La chica del pañuelo

19 Dec

Elvira es una de las experiencias más grandiosas que he vivido. Ha superado con creces cualquier tipo de expectativas, incluso aquellas que jamás hubiera imaginado. Tan sólo estuve cuatro noches con ella, pero que fueron más que suficientes para visitar un safari a lo desconocido, un universo lleno de tentaciones, con nubes de algodón sostenidas entre cadenas, casi como una alucinación concentrada en menos de una semana.

El motivo de mi visita a Barcelona fue solo un mero pretexto, una excusa que presentar a los otros. Aproveché que mi hermano residía en un apartamento en la ciudad para hospedarme junto a él, aunque en realidad sólo sería un neutro lugar en el que encubrir mis reales intenciones. Ya habían pasado unas cuatro semanas desde que fijamos ella y yo nuestros planes.

Por aquel entonces yo ejercía profesor de clases particulares, y consideraba que lo hacía con cierto éxito. Poseía muchos alumnos, y lo que sacaba me daba para ir tirando cada mes. Sin embargo, aquel noviembre resolví terminar el trimestre con antelación, así dispondría de una semana libre para el primer encuentro. Aún así, los padres de mis alumnos me excusaron con total complicidad, en la semana anterior habían quedado resueltos los exámenes: la mayoría estaban aprobados.

Elvira era una joven moscovita de 24 años, licenciada en turismo, semiexplotada como teleoperadora en una de las principales agencias turísticas de la capital rusa. Ella vendría en calidad de trabajadora y no de turista. Por su parte, se trataba de un viaje pseudo-formativo sobre el funcionamiento de diversos hoteles de la capital condal, que tan solo le permitiría unas horas libres a última tarde.

Desde un principio, la vi entregada con aquel cometido tan alocado, el de quedar con un extranjero desconocido. Rápidamente me dió los datos de su vuelo de llegada y las señas de su hotel. Me hizo llamarla a su teléfono ruso, no me lo cogió. Quería una perdida tan sólo para asegurarse también de mi número.

Y debo reconocer que a aquella persona nunca la llegué a conocer antes. Tan sólo la tenía perdida como un contacto más en mi larga lista de facebook, y además ella fue la que me agregó, cabe decirlo. Sí recuerdo, sin embargo, una vez en la que de una manera gratamente extraña chateó conmigo. Me fascinaban las fotos en su perfil. Sin duda era notablemente atractiva, esbelta y con un exotismo declarado en el rostro. Deliberadamente, sus rasgos eran muy del este, y todo aquello me ponía aún más. Aunque de eso fue hace más de tres años. Nunca entendí porque me felicitaba puntualmente mi cumpleaños, dejando siempre un mensaje escrito con un parco pero correcto inglés, que sin embargo denotaba algunos errores muy comunes entre los hablantes de acento ruso.

Aparte de aquellas ocasiones, tuve su pista totalmente perdida durante casi cuatro años. Jamás hubiera pensado volver a contactarla, y menos aún reunirme con ella en persona. En fin, de una forma u otra cada uno hizo sus deberes para poder vernos a la semana siguiente.

Cuando llegó la hora de la primera cita, yo estaba nervioso, mirando compulsivamente el reloj de la pantalla del móvil, apenas transcurrían los segundos. Recuerdo llegar pronto a su hotel, la esperé un largo rato en el vestíbulo, remando arriba y abajo, hasta que no pude contenerme e hice que la recepcionista la avisara a su habitación de hotel. Su apellido sonaba como un suave latigazo contra el viento: Lukashova. La chica que me atendió volvió a los pocos minutos y me dijo que bajaba enseguida.

Igual que el timbre del ascensor, mi cuello se giró automáticamente en busca de aquel sonido, unos botas con algo de tacón bastante silenciosas. Aquella primera vez se dejó ver con un sencillo atuendo, casual, con la informalidad que requería la cita, y a pesar de un abrigo obligado por el invierno barcelonés, se encerraba en su figura una preciosidad de porcelana. Noté, por mi parte, que su primera impresión conmigo fue excepcionalmente buena. No sabría decir bien si fue ella la que se lanzó directamente a mis labios, el caso es que yo la evité y la besé con pudor en las mejillas. Por un momento, parecimos sonrojarnos a la vez, la agarré de mi mano y ella acomodó pronto la suya. Unas palabras de cortesía fue lo único que nos cruzamos en el preliminar, y sólo un simple saludo o cuestiones triviales —acerca del viaje y de su acomodo— fueron capaces de destensar un poco la situación.

