Esos momentos vacíos

4 Jan

He vivido un período en el que se han juntado demasiadas alegrías, muchas experiencias vividas por encima de las posibilidades que traspasan los límites de la razón. Ahora se acumulan las miradas perdidas en el firmamento, con los ojos bien abiertos en una pose de incredulidad. Oteo el horizonte y lo recreo con las imágenes de mis vivencias más recientes, y que componen una película proyectada esta vez a cámara lenta.

Las manías nunca avisan, nunca llaman a la puerta. Uno cree vivir un período de bienestar que casi no merece, como una dádiva divina y azarosa del destino, pero cuanto más tiempo continúa expuesto al calor de las emociones, si no lo hace sin protección, acaba por quemarse, como la expresión más real de una insolación.

No supe domar aquel corcel salvaje cuando ya brincaba en una montura hecha de júbilo. Con la perspectiva que da el tiempo, ahora reconozco aquellas conductas impropias e inoportunas, aquellas en las que me arriesgué demasiado: en el amor, en el sexo, en el ejercicio de un poder otra vez emergente. Como si fuera la gran historia del brillante funambulista que culmina sus últimas volteretas en una serie de aterrizajes torpes e inconclusos; en los últimos ejercicios de su carrera se observa a sí mismo en pleno esplendor de su decrepitud, un percherón fracasado incapaz de recoger con solvencia a su pareja trapecista tras el vuelo de un tirabuzón. ¡Qué cruel metáfora para un final!

Tan real como la vida misma.

La manía evacúa por el fregadero, mi vida se escapa de las manos, como el agua del grifo que se posa en las manos y luego barre de la cara el polvo robado a la noche. Las mañanas también se suceden irreversiblemente, erosionando una fachada cada vez más malgastada. Y en un constante goteo, la arena araña trozos de dignidad que se van con el viento, piedrecitas que se despeñan dejando sólo restos, marcas del ridículo. Desde el suelo, sorprendida, la muchedumbre contempla como desmorono, como desaparece ese brillo triunfador en mis ojos que ahora se convierte en pánico, y éstos se entornan aterrorizados por las consecuencias de una malograda angustia vital que reaparece. Sin duda, es la combinación del estrés y la ansiedad, ese invisible dolor que pulsa el pecho, ese monstruo enemigo.

Los días pasan, los días pasan.

Se acomodan, mi cuerpo y mi mente. Otra vez a cámara lenta.

 

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