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Pájaro en el alféizar

12 Oct

Ya noto el otoño. Mi sueño se alarga profundamente, pero los despertares se embrollan entre envolturas y saboreo con la lengua los encajes de las sábanas, y tan ovillado estoy con el pesado lino que siempre despierto en forma de larva. La lenta respiración hace latir un bulto insinuando el tronco, la cabeza, las extremidades apretadas, anidando un ser salvaje bajo todas esas capas, pero perezoso y sin voluntad; al asomarme con timidez, la luz que me insulta a través de la rendija, todavía, como un hombre de pie o un malvado acomodador dejando entrar toda la vida no convidada gratuitamente, levanta la persiana para que las personas que siguen afuera a lo suyo, desde una terraza atestada y casi perpetua, corroboren que no tienen cabida en mi cama, que las odio, que adivino su torpeza: el caminar, el sentarse, el sorber del café, el masticar soez que todo junto afea el cantar de los pájaros que quedan, por suerte, porque el hombre de ahí fuera ve un árbol sano y ante la primera raíz que bella emerge y quiebra el asfalto, lo tala, y sin mejor opción el tronco, la copa, las benditas hojas de una especie necesaria para los poetas, desaparecen, se las lleva una camioneta y con ella la morada de un pájaro que yo, egoísta, pienso que es mío y reclamo como una pertenencia, y me roban eso y mucho más. Pero él no tendrá problema, irá en pos de la palmera de la esquina, se alejará el amigo conspirador que contra toda una ciudad que me enerva, abandonará mis batallas de alhomada y yo no lo vuelva a escuchar.

Sin embargo una serie de lamentables desdichas nunca tiene porqué ser completa, quizás existen alteraciones rebeldes en el universo empeñadas en destacar la prevalencia de la vida, de forma ingenua, pero que pueden cambiar todo un destino. Fue toda una revelación, emocionante, ver al gorrión de nuevo en el alféizar, y el mundo que odiaba se desdobló en ese universo infinito y gozoso bajo mi cama, donde los monstruos empezaron a cambiarse la máscara. «Sigue aquí», me dije a mí mismo, «ha venido esta diminuta fragilidad, su cuellecito de alambre y los contados huesos de su esqueleto. Eres bello y tu tamaño te engrandece, irrepetible el detalle de tu existencia, me llevaría contigo, o al revés, tú puesto como un broche, como una flor, mientras cupieras en el bolsillo de mi camisa, precioso».

Sea ruidosa la mañana, se mortifique mi cuerpo con el ruido del despertador, en su nuevo nido, un pajarillo frágil sigue cantando sin su última nota un acorde perfecto, y lo hace todas las mañanas. Y el plástico de mi persiana, levantada hasta la altura de su cabecita, absorbe su canto y lo amplifica dentro de mi habitación.

Su pío-pío hizo que al fin me levantara.

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Gris antracita

5 Oct

Vi nacer amapolas de la más singular forma. Halladas en enormes bloques de hormigón, cogí de entre sus grietas la primera corola roja, rota por grises filamentos, y se enrocaba al perfil e irregular desnudo de una piedra rota. Envueltos en el óxido, los cables de electridad, los alambres descolgados de sus vagones y los postes, en el intento de un beso mal consumado, tímido, se soslayaban antes de tocar suelo. Y un espacio encapsulaba un aire sobre lo que parecía todo flotar. Apenas al limpiar con mi dedo una de las chapas, saboreé lo horrible y férreo. Atrás, dejaban las gotas de lluvia olorosa, un manto de agujas de pino tras cada pisada, con una sensación que se daba en la nariz, y picaba, traída por la imagen de un recuerdo infantil y el sabor a lo metálico tan reciente en mi lengua. Oh, estos trenes, con lo rojo que se vuelve más rojo en la amapola, da al verde toscana y al amarillo dorado, más vivas e intensas razones de existir. Traje una mochila repleta de colores. Sigo queriendo reclamar las paredes blanquinegras, por capas y capas en las que cada aire suspendido en su momento sea sepultado por la pintura. Son bellas las briznas que crecen bajo los listones de madera, es en esta estación abandonada bello verlas crecer, más allá, cuando el infinito se curva interrumpido de vagones de cola desenganchados.

