Valencia: Media hora de impresiones sentado en un banco

23 May

Ya hace bastante tiempo que me despierto antes que el alba. Será porque duermo plácidamente y mi sueño sucumbe con el atardecer. Cierro los puños como un bebé y hace meses que vivo sin reloj, siempre a la espera de que el cuerpo obedezca su propio dictado.

Hoy he decidido bajar a la ciudad. Vivo a una velocidad menor, es cierto, pero sorprendo a una ciudad que despereza con lenta inquietud, precediendo el frenesí. Paseo a lo largo y a lo ancho, alterno las aceras matando el tiempo y el Sol se recorta perfectamente a través de una de las puertas de la ciudad, ofreciendo un haz de luz potente e inclinado. Es la calle Quart y sus torres se erigen monumentales. Aquí pierdo la noción que te da el firmamento, apenas puedo ver el cielo entre tantas aristas y fachadas.

Cuando llego, las máquinas y operarios empiezan su labor de limpieza, el agua inunda los adoquines y las paredes se remojan. Fijo la vista en los carteles con ácidos anuncios de discotecas y salas de conciertos, los nombres de los grupos son surrealistas. Los grafitis son insultantemente bellos, una violencia bellamente escupida sobre el muro. Valencia guarda un mensaje oculto, un submundo nocturno que desconozco.

Aquí la humanidad brota silvestre, toda una selva con sus buenas y malas hierbas, pero sin cuidado alguno. El jardín es frondoso, sus briznas se apiñan, apuran los semáforos tumultuosas y observo el estrés reflejado en la cara de las personas, la prisa parece la única manera de sobrevivir en esta ratonera. En el aire flota suciedad, alimentada por el humo gris del tráfico que tizna las caras con arrugas secas y agrietadas. Los jóvenes parecen retrasar un poco más esa decaída. Veo a estudiantes, universitarios, dependientes y cajeras de supermercado. Van a estudiar o trabajar y sostienen en sus rostros una cínica ilusión. Terminan sus cigarrillos en la parada del bus o antes de descender la boca del metro. Al doblar las esquinas, siempre encuentro indigentes en una fauna infinita que acaba por pintar un triste cuadro.

Nadie conoce a nadie, es el simple día a día. Sin embargo, no puedo ignorar la inocencia de los niños, transito a unas horas en la que institutos y colegios todavía no han abierto. Ellos sí parecen disfrutar con su natural e incalculable ignorancia. Son los brotes más verdes y sanos, y no puedo parar de pensar en mi propio reverdecimiento. Entre sus muchas lecciones, de la vida he vuelto a aprender cómo recuperar esa vitalidad, esa energía que propicia el optimismo que esos niños y niñas que corretean agarrados de las manos de sus madres parecen nunca perder. Valencia es decrepitud, sí, pero también mucha vida, una gema en bruto que cada familia atesora en su nido.

Aquí todo se mueve sin cesar, con el ritmo que marca el trabajo, el consumo y el ocio. No hay patada sin chocar con algún comercio, un emprendimiento que constantemente muere y se renueva. Mi mente no es capaz de procesar tantos nombres, tanta publicidad, las localizaciones, las calles, todas las señas que intento dejar atrás. Valencia es como cualquier otra ciudad, un gran sistema circulatorio en el que fluye un safari humano. Soy alguien que se pierde con facilidad y que a veces no regresa por miedo, definitivamente Valencia me queda grande.

Aunque me empeñe, no logro embutirme esta ciudad en mi cabeza, mi oído es demasiado estrecho.

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