Las adelfas

19 May

El verano ya es una realidad que acecha. La intentamos evitar esquivando su sofocante mediodía, los inclinados rayos de la media mañana y el ocaso suelen ser más benévolos. Pienso en la explosión de las flores, abren sus pétalos reanimando una erupción efervescente, escondida entre los arbustos de las adelfas, mientras apéndices coloreados apuntan desde algunos frutales. El dios sol sigue arriba vigilante: sufro de estornudos y sudor crónico.

Me vienen a la mente una gran diversidad de imágenes: un gorro de paja, un asfalto caliente y más negro de lo normal, la piel ardiendo y viscosa, el polvo seco flotando en el aire, las carrocerías intocables de los coches, y veo cómo todo se comprime bajo la agonía del poniente. Giro el cuello para observar, las ropas se entallan más cortas, pantalones piratas y muslos bronceados, les percibo el olor a pastillas de cloro en el pelo mojado.

Otra vez me persiguen las adelfas, con sus variedades rosas, rojas y blancas. Con ellas desciende el recuerdo a jazmín de mi infancia, cuando todavía la brisa de levante siseaba entre sus ramas. Aún podría guiarme con los ojos vendados. Solía buscar la sombra con los pies descalzos sobre la teja roja del balcón, era la de casa de mis abuelos.

La felicidad me recorre al evocar ciertas escenas en mi mente, aunque con los años se convierten en letanías, un leve quejido difuminado. Temía las abejas. Me acuerdo del pastor alemán de mis abuelos, que mordía compulsivamente la tela metálica en el confín del naranjal. Yo no lo detuve, gustaba de ver cómo la malla se deformaba como un chicle entre sus colmillos, azuzé al perro y sacudí la verja. Una colmena se aplastó contra el suelo y un zumbante enjambré se levantó. Una abeja adelantada hundió su aguijón bajo mi pezón desnudo. Corrí. Corrí con todas mis fuerzas. Me rebozé entre los naranjos hasta salir del huerto.

Luego llegó el alivio y la sanación de mi herida, el cuidado de una abuela amantísima, era un hogar de crianza, aportaba la seguridad protectora de una acogedora lar. Sin embargo, la desgracia y el tiempo terminan por barrer los recuerdos, como en un fundido a negro.

Veo fotografías con las puntas quemadas, un bello mundo degenerado tras las adelfas en flor. Veo a personas que no están, las que todavía perviven se dividen por disputas absurdas, su madurez perece por su orgullo y hoy se niegan el saludo, la convivencia se convierte en quebranto y vergüenza.

Menos mal que todavía me quedan las adelfas, esas que florecen con violencia cada verano. Crecen de forma abrupta con sus fuertes raíces y el verde espeso de sus ramas. Intento mirarlas con conciencia plena, gravitar sin tener en cuenta la realidad circundante, olvidarme de todo y, en un momento incauto, dejarme tragar por sus pétalos, que me aplasten y me devoren. Quiero ser planta, parasitar maravillosamente la tierra.

Quiero florecer como las adelfas.

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