La pasarela del Parque del Oeste

18 Apr

Palomas, polvo, un sol que se decanta, ruido de coches, polvo y humo. Un incontenible color verde, vigas de metal en zig-zag. Las parásitas sobrevuelan mi cabeza. Proyectan su sombra en una alfombra de alquitrán. Tacones, el clac-clac de alguien que acelera sobre el hierro. La pasarela verde es muda; óxido rojo, tóxico, crece como una ameba y se acumula. Tránsito, pasos y una alerta que me asalta a medio camino: es la altura perfecta para aplastarme contra el asfalto.

Cuento los pasos hasta el final, el llano desciende, escalones. Ya en el otro lado un pobre césped, un lugar triste. La ciudad sigue bombeando, sus arterias convulsionan; sprays manchan las paredes que anoche ni se inmutaban, ahora gritan. Un sudor seco se aferra a mi cabeza. Agosto me dilata las venas.

Veo altares de piedra, poyos, lugares donde reposar el luto. Bancos desvencijados, madera marcada con tinta, más grafiti y nombres rascados. Yazco en un banco. El sol desasosiega y me persigue. Vitamina E y disparos en la sien. «Vete y búscame una cueva».

Quince minutos, cortos. Vuelta a la oficina, escalones, subida, rendición, tendencias suicidas, mancha color carne sobre el suelo en mi imaginación. Sangre y resistencia. Instinto y supervivencia en la realidad. Respira el humo de la ciudad, exhala y ámala. Días grises y velados. Exhala y ama. Ama aunque no puedas amar. Ama aunque no te sientas amado. Ama sin ser amado. Ama y amarás.

 

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