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Carta abierta a Clara

19 Sep

Sabía que te habías ido. Minutos antes de llegar a mi parada algo venía palpitando en mi pecho: el dolor apareció hace tiempo, al pensar en la remota posibilidad sobre tu partida. Y esa cosa extraña, desmembrada, me acompañó hasta la última rampa que doblé en la salida. Desde la estación, la calle tomó una forma abstracta y se recortaba por unas torres vistas de soslayo. La luz chocaba contra la piedra en la parte frontal, pero la arcada daba paso a un túnel sombrío, con el frescor de algún poto rebelde enraizado. Dí un pequeño rodeo, tras cercar las placas de la calle Quart y la Gran Vía, y bajé la vista hacia un paso cebreado. A ambos lados, la gente me adelantaba hasta llegar al siguiente cruce, donde todos se detenían ante un tráfico denso y violento, imposible de vencer. Y ahí me rendí, en pos de una estresante carrera. Comprendí que llegar pronto podría haber amplificado la desilusión de no hallarte. El tiempo que tardaba el semáforo en cambiar sus colores, en escuchar el ruido de unos pasos que avanzaban, era el mismo al silenciarse a idénticos intervalos. Seguí acomodado en aquel trance, e inmóvil ante la primera raya pintada en el asfalto, el intercambio de los discos absorbía toda mi atención. De repente, sentí un toquecito agudo, indescifrable al oído, y despertome de mi estado febril intuyendo que lo sentía de dentro hacia fuera, revelado ante un lejano rumor que terminaba en una golpiza interna. Acaricié mi pecho con el deseo de aliviarme el dolor, en mi esternón, donde el pálpito crispaba más la piel. En el punto más doloroso sentí contra mi yema una sensación punzante, y me fui mareando. Tuve que sostener mi cabeza, procurando recuperar el control de mi cuerpo. Al enderezarme, la presión en el pecho disminuyó.

Ajena al pasar de los autobuses y de las motos, del chirrido de una bicicleta frenada en seco, la estridente polifonía de tubos de escape sometía una muchedumbre muda. La gente me rozaba como las corrientes opuestas de dos afluentes encontrados. Sin embargo, la debilidad antes nacida en mi pecho, empezó a reconfortarme. Un calor se difundía desde mi nuca y los intermitentes espasmos de mi pecho pudieron comprimir durante un solo momento una fuerza atroz, capaz de silenciar el tráfico y ahogar el martilleo de los claxones.

Seguí pensando en tu falta…

Aliviado, sonreí al comprender que vayas donde vayas, yo te podré seguir escribiendo cartas…

Mi pálpito cobarde se cobijó en mi pecho, pero tú sabes liberar las vibraciones en cualquier ecosistema, aunque tengas que sobrevivir en otra jungla bulliciosa, enorme, con sus calles sucias y las infinitas barreras entre los caminantes, aunque declamen la importancia del hormigón sobre la queda sonrisa de un gigantesco suburbio.

Cuando vuelvas probablemente me encontrarás echado sobre el banco de la Plaza del Árbol, leyendo al rasero de un viento que desordena sus hojas. Tu marcha se queda escrita en mis recuerdos, consolados al escuchar un eco modesto en el aire del taller: «Las personas buenas volverán». Todas esas buenas personas que se marcharon hoy son el ritmo de mis latidos, el subir y bajar de mis costillas, la alegría que percute el cerrojo de mi pecho.

Existirían muchas formas de expresar cuánto te echo de menos. Un adiós simple es, paradójicamente, más difícil que estructurar palabras de sutileza y belleza suficientes que exige tal sentimiento. Si te echo de menos o de más, sea con lo mínimo que te puedas llevar puesto, entre tu equipaje:

«Cuando cuelgan la bata blanca en su percha, ya es intrascendente en qué lado de la mesa se está uno, sea en una consulta o en el café del barrio. Durante un tiempo rumié la alocada idea de invitaros a leche con galletas e iniciar una amistad verdadera e infantil, pero tuve miedo de desearlo demasiado, vergonzoso de que Blanca y tú no quisiérais jugar conmigo en un patio de remotas coordenadas».

Allí, parado contra un poste en la acera, supe que te habías ido.

 

 

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Dos hermanos

12 Jul

A veces no hace falta buscar, que caiga sobre las manos una remota foto es casualidad suficiente para que el corazón, sin dejar fallar en su latido, se congele y derrita en un instante. Hay órdenes divinas de detener el tiempo, se las puede ver regateando dentro de caóticos cajones, o aplastadas en álbumes de lomos corpulentos, fotos familiares que yacen siempre escondidas al azar, arbitrando siempre una desdicha: son el montaje perfecto de una película vivida, la de aquellos maravillosos años que nunca volveremos a repetir. Retenemos y amamos la plastificación del pasado con la tácita pretensión de cambiar un malogrado presente. El acto de recordar es una dosis leve de opiáceo, una sola cucharadita destruye momentáneamente la melancolía, eleva nuestras pulsaciones como las de un cachorro excitado.

Veo la foto y mi alma ejercita un exabrupto jocoso, no puedo evitar derramar una lágrima viva en mi interior, mezcla de júbilo y tristeza. Se escapa de mi control aquel momento matemáticamente irresoluble. No es posible explicar tanta belleza contenida en un rectángulo, sonrisas como éstas son ecuaciones difíciles de reescribir para cualquier otro momento.