 

Carta abierta a Clara

19 Sep

Sabía que te habías ido. Minutos antes de llegar a mi parada algo venía palpitando en mi pecho: el dolor apareció hace tiempo, al pensar en la remota posibilidad sobre tu partida. Y esa cosa extraña, desmembrada, me acompañó hasta la última rampa que doblé en la salida. Desde la estación, la calle tomó una forma abstracta y se recortaba por unas torres vistas de soslayo. La luz chocaba contra la piedra en la parte frontal, pero la arcada daba paso a un túnel sombrío, con el frescor de algún poto rebelde enraizado. Dí un pequeño rodeo, tras cercar las placas de la calle Quart y la Gran Vía, y bajé la vista hacia un paso cebreado. A ambos lados, la gente me adelantaba hasta llegar al siguiente cruce, donde todos se detenían ante un tráfico denso y violento, imposible de vencer. Y ahí me rendí, en pos de una estresante carrera. Comprendí que llegar pronto podría haber amplificado la desilusión de no hallarte. El tiempo que tardaba el semáforo en cambiar sus colores, en escuchar el ruido de unos pasos que avanzaban, era el mismo al silenciarse a idénticos intervalos. Seguí acomodado en aquel trance, e inmóvil ante la primera raya pintada en el asfalto, el intercambio de los discos absorbía toda mi atención. De repente, sentí un toquecito agudo, indescifrable al oído, y despertome de mi estado febril intuyendo que lo sentía de dentro hacia fuera, revelado ante un lejano rumor que terminaba en una golpiza interna. Acaricié mi pecho con el deseo de aliviarme el dolor, en mi esternón, donde el pálpito crispaba más la piel. En el punto más doloroso sentí contra mi yema una sensación punzante, y me fui mareando. Tuve que sostener mi cabeza, procurando recuperar el control de mi cuerpo. Al enderezarme, la presión en el pecho disminuyó.

Ajena al pasar de los autobuses y de las motos, del chirrido de una bicicleta frenada en seco, la estridente polifonía de tubos de escape sometía una muchedumbre muda. La gente me rozaba como las corrientes opuestas de dos afluentes encontrados. Sin embargo, la debilidad antes nacida en mi pecho, empezó a reconfortarme. Un calor se difundía desde mi nuca y los intermitentes espasmos de mi pecho pudieron comprimir durante un solo momento una fuerza atroz, capaz de silenciar el tráfico y ahogar el martilleo de los claxones.

Seguí pensando en tu falta…

Aliviado, sonreí al comprender que vayas donde vayas, yo te podré seguir escribiendo cartas…

Mi pálpito cobarde se cobijó en mi pecho, pero tú sabes liberar las vibraciones en cualquier ecosistema, aunque tengas que sobrevivir en otra jungla bulliciosa, enorme, con sus calles sucias y las infinitas barreras entre los caminantes, aunque declamen la importancia del hormigón sobre la queda sonrisa de un gigantesco suburbio.

Cuando vuelvas probablemente me encontrarás echado sobre el banco de la Plaza del Árbol, leyendo al rasero de un viento que desordena sus hojas. Tu marcha se queda escrita en mis recuerdos, consolados al escuchar un eco modesto en el aire del taller: «Las personas buenas volverán». Todas esas buenas personas que se marcharon hoy son el ritmo de mis latidos, el subir y bajar de mis costillas, la alegría que percute el cerrojo de mi pecho.

Existirían muchas formas de expresar cuánto te echo de menos. Un adiós simple es, paradójicamente, más difícil que estructurar palabras de sutileza y belleza suficientes que exige tal sentimiento. Si te echo de menos o de más, sea con lo mínimo que te puedas llevar puesto, entre tu equipaje:

«Cuando cuelgan la bata blanca en su percha, ya es intrascendente en qué lado de la mesa se está uno, sea en una consulta o en el café del barrio. Durante un tiempo rumié la alocada idea de invitaros a leche con galletas e iniciar una amistad verdadera e infantil, pero tuve miedo de desearlo demasiado, vergonzoso de que Blanca y tú no quisiérais jugar conmigo en un patio de remotas coordenadas».

Allí, parado contra un poste en la acera, supe que te habías ido.

