Tungsteno II

17 Apr

II

Primero leer “Tungsteno I”.

La puerta sonó como una rama seca partida contra el viento, las llaves acompañaban el juego de la entrada con un tintineo metálico, desconocido e inocente. En mi cabeza, sin embargo, aquellos agudos sonidos resonaban como una ristra de cascabeles que agita quien quiere ser descubierto, una trampa morbosa tras una puerta o cortina.

Ella todavía estaba vuelta hacia delante. Dejó las llaves en un cenicero anacarado. Impulsivamente la agarré de la cintura y la atraje hacia mí con fuerza, le di un abrazo de oso inexpugnable. Mi antebrazo se situó a la caída de sus senos y noté su turgencia y pesadez, ligeramente cubierta por una camiseta vaporosa y desgastada. Varios pensamientos fugaces me invadieron: desgarrarle la ropa, amarrarla del cuello y doblegarle su cabeza hasta el suelo, estirarle el pelo hasta que gritara de dolor mientras le ataba las muñecas.

Un hálito frío comenzó a sumergir de mi boca y mis manos empezaron a temblar. El monstruo en mi bragueta comenzaba a afearse. Mis pantalones empezaban a ser incómodos, la erección era incontenible y dolorosa.

En todo aquel tiempo no solté a la chica ni un momento. Mantuvimos la posición erguida durante un largo rato. Su cuello olía a incienso y a un sudor seco, que potenciaba su fragancia natural, un efluvio grotesco pero excitante. Situé mis labios sobre su cogote y acompañé con mi labio inferior el recorrido hasta el final de su nuca, justo por debajo de su pelo. Nunca la llegué a besar, simplemente usaba el labio húmedo dejando arrastrar la lengua como un caracol, dibujando un circuito impregnado en saliva que iba enroscándose. Ella asentía positivamente, soltaba suspiros entre la risa nerviosa, y a veces dejaba caer la cabeza de forma brusca, como en un gesto hipnótico, ofreciéndome nueva piel fértil que explorar con las caricias de mi labio, liberando sus hombros y su espalda superior. Mientras yo abarcaba sus pechos con mis manos ella apretaba las suyas contra las mías. Una ligera exhalación, un arqueo y una convulsión. Un proceso que por momentos hacía temblar sus lumbares. Decidí bajar besándola por encima de la ropa, poco a poco, hasta la altura del culo. Ella sometía mis manos contra sus caderas, las aplastaba bien fuerte. Yo hundí mi nariz entre sus nalgas. El tejido de su falda era maleable y se adaptaba a cualquier forma, prácticamente era como si no llevara nada.

Entonces… llegó el frenesí.

La cogí fuerte del pelo y le reduje un brazo, tal como si fuese a romperlo, repetí la misma operación con el que quedaba libre. Se resistió un poco al principio, pero no era tan fuerte como aparentaba. Mi pericia quitándome el cinturón me permitió hacerlo con rapidez. Ella iba dando tumbos contra la pared, intentaba agredirme con los codos inútilmente, retorcía sus piernas, bajaba, subía, gritaba desesperadamente. Finalmente conseguí pasar el cinturón y anudarlo bien. Sus muñecas enrojecieron rápidamente.

Le bajé la parte inferior del vestido fácilmente, aunque intentó soltarme alguna patada. Tenía un culo escultural, con un bronceado natural, unas aristas carnosas. Francamente daba pena desdibujar aquella estampa tan sensual quitando el tanga. Era como la pieza de un puzle que encaja a la perfección. Se lo bajé hasta la altura de los tobillos, le liberé sólo de un pie y di unas cuentas vueltas a la braga para que estuviera mucho más tensa. Volví a poner el pie en su agujero, pero ahora las piernas estaban bien amarradas, incómodamente juntas a la altura de sus pantorrillas.

