el maullido de un gato ausente.

—Siento mucho el retraso —me espetó con una sonrisa blanca y de dientes perfectos.

—No pasa nada —admití tembloroso.

Ante mis ojos nacía una mujer alta, probablemente me sobrepasara en más de una cabeza. Desde sus tobillos ascendían unas piernas delgadas, pero de un músculo turgente y carnoso. Poseía una tez blanquecina, interrumpida al llegar al borde de una falda roja, por encima de las rodillas. El color iba a juego con el carmesí de sus zapatos. Aquel traje era de una pieza entera y, en un pensamiento rápido, juzgué que nadie más como ella podría haber elegido un vestido tan osado para aquel momento. Era tan provocativo que descuabraba la sobria composición del lugar, se ajustaba a su cuerpo de una forma irreal. Aquel contraste entre la calle gris y el rojo del vestido hacía que la luz del día se apagara y su piel refulgiera con mayor intensidad, y que su presencia se volviera llamativa. Se creó un extraño efecto óptico que doró sus brazos, aquella piel mortecina parecía revivir con los escasos rayos del sol. Tanta escasez en su vestuario acentuaba la belleza de una cara que descubría sosteniendo aún la sonrisa de bienvenida, una nariz perfecta y dos ojos color miel. Su cabello rubio se alisaba en la corona y le caía sobre los hombros en tímidos rizos.

—Ya pensaba que no vendrías —dije.

El sudor de mi cara empezó a secarse y empecé a respirar aliviado.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Debo ser poco para ti. Eres…como decirlo…demasiado perfecta —dudé.

—Te equivocas. —Sonrió y se abalanzó a un palmo de mí, sosteniendo sus manos sobre mis hombros. Con la boca entreabierta me susurró algo al oído.—Todos somos criaturas imperfectas.

Busqué enseguida su mano, que sorprendí deslizando sobre mi pecho. Aquel primer momento me trajo una calma inmediata, como si hubiera descubierto un mar subterráneo. De repente, me acordé del gato y un perverso estruendo de tapas metálicas se escuchó a nuestro lado. Aquel animal negro se debatía con agilidad tras un rata blanca, de proporciones gigantescas. Los dos rompimos a reír y nos abrazamos institivamente. Ambos gesticulamos e intentamos apartarnos, pero aquel susto trascendió con más comedia que espanto.

Al recobrarnos del incidente nuestras miradas se cruzaron. Las carcajadas habían dejado una sonrisa que permanecía, silenciosa, en nuestras bocas. Un puntito húmedo vibraba en cada una de sus pupilas. Sostuve su barbilla con ambas manos y con un dulce movimiento rodeé su cuello, mantuve el contacto de sus mejillas y masejeé su rostro. Con el pulgar abrí su labio inferior e introduje el dedo. Me sorprendió que siguiera mi juego con facilidad y dibujó circulos con la lengua, convirtió su boca en una cueva inundada. Permanecí con aquel juego durante largo tiempo porque su mirada me invitaba a seguir y abordé el filo de sus dientes, que era redondeado y poseía un tacto de porcelana. Meneé con suavidad el pulgar hasta chocar con el tejado de su boca. Al tocar su paladar ella sintió un espasmo eléctrico que le recorrió la cara, su pecho convulsionó y sus piernas temblaron coregrafiando un famoso paso de cabaret. Mientrastanto, yo la examinaba con satisfacción y la manejaba intentando alargar su placer rascando su paladar húmedo.

—¿Orgasmas por la boca? —le pregunté sonriente. Seguí jugueteando dentro de su boca.

Ella seguía sumida en su trance, por un momento temí que cayera desmayada. Entornó los ojos y sus pupilas desaparecieron, sólo la córnea se asomaba. Repasé mentalmente mi carta de colores personal y a aquel nuevo descubrimiento lo llamé “blanco placer”.

