Lars Von Trier: Melancolía

20 May

¿Qué hay detrás del Sol?

Las personas entusiastas no temen a los astros porque los estudian, los escrutan con modernos catalejos, trazan su trayectoria con un compás en un viaje en el que la Tierra siempre queda intacta. Sin embargo, los pesimistas llevan consigo los implacables argumentos de la razón más cruda, pueden ver más allá del júbilo del descubridor y ver cosas que no parecen lo qué son, aunque sea oscuro, deprimente y agorero, contaminando todo su alrededor con tristeza y agónica decrepitud mediante el pregón de la catástrofe. Hay personas que viven siempre pensando en el peor de los casos.

¿Quién puede ver detrás del Sol? ¿Acaso hay algo? Quizás se esconda un gigantesco planeta, de gran belleza azul, cuya órbita caprichosa ha estado esquivando el ojo avizor de los científicos durante años. Una órbita que personifique una danza de la muerte, pues su colisión con la Tierra acabaría absorbiéndola.

Ese planeta se llama Melancolía (2011), una idea original de Lars Von Trier que proviene de la película homónima del director danés. En el metraje, dividido en dos capítulos, primero el de Justine (Kirsten Dunst), una novia que se mueve cada vez más entre la tristeza, el delirio y la depresión, se debate entre las evasivas existenciales y el malestar vivido en el transcurso de su suntuosa boda, de la cual se ausenta constantemente. En este primer tramo se observa el subterfugio familiar oculto, con muchos odios y recelos entre los asistentes donde el mantenimento de las apariencias lucha por ser protagonista mientras se evidencia la desunión total de una familia más que enfrentada. El segundo acto, que trata sobre Claire (Charlotte Gainsbourg), su abnegada hermana, estricta y reprimida, casada con un multimillonario y el organizador de la boda (Kiefer Sutherland), versa más sobre el escepticismo y la preocupación de ésta acerca del advenimiento del planeta; vive en una constante incertidumbre plagada de luces y sombras pero siempre con una cegada confianza en las visiones de su hermana, que constantemente se derrumba en una espiral de depresión.

Cabe mencionar que, antes del inicio de la historia en sí, el director nos transporta a escenas que más bien podrían ser cuadros pintados. Con fotografías sublimes, arrojando cierta confusión hacia el espectador, pero las maravillosas composiciones fijas y sus colores vibrantes y tristes a la vez, se mueven parcialmente a cámara superlenta con sutiles efectos especiales. Por otra parte se observan fotogramas donde se nos muestra el universo al más puro estilo Kubrick, con imágenes en lento movimiento, intercalando las escenas de los personajes, con las de un colosal planeta que parece besar la tierra, y en un momento posterior, absorber la Tierra como preludio al fatídico final.

Melancolía es una historia bella, bien contada con una selección de música clásica excelsa, fabulada en un largo cuento a través de sus más de dos horas, en un género que bien se pudiera inscribir dentro de una ciencia ficción humanizada. Quizás la última parte pueda desesperar al espectador percibiendo un tedioso naufragio hacia el final, pero la elección del director es esa, exprimir a los personajes hasta la irreversibilidad de ver cómo se derrumban abrigados por el lloro, la tristeza y la soledad absoluta. Melancolía es un título bien escogido, pues la felicidad en esta película es un atributo que se deshincha hasta desaparecer por completo, con el riesgo de quitar razones al espectador para amar esta película enteramente –la fotografìa y la interpretación son excelentes–, pero está hecha así, para ser triste, y esa tristeza se maximiza tanto al final que descompone cualquier atisbo de felicidad.

Para mí, la película merece un buen trato. Ha sabido captar perfectamente el sentido vital de la melancolía y la tristeza, sentimientos que siempre permanecen latentes en las personas y que, como el planeta, avanzan lentamente con lentitud e incertidumbre. La vida es patética, cínica y gris para Von Trier, y finalmente terminará por degenerar en un castigo final hacia el ser humano, aplastarlo sin remedio de la forma más nihilista. Y sus personajes entusiastas como el de John (Kiefer Sutherland), mueren bajo el cobarde recurso del suicidio. En contraposición, la fragilidad de las hermanas y su pesimismo arroja un coraje sobrehumano hasta el final, luchando estoicamente por sus vidas y por las del hijo de Claire, aunque sean aceptantes de una realidad trágica. En el tramo final resulta hipnótica la descomposición de los personajes, con una Justine de blanquecina cara pero con una sosegado y enigmático reposo en su mirada; Claire muestra una cara exasperada por la ansiedad y la falta de aire siempre al borde de un ataque de pánico; el hijo de ésta, Leo aparece como el personaje más normal e inocente como contrapunto a la gran carga emocional. Creo que todos ésos son los motivantes para poder permanecer viendo la película en su última media hora.

El planeta Melancolía alcanza su mayor tamaño, recortado por el horizonte y embargando el firmamento con su esfera azulada, ligeramente rodeada de grumos blancos, componiendo una de las escenas más bellas de la película, sin duda. Melancolía acaba por estrellarse y el encuadre juega con la luz de una manera extraordinaria, juegos de luz maravillosos como en otros momentos de la película.

La luz lo embarga todo, satura la imagen y una ráfaga de fuego desintegra a Justine, Claire y Leo.

Los créditos secundan el vacío: letras blancas enmudecidas sobre un fondo negro.

 

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