Ella seguía quejándose de las muñecas, no reparaba en que cualquier intento por escapar era inútil, la había puesto en una postura totalmente inmóvil y estaba indefensa. La cogí del pelo y doblé su cuello hacia atrás, la ladeé un poco, quería ver su expresión facial, muy preocupada; una lágrima nacía testimonial de su ojo derecho y yo me vi reflejado en ella. Por un momento enmudeció: se sentía totalmente sometida.

— ¡Dime dónde está tu cuarto, zorra! —ella empezó a apretar los labios y a temblar, como si un sollozo infantil aguardase a punto de explotar de las cuencas de sus ojos. El ambiente cerrado de la estancia daba mucha calor, y la sala se condensaba en un vapor orgánico con olor a sudor y sexo.

En una de mis amenazas, se quedó mirándome, con los ojos vacíos y fijos en un punto, todo en una clásica pose de clemencia. Las mejillas se habían tornado grisáceas, tiznadas por el oscuro maquillaje que encuadraba sus ojos esmeralda. Finalmente claudicó a la evidencia e hizo un ademán con la cabeza señalando algo. Al final del pasillo, desde el recibidor, se observaba una puerta entreabierta.

Me dispuse a caminar hacia ella. Le doblé la espalda completamente hacia delante, su pelo me servía de brida. Si se mostraba quejosa o se revolvía la volvía a estirar y le doblaba el cuello; con el puño le empujaba la espalda hacia el suelo. Era como dominar a una perra, sólo se debían conocer sus puntos de tensión y, como buen amo, saber dar bien los toques para neutralizarla.

Yo andaba flexionado sin soltar su pelo, ella gateaba sólo con sus rodillas, balanceando con el peso sostenido por mi mano. Accedimos a su habitación.

Rápidamente la puse contra la pared. «Te quiero ver de puntillas». Abrí varios de sus cajones, en el último que revolví encontré unas bragas, las arrugué y se las embutí en la boca. Emitió unos vocablos ininteligibles. Era la única manera de hacer parar su berrinche. Nunca dejé de soltarle el pelo, la chica estaba completamente a mi merced, su movimiento totalmente limitado. Ahora ya no me preocupaban tanto sus gritos.

Empecé a golpearle las nalgas con la mano abierta, bien fuerte, sin la mínima intención de amortiguar los bofetones. Siempre de abajo a arriba, como un buen gancho. En las primeras embestidas la nalga temblaba como un flan. Cuando ella se echaba hacia delante, volvía a colocarla siempre pomposa, con el culo bien expuesto hacia fuera. «¡He dicho de puntillas, de puntillas, zorra!

Los golpes enrojecían más y más su carne. Sus lágrimas atravesaban su cara hasta la barbilla, una mezcla acuosa de Rimmel, polvos de maquillaje y agua salada. Y al ritmo que emanaban sus lloros, perdía rápidamente la dignidad anónima con la que la conocí en la calle. Su compostura e inocencia iban degradándose, escalón a escalón.

Sin embargo algo me sorprendió, en una de las ocasiones que iba a azotarla, detuve la mano justo antes de golpearla. Ella me miraba desde arriba. El silencio lo embargaba todo, y el ambiente se inundaba con su respiración, rápida, centrifugando. Seguía con su mirada clavada en mí, pero esta vez las lágrimas parecían dar marcha atrás. Entonces aticé: «¡Plas!» un ruido ensordecedor y orgánico la hizo echar el cuello atrás; el quejido se transformó en un gemido de placer. La volví a atizar. «¡Plas, plas!». Esta última vez dejé un pequeño reguero de puntitos con sangre. Un culo anaranjado y rojo, con las marcas de mis dedos pulsando todavía, un culo levemente hinchado, castigado y erosionado. Un culo bellamente transformado.

Entonces dejé de golpearla y empecé a acariciar con las yemas de mis manos sus zonas más castigadas, a veces usaba las uñas. Su sensibilidad estaba a flor de piel. Ella disfrutaba, sin duda. Había soportado lo peor y ahora sus lagrimeras se habían convertido en dulces afluentes. Su expresión fruncida se destensaba y en ocasiones hasta me regalaba una sonrisa de complicidad.

