Echar a andar

13 Oct

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Me gusta hacer cuentas, disfruto anotando cada pequeño cambio. Así es como noto y puedo adelantar mis avances. Como en un ejercicio de inferencia estadística: hallar patrones más alla de los circuitos mentales, aparentemente indescifrables. Al observar las series de registros, se pueden explicar comportamientos sumamente complejos de una manera más simplificada.

Así que vayamos a las cuentas.

Ya llevo unos 25 días asintomático, centrado, con un estado de ánimo rigurosamente eutímico (entre 50 y 55 en una escala de 100). Sin embargo, y estando muy de acuerdo con mi psiquiatra, no he alcanzado el margen deseable (55-70). Como muchos enfermos perfectamente entenderán, una eutimia ortodoxa es demasiado aséptica para ser soportable durante largo tiempo. La higiene en los hábitos pierde efectividad ante la creciente voluntad —inconsciente— de avanzar hacia estadios de felicidad más elevados. Esa tendencia normalmente intenta acrecentar la satisfacción de nuestras actividades. Se trata de algo muy simple, tras normalizarnos después de una depresión, queremos sentirmos más felices.

En primer lugar, la media de horas de sueño de los últimos diez días empieza a alterarse, ya que tengo una mayor querencia por alargar el lapso nocturno que queda después de la cena. Bien es cierto que no inicio ninguna actividad estimulante (aparte de escribir o leer); pero la hora reglada para dormi, la estoy “estirando” con una frecuencia peligrosa. Y una de las peores consecuencias, es que la conciliación del sueño se desnaturaliza, y me obliga a echar mano de dosis de lorazepam cada vez mayores.

El segundo frente tiene que ver con mis actividades durante el día. Me siento más enérgico y voluntarioso, también más sociable y amable en el trato a los míos, con mayor sentido del humor. Todavía sigo especiales precauciones, sin embargo. Evito, como puedo, contactar con mis amigos, sin levantar sospechas de que necesito algo de aislamiento. No me puedo permitir —de momento— meterme en situaciones que me embarguen emocionalmente, como una fiesta o una celebración. Aunque lo que en el fondo subyace, es la falta de encaje de mi situación, con la que me pueda ofrecer cualquier acto social. Sólo uno de mis amigos conoce mi trastorno, y soy suficientemente listo para saber cuando el resto de ellos notan mis “rarezas”. Es algo muy incómodo y largo de explicar, por no nombrar la terca sensibilidad social que rodea a la enfermedad bipolar, y lo poco que nos ayuda la gente en general.

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Lo primero que voy a hacer, seguro, es una nueva reorganización de mis prioridades, a corto, medio y largo plazo. Después administraré los tiempos de actividad de forma práctica. Así, lo dejaré todo listo para la buena nueva. Puede que dentro de nada ya decida mi forma de reingreso en la universidad. Espero quitarme pronto esa astilla que parasita mi cerebro desde hace tiempo.

Tengo una gran ilusión.

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