Nos abrazamos con fuerza. Mi cabeza cayó sobre su hombro derecho e intenté agarrarla de la cintura. A duras penas se sostenía de pie y sus piernas luchaban por no vencerse. Un vecino se asomó desde el balcón y súbitamente me sentí ridículo y transportado hacia una situación aún más ridícula. Con el propósito de recomponerla dejé mi mente en blanco. Mientras la ayudaba, observé lo aburridos que eran todos aquellos muros grises, conformaban una pila interminable de ladrillos. Aquellas paredes insinuaban una estantería, con todos sus libros caídos; me imaginé amontonando la triste e incompleta bibliografía de mi vida, hecha de lomos corpulentos, sin título alguno y carentes de toda vida.

Finalmente, aquella chica sin nombre pudo enderezarse pero seguía respirando con mucha agitación. Calmó su nerviosismo fundiendo de nuevo sus brazos y volví a sentir la misma calma cálida. Focalizó todo su interés en mí, empezó a frotarme la espalda con avaricia, como si tuviese ocho brazos en cada lado de su cuerpo. Empecé a hundirme poco a poco en un lodazal de puro placer y mis banales preocupaciones se evaporaron.

—Vámonos al hotel, por favor —volvió a susurrarme, pero su tono era mezcla de súplica y lascividad.

La miré a la cara con la misma atención que mereciera un cuadro de museo, asiéndole fuerte la cabeza. Asentí afirmativo y estampé un beso en su boca. Eché a andar prendiendo su mano, tomaba la delantera como un perro saliendo a la calle y tensando la correa de su amo.

Las cavilaciones se disiparon a otra parte. Descendió sobre mí aquel poder viril hinchando de éxito mis músculos y elevando el pecho en una postura gallarda. Por alguna extraña razón, me reconfortaba quedar con desconocidas.

La satisfacción de acostarme con mujeres sin nombre era siempre infinita.

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Tungsteno II

17 Apr

II

Primero leer “Tungsteno I”.

La puerta sonó como una rama seca partida contra el viento, las llaves acompañaban el juego de la entrada con un tintineo metálico, desconocido e inocente. En mi cabeza, sin embargo, aquellos agudos sonidos resonaban como una ristra de cascabeles que agita quien quiere ser descubierto, una trampa morbosa tras una puerta o cortina.

Ella todavía estaba vuelta hacia delante. Dejó las llaves en un cenicero anacarado. Impulsivamente la agarré de la cintura y la atraje hacia mí con fuerza, le di un abrazo de oso inexpugnable. Mi antebrazo se situó a la caída de sus senos y noté su turgencia y pesadez, ligeramente cubierta por una camiseta vaporosa y desgastada. Varios pensamientos fugaces me invadieron: desgarrarle la ropa, amarrarla del cuello y doblegarle su cabeza hasta el suelo, estirarle el pelo hasta que gritara de dolor mientras le ataba las muñecas.

Un hálito frío comenzó a sumergir de mi boca y mis manos empezaron a temblar. El monstruo en mi bragueta comenzaba a afearse. Mis pantalones empezaban a ser incómodos, la erección era incontenible y dolorosa.

En todo aquel tiempo no solté a la chica ni un momento. Mantuvimos la posición erguida durante un largo rato. Su cuello olía a incienso y a un sudor seco, que potenciaba su fragancia natural, un efluvio grotesco pero excitante. Situé mis labios sobre su cogote y acompañé con mi labio inferior el recorrido hasta el final de su nuca, justo por debajo de su pelo. Nunca la llegué a besar, simplemente usaba el labio húmedo dejando arrastrar la lengua como un caracol, dibujando un circuito impregnado en saliva que iba enroscándose. Ella asentía positivamente, soltaba suspiros entre la risa nerviosa, y a veces dejaba caer la cabeza de forma brusca, como en un gesto hipnótico, ofreciéndome nueva piel fértil que explorar con las caricias de mi labio, liberando sus hombros y su espalda superior. Mientras yo abarcaba sus pechos con mis manos ella apretaba las suyas contra las mías. Una ligera exhalación, un arqueo y una convulsión. Un proceso que por momentos hacía temblar sus lumbares. Decidí bajar besándola por encima de la ropa, poco a poco, hasta la altura del culo. Ella sometía mis manos contra sus caderas, las aplastaba bien fuerte. Yo hundí mi nariz entre sus nalgas. El tejido de su falda era maleable y se adaptaba a cualquier forma, prácticamente era como si no llevara nada.

