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Carta abierta a Clara

19 Sep

Sabía que te habías ido. Minutos antes de llegar a mi parada algo venía palpitando en mi pecho: el dolor apareció hace tiempo, al pensar en la remota posibilidad sobre tu partida. Y esa cosa extraña, desmembrada, me acompañó hasta la última rampa que doblé en la salida. Desde la estación, la calle tomó una forma abstracta y se recortaba por unas torres vistas de soslayo. La luz chocaba contra la piedra en la parte frontal, pero la arcada daba paso a un túnel sombrío, con el frescor de algún poto rebelde enraizado. Dí un pequeño rodeo, tras cercar las placas de la calle Quart y la Gran Vía, y bajé la vista hacia un paso cebreado. A ambos lados, la gente me adelantaba hasta llegar al siguiente cruce, donde todos se detenían ante un tráfico denso y violento, imposible de vencer. Y ahí me rendí, en pos de una estresante carrera. Comprendí que llegar pronto podría haber amplificado la desilusión de no hallarte. El tiempo que tardaba el semáforo en cambiar sus colores, en escuchar el ruido de unos pasos que avanzaban, era el mismo al silenciarse a idénticos intervalos. Seguí acomodado en aquel trance, e inmóvil ante la primera raya pintada en el asfalto, el intercambio de los discos absorbía toda mi atención. De repente, sentí un toquecito agudo, indescifrable al oído, y despertome de mi estado febril intuyendo que lo sentía de dentro hacia fuera, revelado ante un lejano rumor que terminaba en una golpiza interna. Acaricié mi pecho con el deseo de aliviarme el dolor, en mi esternón, donde el pálpito crispaba más la piel. En el punto más doloroso sentí contra mi yema una sensación punzante, y me fui mareando. Tuve que sostener mi cabeza, procurando recuperar el control de mi cuerpo. Al enderezarme, la presión en el pecho disminuyó.

Ajena al pasar de los autobuses y de las motos, del chirrido de una bicicleta frenada en seco, la estridente polifonía de tubos de escape sometía una muchedumbre muda. La gente me rozaba como las corrientes opuestas de dos afluentes encontrados. Sin embargo, la debilidad antes nacida en mi pecho, empezó a reconfortarme. Un calor se difundía desde mi nuca y los intermitentes espasmos de mi pecho pudieron comprimir durante un solo momento una fuerza atroz, capaz de silenciar el tráfico y ahogar el martilleo de los claxones.

Seguí pensando en tu falta…

Aliviado, sonreí al comprender que vayas donde vayas, yo te podré seguir escribiendo cartas…

Mi pálpito cobarde se cobijó en mi pecho, pero tú sabes liberar las vibraciones en cualquier ecosistema, aunque tengas que sobrevivir en otra jungla bulliciosa, enorme, con sus calles sucias y las infinitas barreras entre los caminantes, aunque declamen la importancia del hormigón sobre la queda sonrisa de un gigantesco suburbio.

Cuando vuelvas probablemente me encontrarás echado sobre el banco de la Plaza del Árbol, leyendo al rasero de un viento que desordena sus hojas. Tu marcha se queda escrita en mis recuerdos, consolados al escuchar un eco modesto en el aire del taller: «Las personas buenas volverán». Todas esas buenas personas que se marcharon hoy son el ritmo de mis latidos, el subir y bajar de mis costillas, la alegría que percute el cerrojo de mi pecho.

Existirían muchas formas de expresar cuánto te echo de menos. Un adiós simple es, paradójicamente, más difícil que estructurar palabras de sutileza y belleza suficientes que exige tal sentimiento. Si te echo de menos o de más, sea con lo mínimo que te puedas llevar puesto, entre tu equipaje:

«Cuando cuelgan la bata blanca en su percha, ya es intrascendente en qué lado de la mesa se está uno, sea en una consulta o en el café del barrio. Durante un tiempo rumié la alocada idea de invitaros a leche con galletas e iniciar una amistad verdadera e infantil, pero tuve miedo de desearlo demasiado, vergonzoso de que Blanca y tú no quisiérais jugar conmigo en un patio de remotas coordenadas».

