Taller de escritura Luna Creativa: “Tijeras, ira, eliminar”

7 Jul

Una vez llegué, el cielo parecía aguardarme. Cada estrella en el firmamento me miraba calmada, pero las constelaciones destelleaban impacientes. Me vi abrumado por aquella bóveda y, por un instante, tuve que esforzarme por recordar y cerré los ojos.

«Ojalá fuera cierto todo lo que me contaron», pensé. «Aquí planté un árbol, no hace mucho, en el bello centro de este claro, y muchos otros crecían a su alrededor. Solía esquivarlos a la carrera, trepar las ramas, leer al abrigo de su sombra cuando el calor apretaba. Y ahora, no queda nada. Vino el hombre y su tijera lo arrasó todo. Tras él, mi verde infancia yace desordenada con las últimas ramas podadas. Veo árboles tumbados, y su interior vacío humea y embarga un aire ya intoxicado. Este es el retrato de la ira, el de una tierra abierta que sangra y nunca cicatriza».

Mientras hacía esta reflexión, apretaba los puños. Las muñecas empezaron a encajarse en una extraña pose y todo mi cuerpo adoptó una rigidez inusitada. De repente, algo brilló delante de mí, donde se sumía una penumbra casi total. Destensé mis piernas, el tímido brillo se repitió. Calculé el trecho que nos separaba, y aceleré el paso. Descubrí aquel ser y posé las rodillas en la tierra asolada, acercando mi cara hacia un hermoso brote, y vi que su presencia eliminaba toda desolación. Aquella lila de corto tallo abrió sus pétalos en espiral. Contemplando una luciérnaga posada en su corola, una ráfaga de aire azotó y echó a volar. Entre el bufido, una voz resonó y me dijo: «Trae mil árboles y dame un jardín infinito». Su última sílaba se ahogó mientras la lila se marchitaba. El tallo decayó hasta que la hizo llegar al suelo y en el aire permanecieron unas raras esporas que me hicieron estornudar. Mis ojos empezaron a picar y caí desmayado al suelo.

Años después desperté de aquel profundo coma y ya no soy el mismo. Un extraño ser, del que no pude deshacerme, habita hoy bajo mi párpado. Cada vez que lo intento, los ojos me arden y cobran más intensidad, brillando en ellos un fulgor único, del mismo color morado y resplandeciente. Ya no soy El Rubio, ni tampoco el amante del bosque. Ahora me llaman el “niño de ojos extraños” y soy aquel que sólo los malos de corazón temen pues cuentan, que en mí, una flor venenosa germina las pupilas, parasitándome las entrañas con tallos trepadores.

 

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