Subió lentamente la cabeza desde su pose de cuclillas. Con su mirada parecía advertirme de que había traspasado cierta línea del juego. Ella estaba rendida, aunque se sabía incapaz de defenderse o de poder escapar.

No contesté, esta vez me puse serio. Dejé de transmitir la mínima intención de continuar dominándola de momento, con mi expresión y los brazos en jarras le lancé una frase lapidaria: «Ahora te voy a follar el culo», mientras, mi sonrisa se elevaba al tiempo que me desnudaba.

Sin tiempo de reacción la cogí por el pelo de nuevo. Ella estaba en el suelo y la llevé arrastrando hasta el comedor. Se movía inquieta y empezo a chillar y patalear. Hice un alto, y pensé que sería buena idea volver a tapiarle la boca. Con todo asegurado, hice algunas comprobaciones más: cerré con llave la puerta de entrada, me asomé por el balcón para ver que el vecindario seguía tranquilo. Algunos gritos me preocuparon. También aseguré las ventanas de un tragaluz que podía alertar a los vecinos.

Cuando regresé al comedor, ella se hallaba tumbada en un sofá de skay blanco, derrotada, esperando una nueva tunda. Fui hasta dónde estaba y la agarré por el cuello. Sin quitarle ninguna atadura la puse a de rodillas sobre el sofá. Aplasté su cara contra el respaldo, liberando el mínimo espacio para que pudiera respirar. Con su pecho y hombros apoyados, quedó lista.

Puse mi cara sobre el final de su espalda. Mojé mis dedos índice y corazón con mi saliva y se los metí en la vagina. Empezé a meter y sacar la mano a un ritmo bastante rápido. Mientrastanto, acerqué mi lengua puntiaguda al agujero de su culo y empecé a lamerlo. Aquella chica tenía una buena higiene y, salvo un hilillo de vello sobre el pubis, el rasurado era perfecto. Mientras le masturbaba con mis dedos la vagina, le penetraba el ano con mi lengua. La ponía dura y tensa y, poco a poco, iba abriendo el agujero. Por su parte, la vagina iba mojándose y poniéndose pegajosa. Toda aquella orquesta tocaba en sintonía.

Terminé con la vagina y durante unos minutos más, me dediqué sólo a su culo: me puse de cara a él y le abrí las nalgas. Con la lengua lamía arriba y abajo. Cuando lo vi bastante húmedo comencé a jugar con mis dedos. Primeró le enculé con sólo uno, tratando de hacerlo con sumo cuidado. Luego dos y al final me encontré, poco a poco, haciendo palanca con tres dedos, hasta que finalmente le metí el puño. Sus gemidos se debatían entre el dolor, la sorpresa y el placer.

Cogí mi miembro, todavía erecto y le penetré el ano. Aquello iba más fácil de lo que esperaba. Yo estaba disfrutando como Dios y noté que ella también. Decidí desanudarle el cinturón de las muñecas, y por si misma pudo repeler la lencería que le obstruía la boca. También le quite la atadura de las piernas. Finalmente, ella estaba liberada, totalmente desnuda, disfrutando conmigo al unísono. Ahora todo eran gestos de agradecimiento. Ella giraba la cabeza y apretaba el ritmo, queria notar toda mi extensión en su recto. Yo le abofeteaba las nalgas, «mastúrbate el coño, zorra», le dije. Ella se frotaba el clítoris con los dedos mientras yo seguía enculándola con energía.

Me volvía a mirar y luego bajaba su mirada hasta su culo tragón. El ritmo iba a más y más. Ella se sabía consciente de la inmensidad del momento: alguien había osado romper su virginad anal, y lo mejor, era que estaba disfrutando.