 

 

Eli

7 Aug

Al entrar en el comedor, la imagen de madre amantísima se proyectó sin excepción sobre todos los asistentes. En brazos portaba a su hija, una niñita rubia de rizos rebeldes y que se acurrucaba albergando un aura inmaculada. Su carita se arremolinaba contra la blusa de mamá, que complacida lucía una sonrisa radiante en un rostro de grandes ojos, perfilados bajo un sutil maquillaje. La levísima máscara de la pintura antojaba una belleza natural y tímida; sin ella puesta, hubiera robado la mirada de cualquier hombre desatento.

Eli era una de las corredoras más deseadas. Entre el grupo de hombres solían hacer comentarios subidos de tono acerca de todas las mujeres del club de atletismo, sobre todo de las solteras, y en especial de las madres solteras. Sin embargo, aún estando emparejada, Eli era el destino de muchas de las morbosas observaciones y fantasías sexuales —fanfarronadas inofensivas— del personal masculino. Su peculiar comportamiento, muy independiente y con aire resuelto y decidido, la hacía coincidir poco con su pareja, y sí con frecuencia con el resto de hombres que, en tropel, copaban los entrenamientos. Además, tenía un carácter competitivo y amaba el deporte que practicaba. Su gran facilidad en el trato la hacía presentarse a los demás con una cara amable que se tornaba exageradamente graciosa, al comprobar el acento andaluz que expelían sus labios. Sabía lucir sus piernas bonitas y tersas, bien bronceadas, y el ejercicio físico y sus ganas por cuidarse hacían a un cuerpo vigoroso como el suyo, aligerar con facilidad sus treinta y tres años y paridos dos hijos estupendos.

Aunque avanzó unos pasos, Eli no tuvo tiempo para saludos ni presentaciones. Mientras la niña aún chupeteaba su pequeño pulgar, pudo zafarse de la criatura con una ternura tal que, Lara —de apenas tres años de edad—, parecía haber sido arrancada dulcemente de un cuento de hadas, pero sin distraerse ni un ápice de la invisible y cómoda sensación del regazo al que se aferraba con capricho. Para cualquier otra niña de su edad —y, como ella, que viva en exceso apegada a la atención de su madre— romper el mínimo vínculo hubiera supuesto un torrente de berrinches. Sin embargo, Lara siempre mostraba una gracia singular y sofocaba cualquier conflicto con una sonrisa impagable, y lo hacía con los ademanes andaluces heredados de su familia materna: «!Ay, mi shosho!», solía repetir al punto en que todos los presentes rompían a carcajadas.

Tan pronto su pie tocó el suelo, Lara se puso a corretear entre las dos largas mesas dispuestas en el salón, primero en compañía de Dani, el hermano mayor que por natural afinidad se adelantaba al ímpetu de su hermana, a base de estirar y agarrar su ropa con una insistencia de la que desistió finalmente sin éxito. Durante largo rato, los hermanos cercaban a su madre aquel ambiente febril y caluroso de verano, pero ambos decidieron más tarde unirse al resto de los niños y niñas —hijos de otras parejas—, para entregarse a la improvisación y el juego. Pronto se montó una algarabía bien formada que se agitaba subiendo y bajando las escaleras, corriendo, deslizándose bajo las mesas, provocando más de un percance con algún camarero…, toda aquella colección de brotes inocentes y puros, la inocente chiquillada, era ajena a los juegos más serios y el contrapunto lejano y ruidoso de las confabulaciones que únicamente los adultos pueden dirimir.

Ligeramente desplazada, tan lejos de una mesa como de la otra, Eli permaneció momentáneamente presa de la soledad; con una expresión queda se abandonaba hacia una leve tristeza mientras su hija le soltaba la mano. Al aparecer su prometido y alcanzarla, compuso nerviosamente una sonrisa y abrió los ojos en busca de nuevos focos donde hallar alguna distracción. Cuando se dejaban ver, Eli siempre era la que tomaba la iniciativa en todo, y él la secundaba con resignación pero la intentaba dominar. No era difícil sorprenderlos tratándose con frialdad, aunque con la tácita pretensión de cumplir una deliberada apariencia, y corregían al instante cualquier desaire que tuvieran en público. Eligieron dos sillas y se sentaron, no perderían de vista a sus dos pequeños desde aquella esquina de la mesa. Como padres habían construido un hogar ideal para Lara y Dani, pero arrojaban graves dudas de que el vínculo conyugal no pudiera nunca quebrantarse. Las voces de algunos que silenciaban sus secretos, se amplificarían sin remedio después de aquel día. Los círculos de amistades que ambos compartían ya no obviaban la frágil imagen de pareja feliz.