Entonces… llegó el frenesí.

La cogí fuerte del pelo y le reduje un brazo, tal como si fuese a romperlo, repetí la misma operación con el que quedaba libre. Se resistió un poco al principio, pero no era tan fuerte como aparentaba. Mi pericia quitándome el cinturón me permitió hacerlo con rapidez. Ella iba dando tumbos contra la pared, intentaba agredirme con los codos inútilmente, retorcía sus piernas, bajaba, subía, gritaba desesperadamente. Finalmente conseguí pasar el cinturón y anudarlo bien. Sus muñecas enrojecieron rápidamente.

Le bajé la parte inferior del vestido fácilmente, aunque intentó soltarme alguna patada. Tenía un culo escultural, con un bronceado natural, unas aristas carnosas. Francamente daba pena desdibujar aquella estampa tan sensual quitando el tanga. Era como la pieza de un puzle que encaja a la perfección. Se lo bajé hasta la altura de los tobillos, le liberé sólo de un pie y di unas cuentas vueltas a la braga para que estuviera mucho más tensa. Volví a poner el pie en su agujero, pero ahora las piernas estaban bien amarradas, incómodamente juntas a la altura de sus pantorrillas.

Ella seguía quejándose de las muñecas, no reparaba en que cualquier intento por escapar era inútil, la había puesto en una postura totalmente inmóvil y estaba indefensa. La cogí del pelo y doblé su cuello hacia atrás, la ladeé un poco, quería ver su expresión facial, muy preocupada; una lágrima nacía testimonial de su ojo derecho y yo me vi reflejado en ella. Por un momento enmudeció: se sentía totalmente sometida.

— ¡Dime dónde está tu cuarto, zorra! —ella empezó a apretar los labios y a temblar, como si un sollozo infantil aguardase a punto de explotar de las cuencas de sus ojos. El ambiente cerrado de la estancia daba mucha calor, y la sala se condensaba en un vapor orgánico con olor a sudor y sexo.

En una de mis amenazas, se quedó mirándome, con los ojos vacíos y fijos en un punto, todo en una clásica pose de clemencia. Las mejillas se habían tornado grisáceas, tiznadas por el oscuro maquillaje que encuadraba sus ojos esmeralda. Finalmente claudicó a la evidencia e hizo un ademán con la cabeza señalando algo. Al final del pasillo, desde el recibidor, se observaba una puerta entreabierta.

Me dispuse a caminar hacia ella. Le doblé la espalda completamente hacia delante, su pelo me servía de brida. Si se mostraba quejosa o se revolvía la volvía a estirar y le doblaba el cuello; con el puño le empujaba la espalda hacia el suelo. Era como dominar a una perra, sólo se debían conocer sus puntos de tensión y, como buen amo, saber dar bien los toques para neutralizarla.

Yo andaba flexionado sin soltar su pelo, ella gateaba sólo con sus rodillas, balanceando con el peso sostenido por mi mano. Accedimos a su habitación.

Rápidamente la puse contra la pared. «Te quiero ver de puntillas». Abrí varios de sus cajones, en el último que revolví encontré unas bragas, las arrugué y se las embutí en la boca. Emitió unos vocablos ininteligibles. Era la única manera de hacer parar su berrinche. Nunca dejé de soltarle el pelo, la chica estaba completamente a mi merced, su movimiento totalmente limitado. Ahora ya no me preocupaban tanto sus gritos.

Empecé a golpearle las nalgas con la mano abierta, bien fuerte, sin la mínima intención de amortiguar los bofetones. Siempre de abajo a arriba, como un buen gancho. En las primeras embestidas la nalga temblaba como un flan. Cuando ella se echaba hacia delante, volvía a colocarla siempre pomposa, con el culo bien expuesto hacia fuera. «¡He dicho de puntillas, de puntillas, zorra!

Los golpes enrojecían más y más su carne. Sus lágrimas atravesaban su cara hasta la barbilla, una mezcla acuosa de Rimmel, polvos de maquillaje y agua salada. Y al ritmo que emanaban sus lloros, perdía rápidamente la dignidad anónima con la que la conocí en la calle. Su compostura e inocencia iban degradándose, escalón a escalón.