Mis recuerdos se arrastran con envidia, dos rostros infantiles asoman el reflejo de una esperanza e inocencia rezumando una infinita alegría que nunca se marchitará.

Más allá del papel brillo, mi hermano mayor, el moreno y más alto, me sujeta y abraza relajado. Yo sigo descamisado, en el patio soy todo un correcalles, y según mi madre un malejo. El caso es que ambos sabemos jugar a los piratas y somos inseparables. Carlos, es el capitán del barco, yo Jose Luis, el rubio y pequeñajo, soy un polizón descubierto en cubierta, pero mi hermano, como buen capitán, me perdona y me deja hacer de vigía.

Nuestras poses bien podrían valer lo que mil esculturas de museo. ¿O acaso la belleza más valiosa no se encuentra en lo cotidiano?

Daría mil vueltas al mundo en ese barco por ti, Carlos. Siento que la madurez de los años ha creado un pacto de silencio entre los dos, pero el amor que siento por ti es ahora más visceral. El paso de los años necesita una buena digestión, sobre todo para que el alma no muera de empacho o desnutrida. Cada uno ha llevado su ritmo de vida pero a menudo la vida ha sido obligada a diverger nuestros caminos comunes contra la voluntad del vínculo. Es ahí, en la carencia, donde el amor por ti se vuelve violento, amo esa violencia, es una violencia bonita. Es la clase de amor que me enseñó a prestarte apoyo incondicional, para siempre. Y sin mediar palabra, porque entre hermanos, con el paso del tiempo, el amor va de la cabeza al estómago, y del estómago a los cojones. Es una cuestión de cojones, te amo con locura, igual que en la foto. Tú me protegerás y yo a ti. Yo te defenderé con puños y dientes. Tú vas antes que nadie, mi eterno bálsamo fraternal.

A mi hermano Carlos

Relato participante en el concurso “Historias de Familia I”.

Pesadilla de siesta

12 Jul

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

«Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.»

 

Ese suave humo rotundo

10 May

Sé que me hace falta leer más para ser mejor escritor, aunque lea mucho, que lo hago, me hace falta leer más, mucho más. Quizá sea verdaderamente el leer el ejercicio difícil y no el escribir, como pudiera aparentar en un principio. Para mí, leer exige un esfuerzo de atención activa -cuánto mayor más efectiva- y además de todo un proceso de interpretación de aquello que se lee, es decir, buscar el mensaje oculto entre sus líneas: las ideas. Esto último exige saber concebir y retener con rigor, ardua tarea para una única lectura por muy profunda que sea. Otros como yo, preferimos empaparnos del estilo y ganar riqueza de vocabulario, aun cuando nos arrojemos a ciertas lagunas de atención que nos impidan sintetizar el libro a su conclusión.

A mí me gusta escribir textos rotundos. Suaves y rotundos, aunque suene contradictorio. Me gusta que lo escrito sea conciso y bello, con la dosis justa de tedio y, por qué no decirlo, de superioridad intelectual frente al lector. Cuando escribo algo espero -probablemente sea algo vanidoso por mi parte- que quien lo lea lo haga pensando en cuán difícil es escribir tan bien. De ahí la “suavidad” con la que intento abrigar a mi escritura.

Por su parte, también me gusta quebrar los relatos con “rotundidad”, que se encuentra a sí misma materializada en oraciones cortas y directas, con mayor agilidad gracias a una puntuación más recurrida y aprovechando al máximo la profundidad de los adjetivos en las descripciones.

Otro punto clave e importantísimo para mí, es llegar a un nivel técnico bastante alto. Eso es algo que creía inalcanzable cuando hace unos meses empecé a escribir, pero poco a poco la técnica se va encajando con el estilo, siempre sin pedirme a mí mismo más cosas de las que puedo construir escribiendo, intentando que la tan buscada belleza se despoje de recargo y brille en medio de una sinuosa sencillez.

Por supuesto, hay que cuidar la ortografía, la estructura gramatical y el buen uso de la puntuación. Con un texto provisional para mí existe una triple premisa: corregir, corregir y corregir. Buscar la perfección de aquello que escribo es algo plenamente justificado; la relectura es el vehículo que me marca los fallos que, aunque la mayoría no versen sobre los tres aspectos mencionados en el párrafo (ortografía, gramática y puntuación), recaen principalmente en una excesiva repetición de palabras y en la mala elección de la estructura narrativa. El primero de los fallos es subsanado con la búsqueda de sinónimos. Por su parte, corregir errores del segundo tipo consiste simplemente en poder terminar el texto de una manera redonda, sin fugas, que al lector le plazca. Para ello suelo releer, recolocar y reescribir.

En realidad, creo que desde mi humilde pluma, de lo único que se trata el escribir medianamente bien es saber vender humo, expandirlo, teñirlo al gusto. Que quien lo compre lo inhale cada vez con mayor empuje, que le inunde el cuerpo por completo. Es un humo que no estará para quedarse dentro de su inquilino, lentamente se liberará en una calada desde el cerebro, olvidando un poso en el alma con esa extraña sensación de sobriedad y embriaguez, para que otros vendedores de humo vengan con sus nubes coloridas a intoxicar de nuevo al enfermo.

 

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