Hoy no me visto de payaso

18 Apr

Corría el verano de 2007. Yo ya tenía mi diplomatura bajo el brazo desde el septiembre anterior. Por aquel entonces no estaba diagnosticado, así que más que vivir mi vida, iba dando tumbos aquí y allá. Recuerdo despertar en mitad de los trayectos del metro, en un devenir de estaciones que el altavoz anunciaba con una monotonía análoga a la de mis largas depresiones. Los gigantes enemigos de mi ánimo me iban erosionando, excavando en la cueva del hastío, cercándome en una felicidad siempre yerma: el trabajo, la universidad, la familia,…

Con la perspectiva del tiempo he podido entender cada uno de los estados vividos desde 2002 hasta ahora. Entre 2007 y 2010 las caras de mi enfermedad empezaron a deformarse. No sólo sufría graves depresiones —aunque nunca llegaron a ser depresiones mayores, es decir, depresiones verdaderamente disfuncionales y que hubieran requerido hospitalización—. Por aquel tiempo, mis episodios de manía e hipomanías aumentaron paulatinamente su frecuencia, empecé a sufrir episodios mixtos: incluso dentro del mismo día tenía sentimientos de depresión y euforia. Recuerdo horribles despertares casi todas las mañanas; con el ocaso, las jornadas daban paso a interminables noches en vilo. La irregularidad de mi sueño era un terreno escarpado y difícil de transitar; más veces de las debidas, la noche se imbuía en un nuevo amanecer a través de la ventana, con los ojos secos y el pelo encrespado. Mi piel afloraba sensible, los mínimos sonidos me molestaban, hasta un dulce canto del pájaro sonaba estruendoso en mis oídos, y el pulso se me alteraba hasta la noche siguiente. La sensación más próxima a desapegarse de la realidad la revivía siempre que experimentaba aquellas noches en vilo, sobre todo cuando en ocasiones acumulaba varias noches consecutivas sin dormir. Sin duda era una sensación rara, que justificaba el deseo por taladrarme mi propio cerebro.

En los meses de junio y julio conseguí un empleo temporal en una importante entidad financiera, como cajero de banca. Trabajaba por horas sin ninguna posibilidad de promoción, pero desde luego no me podía quejar: académicamente había triunfado, me gradué con una mención de honor, y mis trabajos eran de traje y corbata, bastante bien pagados. Tampoco tenía problemas ni conflictos familiares en mi casa. Nada ni nadie podía negar que, almenos en apariencia, mi vida iba bien encarrilada. Eso era, almenos en apariencia.

Sin embargo, aquel verano de 2007 desembocó en una verdadera locura; un cóctel de líquidos inflamables se fue cocinando poco a poco en el interior de mi cabeza. Mi conducta se desparramaba los fines de semana, porque empecé a beber y tomar drogas esporádicamente (tabaco, porros y cocaína). Las fiestas se alargaban hasta primera mañana, una desinhibición que acababa desbocada e incontrolada entre las sábanas y el calor estival, a la espera de que los efectos de las drogas se apagaran poco a poco. Siempre cargaba dos cartuchos: uno para el viernes y otro para el sábado. Vivía esas noches con un gran espíritu jovial, me mostraba amigable, verborreico; me solía entretener con desconocidos en los párquings de las discotecas, y si en el peor de los casos esnifaba coca, me disparaba como un cohete. La tarde del domingo llegaba a su fin siempre con una amargura agria, con ganas de no haber vivido lo vivido, con ganas incluso de matarme, de reventarme la cabeza contra el techo y perdiendo sin remedio las ganas de vivir. El bajón se avecinaba el jueves y se volvía a renovar el lunes a primera hora. Baja autoestima, negatividad, tristeza, desgana y, por encima de todo, la incapacidad para sentir placer alguno por ninguna de las cosas que hacía; eran problemas que se amontonaban en mi cabeza, como una algarabía de voces en la que muchas voluntades hablan a una conciencia extraviada.

Sufría crisis estacionales: depresión entre semana y manía de viernes a domingo; entretanto, los desvelos nocturnos se intercalaban con intermitencia. Con ese panorama empezaba muy triste las mañanas; mis jornadas de trabajo transcurrían con las sensaciones enfrentadas de un estrés desenfrenado y la pereza propia de la depresión. Generalmente acudía a mi puesto con un tono bajo, mi pelo y mis ojos habían perdido el brillo juvenil de mis 20 años recién cumplidos, mi piel se descascarillaba por un incipiente acné. Sin duda, mi cara era un fiel reflejo de mi desánimo.

