Arena entre mis dedos

25 Apr

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Como un fulgurante destello, una vieja foto desgastada me hace recordar aquellas interminables tardes de playa con mi hermano. Junto con mis padres, los cuatro solíamos ir de cámping en los primeros años del auge de una populosa Oropesa como destino veraniego. Recuerdo repartir el día: playa por la mañana y juegos de piscina por la tarde.

Nos levantábamos con el alba, mi hermano preparaba los cubos y rastrillos mientras yo todavía me hacía el remolón. Al final, me encargaba siempre de las esterillas y de aquella sombrilla que tanto pesaba, su funda hecha de plástico malo lograba dejarme una marca roja en un hombro ya escocido por el sol.

Recuerdo una playa cuyo mar asomaba por el horizonte, pero sólo hasta haber avanzado pasos contados, nos avisaba una fuerte caída, cuarenta y cinco grados de pendiente, llena de cantos rodados, grandes como un puño. Me encantaba ver esa trama de piedras por las mañanas, eran de un bonito color marrón, porosas y lisas al tacto al mismo tiempo; formaban una preciosa alfombra asilvestrada, aquella todavía era una playa virgen y salvaje. Las piedras hacían perder el equilibrio con las chanclas, el trayecto hasta la arena siempre era una aventura angosta, que terminaría coronada con el ritual de clavar el parasol en la arena blanda.

Al llegar, olíamos la sal y la arena relucía muy limpia. Cuando el agua se retiraba hacia adentro siempre dejaba una panza brillante sobre la orilla; trozos de moluscos y conchas destelleaban iridiscentes. A mi hermano y a mí nos gustaba recoger de todo: erizos, cangrejos de mar, navajas, mejillones. Jugábamos con las paletas, practicábamos waterpolo improvisado con el agua por la cintura, hacíamos hoyos enormes que parecían cuevas. Recuerdo los castillos en la arena; una arena limpia, una playa casi vacía de invasores, donde sólo nos teníamos los cuatro.

Recuerdo coger arena mojada con las manos, lo hacía por debajo de la primera ola que llegaba. Era una maravilla ver como la gravedad diluía esa mezcla de tierra, agua y sal entre mis dedos. Aquel potingue marrón se deshacía en hilillos que adoptaban formas surrealistas al caer en la arena más firme, eran imposibles de dominar o retener. En realidad sabías que expiraría pronto aquel placer táctil y que, entre tu puño apretado, cada granito se deslizaría, con otros muchos granos, formando una cascada cremosa y natural de cristales de roca. Aquella caída se sucedía muy lentamente, tal cual fuese un reloj de arena ralentizado por el agua marina. Yo observaba y disfrutaba de aquel momento, a cámara lenta, con fotogramas que aún conservo y que se compilan en la colección de las escenas de mis mejores sueños.

Recuerdo la arena cayendo entre mis dedos, incontenible entre mis palmas. Recuerdo ser muy feliz. Recuerdo la agradecida sonrisa de mi padre, que lucía entre una espesa barba. Recuerdo a mi hermano mayor, mi líder y mi gigante, jugar conmigo hasta quedar exhaustos y caer rendidos con el ocaso. Recuerdo a mi madre, la única capaz de lo posible y lo imposible, la que nos daba de comer, con el instinto de loba protectora; recuerdo a mis padres, los besos y abrazos que había entre ellos.

Recuerdo aquellos tiempos felices. Corría el año 1992 y algunas cosas todavía valían la pena. Yo tenía 7 años.

 

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