La vivencia

6 Nov

En ocasiones pienso en mi enfermedad como algo lejano, un sufrimiento aliviado ya hace mucho, casi ajeno. Dichas iluminaciones me vienen ahora, claro está, cuando llevo consolidando más de tres años de recuperación. Un tiempo que ha supuesto una escalada hacia un bienestar que puedo sentir como perdurable, cimentado por aquello que algunos evocamos, míticamente, una mal llamada “remisión clínica”. Aunque, en mi opinión la enfermedad sí puede llegar a extremos en los que prácticamente parece desaparecer, esta remisión es sólo una acertada y azarosa conjugación de factores sobrevenidos desde un único punto de partida: el diagnóstico.

Según las características propias del enfermo, el camino a recorrer será siempre diferente para cada uno. Hacia una exitosa recuperación únicamente se puede transitar, no existe un lugar fijo al que llegar, no puede haber metas ni tampoco objetivos. Un diagnóstico firme supone todo un advenimiento para el individuo, el inicio de una nueva vida, y también el reconocimiento de la vida pasada, que permite entender y encajar todas aquellas experiencias vitales que fueron traumáticas en su momento, todas aquellas experiencias malogradas, todos los proyectos inacabados que uno se prometió a sí mismo, y así, una inacabable lista de acontecimientos personales muy dolorosos.

Pero este punto de partida simplemente es el primero de todos esos pequeños pasos que uno debe empezar a recorrer, poco a poco. Quizás, más veces de las deseadas, yo mismo haya tenido que volver sobre mis propios pasos: el entender solo no cura. En el recorrido habrá, seguro, más de alguna vacilación en el estado de ánimo, y seguramente frenará las aspiraciones iniciales de avanzar siempre hacia delante. Habrá recaídas, por supuesto, y también subidones. El mejor de los consejos es el de andar el camino, observándolo a media distancia, evitando la búsqueda de un horizonte concreto, no se debe correr ni apremiarse por llegar el primero. Sin duda, la mejor opción es aprovechar este tiempo, además de para entenderse a uno mismo, para fomentar aquellas actitudes y hábitos que permitan renovar el tono vital perdido. Renovación que únicamente es posible sabiendo jugar con tres variables que considero fundamentales: la información, el autocontrol y la medicación.

En este sentido, me gustaría aclarar como observo algunos conceptos mencionados. Para mí, la experiencia se nutre de sucesos con un mínimo de trascendencia como condición necesaria y suficiente, es decir sólo son cosas que han pasado de forma puntual, reconocibles. Son todos aquellos desencadenantes vitales del bipolar, que o bien lo han hundido en la depresión o lo han ensalzado. Por ejemplo, una relación personal fracasada, una muerte del ser más querido, o al contrario, una fase prolongada de insomnio o algún acontecimiento vital muy exitoso, como el inicio de una relación personal o un consumo de drogas excesivo.

Mientras, cuando hablo de vivencia me refiero a que ésta siempre ha sido —y es— trascendente a cada instante. Es la forma en la que yo, enfermo, me he sentido el tiempo que he estado expuesto a la enfermedad. En mi tipo bipolar II, no me equivoco al describir nueve años de mi vida alimentados con cada minuto de dolor al respirar, construidos con cada segundo de vilo nocturno. En conclusión, se trata de un mal sentimiento constante, que nunca te abandona, que parasita tu existencia. Eso es lo verdaderamente relevante: la vivencia siempre esta ahí. Así se puede entender, desde mi punto de vista, cómo uno no se acomoda nunca a este tipo de vida, sensación que sí podría resultar de la experiencia, sino cómo el trastorno bipolar cambia la forma de percibir su propia vida, lo invade a uno sin permiso, sometiendo parte de su racionalidad de forma permanente. La primera respuesta que me dí a mí mismo la obtuve tras mi diagnóstico: entendí que durante aquellos nueve años me había sentido siempre mal. Y es una afirmación que ratifico hoy, aún con las crestas y valles que podrían engañar a un ojo inexperto. A pesar de haber trascendido durante episodios de depresión y manía, ni siquiera en mis períodos intercrisis, nunca pude llegar a afirmar, ni un solo instante, que me encontrara completamente bien, normalizado como el resto. El estigma, del que ya hablé en otra entrada, es algo que existe incluso antes del diagnóstico, creciendo primero en uno mismo y luego cristalizando en sociedad.

 

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