Durante el día solía cumplir con mi trabajo, aparentaba solvencia pero no me lucía demasiado, en cuanto podía dejaba caer los brazos si no habían tareas que hacer. Tenía una gran falta de espíritu, una incapacidad para emprender, estaba falto de proyectos.

Pero a veces mi cerebro se acaloraba, se me antojaba una fiebre tropical y respondía con arrebatos de ira. Surgía de mi interior una gran fuerza, con brillo, aunque sólo fuera por momentos, mi sensibilidad se erizaba, un montón de nuevas ideas orbitaban locuaces. Me sentía poderoso y desinhibido.

De repente, sentía que debía levantarme raudo de la silla, aunque estuviera atendiendo a un cliente o dejara una tarea colgada en el ordenador. Mi estado me obligaba a moverme, a recorrer la oficina arriba y abajo. Mi nerviosismo se aceleraba y tenía que saciar toda aquella voracidad por comerme un nuevo mundo que parecía amanecer dentro de mi cabeza.

Muchas veces me mostraba contestatario con la gente, sobre todo en esos vuelcos eufóricos. Recuerdo bien la última oficina a la que me destinaron, era de recién apertura y tenía poquísimos clientes. La faena se sucedía con cuentagotas. Aquellas jornadas constaban de ocho horas intensivas con un silencio soporífero, sólo interrumpido por el tecleo que exigía alguna que otra operación bancaria a media mañana, aparte del arqueo de caja al abrir y cerrar la oficina.

A mi subdirectora no le importaba que usara corbata. Aquel principio de agosto era realmente sofocante. Así, siempre me arreglaba con cuatro elementos: una buena camisa, unos pantalones de traje, un buen cinturón y un par de zapatos.

Cuando el director de la oficina venía a supervisar mi trabajo, sólo en días contados, siempre me advertía que debía usar corbata. Cuando estaba deprimido solía exagerar los toques de atención, me los tomaba muy a pecho y eran otro motivo más para entristecerme.

Sin embargo, cuando me decía lo mismo en pleno arrebato maníaco, observaba en sus órdenes una agresión personal, un desafío a mi superioridad. Levitaba a un metro del suelo y no quería que nadie me desmontara de mi nube.

—Intenta la próxima vez ponerte la corbata, no quiero que el jefe de zona te vea sin llevarla puesta —me dijo el director. Fue la segunda vez que me advertía, con un tono más serio y firme.

Mi cabeza empezó a bullir. «¿Quién puta mierda se cree éste que es?», pensé para mis adentros. Con ellos, otros pensamientos muy gráficos me invadieron la mente, literalmente me puse a contar e imaginarme las pollas que debía haber chupado para conseguir ese puesto y ese sueldo. Giré mi cabeza hacia la puerta, y vi una oficina ultramoderna, domótica, muy tecnológica, pero fría y muerta por dentro. Miré las agujas del reloj que colgaba en la pared, podía sentir las vibraciones del segundero: la noche anterior no había dormido nada. «Y este mamón tocándome las pelotas», volví a reflexionar. Por un momento, deseé perforarle la yugular con un bolígrafo de propaganda. Un extraño tic apareció debajo de mi nariz, mi labio superior subía y bajaba eléctricamente. Las manos me temblaban y arrugaron algunas notas sobre el escritorio. Me levanté como un resorte, cabizbajo. El subdirector me contemplaba con expectativa e incredulidad. Todavía no le había dado una respuesta.

Mi mandíbula empezó a articularse, pero seguía mudo. Dibujé con mi boca unas palabras como el niño que marca su nombre sobre la tierra: «Hoy no me visto de payaso, hijo de puta», ésas fueron mis palabras lanzadas contra el aire, sin sonido alguno.

Destensé los brazos y giré en redondo el cuello varias veces. Pude abrir un poco el pecho y coger un poco de aire. Neutralicé aquel ataque de pánico y, por suerte, mis pensamientos no se materializaron.

— Lo siento, trataré de ponérmela mañana. Sin falta.

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