Allí, parado contra un poste en la acera, supe que te habías ido.

 

 

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Bridge House Hotel: II. Viaje a Neptuno (Alucinación visual)

7 Jul

Al salir a la calle los colores empezaban a multiplicarse. La invasión siempre era tal que me resultaba imposible ponerles nombre a todos. En mi espalda, sentía todavía el envite de las olas maltesas. Ciertas sensaciones empezaron a apoderarse de mí, y las vivencias de aquella isla tomaban, de nuevo, forma en mi cuerpo vacío. Me recorrían de abajo a arriba, hasta que perdía la noción de mis pies sobre el suelo. Los calores que tan bien describo a mi psiquiatra, se concentraban entonces entre mis cejas. Cuando notaba la amenaza de mis impulsos, necesitaba hallar con urgencia un sitio donde calmarme, algún poyo en el que recostar mi cabeza, ya fuera apuntando al techo, ya fuera abriéndose al cielo más inmenso.

Recuerdo aquellos agitados días. Mi enfermedad me había traído a latitudes más frías, a una pequeña villa cuyo nombre emborronó mi memoria y el tiempo se encargó de barrer. «La manía es la peor compañera de viaje, porta un mapa imposible», pensé. Paseaba por Europa mi alma errante, y aunque yo encajara en cada nuevo lugar con aire resuelto, me conducía triste y solitario en mi propio túnel.

Aquel desdichado porvenir tocaría pronto a su fin, pero antes de mi primer diagnóstico, de aquellas palabras que cambiarían mi vida por completo, aterricé en Inglaterra con una inercia que escapó a mi control. Y como si un destino perverso lo supiera, éste me reservó lo peor para el final, como una antesala que desciende hacia el infierno.

A los pocos días, me percaté de algo que incluía mi equipaje. Me traje conmigo una máscara poco común, de facciones abstractas, antes desconocidas. Las horas de luz se alargaban mucho antes del alba, y mi mente no supo adaptarse; las noches llegaban demasiado pronto y se instaló en mí un vilo casi infinito. Cada día se repetía formando una colección imposible de paginar. «Una copia, de una copia, de una copia,…», pensaba. Y aunque consiguiera dormir, agradeciendo no más que una corta cabezada, despertaba con frecuencia en lugares desconocidos. A veces, en un prado inmenso, parcheado por unas ovejas que pacían a perpetuidad; otras, me hacían descubrir con detalle el techo empapelado de mi habitación. Los días se convirtieron en semanas, y un amargo poso se avivaba cada noche, creciendo dentro de mí.

Un día soleado salí a la calle y me dirigí al parque. Aquel lugar delataba pasión por lo verde, con una vegetación salvaje que nacía de una turba siempre húmeda. Al acariciar la hierba con mis manos, sus briznas se colaban entre los dedos. De repente, un color tabaco empezó a teñirlas por la punta. Alcé un poco mi mirada mientras me erguía levemente, desde cualquier ángulo todo parecía mancharse del nuevo color y extenderse. A lo lejos, unos niños que por los pies se balanceaban de un modesto columpio, empezaron a distorsionarse. Mi visión empezó a afectarse también por otro tipo de manchas, que moteaban sin orden la escena que contemplaba, y venían y desaparecían aquí y allá, velando el cielo, el suelo y los elementos que componían el resto. Aquellas manchas tenían forma de ameba y se movían como si lo hicieran bajo el microscopio, creciendo en tamaño para, finalmente, dividirse. Al final de mi ilusión todo se volvió marrón, sin fisura alguna que dejara ver el color original. Llevé las manos a mi cara, en un gesto de preocupación. Mi respiración se aceleró, experimenté vértigo y una lágrima que recorrió mi mejilla se introdujo en mis labios. Lloré y lloré, allí en mitad del prado verde. Lloré durante largo rato, sólo acompañado de mi mente trastornada, que esta vez sí, parecía viajar hacia una locura inédita. Más tarde, a los pocos días, escribiría lo poco que recordaba de aquel episodio:

«Observé el cielo que empezó a clarear. Emití un grito mudo, implorando con los brazos abiertos y mi cuello tenso; asomaba mi nuez, que subía y bajaba con cada sollozo. Las nubes más pequeñas caían rápidamente e inundaron mi boca. Pronto mi calavera se llenó y la sal empezó a comerme los huesos por dentro.»