Sin embargo algo me sorprendió, en una de las ocasiones que iba a azotarla, detuve la mano justo antes de golpearla. Ella me miraba desde arriba. El silencio lo embargaba todo, y el ambiente se inundaba con su respiración, rápida, centrifugando. Seguía con su mirada clavada en mí, pero esta vez las lágrimas parecían dar marcha atrás. Entonces aticé: «¡Plas!» un ruido ensordecedor y orgánico la hizo echar el cuello atrás; el quejido se transformó en un gemido de placer. La volví a atizar. «¡Plas, plas!». Esta última vez dejé un pequeño reguero de puntitos con sangre. Un culo anaranjado y rojo, con las marcas de mis dedos pulsando todavía, un culo levemente hinchado, castigado y erosionado. Un culo bellamente transformado.

Entonces dejé de golpearla y empecé a acariciar con las yemas de mis manos sus zonas más castigadas, a veces usaba las uñas. Su sensibilidad estaba a flor de piel. Ella disfrutaba, sin duda. Había soportado lo peor y ahora sus lagrimeras se habían convertido en dulces afluentes. Su expresión fruncida se destensaba y en ocasiones hasta me regalaba una sonrisa de complicidad.

Subió lentamente la cabeza desde su pose de cuclillas. Con su mirada parecía advertirme de que había traspasado cierta línea del juego. Ella estaba rendida, aunque se sabía incapaz de defenderse o de poder escapar.

No contesté, esta vez me puse serio. Dejé de transmitir la mínima intención de continuar dominándola de momento, con mi expresión y los brazos en jarras le lancé una frase lapidaria: «Ahora te voy a follar el culo», mientras, mi sonrisa se elevaba al tiempo que me desnudaba.

Sin tiempo de reacción la cogí por el pelo de nuevo. Ella estaba en el suelo y la llevé arrastrando hasta el comedor. Se movía inquieta y empezo a chillar y patalear. Hice un alto, y pensé que sería buena idea volver a tapiarle la boca. Con todo asegurado, hice algunas comprobaciones más: cerré con llave la puerta de entrada, me asomé por el balcón para ver que el vecindario seguía tranquilo. Algunos gritos me preocuparon. También aseguré las ventanas de un tragaluz que podía alertar a los vecinos.

Cuando regresé al comedor, ella se hallaba tumbada en un sofá de skay blanco, derrotada, esperando una nueva tunda. Fui hasta dónde estaba y la agarré por el cuello. Sin quitarle ninguna atadura la puse a de rodillas sobre el sofá. Aplasté su cara contra el respaldo, liberando el mínimo espacio para que pudiera respirar. Con su pecho y hombros apoyados, quedó lista.

Puse mi cara sobre el final de su espalda. Mojé mis dedos índice y corazón con mi saliva y se los metí en la vagina. Empezé a meter y sacar la mano a un ritmo bastante rápido. Mientrastanto, acerqué mi lengua puntiaguda al agujero de su culo y empecé a lamerlo. Aquella chica tenía una buena higiene y, salvo un hilillo de vello sobre el pubis, el rasurado era perfecto. Mientras le masturbaba con mis dedos la vagina, le penetraba el ano con mi lengua. La ponía dura y tensa y, poco a poco, iba abriendo el agujero. Por su parte, la vagina iba mojándose y poniéndose pegajosa. Toda aquella orquesta tocaba en sintonía.

Terminé con la vagina y durante unos minutos más, me dediqué sólo a su culo: me puse de cara a él y le abrí las nalgas. Con la lengua lamía arriba y abajo. Cuando lo vi bastante húmedo comencé a jugar con mis dedos. Primeró le enculé con sólo uno, tratando de hacerlo con sumo cuidado. Luego dos y al final me encontré, poco a poco, haciendo palanca con tres dedos, hasta que finalmente le metí el puño. Sus gemidos se debatían entre el dolor, la sorpresa y el placer.

