Rocas en el viaje II

14 Nov

II

En mi tercera mañana me levanté con la habitual jaqueca que siempre despierta a los malos dormilones. Apenas sin desayunar, dirigí mis primeros pasos hacia el soportal de aquel inhóspito bloque de apartamentos. Lo último que necesitaba era la luz seca y viva que me deslumbró a través de la verja, algo nada agradecido después de haberme aseado con tanta mala gana. Articulé una mueca asquerosa, de automática desaprobación, y con el sonido de un portazo lapidé un nuevo despertar, iniciando la andadura hacia un territorio desconocido.

A Malta fui bastante motivado. No todos los días le pagaban a uno un viaje al extranjero, aunque ello no supusiera por sí sólo unas vacaciones de grandes lujos. La beca no cubría muchos gastos, pero al menos se convertiría en una estupenda tirita para mis tristes días de verano. Hasta mi partida, mi vida discurría en un sendero de torpe apatía, con muchas noches desesperadas, que despertaban entre los arrugones de mis sábanas, dejando paso a mañanas aún más desagradables. Aquella escapada fue, en cierto modo, un oasis en el que ahogar mis penas.

Como alumno, mi compromiso sólo me obligaba a asistir a clases cinco mañanas a la semana. El nivel de los profesores, y el de la academia en general, dejaba bastante que desear, así que tomé con cierta resignación el hecho de no colmar mis expectativas académicas de mejorar mi inglés. De todas formas, aquel era un idioma que ya dominaba con cierta suficiencia.

Empecé las clases tras un fin de semana de adaptación —o mejor dicho inadaptación—, pues llegué un viernes y no empezaría hasta el lunes siguiente. Fueron unas primeras horas de soledad, pero también de expectación, sabía que algún cambio importante se avecinaba. El calor me abordó, haciendo mella desde el primer momento, derritiendo mi cerebro. Como un primer traspié al bajar del avión, pronto empezaron unos sudores insofocables, la piel me picaba por la sal que traía el viento y aquel sol únicamente anunciaba peligro sobre mi piel lechosa. Sin embargo, yo seguía notando aquella transformación, una amenaza escondida bien adentro; a duras penas concilié sueño en las tres primeras noches, esas debieron ser las primeras señales que no pude ver. Me sentía como el filamento incandescente de una luz artificial, siempre a punto de explotar en la fragilidad de su embrión de cristal. De madrugada, reflejaba mi cara de insomne en los casposos programas de la teletienda, con unos ojos vidriosos, sumergidos en la ansiedad de un vilo casi interminable, con la única compañía de una tele de tubo y una presentadora siliconada. Aquello siempre terminaba de la misma forma, un barco que atraca entre tinieblas no se pierde nunca ningún amanecer. Mis sentidos amplificaban sus poderes, con el fulgor impropio de toda mi energía malgastada la noche anterior, como una vieja bombilla irradiando más calor que brillo, un poder deliberadamente ineficiente. Todo estaba a punto de empezar, otra vez.

A eso de las nueve di con el aula que me asignaron. El lugar se componía con un aspecto muy humilde, apenas tres o cuatro pequeñas salas en las que se impartían las clases, diferenciadas por niveles. Sus puertas se repartían en el mismo lado de un largo pasillo y, enfrente, unos ventanales daban a un patio abierto con forma cuadrada. Unas plantas testimoniales cerraban aquella zona exterior, devolviendo siempre su mirada a la entrada, otra vez hacia la calle: un submundo europeo, algo sucio y extremadamente caluroso y húmedo.

Masha eligió sentarse justo en la parte opuesta a la mía. Todos nos sentábamos en semicírculo con un ridículo cartel en el que nos hicieron escribir el nombre, coronando los pupitres. Participar en aquel ejercicio de las presentaciones siempre me parecía muy infantil y previsible, aunque nadie pudo evitar ruborizarse.

Aquella chica tenía los ojos azules, grandes y amplios, que delataban con gran obviedad una exótica procedencia, probablemente centroeuropea o eslava. Sus mofletes eran rollizos y terminaban una cara también redonda, enmarcada por una corta melena de un débil color rubio, aunque con una raíz frondosa que revelaba raza y pureza, pero que yo imaginaba alicaerse por el frío de una remota estepa o la ventisca insistente de algún país de la Europa más vieja. No parecía muy alta, aunque mal supuse en un principio, y en cuanto se puso de pie para presentarse, a todos nos embelesó con una voz aflautada y dulce que hizo a todos más pequeños: «Hello, my name is Masha and I'm from Russia».

Lucía un atuendo que dibujaba una envidiable esbeltez. Con vaqueros y una camisa de tirantes, mostraba su cuerpo en unos brazos largos y un cuello fino, estupendo, bien plantado entre unos hombros huesudos. Sus pechos todavía adolescentes firmaban una silueta joven, sobre unas piernas largas, que se precipitaban desde unos muslos depilados, con una tersura afiladamente peligrosa. En conjunto, podría asegurarse que era una chica muy atractiva, aunque con un peinado algo desfasado y una expresión en la cara algo vacía de alegría. Eran unos pocos detalles que para nada la desmejoraban, pero que tampoco le permitían llamar más la atención de lo que demandan ciertos cánones. Su aspecto no era muy común para los que éramos estudiantes mediterráneos, en su mayoría italianos y españoles, pero de buen seguro me aventuré a pensar que, durante su corta estancia, Masha iba a ser de los bocados más codiciados.

Todas esas nimiedades poco me importaban, pues aquella larva pálida había transmutado en mi interior. Movido por una curiosidad incontrolable, la intriga llegó a apoderarse de mí definitivamente. Toda la primera hora la dediqué a clavarle mi mirada, a veces furtiva, y otras la sostuve fija, ella también me retaba fijando la suya en mí, aunque fuera por pocos segundos. Tras el trance, cada uno recomponía su marcha en la clase. Pero lo mío se movía por una mórbida compulsión, con vida propia, y empecé a rastrearla por el espacio, a dibujar el perímetro de sus facciones, a penetrar más allá de su materia, ya estuviera compuesta por ropa o carne. Nunca perdí el hilo de la clase, pero estuve más atento a sus acciones: secuencié largo rato su boca, retratándola a cámara lenta; capté esa frialdad misteriosa, ese hálito invernal que imaginaba al verla respirar. Desde mi silla, a tres metros de distancia, podía explorar cada surco y grieta de sus labios. Ella me devolvía la mirada, pero esta vez asentía, lo supe porque entornaba los ojos hacia abajo primero, para después besarlos levemente con sus pestañas. El baile de gestos tímidos y absurdos se interrumpía con sus parcas palabras, arrastrando las erres de una forma torpe y divertida, fallando en construcciones gramaticales demasiado sencillas para fallarlas. Todos la disculpaban cínicamente, todos asentían, todos le reían las gracias, pero con los colmillos bien brillantes, babeando sobre mi cordero rubio. En realidad era un tanteo inútil. Masha sólo sería presa para mi terreno vedado, vallado por la química y el azar, un animal con el que jugar el resto de mi existencia, yo sería el único que la comprendería, el único con quién podría hablar de verdad, el héroe portador de una nueva luz a su vida.

Su mirada, detenida en el tiempo, era fría como un témpano, —cold as ice—, nunca pudo congelar el impacto de mis ojos, desnudándola con cada movimiento. No supo guardar la distancia, no giró el cuello, ya era demasiado tarde para ignorarlo; entró en mi mundo, como un glaciar llorando por la ladera.

Jugaba con ventaja: acababa de empezar mi manía.

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