Durante el ágape el comedor iba quedándose pequeño, y a medida que el trasiego de primeros y segundos platos se sucedía, la temperatura abochornaba cada vez más. Desde cualquier asiento, se podía ver a Eli caminando y dirigir miradas cómplices a alguien que la rescatara, que la invitara a sentarse y despachara una charla agradable, que la evadiera del hastío de su compañero. Afanado solo en cumplir la función estética de mero acompañante, él le lanzaba miradas acusadoras desde lo lejos; escrutando el espacio buscaba a su mujer pero solo hallaba un asiento vacío.

En una de sus idas y venidas, Eli interceptó la mirada de un chico, cinco años más joven que ella y que le llamó la atención. Aunque ya le pareció que ambos se observaran de una manera más significativa antes —al entrar, con Lara en sus brazos—, solo se cercioró hasta después del postre de que las miradas que ella lanzaba le eran siempre devueltas. Eli solía subir las cejas y sonreir con timidez; él la acosaba descaradamente con los ojos, fijeza que acompañaba con una osada sonrisa. Ambos fueron escribiendo en el aire un código gestual caprichoso hasta que, casi sin darse cuenta, se hubieron sentado juntos. Los invitados fueron poco a poco despidiéndose hasta que quedó un grupo reducido. Eli no padecía en ese momento la influencia de su pareja, que se ocupaba en cuidar de los pequeños Dani y Lara en la piscina exterior al restaurante. La conversación fue banal, sin mucha trascendencia. Pero las formas lo decían todo: el tono, las preguntas amables de él, las respuestas graciosas de ella… Se sintieron tan cómodos que desearon tocarse las manos, o almenos rozarse bajo la mesa. Pero ella, estaba algo desconcertada, y él, no sabía donde ubicar a cada personaje en la historia. La confusión no bastó para desacalorarlos y siguieron embobados mirándose de soslayo hasta que el novio, con una prisa mal disimulada, la requirió para marcharse a casa. Eli se negó mostrando su desagrado; de nuevo resignado, volvió a la piscina donde sus hijos se secaban parsimoniosamente con la toalla. El joven no entendió bien todo lo que sucedía. Por otra parte, durante toda la comida, Eli trató de devolverse a su silla con una demora notoria y que hiciese sentir molesto al padre. Tras aquella contestación, Eli se levantó de su asiento y se marchó para ausentarse unos minutos. Desde dentro el joven observó cómo volvía, pero esta vez ella se dirigió directamente a la piscina, su exhibición de libertad transitoria había terminado. Se sentó junto a su prometido y, cogiendo la toalla para secar el pelo de su hijo, retomó sus responsabilidades maternas. El sol se reflejaba en la piscina y contrastaba con la realidad incompleta que parecían transmitir sus ojos, ahora tristes. Tras su vuelta, el rubor de sus mejillas desapareció.

Eli siempre se decía a sí misma que no repetiría escenas tantas veces representadas. A pesar de ello, aquel día fue un poco diferente. Desenvolverse entre aquella gente la alegró, y el encuentro accidental con aquel chico, por nimio que fuera, no solo la ánimo, sino que avivó una esperanza apagada. Ese día conoció personas que no la sometían con vehemencia, sintió algo de libertad que su vida personal le robaba constantemente. Hasta ahora podía justificarse por las cargas familiares, y consideraba que para los hijos su sacrificio nunca era baldío; pero otras veces, sin embargo, esa carencia de libertad afirmaba más su propia infelicidad, y para ella la falta de vida propia era totalmente injustificable. Había luchado tanto que no podía creer como sus sueños se habían despedazado tan rápidamente en los once años de vida en común. La construcción de una vida basada en lamentos eran solo consolados por los frutos de su vientre… pero como pareja ya no eran nada.