Cogí mi miembro, todavía erecto y le penetré el ano. Aquello iba más fácil de lo que esperaba. Yo estaba disfrutando como Dios y noté que ella también. Decidí desanudarle el cinturón de las muñecas, y por si misma pudo repeler la lencería que le obstruía la boca. También le quite la atadura de las piernas. Finalmente, ella estaba liberada, totalmente desnuda, disfrutando conmigo al unísono. Ahora todo eran gestos de agradecimiento. Ella giraba la cabeza y apretaba el ritmo, queria notar toda mi extensión en su recto. Yo le abofeteaba las nalgas, «mastúrbate el coño, zorra», le dije. Ella se frotaba el clítoris con los dedos mientras yo seguía enculándola con energía.

Me volvía a mirar y luego bajaba su mirada hasta su culo tragón. El ritmo iba a más y más. Ella se sabía consciente de la inmensidad del momento: alguien había osado romper su virginad anal, y lo mejor, era que estaba disfrutando.

El ritmo se puso frenético. Tuve que subir al sofá para acceder mejor, mi erección era máxima. La cogí del cuello, le hundí la espalda. La tenía bien cogida y así podría usarla mejor. La moví a favor y en contra de mi pene. El semen se avecinaba como una avalancha. Me concentre, miré dentro de mí e intenté alargar el momento lo máximo posible.

En un arrebato que duraría apenas unos segundos le estiré su desordenada coleta, y me desacoplé de ella. La hice bajar del sofá y la puse de rodillas. Le introduje mi dura polla por la boca, sin delicadeza, y empecé a fornicársela, rascando contra su lengua. Sé que ella padecía pues golpeaba mis muslos pidiéndome que la dejase respirar. Pero yo no lo hice, «si tienes que vomitar, vomita, pero voy a follarte hasta al cerebro».

En poco tiempo, su cara estaba totalmente desmaquillada y sucia, escupida, salvajemente escupida. Con cada nueva embestida, se le hinchaba la garganta y hacía el gesto de tener un arcada. Grandes hilos de saliva salían exprimidos entre sus labios y mi pene. A veces no lo aguantaba, y sus fosas nasales también rebosaron mocos y saliva. Alrededor de su cuello y en sus tetas desembocaban gran parte de los fluidos, el resto, caía como lianas hasta tocar el suelo. Finalmente, no pudo aguantar más y vomitó sobre mi pene, precipitándolo todo sobre el suelo, desparramando una escena dantesca, retratando la deconstrucción brutal de su persona. Sólo faltaba hacer una instantánea del momento y poder enmarcarla.

Yo todavía seguía con mi erección. La amarré del pelo y la conduje a un cuarto de baño que ella me indicó. La puse dentro de la ducha y abrí el grifo. Conseguí que el agua saliera templada y al meterla se tranquilizó. La había sometido a un periodo de asfixia y la había hecho vomitar, pero ya no estaba tan asustada. Nos limpiamos mutuamente y entonces empecé a masturbarme de una forma enérgica y animal, llegando a golpear mis testículos con cada gesto de mi mano. Mientras me calentaba, el agua corría y yo sobaba a María de una manera lasciva que, por su mirada y la forma en la que abría la boca, parecía hacerla disfrutar. Ella también se masturbaba. Yo le apretaba y le estiraba los pezones.

Cuando me dispuse a correrme le apreté el cuello: «Me voy a correr en tu boca y te lo vas tragar todo, ¿queda claro?». Ella asintió, sin mediar palabra alguna. Seguí masturbándome, mi polla en ereccion tendía a juntarse con el abdomen y el glande me iba a explotar.

La hice bajar, la puse de rodillas. El grifo se dirigía contra su nuca y espalda. «Saca la lengua y que ni se te ocurra cerrarla». Flexioné algo las rodillas, tensé los glúteos, y descargué. Estuve unos quince segundos hasta que lo solté todo. Apunté bien, a pesar de que aquello salía disparado como cañones de confeti. Poco a poco, su boca se rellenaba de una baba blanca translúcida, «no la tires, eh», y algunos de los restos se impregnaron fuera de los límites de los labios. Yo los recogí con cuidado y acerqué con el dedo, como si fuesen migas de pan. Al final, cuando tenía la boca totalmente llena, le dije: «ahora traga».

