Rocas en el viaje I

4 Nov

I

Me desperté con la luz intensa del mediodía, varios rayos de sol que trajeron un indeseado toque de diana, de color blanco diamante. Perezosamente, retiré la mano de mis ojos y con los párpados ya fulminados, mi ceguera inicial pudo desenquistar las pocas legañas que me separaban de un mar inmenso, aún desenfocado. Aquel infinito se aplastaba contra un lienzo en una delicada veladura, saturada de añil, ultramar y de una espuma blanca, orgánica, intensa, que lo removía todo. Fue un maquinal movimiento de cabeza, un gesto de dolor con el cuello, un quejido baldado tras varias horas de yacer sobre un lecho de roca y una toalla deslavazada.

Poco a poco fui dando tímidos bostezos y pude desentumecer el cuerpo. Primero el tronco, ayudándome con mano, brazo y espalda sobre un suelo negro y áspero; después doblegué las piernas y conseguí forzar una posición digna, como la de alguien que aparenta estar de paso, un viajante experto, pero sólo un turista accidental en realidad, tratando de disfrazar su soledad viajando de aquí para allá, el tiempo justo para no ser descubierto y no echar raíces.

Malta disponía de pocas playas de arena, la más cercana a mi hotel era de roca, y el dependiente me dirigió a muy escasos metros de la entrada de mi acomodo. Al llegar, ya con el primer oteo, vi que me ofrecería una incomodidad infernal durante toda la mañana, propia de las piedras que la recorrían en unas escaleras de bajada, pétreas y naturales, hasta bien entrada la orilla que rompía en una arista abismal. Mis chanclas, imprecisas para tal terreno, incomodaban tanto como ir descalzo; andar en playas tan duras se convertía en un irremediable suplicio si no disponías del calzado adecuado. Aquella maldita isla era tal cual un pedrusco en medio del Mediterráneo, con su cal y sus aguas calientes; parecía un trozo de carbón, abandonado a mala fe, cortante y rasposo, dispuesto a herirte con su iridiscencia y lanzándote sus cristales de sal, con una picor que nunca saciaba por mucho rascar.

Tras aquel despertar, colgué sobre mis rodillas los codos a modo de bisagra y crucé mis manos, esperando una mínima brisa que nunca vendría; una soporífera nube de sofocante humedad, casi trópica.

El tiempo pasaba. Secas rachas de viento.

Aún con mi desubicación a cuestas, pero al menos ya despejado, me descubrí sentado junto a una familia con niños y entre varios grupos de jóvenes, los más numerosos, reclamados seguramente por un turismo barato, centrifugado con alcohol y música sintética.

Aunque todavía me sentía algo perdido en mis propias vacilaciones, el día empezaba a avanzar entretenido, la escena que contemplaba ofrecía una estampa de lo más plácida: una playa rebosada de turistas, con su ir y venir en cada baño, un floreo de butacas, toallas, esterillas y hamacas, que acomodaban a parejas, familias, juventudes y hasta sobre las que se divisaba algún lobo solitario como yo, quizás otro bohemio perdido, o simplemente algún anciano madrugador que disfruta una lectura cogiendo el mejor sitio frente al mar.

Sus círculos, sus abrazos y sus posturas buscando el bronceado dibujaban una marina contemporánea con toda su burguesía incluida, pseudoimpresionista, terminada con el agitar de las olas constantes y el chapoteo de aquellos que las desafiaban, intentando perderse en la inmensidad. A pesar de mi gris amanecer, los colores seguían allí. Se personificaban en bikinis y bañadores brillantes por la sal, pareos hawaianos, pamelas y gorras de propaganda cubriendo las cabezas; algunas volarían con las primeras ráfagas furtivas y se perderían, irrecuperables, planeando en un cielo totalmente raso, entre algunas gaviotas rezagadas.

En cierto modo, todo tenía su lugar, formando parte de su algo, con su sentido. Siempre llegaba a esa conclusión cuando tras volver a mi fuero interno, enajenados mis sentidos durante un rato, intentando distraerme de mi propia infelicidad.

Yo no soy ni seré feliz como estas personas. Eso pensé.

Mientras, el ocaso languidecía caprichosamente, intentando alargar un poco más el día, intentando alargar el sofoco de las rocas, que a esas horas se habían convertido en hornos. Sentí lástima de mí y de ellas, después de todo un día quejándome me rendí al hecho de que poseen una grandiosidad natural, una milenareidad inapreciable por el turista ignorante: son un testimonio vital de la creación del mundo. Y quizás, solo sobre aquella gigantesca pizarra, era de lo único que no me podían despojar, aquella era una forma de compañía fiel. Una simple roca. Mi roca.

La gente empezó a vaciar el lugar, con la pausa del atizar las toallas contra el aire, y la prisa de recomponer sus atuendos, alcanzar una mínima dignidad, cubiertos, y dirigirse a sus hoteles y cubículos clonados. Los jóvenes, más despreocupados, apenas se ponían unas camisetas, reservaban sus mejores galas para mancharlas de tequila en una noche que despertaba libertina, y ellas, aún más emperifolladas, seguramente acabarían con alguna mancha de semen, quizás en la falda, quizás mojadas por dentro, quizás sobre ese pelo que tanta plancha y tinte ha costado.

En cambio yo, junto a la toalla, una crema solar y la llave del hotel, completábamos un acompañamiento de tristes enseres inanimados, de los cuales formaba parte como un fascículo; permanecí hasta la caída del sol. Y allí me quedé durante largo rato. Ensimismado en su mar de sensaciones, a vivir seguramente durante una noche de desenfreno que yo tanto temía, preferí ahogarme en un vaso medio lleno.

El velo gris se había vuelto en un halo de invisibilidad. Esperaba un saludo, apenas una mirada cómplice de alguna chica, o una de sus sonrisas. Alguien que se hubiera atrevido a conocerme, a invitarme a unirse, pero nada. Me hubiera conformado con hablar con cualquiera, pues conocía y me defendía muy bien en inglés, aunque ni siquiera el vendedor ambulante se acercó. Pero nada, nada de nada. Cero contacto humano.

La playa continuó con aquel discurrir y acabo vaciándose en pocos minutos.

Me volví a tumbar con la desesperanza y resignación del que quiere que pasen y a la vez no quieren que pasen cosas. Aquél era uno de esos días, un día de bajón que se convirtió en noche, de depresión contenida, de un filtro sobre mis ojos, destinado al confinamiento en un cuartucho de hotel de dos estrellas.

Pero sería mi último día gris. Presentí, que dentro de mí acabaría transformando la larva. Era una cuestión de horas, de un día como mucho. Esperaba aquella mecha que me hiciese estallar y asomarían las alas de mariposa desgarrando mi espalda, irradiando, desde dentro, los colores tropicales de la manía.

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