La vida de Eli se resumía en la constante frustración de no poder enderezarse a su gusto, levantar la cabeza y echar a andar sin los grilletes de su relación. Su anhelo por volver a Sevilla, donde hallaba la verdadera pertenencia de su alma, era siempre obstaculizado por su pareja, que emplazaba a aquella luchadora a una suerte triste y solitaria. Había recorrido un trecho demasiado largo en un camino que se bifurcaba. Y ahora no sabía si regresar, quedarse quieta o tirar para delante. Debía sumar además todas esas desavenencias conyugales que el tiempo había vuelto imposibles de solucionar, porque en palabras de la propia Eli: «Eran imposibles de solucionar». Y estaba presente la herida más profunda de su corazón: la marcha del padre que la había dejado en el sur, no hace mucho, y que se volvía más tierna y desgarrada al retornar a su ciudad cada verano.

Sin darse cuenta el tiempo había empedrado su propio camino y por primera vez se asustó de correr en un terreno conocido al que acechaba el peligro.

Dos hermanos

12 Jul

A veces no hace falta buscar, que caiga sobre las manos una remota foto es casualidad suficiente para que el corazón, sin dejar fallar en su latido, se congele y derrita en un instante. Hay órdenes divinas de detener el tiempo, se las puede ver regateando dentro de caóticos cajones, o aplastadas en álbumes de lomos corpulentos, fotos familiares que yacen siempre escondidas al azar, arbitrando siempre una desdicha: son el montaje perfecto de una película vivida, la de aquellos maravillosos años que nunca volveremos a repetir. Retenemos y amamos la plastificación del pasado con la tácita pretensión de cambiar un malogrado presente. El acto de recordar es una dosis leve de opiáceo, una sola cucharadita destruye momentáneamente la melancolía, eleva nuestras pulsaciones como las de un cachorro excitado.

Veo la foto y mi alma ejercita un exabrupto jocoso, no puedo evitar derramar una lágrima viva en mi interior, mezcla de júbilo y tristeza. Se escapa de mi control aquel momento matemáticamente irresoluble. No es posible explicar tanta belleza contenida en un rectángulo, sonrisas como éstas son ecuaciones difíciles de reescribir para cualquier otro momento.

Mis recuerdos se arrastran con envidia, dos rostros infantiles asoman el reflejo de una esperanza e inocencia rezumando una infinita alegría que nunca se marchitará.

Más allá del papel brillo, mi hermano mayor, el moreno y más alto, me sujeta y abraza relajado. Yo sigo descamisado, en el patio soy todo un correcalles, y según mi madre un malejo. El caso es que ambos sabemos jugar a los piratas y somos inseparables. Carlos, es el capitán del barco, yo Jose Luis, el rubio y pequeñajo, soy un polizón descubierto en cubierta, pero mi hermano, como buen capitán, me perdona y me deja hacer de vigía.

Nuestras poses bien podrían valer lo que mil esculturas de museo. ¿O acaso la belleza más valiosa no se encuentra en lo cotidiano?

Daría mil vueltas al mundo en ese barco por ti, Carlos. Siento que la madurez de los años ha creado un pacto de silencio entre los dos, pero el amor que siento por ti es ahora más visceral. El paso de los años necesita una buena digestión, sobre todo para que el alma no muera de empacho o desnutrida. Cada uno ha llevado su ritmo de vida pero a menudo la vida ha sido obligada a diverger nuestros caminos comunes contra la voluntad del vínculo. Es ahí, en la carencia, donde el amor por ti se vuelve violento, amo esa violencia, es una violencia bonita. Es la clase de amor que me enseñó a prestarte apoyo incondicional, para siempre. Y sin mediar palabra, porque entre hermanos, con el paso del tiempo, el amor va de la cabeza al estómago, y del estómago a los cojones. Es una cuestión de cojones, te amo con locura, igual que en la foto. Tú me protegerás y yo a ti. Yo te defenderé con puños y dientes. Tú vas antes que nadie, mi eterno bálsamo fraternal.

A mi hermano Carlos

Relato participante en el concurso “Historias de Familia I”.

Pesadilla de siesta

12 Jul

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

«Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.»

 

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