Pesadilla de siesta

12 Jul

Los mejores sueños son los más cortos, logran sobrevivir intactos segundos después de abrir los ojos.

«Entre la luz que percibí bajo el párpado, un sobresalto tomó forma en mi memoria: primero una sábana azul, más allá la callada respuesta de una habitación sin luz. Mi mente operaba lenta como la tortuguita que volvía al hogar, montando las últimas dunas de una playa con cristales de roca en su caparazón. Y cerca de la orilla, un chaval que bostezaba saludando al sol. Lanzó una mirada a la última ola que le mojó los pies. Mientras se retiraba, observó cómo el mar filtraba luz hacia su lecho, y todos aquellos brillos que hacían del fondo un manto de estampado sinuoso, vibrante. Era el tramo menos profundo, por el que se movían los más cautos. A lo lejos, las siluetas se perdían mar adentro, pidiendo socorro. De repente, tomé posesión del cuerpo del joven y empecé a ver con sus ojos. Cercada por mis piernas, una niña con cara de princesa a la que los gritos de la lejanía no asustaban. Descubrí que empuñaba un rastrillito ensangrentado. Se esforzaba en levantar un castillo en la arena que tras un rato abandonaba a su suerte. Cada vez que conseguía ponerlo en pie, me lanzaba una nueva mirada llena de odio, con las pupilas incendiadas. Me aterré, pero aquella belleza pura y rubia, sin embargo, no se inmutaba. Cuando me sonrió, su boca de dientes perfectos e infinitos me hicieron despertar.»

 

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