Todavía de pie, seguí en aquel parque. No pude recobrarme durante los primeros minutos, que se hicieron eternos. Operé con dificultad hasta llegar a una fuente. Allí pude lavarme la cara, sin embargo, mi esfuerzo por calmarme no se rindió hasta que puse mi nuca bajo el chorro. El agua fría se derramó por la espalda y llegaba hasta mi pecho. A los pocos segundos ya estaba empapado. Junto al frescor que agradecí, los colores parecían retornar, y me percaté de la timidez en el ambiente y cómo, por momentos, se devolvían al paisaje los verdes y azules que le pertenecían. Desgraciadamente y por mucho que me esforzara, no podía someter del todo mi estado. Tras descansar mi vista, de nuevo, una cortina volvía a filtrar toda la luz. Sin duda, luchar contra aquello era fatigante. Así, decidí arrodillarme en la hierba y esperar. Mi universo se limitaría al rectángulo que acotaran mis manos y mis rodillas. Aun así, los efectos ópticos todavían lanzaban ciertos destellos y percutían mis sienes, pero mientras no levantara mi mirada, me sentiría reconfortado y seguro, pues la alucinación, y por lo tanto el abismo, dejaban de existir más allá del trozo de hierba que reclamé.

Al punto que volví a mi habitación, ya había recuperado mi cordura. En mi rostro se abandonaba una expresión cansada y muda, en la que un dolor hubiera silenciado un susto, quizás un mayor sufrimiento difícil de explicar. Me dirigí al baño y enfrente del espejo vi mi apariencia transformada, pero ya había desaparecido toda distorsión. En un plano cenital, el sumidero del lavabo asemejaba un astro y, el borde de la pica, una órbita. Abrí el grifo, el agua se perdía por el agujero girando en sentido contrario; mientras fluía, su sonido era lo único que interrumpía el silencio, hasta que sumé un resoplido de alivio. «He viajado a Neptuno y he vuelto», le dije al espejo.

Camino de la recuperación total

18 May

Mi enfermedad avanza, y no quiere decir que lo haga con merma de mi bienestar, evoluciono con ella, aprendo cada día de sus embestidas y la someto mediante sutiles gestos de dominio. Es una guerra ofensiva, voy al abordaje de una remisión total. Todo empezó con una afrenta hacia mi penúltima psiquiatra –curiosamente todas han sido mujeres–, a la que planté unos argumentos hostiles pero sólidos, mi estabilidad estaba en juego y en aquel momento se sostenía con pinzas, las crisis maníacas eran cada vez más numerosas y frecuentes, mi vida parecía un tiovivo revolucionado.

Busqué un especialista, un buen especialista. No tuvo necesidad de realizar visitación preliminar para valorarme, confirmó mi diagnóstico y en la primera visita ya ajustó mi medicación al alza. En posteriores visitas, ha ido reajustando aún más las dosis, también con la inclusión de nuevos medicamentos, siempre bajo la luz que arrojan mis análisis clínicos y litemias. Ese nuevo medicamento era la quetiapina –del cual ya he hablado en alguna otra entrada–, antipsicótico atípico que se puede utilizar como refuerzo de los estabilizadores, no solo como retenedor de la hipomanía.