Finalmente la chica lo engulló todo y esbozó la sonrisa más bonita de la noche. Una sonrisa agradecida, un viaje de sensaciones ocultas había terminado. Sin mediar nada, María se levantó y me abrazó fundiendo un beso cálido todavía bajo un chorro que empezaba a enfriarse.

Nos quedamos un largo rato abrazados, sin valorar el tiempo. Nuestra piel en contacto resbalaba limpia. Hicimos algunos chistes. Primero reímos inconteniblemente.

Una mujer dominada y un amo experto, que hace pocas horas eran meros desconocidos, pero que ahora eternamente agradecen aquel semáforo, su forma de dividir el tiempo, de detenerlo y, solo de vez en cuando, con su terna de colores, disolver a dos personas en el asfalto.

 

Tungsteno I

13 Apr

I

Los semáforos marcaban el ritmo de su jornada de trabajo. Ya anochecía, y los antinieblas amenazaban las marcas pintadas en el asfalto que le devolvían unos penetrantes reflejos blancos en los ojos. El ámbar hacía subirle las pulsaciones, un segundo después un rojo sintético tensaba su antebrazo como única profilaxis de una luz penetrante, que no me permitía ver la cara de aquella criatura nacida del alquitrán.

Aquella artista callejera se dedicaba a los aros. Era capaz de manejar cinco, pero realmente era talentosa lanzándolos por parejas. Creaba el efecto de dos ascensores con cada una de sus manos. Se paseaba por enfrente de los coches con seguridad y soltura a la par. El aro restante describía una elipse, como de bala de mortero, una folha seca que íba y venía de un lado a otro. Construía una performance perfecta mimetizada con un mínimo atuendo pseudopunk: un tutú negro desgarrado, agujereado por cigarros, seguramente a propósito, un top rojo a rayas blancas finas incontables. Era realmente bella, su baja estatura se excusaba en una cara perfectamente enmarcada, huesuda, con unos labios carnosos, un cuello fino y unos hombros bien dispuestos. La espalda se precipitaba en un culo respingón y atlético. Entre otros distintivos, presentaba su cara perforada por varias partes, entre las que se contaban las mejillas, la nariz y las cejas; la mitad de su cabeza estaba rapada, el resto de su cabello estaba zarapastroso, desarreglado, reñido con el peine. A pesar de una elección tan deliberadamente grosera, aquel look no le hacía perder ni un gramo de su atractivo. Era esbelta, musculada. El ejercicio circense y las corredurías callejeras la mantenían en forma, a pesar de imaginármela comiendo cualquier cosa, alimentándose con cerveza, durmiendo entre perros, compartiendo cartones entre vendedores de pañuelos y rumanas jorobadas.

Aquella noche hacía calor, y el sudor se dibujaba en cercos a la altura de las axilas y lumbares. Seguí a cámara lenta una gota todavía pendiente de la punta de su nariz. Un bálsamo salado le recubría la frente. Pero su rojo carmesí oscuro no languidecía en unos labios infalibles. Los aros saltaban quedándose por parejas en el aire. Ahí la descubría sonriendo. Y desde el asiento de mi coche pude contar sus dientes, en una simetría perfecta, color perla gris. A veces hacia asomar una punta sonrosada musculosa, abría la boca y dejaba pender un hilo de saliva que rápidamente estallaba. En un maquinal ejercicio final realizaba su cabriola final. Todo volvió a una velocidad normal y aburrida.

Se dirigió hacia mi coche sonriendo, haciendo rodar un aro con la muñeca. Bajé la vetanilla y me quedé inmóvil durante unos dos segundos. Le di el poco suelto que tenía preparado. Yo había empapado el asiento, una presencia fantasmal había invadido mi ridículo habitáculo. El ambiente se animaba con el sonido de fuera. Era sábado y algunos coches, en una costumbre ya normalizada, ofrecían un volumen altísimo en sus equipos.

Me la imaginé conmigo ese momento. Me la imaginé pasando esa noche conmigo. Me la imaginé lanzándole monedas mientras cumplía mis órdenes.

El verde del semáforo del lado opuesto que sincronizada ya parpadeaba, y yo sabía que el tiempo se me acababa. Pronto se pondría verde el otro.

