Pasas por mi lado cada tarde

10 May

Pasas por mi lado cada tarde. Nuestro trato nunca va más allá de lo convencional, tan sólo un saludo trivial con la mano, los adioses son más expeditivos, y me basta asentir con la cabeza, seguir mi camino, tanto para el vengo como para el voy. Casi siempre te veo ocupada.

Normalmente ahogas tu mirada velada por el pelo que dejas caer cabizbaja. Dentro de tu cortina, te ocupas de tus propios asuntos, con las pupilas proyectadas hacia un caótico montón de papeles que sostienes entre los brazos. Eres inaccesible, incluso cuando te prestas a ser observada, liberada de tu aséptico cubículo.

Das pasos largos por la acera, te mueves segura entre las mesas con zancadas que revelan tu estructura atlética, unos glúteos musculados y prominentes. Te gusta entallarte con ropa ajustada y camisetas vulgares, cuidas bien de una segunda piel fácil de arrancar, un estampado con el que satisfacer tus ganas por un exhibicionismo constantemente reprimido.

Raramente interceptas mi mirada, cuando lo consigues una batería de misiles parece asesinarme desde ultramar. Aunque sé que me miras sin ninguna profundidad, no hay mirada tan seria como la tuya, impasible, con ojos rasgados e inmóviles como una niebla pendiente del alba, tu inexpresión existe aun cuando vibran las palabras entre tus labios. Los pómulos intentan forzarte, logran acompasar tu discurso pero no alterar tu vista perdida y vacía hacia el horizonte. Siempre ofreces media sonrisa, y siempre un mechón te cae sobre la comisura opuesta. Ruborizada lo vuelves a poner en su sitio, enroscado en la oreja, recoges tu pelo en un nudo y desnudas un cuello largo y fuerte, sostenido por unos hombros golosos.

Lo tuyo es la economía verbal, te temen más por lo qué no dices, lo que aguardas debe ser puro misterio y pavor. Debes ser de esas chicas duras, las que acumulan munición de guerra en las entrañas, malheridas en mil y un desengaños con los hombres. Hay mujeres que se defienden con el hilo y la aguja, que sanan solas adornando el alma con bonitas cicatrices, mujeres que se defienden desnudas ante los envites de una navaja, de las que no se acojonan y no esperan una insinuación. Las chicas duras quieren ver una bragueta abultada, quitar el cinturón a ciegas, obligar a que las dejen satisfechas con sólo una mirada.

 

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