Desde el primer instante que salimos del hotel a dar aquel primer paseo nocturno, ella se cogió de mi brazo fuerte bien fuerte. A mí me sobrecogieron aquellos aires tan confiados, pero me agradó mucho que ella se sintiera siempre tan cómoda y se apegara tanto a mí. Parecíamos dos novios recién enamorados, acompañandonos mutuamente por la calle; a veces ella sentaba su cabeza sobre mi hombro, sobre todo al hallarnos en los bancos de algún parque, y cuando nos levantábamos siempre me cogía la palma de la mano, posando sus dedos entrelazados. Sentía su calor a través del guante, giraba mi muñeca a su antojo hasta que tomaba el control, me pedía siempre que aminorara el paso. El mismo proceder se repitió durante aquellas cuatro noches irrepetibles: recogerla, cenar en un lugar agradable, perderse un rato por las calles de Barcelona y, por último, el viaje en taxi de nuevo hasta su hotel.

No recuerdo bien, pero creo que no fue hasta la segunda noche en la que no empezamos a amarnos de verdad. Los primeros besos fueron muy tímidos, atacando bien el cuello, o bien alguna oreja desprotegida. Nuestra relación fue pura y sana. Nunca nos tomamos aquello a la ligera, más como un tanteo inteligente del otro que no un simple desahogo amoroso. Tal vez yo echaba falta más arrojo por su parte en su forma de tocarme, de mirar, de besarme. Pero aquello era porque mis intenciones siempre fueron más osadas, y no se lo eché nunca en cara, pues me sentía muy recompensado con todo aquello que me ofrecía; por primera vez no era el sexo lo más importante.

Era una pasión ardiente la que vibraba entre los dos, un entendimiento perfectamente acoplado con una sola mirada. Tenía la piel tersa, el cuerpo firme, una cara con todos sus apéndices perfectos: labios pintados de un rojo intenso, unos bonitos pómulos culminando sus mejillas sonrosadas y los ojos grandes, azules y abiertos como el firmamento. Su cadera baja le hacía parecer una joven de piernas intrépidas, bien musculadas, que no interrumpían una cintura bellamente constreñida. Su espalda acababa dibujando su esbeltez, cubierta siempre por un pelazo largo y rubio, con el que solía jugar seductoramente entre coletas, recogidos o simplemente con la melena suelta. Su olor era impecable siempre, casi un perfume corpóreo diseñado artificialmente, con feromonas impropias de la mujer mediterránea. Me enloquecía olerle el cuello y respirar contra él.

Pero ella se iba. Apenas ya la cuarta y última noche expiraba irremediablemente. Lo hacía lentamente, alargándose mientras nos fundíamos entre abrazos y tiernas caricias. Su expresión de tristeza se acentuaba, más aún que la melancolía que me producía su inminente partir. Con expresión lánguida, se confesó ante mí en sus últimas palabras, antes de verla desaparecer hacia el ascensor por vez final. Me dijo algo precioso: que llegó a sentir por mí lo mismo que yo por ella, que se había enamorado en esos cuatro días; que ningún otro chico la había podido hacer vibrar igual, nunca.

Me emocioné. Me emocioné tanto que hasta lloré. Y lo hice con la libertad que otorgaba el momento y el lugar, pero sobre todo, con la feliz descarga de mi alma, que se sabía consciente de sí misma, y que al fin halló un bien tan infinito en unos ojos que me atravesaron sin casi palabras. Me sentí superior al poder hacer feliz a algo tan bello como Elvira, al contemplar un ser celestial. Era yo el bienhechor, sería un accidente dichoso en su vida por siempre jamás.

Estiré y desenrollé la bufanda de mi cuello, la volví a doblar y se la entregué apretándola fuerte contra su mano y mi otra mano. Le hice señas señalando su cuello y el mío de nuevo. Yo sabía que lo había llevado puesto consigo todos los días. Ella me entendió perfectamente. Desanudó también su pañuelo verde con un estampado floral, deslizándolo sobre sus hombros con el último aroma del abrigo en su cuello; me hizo entrega de su prenda y me dijo que me quería.

Todavía conservo su olor.

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