El ritmo se puso frenético. Tuve que subir al sofá para acceder mejor, mi erección era máxima. La cogí del cuello, le hundí la espalda. La tenía bien cogida y así podría usarla mejor. La moví a favor y en contra de mi pene. El semen se avecinaba como una avalancha. Me concentre, miré dentro de mí e intenté alargar el momento lo máximo posible.

En un arrebato que duraría apenas unos segundos le estiré su desordenada coleta, y me desacoplé de ella. La hice bajar del sofá y la puse de rodillas. Le introduje mi dura polla por la boca, sin delicadeza, y empecé a fornicársela, rascando contra su lengua. Sé que ella padecía pues golpeaba mis muslos pidiéndome que la dejase respirar. Pero yo no lo hice, «si tienes que vomitar, vomita, pero voy a follarte hasta al cerebro».

En poco tiempo, su cara estaba totalmente desmaquillada y sucia, escupida, salvajemente escupida. Con cada nueva embestida, se le hinchaba la garganta y hacía el gesto de tener un arcada. Grandes hilos de saliva salían exprimidos entre sus labios y mi pene. A veces no lo aguantaba, y sus fosas nasales también rebosaron mocos y saliva. Alrededor de su cuello y en sus tetas desembocaban gran parte de los fluidos, el resto, caía como lianas hasta tocar el suelo. Finalmente, no pudo aguantar más y vomitó sobre mi pene, precipitándolo todo sobre el suelo, desparramando una escena dantesca, retratando la deconstrucción brutal de su persona. Sólo faltaba hacer una instantánea del momento y poder enmarcarla.

Yo todavía seguía con mi erección. La amarré del pelo y la conduje a un cuarto de baño que ella me indicó. La puse dentro de la ducha y abrí el grifo. Conseguí que el agua saliera templada y al meterla se tranquilizó. La había sometido a un periodo de asfixia y la había hecho vomitar, pero ya no estaba tan asustada. Nos limpiamos mutuamente y entonces empecé a masturbarme de una forma enérgica y animal, llegando a golpear mis testículos con cada gesto de mi mano. Mientras me calentaba, el agua corría y yo sobaba a María de una manera lasciva que, por su mirada y la forma en la que abría la boca, parecía hacerla disfrutar. Ella también se masturbaba. Yo le apretaba y le estiraba los pezones.

Cuando me dispuse a correrme le apreté el cuello: «Me voy a correr en tu boca y te lo vas tragar todo, ¿queda claro?». Ella asintió, sin mediar palabra alguna. Seguí masturbándome, mi polla en ereccion tendía a juntarse con el abdomen y el glande me iba a explotar.

La hice bajar, la puse de rodillas. El grifo se dirigía contra su nuca y espalda. «Saca la lengua y que ni se te ocurra cerrarla». Flexioné algo las rodillas, tensé los glúteos, y descargué. Estuve unos quince segundos hasta que lo solté todo. Apunté bien, a pesar de que aquello salía disparado como cañones de confeti. Poco a poco, su boca se rellenaba de una baba blanca translúcida, «no la tires, eh», y algunos de los restos se impregnaron fuera de los límites de los labios. Yo los recogí con cuidado y acerqué con el dedo, como si fuesen migas de pan. Al final, cuando tenía la boca totalmente llena, le dije: «ahora traga».

Finalmente la chica lo engulló todo y esbozó la sonrisa más bonita de la noche. Una sonrisa agradecida, un viaje de sensaciones ocultas había terminado. Sin mediar nada, María se levantó y me abrazó fundiendo un beso cálido todavía bajo un chorro que empezaba a enfriarse.

Nos quedamos un largo rato abrazados, sin valorar el tiempo. Nuestra piel en contacto resbalaba limpia. Hicimos algunos chistes. Primero reímos inconteniblemente.

Una mujer dominada y un amo experto, que hace pocas horas eran meros desconocidos, pero que ahora eternamente agradecen aquel semáforo, su forma de dividir el tiempo, de detenerlo y, solo de vez en cuando, con su terna de colores, disolver a dos personas en el asfalto.

 

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