Bridge House Hotel: I. Psicosis

20 Apr

I. Psicosis

Aquella mañana despertó como cualquier otra: nubes bajas, un gris cargado y una lluvia fina pero insistente. Tras correr las cortinas, el verde de la hierba permanecía desafiante insultándome a los ojos con su pulcra salud, como si ninguna inclemencia le afectase. Allí permanecía, un testigo mudo de mi decrepitud mañanera. Ya habían transcurrido 196 días desde que llegué, mas de medio año encerrado en aquel pueblucho perdido entre las colinas del norte de Inglaterra.

Las estaciones avanzaban como un travelling cinematográfico. Aquel era un penoso lugar para mi salud mental, la cual se resquebrajaba casi al mismo ritmo en que erraba el hombre del tiempo en el noticiero. Aquella vasta pradera, a pesar de su belleza salvaje, me inspiraba cierto asco, no pertenecía aquel lugar. Sin embargo, a veces me solía tumbar y contemplar el cielo de los pocos días despejados, deseando teletransportarme a una cueva gélida y protectora.

Y además estaba aquel puente. El puente con su riachuelo, sus patos y sus 6 metros de altura sostenidos por piedra. El único puente del pueblo y que daba nombre al hotel en el que trabajaba.

En aquel lugar, mi bodegón se remataba con un cuarto cochambroso, uno de los cuatro del bungalow de los trabajadores. Tenía una tele de tubo que apenas encendía, un suelo desenmoquetado en gran parte. Recuerdo la falta de cortinas y el sol abrasándome los párpados. Las paredes parecían estar hechas de papel y la calefacción nunca llego a funcionar, aunque sí teníamos algo de agua caliente.

En cuanto a mi trabajo, mi jornada empezaba a las 7:00, al levantarme. En aquel pequeño hotel me tenía que encargar de servir desayunos hasta las 9:30 aproximadamente. Sin apenas tiempo para respirar o tomar bocado, debía encargarme de limpiar cinco de las quince habitaciones de las que disponía el parador. Aquellas estancias eran pomposas, con los aderezos propios del estilo inglés: moqueta por doquier, un cuarto de baño que debía quedar impoluto, alféizares de madera, cortinas estampadas, y camas difíciles de hacer por las incontables sábanas que necesitaban. Tareas y más tareas: hacer camas, sacar el polvo, limpiar váteres y baño, fregar suelos bien arrodillado, pasar el aspirador, etc.

A esa altura de la mañana, los hemisferios colisionaban en mi cabeza: un magnetismo se repelía en mi entrecejo. Cefaleas y un cuerpo extremadamente cargado y tenso. El estrés tiraba y aflojaba mientras la desgana y la lentitud propia de la depresión se apoderaba de mis voluntades, ya rebasaba los límites de aquello que verdaderamente podía hacer.

En mitad de la limpieza sentía la llamada de las ventanas. Las que daban a la parte traserra del hotel permitían ver el pequeño río. Un aire puro me calmaba momentáneamente. Pero en realidad, yo quería poner pie y saltar.

No tenía ayuda. A nadie confesé mis limitaciones. No derramé ni una lagrima.

Para las 14:00 (el resto del staff terminaba a la 13:00) acababa de arreglar mi última habitación cansado y derrotado. Todavía tenía que esperar a la supervisora a que revisara mis fallos. Era francamente agotador.

Pero por fin un descanso. De repente mi veleta interna, la que dirige mi conducta y mi ánimo, giró en sentido contrario, casi como si hubiera alguien maléficamente dirigiéndome por control remoto. De repente me puse contento. Preparé mi playlist favorita en el iPod y le di al play. Los auriculares ya resonaban en mis pabellones. Metí el reproductor en el bolsillo.

Una de mis canciones favoritas hizo elevar mis brazos (darle al play más abajo). Empezaron las alucinaciones: las paredes de cartón cayeron como fichas de dominó. Empecé a danzar y a saltar por todo el nuevo espacio. Mi corazón saltaba de alegría. En una locura transitoria cambié los muebles de sitio, tal como si fuera un feng-shui frenético. Puse la butaca del revés, patas arriba. La pantalla del televisor señalaba el empapelado de la pared. Puse la cama en vertical, en un difícil equilibrio, las sábanas se deshojaron. Seguí bailando. Empecé a sudar y a cansarme. El nivel de endorfinas ya no se mantenía en vilo, había que moverse más. Parecía un niño sudado bajo el sol en plena fiesta de fin de curso.

 

 

De repente, las paredes volvieron a levantarse. Se cerró todo el horizonte abierto, la luz dejó de entrar. Yo me agaché, me puse de cuclillas y me cogía fuertemente la cabeza, abría los ojos todo lo que podía. Otra vez había vuelto a perder el rumbo. Caí hacia atrás sobre un charco, el charco se convirtió en estanque, para cuando abrí los ojos ojos ya buceaba en aguas abisales y nadaba entre peces fantásticos. Braceé todo lo que pude, al final vi un fuerte haz de luz que se proyectaba desde un pequeño hueco. Nadé hacia la luz con todas mis fuerzas. Al final conseguí sacar la cabeza por el retrete y respirar con insaciables bocanadas de aire.

Tuve que ponerme en la cama, la aventura marina formaba parte de imaginación. Lloré desconsoladamente. Los neurotransmisores de mi cerebro volvían a fallar, me embargaba la tristeza. Rápidamente recordé aquellos días de búsqueda por el porche del caserón. Miraba de encontrar una cuerda para colgarme del puente. O eran demasiado finas y largas o gruesas y cortas. No me valieron en su día.

Salí de mi habitación sin cerrar la puerta. El cielo se contenía. Manchas de lejía delataban mi desaliño. Cientos de senderistas abandonaban los hostales, las tiendas y los cafés, y se dirigían a la montaña. Iban equipados con todo lo necesario, ropa anti-humedad, botas montañeras, guantes, gorros y, por supuesto, picas de senderismo.

Lloraba recorriendo mi camino hacia ningún lugar. Recuerdo detenerme bajo una higuera milenaria y mirar hacia atrás. Entorpecía el paso. Mi estado se estaba tornando crítico: me había perdido apenas recorridos unos pasos desde mi albergue. Me puse aún mas nervioso. Continúe hacia delante. Recordé el puente, lo había atravesado sin darme cuenta. Ahora me puse en mitad de una calle, prácticamente peatonal, apenas pasaban tres o cuatro coches al día. Pero la gente me observaba como un individuo desubicado, fuera de lugar.

Yo seguí allí, de pie, impertérrito, mirando hacia el puente, pensando en lo innombrable. Y no lo nombré. Esbocé todo un bloc de hojas en blanco en mi mente. En cada uno de los folios vi mi muerte representada. Terminé de pasar la última hoja en mi cabeza, apenas tenía ya trazos de grafito. Con el paso de los minutos me senté en un banco de piedra, sequé mis lágrimas y volví a recordar el camino a casa.

Me había recompuesto, aquel brote psicótico con alucinaciones y delirios finalmente desapareció.

 

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