Obstáculos

2 May

Mi psiquiatra dice que estoy mejorando y ha decidido mantenerme el tratamiento. Buenas noticias al parecer. Hasta ahora, he recorrido un largo camino, a veces angosto, otras venturoso, cuyas cuentas pronto rebasarán ya 12 años, llenos de huellas sobre el barro. Y esa cuenta no parará de crecer, en tanto en cuanto siga vivo. Sin duda, a veces la vida nos pone a prueba en carreras que no tienen una meta al fin, aunque incluso nos esperasen con un ramillete de flores para felicitarnos -nosotros somos más de palmaditas en el hombro-. Pero no neguemos la mayor, todos, en nuestros propios ámbitos, deseamos atravesar esa meta donde certificar el esfuerzo de haber llegado, allá donde se reconoce el logro, donde la exigencia fenece llevada por nuestras últimas exhalaciones, nos permite capitular pequeñas etapas de nuestra vida y ahogarnos entre los abrazos amigos de la victoria.

Los bipolares no corremos sólo esa clase de carreras, nuestro recorrido es un temido “falso llano”, donde los kilómetros parecen estirar y multiplicarse, y el horizonte se burla enseñando el mismo arco bajo el ocaso, por mucho que lo persigas. Lo nuestro siempre son metas volantes, que nos obligan a mantener los ojos bien alerta y aceptar con resignación la cultura de un esfuerzo personal añadido que nos exige nuestro cerebro defectuoso, y por supuesto en desiguales condiciones respecto al resto de las personas. Podemos ser igual de rápidos, ágiles y fuertes que los demás, pero nuestro inevitable destino es el de un esfuerzo constante, que compense esa vulnerabilidad innata o adquirida -versa todo un debate sobre ello- de unas conexiones neuronales desnutridas, o bien sobrealimentadas, fomentando un flujo errático que debemos redirigir. Domar nuestro cerebro supone nuestra supervivencia.

Obviamente, la vida y el deporte se solapan en una metáfora. Pero comprendo ambos elementos perfectamente. Soy bipolar, eso ya se sabe, pero también corredor. Llevo unos 6 años compitiendo de una forma regular y satisfactoria. Sé de lo que hablo al comparar los dos términos. Mi vida como bipolar es una carrera de fondo, como la de cualquier otra persona quizás, pero con obstáculos, muchos obstáculos. Y si bien el correr te puede hacer llegar a los primeros puestos e incluso hacer ganar carreras, el estilo de vida del enfermo, que permite salvar los muros que las crisis te levantan, determina el devenir de mi salud.

E incluso a veces todo parece rodar perfecto y, de repente, una piedra enorme sale a impedirte el paso en mitad del camino. La carrera bipolar, sin dudarlo es, la más difícil de llevar. La corres a cada hora, cada minuto, cada segundo de tu vida, y si no sabes mantener bien tu ritmo, ese que te hace avanzar sin riesgo, entonces corres el peligro de desfallecer y quedarte en la cuneta tirado, viendo como el mundo continúa su curso sin remedio y te adelanta.

A veces sueño: corro por un camino de grava. Fácil, sin viento. Un sol hipervitaminado no me consume. El sudor es agradecido.

De repente el terreno se vuelve pedregoso y accidental. Cantos rodados y afilados. El calor se transforma en sudor seco y la lengua se acartona. Mi diafragma está demasiado hinchado. Duele, como un punzón bajo las costillas. Me obliga a parar. Hundo las rodillas en la tierra. Aprieto los puños comprimiendo un poco de grava entre mis palmas. El sudor de mi cara surte como una lluvia bundante, agacho más la espalda y detengo la nariz justo antes de tocar el suelo. Mi fuerte respiración hace levantar el olor a polvo y hojas secas.

De mi lado surgen unos chasquidos desde el ramaje seco. La temperatura es sofocante, sigo sudando en postura de cuadrupedia. Los ruidos se repiten. Mantengo fija la mirada. Un gato negro recorre pomposamente el trecho hasta colocarse delante de mí. Totalmente negro. Finalmente, se sentó erguido muy señorarialmente. Era un gato guapo y excepcional, pedía a gritos un traje y una corbatita a su medida. Movía su cola con una lenta placidez, casi hipnótica.

Desde mi humillante posición le hablé:

— ¿Y ahora qué quieres tu, gato?

El viento veló aquella surreal escena durante unos segundos de silencio. La ráfaga expiró y volví a mirar fijamente sus ojos:

— Levántatate y corre, cobarde. Tu única alternativa es morir -me dijo el gato.

Mi corazón empezó a palpitar como si fuera a colisionar sin remedio contra un muro de hormigón. Por un momento, mi cráneo se desposeyó de mi cerebro. Mi visión se destorsionaba, los pinos se doblegaban, el estanque se decantaba hacia el cielo, las nubes se movían deprisa y engordaban lobulares, una paleta de colores tropicales invadía aquel bosque mediterráneo.

Me desmayé. Al despertar todo estaba en su sitio. Todo menos el gato. «Un gato que podía hablar». Recuperé la cordura y me levanté. Al desempolvarme la ropa me fijé en una flecha marcada sobre la tierra, era reciente. Al principio volví a asustarme, pero pronto me recompuse.

La flecha marcaba el camino contrario a casa. Vacilé por un momento.

Al final emprendí la marcha pensando todavía en la cola del gato.

 

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