Así, mi cóctel químico tiene como premisa principal la estabilización, no con un enfoque tan reactivo como el que tenía anteriormente, un frágil tratamiento que sólo llegaba a arañar la superfície, prescribiendo siempre a posteriori de las crisis, alternando antidepresivos y antipsicóticos, jugando a lanzarme de un polo a otro, con una palmaria dependencia de los hipnóticos. Ahora sin embargo, la paulatina retirada de las benzodiacepinas está siendo muy satisfactoria y, lo más importante, inscrita en un proceso totalmente espontáneo.

Actualmente esas son mis armas para manejarme por la vida: una actitud segura y una convicción plena en los pasos que últimamente doy, confío plenamente en los medicamentos. Confío en los medicamentos, no así en las personas. He perdido ese natural apego por el prójimo, con esa generosidad incuestionable y entregada que me caracterizaba. Me hago mayor de manos de mi trastorno. Mi bipolaridad ha nacido en plena pubertad, con dieciséis años y ahora, en plena cumbre de la adultez, es cuando experimento la remisión.

Entre adultos el juego de la comunicación se vuelve más difícil. Mi estado mental es una etiqueta difícil de explicar, irremediablemente me condiciona, aunque haya compensado más de mil veces mi deterioro cognitivo. Entre otras cosas, mi capacidad de socialización ha quedado intacta, además me rodea un maravilloso halo que la gente no llega a comprender a primera vista, que les sorprende, fruto de un proceso de recuperación estricto y aséptico. Me siento renovado por dentro y por fuera, algo difícil de medir, pero que los sentimientos sí pueden ponderar. Que estoy totalmente recuperado es un hecho. Sin embargo debo prepararme para superar cierto retraimiento social, romper definitivamente el estigma que me persigue.

Últimamente vivo la vida con entusiasmo, con un espíritu jubiloso me enfrento a un panorama bastante gris, pues mis posibildades de tener una vida independiente se han reducido a merced de una recuperación que ha exigido mi enfermedad, apartándome parcialmente de todos y de todo (trabajo, estudios, amigos, obligaciones, etc,), exceptuando la familia más cercana: mis padres y mi hermano.

Pero sin embargo, es cuestión de tiempo. Todo tenemos un cauce reservado por el que discurrir, a pesar de haber nadado contracorriente en muchos otros afluentes con anterioridad. Es hora de convertir mi mente en un templo improfanable. Emprender camino hacia la recuperación de un guerrero exige descanso, reflexión y rearme, el tridente de una voluntad de acero que no tiene sus miras en los enemigos cercanos si no que piensa en conquistar el horizonte.

 

Ensoñación

6 May

Necesito desintegrarme, que mi cuerpo se funda en la negrura de la noche, que no quede nada entre la bóveda celestial y el cuadrante de mi cama. Probablemente imagino unos puntos resplandescientes y eléctricos, apenas tres o cuatro átomos que resuman mi preexistencia carnal, unos puntos que suban a la más lejana doblez del universo firmando una constelación tridentina.

Pierdo la noción de mis extremidades, sopla un leve suspiro y una onda de calor me abandona por la yema de los dedos. Mis pies acostados se relajan y se abren indefensos, las plantas son recorridas por el sutil escalofrío de una pluma, mis piernas no se pueden resistir tampoco y la pelvis abandona la tensión de un esqueleto mal encajado. He pasado por el estrés infernal de un día demasiado luminoso, que posee láseres fulminantes en vez de rayos y que éstos han embutido en mi iris azul cenizo un embravecido mar turquesa. El tronco empieza a levitar, despidiéndose de médula y costillas, al son se despedazan el corazón y el alma rompiendo un frasco de frágil cristal. Mi cabeza se alarma por momentos y un golpe febril pincela una capa de rocío en la frente y las sienes, el reguero de sudor se deshace en finos afluentes y muchas gotitas se elevan contra la gravedad, donde antes había techo y ahora pacen las estrellas.

