Largas noches

12 Oct

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Recuerdo perfectamente aquellas épocas dadas al trasnoche, y no necesariamente para fiestas. Se pueden hacer igual de eternas en el cubículo de la habitación: 6 metros cuadrados de total sobriedad. Eran largas temporadas en las que yo alternaba noches en vela con noches de un sueño muy irregular; no más de tres o cuatro horas, en el mejor de los casos siempre insuficientes. Son épocas de dolor, de pesadillas masticables, un grito mudo. Tras el alba, la mayor de las desolaciones, un gorro de púas pero puesto al revés. En los oídos, una reverberación permanente. Hasta los tragos de agua que dolían; las articulaciones, con esa extraña debilidad propia de las gripes. Y el pelo débil, casi la caricatura de una brocha mal secada al sol, áspero y sin vida, como un bosque talado. ¡Qué ganas de morirme!

Y sin remedio, amanece.

Mejor hubiera sido tener cualquier pesadilla, aunque fuese la peor. Entre 2002 y 2010 he registrado graves problemas para dormir. Nunca fue algo esporádico, aunque todos médicos siempre lo hayan tratado obviando el estado de ánimo, pues todavía no estaba diagnosticado. Las palmaditas en la espalda eran frecuentes.

Mi incapacidad para dormir era demoledora, pero mayor error fue el no reconocer algo tan patente. Durante más de 8 años yo dormía, de media, la mitad de las horas que me correspondían. A largo plazo, algunas consecuencias ya no son reversibles, como mi dependencia al lorazepam, necesario para aproximarme a tener un sueño regular y digno. Actulamente estoy con dosis arbitrarias entre 1 y 10 mgs.

Mis vicisitudes para dormir se han presentado de diferentes maneras y por diferentes causas, pero en mi caso, siempre han desembocado en episodios maníacos o bien formaban parte de una sintomatología encuadrada en fases mixtas de manía y depresión. Una vez analizo el problema tras un tiempo de buen tratamiento, me percato del enorme chorro de energía que arrastraban estas situaciones nocturnas. Y lo peor era no poder encontrar respuesta, ¿por qué no puedo dormir?. Y mientras tu cabeza echa humo, con esa pregunta y mil cavilaciones más, sigues en vilo, sin una razón aparente. La falta de sueño pues constituye, para mí, el signo más peligroso de la enfermedad, la alarma con el color más fatal, a la que nunca se le puede perder nunca el ojo.

Con los años, (sobre todo desde hace tres, cuando me diagnosticaron), he apreciado el enorme beneficio que me reportan los registros escritos. Por lo que respecta al tema, cuido de manera escrupulosa la anotación de las medicaciones específicas para dormir, el número de tomas, cada una con su dosis, e intentando orientar la ingesta hacia la misma hora. Sí que es verdad que a veces debo arbitrar la cantidad a tomar, ya que cada noche se puede presentar con una animosidad o cansancio diferente. En consecuenvia, asumo los efectos adversos de la medicación con bastante naturalidad y sin frustraciones. Prefiero mil veces antes la jaqueca matutina, que no dormir por miedo a tomar más lorazepam. Eso sí, siempre hasta unos límites aceptables (10 mg) que no desarrollen mayor dependencia de la que ya tengo. Otra de las anotaciones que nunca olvido, es el de número de horas dormidas, cuyo dato siempre se corresponde con la noche anterior. Me permite construir médias móviles de cada semana, así como gráficas lineales. Con ello consigo dibujar tendencias y preveer comportamientos habituales, como por ejemplo, tener una noche activa sabiendo que la preceden varias con un volumen grande de horas de sueño.

El autocontrol es la clave.

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