¿Momento de la verdad?

16 Apr

El estigma social en el trastorno bipolar se erige siempre como una piedra cantosa y afilada que pocos (enfermos) nos atrevemos verdaderamente a escalar. En este caso, el mejor planteamiento inicial es un “depende”' más que una clara determinación; un depende porque por cada bipolar hay una historia detrás, y por cada bipolar también hay un contexto social único y extremadamente particular.

Pero a pesar de esas pequeñas ráfagas de optimismo, sea cual sea la manera en que se gestione socialmente la enfermedad siempre es difícil. Para empezar nos encontramos con un amplio abanico de posibilidades. Muchas veces se vive la enfermedad en un anonimato difícil, como un funambulista sobre una cuerda floja; o bien en un punto intermedio la persona con trastorno prefiere abrazarse a un pequeño círculo de confianza; por último, están aquellos que no tienen problema en confesar su condición mental sin complejo alguno.

Yo pertenezco al primer grupo, aunque mis circunstancias me están obligando a confesarme a más de uno, sobre todo de mi círculo de amistades cercanas. Han sido doce años de silencio, doce años de depresiones y concursos de saltos de euforia en los que la gente ni entendía ni quería entender. Algunos se están mostrando sorprendidos, aunque francamente no me estoy enfrentando al problema de cara, porque francamente no me estoy confesando cara a cara de las personas que me refiero. Todavía mando mensajes de humo, con insinuaciones acerca de mis ausencias, mis frecuentes visitas al médico y, en general, mis evasivas a salir con ellos, sobre todo por la noche, son bastante sospechosas. Pero aunque sea tiempo de muda para mi disfraz social, no tengo porque precipitarme, más aún cuando me hallo en pleno cambio de mi régimen de medicación. Es difícil, sin duda. Es difícil porque esta vez voy a revelarlo tal cual es, no voy a lanzar confusas misivas. Diré que tengo trastorno bipolar, además de sus accesorias explicaciones, por supuesto, pero bien llano y crudo; diré que soy un enfermo mental con todas sus consecuencias; acotaré su gravedad y diré que es un mal controlable, que me proporciona altas expectativas de tener una vida próspera y relativamente normal, siempre y cuando cumpla con las directrices de mi psiquiatra, siga mi terapia e ingiera con fidelidad mi cóctel de pastillas.

Pero yo elegiré el lugar y el momento, no vosotros. Que quede claro.

 

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