Estoy flotando y bajo estrepitosamente, mi cuerpo se funde y ya no existe tal cama. Recorro toda una sima neardental, donde al final se halla un estanque subterráneo, tras bucearlo sin esfuerzo y atravesar un cuello de rocas, salgo a una nueva superfície. Recobro el aire, un aire que no existe, porque en los proyectos de sueño no hace falta respirar. Pongo pie sobre un firme seco, algo va mal, en un claro de agua sereno veo mi tez reflejada: una estampa odiosa se vuelve a repetir, mis ojos estan ahí dilatados, casi de porcelana pétrea, pero con un venoso enraizado que los envuelve y castiga.

Ya no se puede ir más lejos, hasta donde la fuerza del centro de la tierra me ha podido traer. Mi cerebro es ahora el único traicionero, el que me impide abrir definitivamente esa puerta mágica al descanso, esa puerta a un mañana agradecido por el bostezo.

Al entornar la vista observo, tras enfocar bien -al igual que buscamos una mosca en la punta de nuestra nariz-, unos querubines microscópicos sostienen mis párpados, como si quisieran limpiar un cortinaje o alzar el telón desvelando un sainete, en una pose truhanesca, parecida a levantarle la falda a una agradecida desprevenida. Pululan agitando sus ridículas alas maléficamente, rastrillean mi pelo y gozan de excavar mi tímpano, cavando túneles buscando el eco perfecto. Sin embargo yo apenas los siento, o al menos trato de ignorarlos, aunque desgraciadamente son un vil recordatorio de mi fatal insomnio, de que los párpados son los únicos tejidos de mi cuerpo con vida propia, independiente e inteligente, siempre vivaces y despiertos, siempre con ganas de vencerme hasta el alba.

Esta noche una fuerza superior a mí me ha vencido, según recorro la córnea, todo es una sensación agria y de nerviosismo: el síndrome del ojo seco. Intento llorar, aunque sea de desesperación pero no puedo, no puedo apagar esta quemazón que me impide dormir ni esta llama fulgurante que me obliga a digerirlo todo por el nervio óptico. En la madrugada siempre salta el resorte a horas que no debe y el reloj biológico se detiene para cronometrar el autoconsumo de los noctámbulos. Diagnóstico: demasiadas horas sin dormir. Harto conocido que el deseo de conciliar sueño y descanso se van al traste, una vez más. ¿Y qué hay de mí? Sólo me queda una opción sensata, hacerme caer como un tronco con mi caramelito de laboratorio.

Benzo de 5 milígramos entre pecho y espalda… Otra vez

 

Obstáculos

2 May

Mi psiquiatra dice que estoy mejorando y ha decidido mantenerme el tratamiento. Buenas noticias al parecer. Hasta ahora, he recorrido un largo camino, a veces angosto, otras venturoso, cuyas cuentas pronto rebasarán ya 12 años, llenos de huellas sobre el barro. Y esa cuenta no parará de crecer, en tanto en cuanto siga vivo. Sin duda, a veces la vida nos pone a prueba en carreras que no tienen una meta al fin, aunque incluso nos esperasen con un ramillete de flores para felicitarnos -nosotros somos más de palmaditas en el hombro-. Pero no neguemos la mayor, todos, en nuestros propios ámbitos, deseamos atravesar esa meta donde certificar el esfuerzo de haber llegado, allá donde se reconoce el logro, donde la exigencia fenece llevada por nuestras últimas exhalaciones, nos permite capitular pequeñas etapas de nuestra vida y ahogarnos entre los abrazos amigos de la victoria.

Los bipolares no corremos sólo esa clase de carreras, nuestro recorrido es un temido “falso llano”, donde los kilómetros parecen estirar y multiplicarse, y el horizonte se burla enseñando el mismo arco bajo el ocaso, por mucho que lo persigas. Lo nuestro siempre son metas volantes, que nos obligan a mantener los ojos bien alerta y aceptar con resignación la cultura de un esfuerzo personal añadido que nos exige nuestro cerebro defectuoso, y por supuesto en desiguales condiciones respecto al resto de las personas. Podemos ser igual de rápidos, ágiles y fuertes que los demás, pero nuestro inevitable destino es el de un esfuerzo constante, que compense esa vulnerabilidad innata o adquirida -versa todo un debate sobre ello- de unas conexiones neuronales desnutridas, o bien sobrealimentadas, fomentando un flujo errático que debemos redirigir. Domar nuestro cerebro supone nuestra supervivencia.