— Oye, perdona —le dije mientras le soltaba las monedas en la mano—. ¿Te puedo hacer una pregunta?

— Sí, pero rapidito —respondió en una mezcla de desinterés y prisa, con la cabeza ladeada y apuntando nerviosa al semáforo.

— ¿Cuánto vas a ganar esta noche? —me mantuve serio e impertérrito. Esperé que mi mirada fuera lo suficiente intencionada como pretendía— Si te vienes conmigo esta noche te pago todo lo que vayas a ganar.

Hubo un momento de silencio. El semáforo ya había cambiado a verde hace tiempo, y algunos conductores se impacientaban. Decidí apartar el coche y poner la señal de emergencia. Ella se liberó del apoyo de mi ventana e hizo pasos hacia atrás. Cuando detuve el coche volvió.

— ¿A qué te refieres exactamente? —arqueó una ceja.

— Nada, mujer. . . Quiero decir nada malo —sonrió—. Tú ganas lo mismo, pasas de comer asfalto y humo y tú y yo nos lo pasamos bien juntos. Vamos donde tu quieras. Seguro qué conoces sitios. Los dos salimos ganando.

Se atusó el pelo, retrocedió momentáneamente y puso los brazos en jarra. A través de la ventana no podía observar la expresión de la cara. Fueron unos segundos en los que pensé que mi intentona había fracasado.

De repente oí el picaporte, y jámas un portazo había sido tan satisfactorio. Entró y se sentó. Creo que fuimos los dos los que nos dedicamos a analizar la nueva situación. De reojo descubrí un cuerpo más impresionante de lo que imaginaba.

— A ver, —dijo con una risa picarona. Cruzaba los brazos y se ladeó hacia mí—. ¿Cuánto crees que gano? Si no vas en serio, me voy.

No logró intimidarme.

— Mira, yo soy el que he hecho la pregunta y tú la que has entrado. Te pagaré las copas de esta noche y lo que venga si vamos a algún sitio… no te tendrás que preocupar ni por eso ni por nada. Por el precio de tu trabajo, el justo precio, ni más ni menos. Si piensas abusar de mí, no pasa nada, tú te bajas y cada uno su camino, sin problema —ahora fui yo el que reía con cierto aire de superioridad—. A ver dime, ¿cuánto ibas a ganar hoy?

Se quedó callada. Realizo varias miradas inquisitorias, denotaba nerviosismo. «Vale, cincuenta euros de momento, y tú pagas donde vayamos y el resto. Aunque el dinero no me importa realmente, no te daré nada que no quiera, que quede claro. Es un seguro. Y si te pido más y no quieres tú eres el que te vas».

Yo seguía agarrado al volante. Asentí y repiqué con los dedos sobre el cuero del volante, que ahora parecía rezumar una mezcla de calor vaporoso con el sudor de mis manos.

— Vale, entonces tu dirás. ¿Dónde quieres ir?

— A mi casa primero, necesito ducharme…

— De acuerdo, ¿y te llamas? —pregunté miedoso.

— María, aunque mi nombre artístico es Tungsteno.

— ¿Tungsteno? —le exclamé ojiplático.

— Sí. El tungsteno es el filamento que permite dar luz en las bombillas antiguas, las incandescentes, ya sabes, las que queman al tocar. Es raro lo sé, pero así es.

Puse el coche en movimiento e introduje las coordenadas que me indicó. Mientras pulsaba dijo «espero que valgas la pena, no suelo dormir por las noches, no me gusta, espero que no seas un muermo y aguantes lo que venga». El nerviosismo se había transformado en impulsividad, un brío propio de un potro liberado. Sacó un cigarro del paquete y lo enchufó. Me miró, y dió sus primeras caladas sin permiso, entre el desafïo y la transgresión. A mí no me importaba. «Cuanto más sucia e indisciplinada, mejor», pensé, «esta noche voy a someterte».

— Tranquila, yo tampoco suelo dormir mucho, je je, —empecé a hablarle con un idioma más familiar— no te preocupes por eso. Quizá mañana la cosa cambie, pero creo que esta noche va a ser buena. ¿Tomas drogas? —en ese momento traspasé una línea prohibida—. Quiero decir, ¿vamos a algún sitio y nos ponemos ciegos?

