Anoche tuve un sueño

13 Apr

Veía un mosquito en primer plano, grande, con las patas largas y un apéndice afilado, seguramente el que utilizaba para clavar a sus víctimas, como el de los mosquitos tigre. Seguía posándose inmóvil sobre lo que parecía un pie, jugoso, con unas almohadillas carnosas y unos talones tersos. Los dedos se recogían caprichosamente como las manos de un bebé; un rojo burdeos lucía en unas uñas bien recortadas y cuidadas.

El mosquito se recreaba, danzando en pleno regocijo de aquél que parece disfrutar de un fetiche. No acabó por morder, desaprovechando un terreno lleno de oportunidades para plantar una buena roncha, saciándose con el dulce plasma rojo.

En segundo plano se enfocaba lo que parecían unos calentadores rosas de algodón, de esos que se ponen las bailarinas entre el tobillo y la pantorrilla. Más allá, la pierna estaba desnuda. Su tez era morena, del leve color del café descafeinado. En un plano superior, la chica yacía desnuda sobre una cama de pétalos lilas, rosas y amarillos. Los efluvios subían como un gas invisible, pero que no permitían ver más arriba de la cintura.

El insecto prosiguió su vuelo errante, y como si desvelara un manto, descubrió la otra mitad de la chica. El mismo tono mestizo, un bronceado natural, una construcción atlética, una juventud reciente. Su cabeza estaba rematada por una corona de flores. El mosquito aprovechó la siesta de aquella exótica sílfide. Se escondía por todos sus rincones, explorando sus olores, sentándose en los surcos de sus labios, turgentes, a punto de explotar como una fruta madura. Desquiciado e impotente, el mosquito parecía perdonarle la vida, alejándose resignado.

Entonces se dirigió de repente hacia su corazón, con un malvado siseo, y un zumbido ensordecedor. Justo unos dedos por encima de su seno izquierdo. Mordió, y durante unos segundos estuvo robándole sangre con su estilete perforado. La chica aceleró su respiración y rompió la pose inicial de estatua. Se estiró de forma convexa y estiró los brazos hacia atrás como un ángel. Sus mejillas se sonrojaron y frunció el ceño. Algo no iba bien. Terminó por abrir los ojos, y apartó los pétalos que le cubrían el sexo con pudor.

Se movió en una pose totalmente diferente, y en todo su esplendor mostró sus encantos sexuales.

Ella sudaba. Las sienes, los muslos, los hombros brillaban con un elixir uniforme que a veces se rompía con unas gotitas brillantes y cegadoras.

Yo sudaba, pero me resistía a despertar.

De repente me acordé de una naranja que me comí aquella tarde, en mitad del sueño. Las cogía de un cesto que un amigo nos regalo de su huerto. Eran grandes y jugosas. Siempre que comía una, la dividía en gajos. No me gustaba limpiarme, me empapaba con el natural pegamento de su zumo. Me encantaba que la fruta rebosara mis mejillas, que disparasen gotas desde mis comisuras, que literalmente explotara en mi boca.

Con el último gajo siempre hacia el mismo proceso. Cogía un buen trozo, gordo, casi la mitad, a bien seguro un cuarto de naranja, lo partía con el cuchillo y me quedaba observando la sección que había recién cortado, observaba sus hebras y me maravillaba ese color intenso y brillante. Lo tomaba en mi boca y sin morderlo, lo aplastaba con el paladar.

La chica convulsionaba lentamente. Arqueaba su cuerpo, hacía la pose del puente con sus pies rígidos y la nuca tensa y venosa por el esfuerzo.

Tapó su sexo con la mano. Dobló los dedos corazón y anular y, como si fuese una palanca, los introdujo. Bien adentro. Con su antebrazo parecía dominar unos pezones incontrolables; por su parte, su mano izquierda parecía dedicarse con ganas devotas a su pecho izquierdo.

Un gemido seco rompió el silencio.

Desperté con las sábanas y edredones arrugados. Un frío me invadía la espalda, había una gran mancha salada quasi amarillenta, un sudor difícil, como el de un espectador que mira al sol desde una butaca de piel.

Me levanté y me senté en el borde de la cama. Me quité la camiseta y el resto de la ropa. Recorrí desnudo el pasillo con gran ligereza y las gotas se precipitaban en la ducha a una lenta velocidad.

Cada pelo, cada célula de mi piel recordaba todavía aquella sensación. Aquella mañana desperté de forma natural, con el sol que atravesaba mi persiana. Casi completé el sueño.

Esos sueños son los que merecen la pena soñar. Esperar a ser soñados, a que te invadan la noche más imprevista. Sueños que te hacen gritar, que enloquecen el reloj, que te despiertan en mitad de la noche. Sueños de sudor, del respirar que corta el aire. Sueños que hacen fluir tu cuerpo. Sueños que agitan las piernas. Sueños que te empalman con dolor. Sueños que hacen correrte. Soñar hasta reventar.

Sueños color alegría, de la sonrisa en el espejo, sueños del poder de la vida.

Sueños que agradecen estar vivo.

 

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