En el mejor de los casos

12 Jan

Cuando uno atraviesa un período maníaco es bastante obvio imaginar lo tentador que resulta seguir obedeciendo a los códigos del placer. Por todos los medios, la persona que vive una manía intenta justificar la búsqueda de un mismo fin: la permanencia en el estado de euforia. Y cabe decir en mi opinión, y en contra de muchos que argumentan que una manía es en todo su recorrido negativa, que ésta verdaderamente revela su peor cara sólo en su parte última de latencia, cuando la euforia culmina con una sintomatología bastante reconocible: exaltación, desinhibición, ansiedad, humor elevado, celeridad, fuga de ideas, hiperempatía, hipersensibilidad y una acusada labilidad emocional, dentro de un largo etcétera de síntomas y conductas temerarias, contaminadas casi siempre por un acusado sentimiento altruista.

Sin embargo como digo, creo firmemente que la manía es sobre todo una fase estimulante. Quizás el maníaco no se plantee dudas tan serias sobre las emociones vividas durante su episodio, como sí hace durante las depresiones por el contrario, etapas éstas en las que precisamente prevalece el anhelo por alcanzar cotas de bienestar más elevadas. En la manía, almenos en mi caso, se corresponde la satisfacción de lo vivido con el deseo que acaba generando esta vivencia; lo más curioso es que la coyuntura y el escenario que se recrean en el episodio maníaco son, normalmente accidentales, no buscados. En otras palabras, la euforia en los que por momentos se recrea, es beneficiada por la inconsciencia del sujeto, en tanto en cuanto éste no pueda reconocer en sí mismo la anormalidad de su conducta. Así, para el que esta en dicha fase, las emociones se potencian de una manera exagerada, buscando en cada momento alimentar esa necesidad vital para no bajarse del tren de la alegría y la satisfacción. Y toda esa motivación se convierte, en un inicio, en una corriente positiva que se irá materializando hacia determinadas actitudes que se viciarán y volverán compulsivas. Al mismo tiempo, si durante esta fase se registran determinadas situaciones de éxito, por ejemplo en lo personal y profesional, se establece una correspondencia perfecta que tenderá a reforzar el vínculo entre lo que se hace y lo que se anhela y, por tanto, a estar estimulado constantemente, desdibujando ya la frontera entre “lo que se hace y adónde se dirige” y “el porqué se hace y cómo se dirige a satisfacer sus deseos”. Contra más tiempo se permanezca expuesto a este dilema siempre resuelto, más reforzada continuará esa realidad virtual, cuya recompensa en la conquista constante de los sentidos tiene de por sí una fecha de caducidad. La manía siempre se termina más tarde o más temprano.

El verdadero problema, como he dicho, recae en la falta de reconocimiento de conductas y comportamientos que empiezan a ser claves para identificar la manía. A pesar de que la euforia y otros síntomas endógenos son deliberadamente subjetivos, existen otros síntomas que se pueden valorar más objetivamente y son más patentes, destacando la disminución de la necesidad de dormir y el número de horas de sueño como algunos de los ejemplos más claros.

Por eso, yo como enfermo con TAB que ha experimentado bastantes episodios maníacos, me atrevo a aconsejar a todos aquellos que sufran los envites de una manía pasada que para la próxima —y en general, algo aplicable para su vida—, sería que no se dejen engañar por sus emociones, que determinen por su propia experiencia el umbral de “felicidad” que estén dispuestos a asumir, y que hagan un análisis consecuente de todas sus conductas repetidas en cada manía y a qué desencadenantes se deben.

Si uno es capaz de hacer un análisis calmado y objetivo de su situación, las manías serán algo más fácil de gestionar, aunque parezcan inevitables en muchos casos, y a largo plazo se lograrán garantías para no sufrir oscilaciones de tanta intensidad. El desarrollo de estrategias, trucos personales y la higienización de los estilos de vida, son premisas muy adecuadas para mejorar la calidad de vida del enfermo.

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