Gris antracita

5 Oct

Vi nacer amapolas de la más singular forma. Halladas en enormes bloques de hormigón, cogí de entre sus grietas la primera corola roja, rota por grises filamentos, y se enrocaba al perfil e irregular desnudo de una piedra rota. Envueltos en el óxido, los cables de electridad, los alambres descolgados de sus vagones y los postes, en el intento de un beso mal consumado, tímido, se soslayaban antes de tocar suelo. Y un espacio encapsulaba un aire sobre lo que parecía todo flotar. Apenas al limpiar con mi dedo una de las chapas, saboreé lo horrible y férreo. Atrás, dejaban las gotas de lluvia olorosa, un manto de agujas de pino tras cada pisada, con una sensación que se daba en la nariz, y picaba, traída por la imagen de un recuerdo infantil y el sabor a lo metálico tan reciente en mi lengua. Oh, estos trenes, con lo rojo que se vuelve más rojo en la amapola, da al verde toscana y al amarillo dorado, más vivas e intensas razones de existir. Traje una mochila repleta de colores. Sigo queriendo reclamar las paredes blanquinegras, por capas y capas en las que cada aire suspendido en su momento sea sepultado por la pintura. Son bellas las briznas que crecen bajo los listones de madera, es en esta estación abandonada bello verlas crecer, más allá, cuando el infinito se curva interrumpido de vagones de cola desenganchados.

 

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