— ¡Muy bien campeón! Tú eres de los míos. . . y pisando fuerte. —por un momento entre definitivamente en su círculo, un círculo que se graba a fuego—. Tranquilo. . . algo tendré por mi casa, y cervezas. Por cierto, no me has dicho tu nombre. Y ahora que estamos, apenas me has dado dos euros, cabrón.

— Me llamo Jose, y lo siento. Quizá te pueda pagar de alguna otra manera.

— ¡Bufffff, nombre aburrido, pero almenos eres gracioso! Y eres directo de la hostia, vaya, vaya.

Paramos en una rotonda y yo le señale un grafiti plateado de una esquina. «¿Te gusta?». Ahora era yo el de la sonrisa traviesa. Iba a aprovechar la mínima oportunidad para follármela. Mi mente se debatía entre pillarla desprevenida, o drogarla primero hasta ponerla como una moto.

— ¿No me digas que haces grafiti? —frunció el ceño.

— Llevo el maletero cargado de latas y pintura. Tengo también una luz portátil. —El plan se iba urdiendo—. ¿Qué tal si pillamos algo de coca y vamos a alguna fábrica abandonada y empezamos la noche?

— ¿Coca, dices? ¡Mira tu! Y parecía calladito. . . ¡Ja ja ja! —De un bolsillo apretado sacó un móvil—. Déjame hacer unas llamadas.

Yo seguí concentrado durante unos minutos conduciendo, sin decir nada. Mientrastanto, ella hacia sus gestiones. Me sentía seguro, la noche se había transformado en una autopista de emociones, a ella se la veía también eufórica, quedando con un montón de gente por teléfono, suponía que para acudir a alguna fiesta.

Finalmente me indicó el emplazamientode su casa. En Valencia la zona del Marqués de Dos Aigües era de las más caras y exclusivas de la ciudad. Antes de que yo siquiera mostrara mi intención de buscar aparcamiento, me detuvo con un ademàn: «Tranquilo yo tengo plaza de garaje».

Atravesé atónito la entrada del párquing, el guarda desde la caseta nos levantó la barra y nos hizo pasar. Aparqué en la plaza C32. Simplemente no me salían las palabras. Estaba alucinando con aquel contraste que obviamente ella detectó en mi cara. «¿Qué, no te lo esperabas?».

— La verdad es que no.

— ¿Te pensabas que era una hippie del barrio del Carmen? —se rió maliiciosamente.

— Sí, te imaginaba con el perro ya incorporado —le seguí la broma satisfecho—. ¡La puta hostia! Quiero ver tu piso. ¿Estás solita?

— Sí, cariño. Mi padre está de viaje de trabajo. Mi madre está en el chalet —y encima chalet en el campo, pensé—, no hay nadie en casa. Nos van a traer un gramito, ¿qué te parece?. Lo pagaremos a medias, no me has caído mal y te portas bien conmigo.

Nos dirigimos al ascensor. Hice algunos comentarios sobre su vestidito, pero me centré en su pelo, «me encanta esa mitad rapada de tu cabeza, francamente me perturba». Ella sonrió cómplice, «no sé si te lo dicen mucho, pero estás buenísima, no sé, puede que a veces a algunos tíos se asusten con tu estilo, la verdad es que engañas mucho». Me fijé en sus ojos verdes esmeralda. Ella llamó el ascensor: «te sorprendrerías, cuanto peor visto más les pongo a los tíos». Entramos y me rozó la mano con su dorso. En un gesto que jamás olvidaré me retiró la manga. Con sus uñas gel me rascó el antebrazo entre la caricia y el deseo de arañar.

Piso 8. Vivía en el ático. Se puso nerviosa con el tema de las llaves. Le cogí el pelo que no tenía rapado, hundí mis dedos y la agarré con fuerza, hice oscilarle la cabeza hasta que comenzó a gemir. No quiso darse la vuelta, se le cayeron las llaves, dirigió su mano hacia mi bragreta, y empezó a frotar. «Dentro mejor, vale», dijo con una voz dulce y aflautada.

Atravesamos el umbral de la puerta. Cerró con llave . . .

 

 

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