Víctima de lo social

17 Nov

Ahora todo parece menos grave. La historia mía, y por ende, la de los que me rodean, es mucho más insignificante. Que la enfermedad ya no me domina es un hecho, ya no soy una víctima de mis relaciones sociales. Lejos quedan todos mis problemas de comunicación, y lejos también queda aquella protectora marginación que me obligaba a quedarme en casa cuando intentaba recomponer una mínima vida social, sin el mayor atino que acabar dibujando una escena lastimera tumbado en el sofá de mi casa, alimentada con excusas y mentiras. En muchas ocasiones apuré hasta el últimísimo momento, el recurrido “es que no puedo salir por esto o por lo otro”; con falsos pretextos, cambiaba de parecer incluso justo antes de atravesar la puerta, como si esconderse fuese la única manera de guarecerse de la lluvia.

A pesar de todo ello, mi círculo de amistades siempre ha permanecido fiel, y nunca se ha llegado a romper ese vínculo y aprecio convencional con el que se comprometen los amigos de la infancia, pero la calidad y fortaleza de estas relaciones perdió mucho con el paso del tiempo. Esa amistad que se gana tomando cafés, viajando juntos hacia un mismo lugar, transitando lugares comunes y, en definitiva, compartiendo los momentos de júbilo en fiestas y encuentros, por muy triviales que estos me pareciesen. Con este deterioro inexorable en lo social, uno va perdiendo poco a poco el carisma, ese aura que a todo el mundo lo abriga —esa capa que debe construirse con el afecto— parece apagarse, y la apariencia, la propia identidad, se transforma en invisible.

Pero la depresión es una ola que arrastra con todo, que llama sin preaviso y acaba por ahogar a uno bajo las sábanas. Qué remedio. No podía hacer nada más, me veía inoperante al intentar atacar estas situaciones. La desgana, la insatisfacción constante y un insomnio persistente impedían construir una fachada resistente con la que afrontar mis compromisos sociales. Y digo afrontar, porque no hay mejor verbo que exprese cuál era mi única salida. En aquellos días era muy difícil alcanzar satisfacciones personales, la noción del placer era algo completamente desvirtuado y mis propósitos no debían sino conformarse sólo con el fingimiento, con el mero acto de la presencia e intentando no perder la compostura en el momento y lugar. Pero aunque estuviese rodeado por millares de amigos, dentro de mí sólo circulaba sufrimiento y pena. Por eso, antes que fingir o que lo notasen los otros, elegía quedarme en casa y no salir. Sé que fueron muchas oportunidades perdidas, pero con la montaña rusa en la que vívía montado, no me podía permitir tampoco saborear una alegría momentánea, sabiendo que pronto se esfumaría en el camino de vuelta a casa.

Recuerdo perfectamente aquellas épocas en las que yo intentaba ser uno más del grupo sin llegar a conseguirlo nunca. Fueron una adolescencia y una primera juventud difíciles, donde intentaba acoplarme cómo mejor podía a los cambios propios de esas edades. Sin embargo, el trastorno se convirtió en una mochila que iba cargando con piedras del propio camino. Eran épocas de descubrimientos, de probaturas en el sexo y las drogas, en las que normalmente todos mis amigos, que compartíamos años y aventuras, seguíamos caminos paralelos, buscando subir al mismo ritmo que nuestra efervescencia biológica. Pero así como ellos eran capaces de desandar lo vivido, yo siempre tomaba senderos en los que me perdía, mi luz se apagaba. La vida siempre ofrece algo de estimulante que anima a avanzar, pero yo percibía cada vez menos esa luz que guía para adentrarme más en un túnel. La risa natural, el saber encajar los acontecimientos vitales, la gracia de vivir, se convirtieron en mí en un gesto forzado, en una cuesta siempre empinada. Ellos maduraban de forma normal, adecuada al ritmo y la semejanza de personas de nuestra edad, sabían encajar sus errores y aciertos, pero yo, sin embargo, me desplazaba. No aprendía porque era como aquél insípido, que muere de hambre no por no comer, sino por no poder apreciar los sabores. Hubieron muchos intentos vanos por alcanzar esa pretendida normalidad, fines de semana en los que el alcohol y las drogas me catapultaban a un efímero bienestar para después fragmentarme en mil pedazos en la caída. La falta de satisfacción (anhedonia) y las largas noches de insomnio acabaron por rematar mis ganas de salir. Así, entre el miedo a descontrolarme y la apatía dejé de salir definitivamente. Me perdía cada vez más cosas, las que sólo se aprenden en las calles de la vida, las que caracterizan una picardía que nunca entendí, pero que debe ganarse con el tiempo, para no salir siempre malherido. Por aquel entonces me encontraba muy desarmado, impotente al no poder completar la felicidad en mis relaciones personales o mis noviazgos; fueron también años de incomprensión, de insensibilidad y de una gran soledad. Años en los que tuve que dejar novias, años en los que me perdí nocheviejas con mis amigos, años de divagar solo por las calles. Mi vida social llegó a estar rota aunque era eso o salir y desequilibrarme aún más, no tenía muchas más opciones.

Pero gracias a la suerte y el esfuerzo, todo eso ha quedado muy atrás. El primer paso —quizás el único— para sentirme comprendido entre la multitud, era comprenderme a mi mismo. Ahora salgo a la calle sin doblegar la cabeza, ni tampoco levitando a tres palmos del suelo; soy alguien equilibrado dentro de la manada al que, de una vez por todas, le sirve la experiencia vivida. Conozco las corrientes de agua y sé cómo aprovecharlas. Nunca será nada igual, por supuesto hay muchas cosas personales que he perdido irreversiblemente, pero lo importante es que he sobrevivido en esta jungla de personas, aunque haya sido a base de machetazos.

 

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