Ese suave humo rotundo

10 May

Sé que me hace falta leer más para ser mejor escritor, aunque lea mucho, que lo hago, me hace falta leer más, mucho más. Quizá sea verdaderamente el leer el ejercicio difícil y no el escribir, como pudiera aparentar en un principio. Para mí, leer exige un esfuerzo de atención activa -cuánto mayor más efectiva- y además de todo un proceso de interpretación de aquello que se lee, es decir, buscar el mensaje oculto entre sus líneas: las ideas. Esto último exige saber concebir y retener con rigor, ardua tarea para una única lectura por muy profunda que sea. Otros como yo, preferimos empaparnos del estilo y ganar riqueza de vocabulario, aun cuando nos arrojemos a ciertas lagunas de atención que nos impidan sintetizar el libro a su conclusión.

A mí me gusta escribir textos rotundos. Suaves y rotundos, aunque suene contradictorio. Me gusta que lo escrito sea conciso y bello, con la dosis justa de tedio y, por qué no decirlo, de superioridad intelectual frente al lector. Cuando escribo algo espero -probablemente sea algo vanidoso por mi parte- que quien lo lea lo haga pensando en cuán difícil es escribir tan bien. De ahí la “suavidad” con la que intento abrigar a mi escritura.

Por su parte, también me gusta quebrar los relatos con “rotundidad”, que se encuentra a sí misma materializada en oraciones cortas y directas, con mayor agilidad gracias a una puntuación más recurrida y aprovechando al máximo la profundidad de los adjetivos en las descripciones.

Otro punto clave e importantísimo para mí, es llegar a un nivel técnico bastante alto. Eso es algo que creía inalcanzable cuando hace unos meses empecé a escribir, pero poco a poco la técnica se va encajando con el estilo, siempre sin pedirme a mí mismo más cosas de las que puedo construir escribiendo, intentando que la tan buscada belleza se despoje de recargo y brille en medio de una sinuosa sencillez.

Por supuesto, hay que cuidar la ortografía, la estructura gramatical y el buen uso de la puntuación. Con un texto provisional para mí existe una triple premisa: corregir, corregir y corregir. Buscar la perfección de aquello que escribo es algo plenamente justificado; la relectura es el vehículo que me marca los fallos que, aunque la mayoría no versen sobre los tres aspectos mencionados en el párrafo (ortografía, gramática y puntuación), recaen principalmente en una excesiva repetición de palabras y en la mala elección de la estructura narrativa. El primero de los fallos es subsanado con la búsqueda de sinónimos. Por su parte, corregir errores del segundo tipo consiste simplemente en poder terminar el texto de una manera redonda, sin fugas, que al lector le plazca. Para ello suelo releer, recolocar y reescribir.

En realidad, creo que desde mi humilde pluma, de lo único que se trata el escribir medianamente bien es saber vender humo, expandirlo, teñirlo al gusto. Que quien lo compre lo inhale cada vez con mayor empuje, que le inunde el cuerpo por completo. Es un humo que no estará para quedarse dentro de su inquilino, lentamente se liberará en una calada desde el cerebro, olvidando un poso en el alma con esa extraña sensación de sobriedad y embriaguez, para que otros vendedores de humo vengan con sus nubes coloridas a intoxicar de nuevo al enfermo.

 

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