Obviamente, la vida y el deporte se solapan en una metáfora. Pero comprendo ambos elementos perfectamente. Soy bipolar, eso ya se sabe, pero también corredor. Llevo unos 6 años compitiendo de una forma regular y satisfactoria. Sé de lo que hablo al comparar los dos términos. Mi vida como bipolar es una carrera de fondo, como la de cualquier otra persona quizás, pero con obstáculos, muchos obstáculos. Y si bien el correr te puede hacer llegar a los primeros puestos e incluso hacer ganar carreras, el estilo de vida del enfermo, que permite salvar los muros que las crisis te levantan, determina el devenir de mi salud.

E incluso a veces todo parece rodar perfecto y, de repente, una piedra enorme sale a impedirte el paso en mitad del camino. La carrera bipolar, sin dudarlo es, la más difícil de llevar. La corres a cada hora, cada minuto, cada segundo de tu vida, y si no sabes mantener bien tu ritmo, ese que te hace avanzar sin riesgo, entonces corres el peligro de desfallecer y quedarte en la cuneta tirado, viendo como el mundo continúa su curso sin remedio y te adelanta.

A veces sueño: corro por un camino de grava. Fácil, sin viento. Un sol hipervitaminado no me consume. El sudor es agradecido.

De repente el terreno se vuelve pedregoso y accidental. Cantos rodados y afilados. El calor se transforma en sudor seco y la lengua se acartona. Mi diafragma está demasiado hinchado. Duele, como un punzón bajo las costillas. Me obliga a parar. Hundo las rodillas en la tierra. Aprieto los puños comprimiendo un poco de grava entre mis palmas. El sudor de mi cara surte como una lluvia bundante, agacho más la espalda y detengo la nariz justo antes de tocar el suelo. Mi fuerte respiración hace levantar el olor a polvo y hojas secas.

De mi lado surgen unos chasquidos desde el ramaje seco. La temperatura es sofocante, sigo sudando en postura de cuadrupedia. Los ruidos se repiten. Mantengo fija la mirada. Un gato negro recorre pomposamente el trecho hasta colocarse delante de mí. Totalmente negro. Finalmente, se sentó erguido muy señorarialmente. Era un gato guapo y excepcional, pedía a gritos un traje y una corbatita a su medida. Movía su cola con una lenta placidez, casi hipnótica.

Desde mi humillante posición le hablé:

— ¿Y ahora qué quieres tu, gato?

El viento veló aquella surreal escena durante unos segundos de silencio. La ráfaga expiró y volví a mirar fijamente sus ojos:

— Levántatate y corre, cobarde. Tu única alternativa es morir -me dijo el gato.

Mi corazón empezó a palpitar como si fuera a colisionar sin remedio contra un muro de hormigón. Por un momento, mi cráneo se desposeyó de mi cerebro. Mi visión se destorsionaba, los pinos se doblegaban, el estanque se decantaba hacia el cielo, las nubes se movían deprisa y engordaban lobulares, una paleta de colores tropicales invadía aquel bosque mediterráneo.

Me desmayé. Al despertar todo estaba en su sitio. Todo menos el gato. «Un gato que podía hablar». Recuperé la cordura y me levanté. Al desempolvarme la ropa me fijé en una flecha marcada sobre la tierra, era reciente. Al principio volví a asustarme, pero pronto me recompuse.

La flecha marcaba el camino contrario a casa. Vacilé por un momento.

Al final emprendí la marcha pensando todavía en la cola del gato.

