Caleidoscopio

14 Oct

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Siempre que evoco mis manías, me gusta recordar la euforia que se siente con la metáfora del caleidoscopio.

“Un caleidoscopio es un tubo que contiene tres espejos, formando un prisma triangular con su parte reflectante hacia el interior. En el extremo de los cuales se encuentran dos láminas traslúcidas con varios objetos de colores y formas diferentes, cuyas imágenes se ven multiplicadas simétricamente al ir girando el tubo mientras se mira por el extremo opuesto, a modo de catalejo o telescopio. Se trata de uno de los juguetes más populares del mundo.”

Siempre me ha fascinado ese objeto: sus formas inacabables, angulosas a la par que orgánicas, imágenes siempre únicas, coloristas, más representativas de un efecto psicotrópico, que no de un mero invento de la óptica, al capricho de ángulos y espejos.

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El caleidoscopio te brinda una visión de colores y formas que, por sí sola, la naturaleza no es capaz de ofrecerte. Fácilmente te conquista los sentidos, no solo el de la vista. Te hipnotiza, y convierte en adictivo un juego casual hecho para los niños. Infantiliza, con sus formas, el mundo que llega prescrito a la adultez. Nos obligamos también a probar nuevas formas, y malgastamos nuestro tiempo girando el tubo hasta que nuestro ojo se cansa y desenfoca. Pues bien, imaginad ahora que para un bipolar, llegado un momento X, el mundo se le transforma, y empieza a vivir con dos caleidoscopios pegados con cola, uno a cada ojo. El eufórico disfruta haciendo ese mundo real, viviéndolo como un regalo encontrado en la calle; una nueva vida, recreada, deleitosa, al servicio de cada giro del artilugio. El individuo es capaz de adaptarse y estirarse al mismo ritmo, pues ni siquiera piensa en la gran parte de ficción que acarrean sus emociones. Para acabar, dependiendo de la duración e intensidad de la manía, será más o menos fácil arrancarle esos anteojos al enfermo, pero en cualquier caso, se llevarán consigo sus párpados, para que así no tenga oportunidad de resisitir a la realidad, las condiciones de luz que siempre estaban ahí, y que ignoraba vivir. La realidad más cruda del game over, un baño que le devuelve a uno sin su querido disfraz, desnaturalizado y ciego. Otra vez extraño entre extraños.

Como he dicho, la euforia es un movimiento irrepetible, nacido en un punto dónde uno no sabría decir. Se hace muy deseable intentar captar ese momento, y sostenerlo en el aire, como una nota musical, pero in crescendo. La euforia de las manías debiera ser la droga más cara, porque es la más potente. La gente sucumbiría por tan solo un ápice, y eso que ignoran que se puede vivir en total sobriedad. Ni siquiera los bipolares podemos conservar esa fuerza, aunque por norma, nos encontremos con esa mezcla de desgracia y suerte más de lo habitual. Tan sólo se trata de una energía de arranque, con una fuerte ignición, pero de combustible efímero a la vez. En realidad la euforia dura lo que tiene que durar, es caduca. Lo más destacable es la forma en la que inicia un cambio químico sustancial en el cerebro. Tal cual una droga. No podría entrar a valorar con rigor qué partes y sustancias del cerebro están implicadas. Lo único de lo que puedo hablar es de la vivencia y de los síntomas.

He experimentado varias situaciones de euforia. En el transcurso de mi enfermedad he registrado unos 15 episodios, entre manías e hipomanías, habiendo reconocido entre 3 y 5, como las experiencias maníacas de mayor gravedad.

He experimentado muchos síntomas, pero en común, siempre experimento una gran grandiosidad, (a veces sensación de omnipotencia); por lo general con todas mis capacidades superdesarrolladas, tanto en calidad como en cantidad; una gran tendencia al vilo nocturno, a la fugacidad de los pensamientos y una mentalidad megalómana y marcadamente narcisista. También me nace una exacerbada atracción y curiosidad por lo sexual, llego a entregarme ciegamente a la desinhibición. Además, también surge una sensibilidad mucho más acusada de lo normal, tanto para lo bueno como para lo malo: irritabilidad y hostilidad. Y finalmente, el conjunto de signos más claro lo observo al comprometerme excesivamente con todo y con todos, incrementando sin remedio las situaciones de estrés severo, y arriesgando, a medio plazo, mi situación personal cuando se juntan, además del estrés, la siempre odiada ansiedad.

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