 

Un paseo triste

26 Apr

Un circo apostado en una explanada exhibe algunos llamativos carteles. Me acerco. De perfil hallo lo que parecen unos remolques, alrededor unas picas unidas por un cordón los rodean. Un olor fuerte a granja me invade. Sigo la colorida cinta de seguridad sin descubrir más allá de una jaula con ruedas. Hasta que no me enfrento de cara a la caja metálica no consigo divisar a la criatura. Parece dormida, una enorme masa viva se eleva y desciende al ritmo de su respiración. Permanece enroscada como una bola, en la penumbra. Sus gigantes patas se asoman mas allá de la luz, acto seguido muestra su cola desperezando su cuerpo, extendiendo su lomo en un bostezo que lo arrima definitivamente a la luz. Descubre todo menos su cabeza. Entonces gira y, sin el minímo tiempo para observarlo detenidamente, ruge hacia mí con increíble fuerza, sus fauces se abren ampliamente y el bufido que emiten hace vibrar las raíces de mi cabello. Con sus mandíbulas ya relajadas, intercepta mi mirada con la suya, intenta comunicarme algo. Es una fiera incompleta, sin libertad. Su pupila está apagada.

Deambulo por las calles.

Las rayas del tigre se pasean por su jaula, entre sus sinuosos andares enseña los colmillos, pero su espíritu sigue tristemente encarcelado. El trayecto se convierte en algo hipnótico, como una danza del vientre; las rayas parecen los brillos de un mar en calma, unos vibrantes destellos bajo el sol. Pero sin remedio, su alma se ahoga bajo unas verticales de hierro. Me alejo, desde la distancia aquella caja diminuta parece un código de barras que encierre una llama salvaje, que nunca pierde su brillo pero que con el tiempo se apagará o acabará por inmolarse.

Así me siento yo, atascado en un ecosistema de asfalto al que mi naturaleza ya no quiere pertenecer más. La inercia con la que doy mis pasos se convierte en una rápida carrera y pide a gritos llegar hasta el mar, si hace falta, pedir que alguien me enseñe el camino. Quiero salir por algún agujero de esta ratonera. El tiempo pasa, con implacable actitud y, aunque me encuentre en pleno esplendor, mi reverdecimiento puede que se agote. Y eso me preocupa; nervioso el calendario se deshoja y ya son demasiados los días que barro del suelo.

¿Dónde han ido todos? Cada vez veo las calles más vacías, las pocas caras que veo son las mismas de siempre. Veo a adolescentes que ayer eran niños sonándose los mocos. Veo a mujeres de mi edad preñadas, algunas ya empujan los carritos. Veo comercios que cierran, y siento una ráfaga de viento que apostrofa una triste realidad. Veo a la gente envejecer, perder la firmeza de sus cuerpos, arrugas aparecen. Veo muchos ojos apagados, sin ese brillo de la pupila al sonreir. La mitad de mis amigos ya se fueron, algunos lo hicieron para no volver. Otros están hartos de navegar, persiguiendo el trabajo en un eterno viaje de ida y vuelta.

¿Dónde está la felicidad? Alguien la metió en una jaula, como al tigre; vive aletargada esperando escuchar alguna canción que la motive. La felicidad es un sentimiento más fuerte que sus garras, puede romper los barrotes y saltar hacia la libertad, volver a intoxicarnos con los colores de la alegría, el sonrojo de las mejillas, las sonrisas inabarcables y mancharnos con una lluvia de júbilo.

He tenido suerte. La felicidad empieza a construirse dentro de uno mismo. He tenido suerte de volver a renacer, aunque sea gracias a mis pastillas de colores. Una segunda oportunidad tan grande no se desaprovecha así como así. La vida se debe exprimir como un limón, hasta la última gota. Los angostos y tétricos caminos andados se abren ahora en claros maravillosos; a mi biblioteca mental acuden palabras como alegría, gozo, gusto, amor y pasión. Ayudan a sobreescribir aquellas palabras tan tétricas de la familia de la muerte y la destrucción.

Este logro ya es imparable. Avanza como un tren bala por mi médula, recorre mis neuronas sin hacer paradas, y se dirige rápido y puntual a una estación donde aguarda el amor y la felicidad.

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